A pesar de que la producción de este libro resultó más compleja de lo que anticipó, Sanguinetti se siente satisfecho con el resultado y disfrutó especialmente de la creación del diseño de tapa generado con inteligencia artificial y retocado por el artista Julio Testoni.
Mientras continúa con la difusión de esta obra, tiene planes de retomar la escritura de otro libro de historia, aunque tal vez otros temas también despierten su interés.
Mientras, en la introducción del libro confiesa: “Poder agradecer es el mayor de los privilegios cuando se llega a la impensada cumbre de los noventa años sin mayores créditos para reclamarle a la vida ni cuentas a saldar”.
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En la Casa Blanca, con el presidente Ronald Reagan, en 1986.
Abogado, periodista, político, ¿cuál es su vocación, el periodismo?
No solo vocación, sino profesión. Sí, es lo único que nunca he dejado de hacer. Desde los 17 años estoy haciendo periodismo. Todos los días estoy escribiendo algo para alguna actividad.
Hizo un libro sobre sus 90 años, y llama la atención la tapa. ¿Cómo la crearon?
Cuando imaginamos el libro, acá incluyo a Julio Testoni, quedó claro que la primera foto iba a ser el Graf Spee, el acorazado alemán hundido en diciembre del 39, porque era el primer recuerdo de mi vida. Estaba cumpliendo cuatro años y recuerdo haber ido al puerto con mis padres y mi familia, la multitud y una enorme mole. Siendo esa la primera foto, dijimos: “hagamos una tapa que marque el tiempo de los 90 años”. Hay que asumir que 90 años en una república de 200 es casi la mitad. Entonces con inteligencia artificial se hizo esa búsqueda y luego una intervención artística con algunos toques de Testoni para darle una espacialidad mejor. Les muestro el diálogo con (el asistente de IA) Gemini, que lo imprimimos (muestra una carpeta). Empezamos pidiéndole una tapa tipo Andy Warhol con el 90, luego le dijimos que era un libro para una persona importante que cumplía 90 años. Nos mostraba ideas visuales para la portada. Le pedíamos minimalista y moderno, artístico, con detalles florales, orgánicos, elegancia gráfica. Le dijimos que la persona está relacionada con el arte, etcétera. Entonces, nos mostraba opciones y así íbamos aproximándonos a lo que buscábamos. La variedad de hipótesis que te va dando es asombrosa. Después le pedimos que mejorara el número 9, que el 90 estuviera más despegado. Nos parecía que era un modo de mostrar el tránsito de los tiempos y de mostrar el presente.
El libro se inicia con la foto del Graf Spee, ¿cómo cree que ese hecho pudo haber influido en su pensamiento sobre la política internacional?
Influía el ambiente de mi casa, porque el Graf no fue simplemente la curiosidad de un buque. Mi casa era muy militante en el tema de los aliados. Papá, escribano, director nacional de Trabajo, fue voluntario en los dos batallones que se convocaron, lo íbamos a ver hacer maniobras en la rambla, que todavía no estaba urbanizada. Y en la mente infantil, yo veía a papá en la guerra. Hoy resulta un poco extraño entender aquel mundo, un mundo de escasez. Entonces, lo que sí influyó mucho en mi vida fue el ambiente familiar, la afirmación democrática contra los mundos totalitarios.
Creció en una familia de colorados y blancos, ¿podían convivir?
