Atravesó una etapa de depresión y adicciones, ¿en qué momento se dio cuenta de que tenía que buscar herramientas para salir de eso?
Fue un proceso de muchos años en los que estuve mal. A los 14 o 15 años empecé a salir de la adolescencia, a tomar alcohol, después pasé a la marihuana, la cocaína. El juego fue mi última adicción, la peor, de la que más me costó salir y por la que más sufrí. En ese período, de ocho o nueve años, tuve todo el apoyo posible de mis padres, de psicólogos, psiquiatras, amigos. Todo mi entorno siguió un camino saludable, yo fui el único que se desvió. Yo sabía que estaba haciendo las cosas mal, pero mi mente estaba en esos lugares oscuros. Quería salir, pero no podía, y después pensaba “es mi vida, déjenme”. Cuando iba a terapia con psicólogos y psiquiatras en la adolescencia me acuerdo de estar de brazos cruzados, que me hablaran y yo responder con “sí” o “no”. No me abrí con nadie hasta que, en 2015, después de haber tocado fondo tantas veces, logré la verdadera transformación. Leí un libro que hablaba sobre programación neurolingüística, sobre cómo podemos reprogramar nuestra mente a través de diferentes ejercicios mentales. Hice esos ejercicios, y a partir de ese día no fumé más, no tomé más alcohol, no me drogué más, y dejé el juego. Así, como por arte de magia. Ni siquiera tuve ese período de abstinencia, de ganas de fumar, de ir a jugar. Todo desapareció, y en ese momento hice algo que antes nunca había hecho, pero que suena muy simple y es mi terapia de todos los días: empecé el gimnasio. Me agarré de eso, del deporte, y eso me llevó a cuidarme más con la alimentación, a descansar mejor. Comencé también una etapa de aprendizaje, de conocerme, de superación personal, que iba más allá de lo físico. Después me empecé a formar como entrenador personal, hice un curso de alimentación, me formé en PNL, en psicología positiva, en coaching, para crecer yo y poder también ayudar a otros, no solo desde la experiencia, sino también desde esas diferentes formaciones.
Santiago Stirling corrida
En Tacuarembó, el director de Deportes de la intendencia y varias personas se acercaron a Stirling para correr y compartir.
¿En qué momento sintió que podía transformar sus experiencias en una herramienta para ayudar a otros?
No fue algo que me planteé, se fue dando. Comencé ayudando a las personas con la parte física de entrenamiento. Los guiaba también en la importancia del descanso, de la alimentación, los hábitos. Y después empecé con PNL y coaching, lo que me dio otras herramientas y me amplió el abanico. Pasé a centrarme en un coaching más de transformación, de lograr un cambio personal, pensar diferente, conectar con las emociones, entenderse más a uno mismo, crear disciplina, resiliencia. Luego pasé de coaching personal a grupal, empecé a dar charlas en instituciones educativas y empresas, y ahora doy charlas en todo el país.
¿Cuándo empezó a correr y qué objetivo había detrás de eso?
A correr empecé hace no tanto, unos tres años. Antes hacía entrenamiento de fuerza, calistenia. Y no me acuerdo por qué salí a correr un día, a fin de 2023. Vivía cerca de la rambla, bajé y troté cinco o seis kilómetros y volví a casa. Me sentí tan bien que otro día salí y corrí 10 kilómetros, otro día 15, otro día 21. Y así fue, de forma paulatina. No es que cualquiera puede hacerlo, yo venía de ocho años de entrenar fuerza, de dar clases de gimnasia, de moverme todo el tiempo. Otro día bajé a la rambla y corrí, llegué hasta Solymar o por ahí. Esos fueron mis primeros 42 kilómetros, que es lo que implica una maratón. Me estaba sintiendo tan bien que me pregunté: “¿A qué más puedo llegar?”. A la semana corrí 50 kilómetros, a la semana y media, 80. No lo hacía tanto desde un lado de autoexigencia, sino de autoconocimiento, de superación. Además, yo no corro con música, tampoco entreno con música. Estoy conmigo mismo y es como mi terapia. A veces corro durante ocho, 10 o 12 horas. Un día corrí 100 kilómetros, fui hasta Canelones y volví, y pensé: “Se puede, ¿no?”. Después de todo eso comenzaron los desafíos solidarios.