Bueno, mi familia con la que vivía era la familia colorada, la familia Sanguinetti, la que era blanca era mamá, teníamos vínculos hacia los dos lados, pero en realidad vivíamos en una enorme casa por los Sanguinetti, era una familia a la antigua, vivían mis abuelos, mis papás, mi tía Aída, mi tía Chicha, mi tía Maruja, mi primo Pocho. Era una pequeña aldea, esas viejas casas con patios. O sea, siempre hay una influencia fuerte en la familia, eso es incuestionable. El otro día me preguntaban por las discriminaciones, el racismo. A mí nadie me lo explicó, porque cuando nací, mamá tenía una empleada morena, Jorgelina, y las dos estuvieron embarazadas en paralelo, mamá tenía leche y Jorgelina no, entonces mamá nos dio de mamar a los dos, a mí y al hijo de Jorgelina. Los primeros años de mi vida conviví con muchachos de raza negra. De modo que son cosas que nadie precisó explicarme, nací con ellas puestas, como uno nace a la vida política también con ciertas ideas que lo configuran. Sin embargo, en mi definición política no hay ninguna influencia decisoria de padre o madre. Yo iba a actos políticos de niño y de adolescente, de los colorados que me llevaban mis tías, sobre todo, y a actos políticos del Partido Nacional Independiente que me llevaban porque mi abuela Blanca Regina Saravia, hija de Chiquito Saravia, el famoso caudillo de la Carga de Arbolito, era blanca independiente y sus hijos también. Y mi opción fue por el lado histórico, es decir, mi afición por la historia es de muchacho, me introdujo en el mundo colorado y en la construcción del Estado independiente primero, del Estado republicano después, y del Estado batllista más tarde, y eso fue lo que me definió desde el punto de vista político.
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Julio María Sanguinetti cumplió 90 años el 6 de enero.
Adrián Echeverriaga
¿Y desde esa definición política, su plan era convertirse en presidente?
Nunca tuve ese sueño. Lo digo honestamente, nunca tuve ese sueño, ni aun cuando me había volcado a la vida política. Empecé tan tempranamente y vi tantos éxitos y tantos fracasos, tantas estrellas fugaces, que quizás eso hizo que no generara esas ambiciones que en definitiva le han hecho tanto daño a dirigentes o figuras políticas que pudieron ser, digamos, importantes. Nunca pensé la política en esos términos.
Su carrera despegó rápidamente. Siendo muy joven le ofrecieron el Ministerio de Trabajo, pero lo rechazó, ¿por qué?
Eso fue en el 67, cuando asume la presidencia el general (Óscar) Gestido. Yo había trabajado mucho con él y su gente en la reforma constitucional del 67, la Constitución que nos rige actualmente. Entonces el general Gestido anuncia su gabinete y a mí como ministro de Trabajo, presumiendo que un joven diputado de 31 años iba a sentirse muy halagado y ni se le pasó la idea de que yo podía no aceptar, cosa que no hice por razones políticas, porque mi idea del equipo económico era que siendo todos grandes figuras, no iban a tener coherencia y el ministro de Trabajo iba a terminar involucrado en eso. En cambio, le pedí la presidencia de la Comisión de Bellas Artes, o sea, un cargo honorario, que mis amigos diputados me decían que estaba loco, que era un diletante perdido, que rechazaba un ministerio y pedía un cargo honorario ¿para hacer qué? Bueno, para renovar el Museo Nacional, la presencia de Uruguay en las bienales, para generar una actividad artística más importante en un país que tiene tanto para mostrar en esa materia. Porque yo siempre digo que la dimensión cultural del país tiene dos dimensiones que quiebran su baja demografía. Una es el fútbol y la otra la pintura. Uruguay es desmesurado para su escasa demografía.
¿Qué logró en Bellas Artes?
Muchas cosas. Incluso el inicio del período de (Ángel) Kalenberg como director del Museo de Artes Visuales, que fue un proceso de renovación extraordinario cuyos efectos llegaron hasta nuestros días.
¿Y cómo surgió el Día del Patrimonio?
Un cierto día estábamos con el ministro (Samuel) Lichtensztejn y viene con el arquitecto (José Luis) Livni, que acababa de llegar de París y estaba deslumbrado con lo que había visto en el Día del Patrimonio, de cómo se abrían los palacios y museos y la gente los visitaba. Ahí mismo preparamos un decreto y convocamos para el mes de octubre la primera edición. Y desde el primer día fue un éxito. Recuerdo que estábamos en Suárez y Reyes cuando me levanté de mañana, miré por la ventana y vi una cola enorme, entonces pensé: “es un éxito”. Y ha sido uno de los hechos más relevantes en cuanto a la difusión cultural. La gente se acostumbró a que haya un Día del Patrimonio.
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El 6 de abril de 1981 Fernando Morena regresó a Uruguay, en la foto con Washington Cataldi y Julio María Sanguinetti.
Y con respecto a la otra dimensión de la cultura, el fútbol, ¿cómo surgió la campaña para traer a Fernando Morena a Peñarol?
Cuando la gente me comenta nuestro nuevo libro, yo vengo haciendo una especie de test de cuál es la primera foto que me comentan. Y por ahora es la de Morena con (Washington) Cataldi. La segunda opción es la foto con China Zorrilla y Mirtha Legrand en el programa en Buenos Aires. Pero el caso de Morena es interesante porque fue un jugador estrella, con mucha popularidad, que fue a jugar a España y luego tuvo un retorno casi único. Único, saco el “casi”, porque nunca se vio un retorno a través de una colecta. Yo estaba en la directiva de Peñarol, recuerdo que estuve más de un mes en Madrid para cobrar una de las letras del Rayo Vallecano, que había sido el primer equipo al cual fue transferido y mucha gente me decía que no me iban a pagar la deuda, era una letra de 800.000 dólares o algo así, como 4 millones de dólares de ahora. Luego vino el retorno, esas ideas, a veces audaces, hasta estrafalarias de Cataldi, que me dijo: “¿qué te parece si traemos a Morena?”. “¿Me hablás en serio?”, le pregunté. “¡Con todo lo que nos costó cobrarlo!”, y me dijo: “hagamos algo único, una colecta”. Y recuerdo que nos fuimos a lo de Beto Triunfo y ahí salió el eslogan “A Morena lo traemos todos”, que fue un episodio irrepetible. Si bien Morena le amargó bastante la vida a los de Nacional, pasada su etapa de goleador, todo el mundo lo ha mirado con mucho cariño y respeto porque fue un deportista que supo administrar su fama.
Usted era simpatizante de Peñarol pero la verdadera pasión se la debe a su esposa, Marta Canessa, ¿no es así?
Sin dudas la parte pasional es por ella. En mi casa el sector femenino es mucho más pasional que el masculino y eso se proyecta hasta nuestros nietos; las nietas son mucho más militantes que los nietos. La diferencia está en que yo era aficionado, en cambio Marta había nacido en Peñarol, su padre fue dirigente durante años y ella participó en todas las instancias de la vida de Peñarol. En la foto del libro de cuando compraron Los Aromos, hay dos chiquilinas de 10 años, flaquitas y una es Marta, o sea que vivieron dentro del club y eso hace una diferencia.
¿Marta marca el ritmo de la casa, de la familia?
Acá siempre fue así y es bueno que sea así. Somos un matrimonio de 66 años, a esta altura una especie en extinción, dinosaurios sobresalientes, más seis años de novios. Y eso yo diría que es el resultado no solo del enamoramiento juvenil, que naturalmente con el correr de los años se va modificando, sino también un respeto recíproco, una sociedad en la cual se van cumpliendo los roles, buenos momentos, malos momentos, que son los que configuran una vida familiar que felizmente sigue siendo muy activa. Nuestra casa es una casa de ir y venir, de gente entrando y saliendo todo el tiempo, de hijos, de nietos, ahora tenemos un bisnieto, aparte de amigos. Últimamente estamos yendo menos al estadio, entonces acá cuando hay un partido, esto es una romería.
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La actriz China Zorrila, Julio María Sanguinetti y Marta Canessa en el programa de almuerzos de Mirtha Legrand en Buenos Aires.
Al incursionar en la política, la pareja tiene que acompañar esa decisión y más con dos presidencias. ¿Cómo lo vivieron?
El caso de Marta fue muy particular porque ella tenía su vida propia como profesora e historiadora, cosa que yo siempre respeté y alenté. Ella, además, siempre fue muy colorada y muy republicana. Cuando fuimos a la presidencia, ella siempre se apartó del llamado rol de primera dama. Un tópico de ella era decir: “a mí no me votó nadie, simplemente soy la esposa del presidente”. Es una figura protocolar, que en lo posible también ayuda. Ella lo hacía en modo silencioso, es decir, recibía cartas como reciben todas las señoras del presidente, pero no instaló un escritorio de first lady, sino lo opuesto. Cumplía ese rol desde una presencia republicana. Nunca le tuvo simpatía al título de first lady.
De estas 260 fotos seleccionadas en el libro, ¿cuál fue la más difícil de conseguir?