Corrió 600 kilómetros, de Montevideo a Artigas, y después 19 maratones en 19 días. ¿Qué tienen estos desafíos físicos extremos que le permiten hablar de salud mental de una forma distinta?
El primer desafío del proyecto llamado Corriendo por la Salud Mental nació con eso de correr de Montevideo a Artigas, que lo hice en 14 días consecutivos. Lo hice con estrategia, planificación, alimentación. Y se me ocurrió hacerlo para visibilizar la importancia de la salud mental y de la actividad física en las vidas de las personas. Quería algo extremo, llamativo, por un tema de que, si yo decidía correr cinco o 10 kilómetros para visibilizar el tema de la salud mental, no iba a llamar tanto la atención. Porque de esas distancias hay varias carreras, la gente lo hace. Correr de Montevideo a Artigas era algo diferente, que nunca se había hecho, y que conectaba a todo el país, implicaba atravesarlo de sur a norte. Así lo fui armando, y fue impresionante cómo la gente conectó con eso. Iba corriendo por la ruta, subía historias a Instagram, contando lo que iba a hacer y comentando que a la vez íbamos a recaudar fondos para apoyar a un merendero de Tacuarembó. Porque todos los desafíos extremos, más allá de desafiarme a mí y buscar visibilizar la salud mental, tienen un objetivo solidario, y el de este desafío era ayudar a un merendero de Tacuarembó. También se colaboró con Fazenda de la Esperanza, una organización que trabaja con personas en rehabilitación de adicciones. Se les donó dinero para que pudieran comprar equipamiento de gimnasia y fomentar el deporte. Yo iba corriendo por la ruta y aparecía gente que me había visto en las redes y se sumaba. En cada ciudad o pueblo, por más pequeño que fuera, llegaba a una escuela y me estaban esperando los niños, íbamos hasta la plaza, aparecía grupo de gente con música. Fue tan impresionante que en un momento pensé: “Tengo que ir a todo el país con esto”. Ahí fue que se me ocurrió el Desafío 19.19.19. Corrí 19 maratones en 19 días consecutivos en los 19 departamentos de Uruguay. Se armaba un circuito de cinco kilómetros, más o menos, yo le daba vueltas, y cada persona corría lo que quisiera. Ahí se recolectaron alimentos no perecederos, ropa deportiva y calzado, y se donó a fundaciones de cada departamento. Colaboramos con 26 organizaciones sociales en todo el país, en 19 días. Fue algo impresionante. La gente se acercó no solo a correr, sino a compartir, a alentar, a ser parte, a conectar.
En sus charlas habla mucho de hábitos, de disciplina, ¿cómo construye hábitos una persona que está atravesando un momento emocional difícil?
Hay que entender que cuesta, eso es lo primero. También entender que está bien no estar bien. Lo que no está bien es quedarse ahí. Pero puedo no estar bien, no saber qué me pasa o estar en conflicto conmigo. Los hábitos, esas acciones que hacemos todos los días, o semanalmente, algunos cuestan más que otros. Hay hábitos que automatizamos, como manejar un auto, atarnos los cordones. Uno no piensa esas cosas, las hace. Hay otros hábitos, como levantarse temprano, ir a trabajar, hacer actividad física, caminar, ir a pilates, a zumba o salir a correr, que cuestan más. Yo entreno prácticamente todos los días, y más del 50% de las veces no tengo ganas, estoy cansado y no lo haría. Pero el 100% de las veces lo hago y me digo “¡qué bien que lo hice!”. La clave es posponer ese placer a corto plazo, teniendo en cuenta que lo que uno va a hacer le va a traer beneficios. Los hábitos se crean de a poco. Si yo pretendo correr todos los días 10 kilómetros o una hora, cuando nunca corrí… Tengo que ponerme metas más realistas, que sean para mí. Un paso a la vez, con pequeños cambios. Y, si no puedo solo, busco ayuda. Ayuda en el sentido de una guía, alguien que me acompañe, que puede ser un amigo que es disciplinado y tiene hábitos. Hablar con alguien de confianza, o un terapeuta, un psicólogo, para expresar lo que a cada uno le sucede, para poder cambiarlo.