Todas fueron difíciles. Porque nosotros no partimos de las fotos —acá en casa hay 40.000, 50.000 fotos—, sino que partimos de los temas y pensamos cuántas elegir de cada tema, de la juventud, del transcurso familiar, fútbol y Peñarol, campaña política, forestación, mundo exterior… y ahí venía un desafío entre la calidad de la foto y su importancia. Porque con las visitas protocolares a España o Estados Unidos podemos hacer 30 páginas divinas como una edición de la (revista) Hola. Y a la inversa, episodios enormemente importantes, como la Constitución del 67, muy importante en mi vida política y en la del país, y la única foto de la delegación colorada era muy mala pero había que ponerla. Fue un difícil equilibrio porque no son simplemente 90 años de mi vida personal, son 90 años de la vida del país a través de un ciudadano que los vivió.
Usted también tuvo que ver con el regreso de China Zorrilla a Uruguay.
Un episodio muy lindo. Cuando resultamos electos en noviembre del 84, llamé a China, estaba haciendo Emily, y le dije que viniera a representarla acá porque tenía que ser su retorno un símbolo del retorno a la vida cultural. Me dijo: “no, todavía están los militares”. Le contesté: “no, yo ya estoy electo. China, venite”. Entonces se hizo la representación y estamos con el general (Liber) Seregni, con el doctor (Alberto) Zumarán en la foto que recoge ese momento tan emotivo y que la propia China cuenta en el documental de su vida.
Fue al programa de Chichita y al de Mirtha Legrand, ¿un presidente también debe ir a programas no periodísticos?
En la medida en que son programas y figuras que representan la vida cultural. A veces se piensa que lo humorístico o lo que tiene esa otra presentación es algo frívolo y superficial, y no necesariamente es así. Los almuerzos de Mirtha han sido 50, 60 años de la vida de la Argentina en toda su dimensión. Y la etapa de Chichita con Cacho de la Cruz también ha sido una etapa formidable de nuestra vida cultural, porque un humorista a través del humor y de la caricatura también contribuye a difundir ideas, a instalar debates o abrir espacios de inquietud sobre temas y valores de interés. Entonces creo que han sido modos de comunicación importantes en nuestro país. El humor ha sido muy importante, el de Decalegrón fue muy importante también. Hay una foto de cuando recibí al elenco en Suárez.
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En su cumpleaños de 90, con su esposa Marta, sus hijos Julio Luis y Emma, y su bisnieto Julio León.
¿Le divertía la imitación que hacían de usted y de Marta?
Era extraordinaria, Graciela Rodríguez hacía a Marta y a mí me hacía Eduardo D’Angelo, fantásticamente bien. Me duele cuando, por razones de la limitación gráfica del libro, dejé afuera una foto divina de D’Angelo con mi (sombrero) panamá. Recuerdo una comida muy grande que me hicieron de homenaje, en que yo no hablé, habló él 40 minutos haciendo todo mi discurso y diciendo todo lo mismo que decía yo. Un fenómeno. Siempre tuve buenos imitadores. Ahora, cuando celebramos mi cumpleaños de 90 en la casa del Partido Colorado, que fue un episodio muy grato para mí, pero también creo que grato para el país en la medida en que estuvieron conmigo el presidente de la República (Yamandú Orsi), la vicepresidenta de la República (Carolina Cosse), los expresidentes (Lacalle Herrera y Lacalle Pou) y todos los presidentes de los partidos políticos. Fue una demostración cívica importante de convivencia, o sea que usé mi cumpleaños como un precipitante de imágenes públicas que al país le hacen bien, que a la ciudadanía le hace bien. Y como era muy difícil armar un acto de este tipo, recurrimos a tres humoristas: Diego Delgrossi, (Pablo) Fabregat y Maxi de la Cruz, que cada uno cumplía su rol, y uno cumplía el rol de imitar a Sanguinetti. Entonces creo que el humor en la vida política es muy importante. Puede ser destructivo también, porque a veces a un político el ridículo le puede ser funesto. Y el humor puede ser muy corrosivo, pero bueno, es parte de la libertad de opinión.
¿Cómo analiza el contraste de los duelos por el honor a los duelos verbales en las redes sociales?
Son sustantivamente distintos. Los duelos representan, por lo menos en nuestra cultura, una larga tradición, de Aquiles en la Ilíada hasta los duelos de Martín Fierro y los duelos criollos fueron siempre una expresión derivada del concepto del honor. A los duelos se iba a defender el honor. Las redes han disuelto el concepto de honor. Suele hablarse de que han caído los valores. Es un tópico usualmente a mi juicio sin mayor sustento, porque hay valores que han crecido extraordinariamente, como, por ejemplo, los valores referidos a la condición femenina, y hay valores que han casi desaparecido, como es el honor, como consecuencia de las redes que instalaron el insulto anónimo o la torrencialidad de un debate totalmente degradado y en el cual, al final, como todo el mundo le dice cualquier cosa a cualquiera, desapareció esa oportunidad de alguien que asume el riesgo de agraviar poniendo en juego su responsabilidad personal, y alguien que sale a defenderse poniendo lo mismo. Naturalmente, el duelo era un atavismo, porque el juicio de Dios, como se decía entonces, no era un juicio de la razón. Pero aún hoy, cuando la protección judicial es tan relativa porque el agravio lleva tanto tiempo de procesar y la sentencia llega tan tarde, que ya casi no tiene ningún valor. Y ese era el concepto, o sea, el duelo era algo personal y responsable. Hoy es la irresponsabilidad absoluta, a veces, la mayoría de las veces, del anonimato, cuando no es la de la ciencia ficción.
En marzo en la Casa del Partido Colorado se realizó el acto para conmemorar los 40 años del retorno a la democracia, ¿qué significó reunir a todos los presidentes?
Acá (José) Mujica vino casi arrastrándose, estaba en el final, pero fue muy importante el acto y fue un gran episodio. La verdad es que estoy encantado con el libro.
Con José Mujica pasó de ser enemigo, adversario, a despedirse juntos del Parlamento.
Exactamente, pasamos por las tres etapas. Con Mujica fuimos enemigos sin conocernos. Cuando él integraba una guerrilla que intentaba traer al Uruguay la Revolución cubana y nosotros defendíamos los gobiernos de la institucionalidad democrática. Después fuimos simplemente adversarios políticos, cuando ellos se incorporan a la vida política. No olvido que cuando en el 95 yo bajo del podio de decir el discurso inaugural y paso por las bancas, Mujica, a quien apenas conocía, me dijo: “mire que estamos con usted, presidente”. Ahí pasamos a ser adversarios políticos con bastantes espacios de concordia y, más tarde, pasada la presidencia, pudimos coincidir como colegas amistosos en armar un proyecto de difusión republicana. Por eso nos fuimos juntos del Poder Legislativo, para dar ese mensaje de convivencia. Hicimos un libro de charlas y numerosos actos, celebramos los 40 años en la Casa del Partido, tratando en estos momentos en los que tenemos una democracia asediada en el mundo, de seguir afirmando los valores de la convivencia republicana.
¿Cuál es el secreto para llegar a los 90 años tan bien y con tantos proyectos?
No hay secretos, hay evidencias. La evidencia empieza en la biología, como decía el doctor (Tabaré) Vázquez, que tiene que ayudar. Y luego el estilo de la vida, que es la moderación en las costumbres y en los hábitos, la constante actividad creativa. Si uno es carpintero, hay que ser carpintero vocacional, profesional y pasional la vida entera. Y si uno es político, lo mismo, y si uno es periodista, lo mismo. Esos son los factores que pueden conducir a una vida plena, satisfactoria, pero también está la diosa Fortuna, como decían los griegos, porque uno forma una familia y la vida de ellos pasa a ser la vida de uno y la propia. Entonces, ahí hay una confluencia, cosas que se configuran para ayudar o para sufrir.
¿Y qué comparte con su bisnieto de cuatro años?
Compartimos muchas cosas. Cuando llega a casa vamos a pintar acuarelas, así está en la foto. Eso es lo primero que compartimos, el arte. Es muy gracioso porque él me ve en la tele y empieza a llamar a todos y dice: “vengan a verlo”. Y da la casualidad de que estaba con las acuarelas cuando sacaron la foto, ese es el espacio en el cual compartimos.