Muchas veces los discursos sobre superación personal pueden hacer sentir al otro que si no puede es porque no se esfuerza lo suficiente. ¿Cómo evita transmitir esa idea cuando habla de salud mental?
Siendo honesto y realista, porque también me pasó de querer y no poder. Me decían: “¿Por qué seguís consumiendo? ¿Por qué seguís jugando si no querés?”. Y era porque no podía, porque mi cabeza no me dejaba. La mente a veces te lleva a lugares oscuros. Hay una parte de superación que está buenísima, de darle para adelante al otro. Pero también hay que entender, ser empático. A veces, si la persona no hace algo, es porque no puede. A veces es estar al costado para cuando la persona diga que precisa ayuda y extienda la mano.
¿Qué señales cree que están dando los jóvenes sobre su salud mental en la actualidad?
En esto de estar en varios departamentos, sobre todo en localidades más pequeñas, me sorprendió mucho la atención que prestan los jóvenes. Yo estoy frente a 50 o 100 estudiantes en diferentes liceos, UTU, escuelas agrarias, contando experiencias; y se hace dinámico: algunos levantan la mano, comentan cosas. Algunos empiezan a lagrimear porque conectan con algo. Eso me dice a mí que hay que llegar a más lugares con todo esto. Y las señales a veces pueden ser difíciles de ver, (pueden ser) dejarse estar, no hacer cosas. Personas que antes se juntaban con amigos a jugar fútbol y ya no van más. Conductas impulsivas de enojos sin sentido, el bullying también. Pero la mayor señal de todas es cuando se empiezan a aislar. Cuando un joven se empieza a aislar, es cuando la cabeza le puede jugar en contra. La autoeliminación se usa como escape. A veces no es que las personas quieran morir, sino que quieren dejar de vivir como están y no encuentran otra alternativa. Quieren dejar de sufrir y no encuentran otra alternativa. Hay que entender que sí hay solución, que sí se puede salir adelante. Y, cuando aparecen este tipo de señales, estar atento para poder ayudar o brindar una mano. También hay que saber que muchas veces no hay señales.
Santiago Stirling corrida 1
La maratón número 2 de las 19 de Santiago Stirling pasó por Punta del Este, donde se reunió con parte del grupo Futuros del Este, que trabaja con personas con discapacidad, para fomentar el deporte y la inclusión.
¿Le sorprendió la cantidad de personas que se acercan a hablar de autoestima, de ansiedad o de depresión en los distintos puntos del país?
Sí y no. Está buenísimo el alcance que está teniendo esto. Pero, por otro lado, no debería ser así, no debería necesitarse esto. La sociedad y el mundo nos han llevado a la situación en la que estamos hoy, entonces es necesario hablar de estas cosas. Me llamó la atención la buena recepción que tuve de parte de los municipios de las pequeñas localidades. En los municipios más chicos el foco está puesto en los estudiantes, pero se hacen jornadas abiertas también y van profesores, directores de liceos, del municipio. Y están todos realmente atentos porque les interesa el tema. Es necesario hablar de esto y romper con los tabúes de no hablar de autoestima, no hablar de que tengo que estar bien todo el tiempo, de la perfección, que tengo que saber qué quiero. Parar con eso. Puedo ir por el lado que yo quiero, y yo creo que ese tipo de mensajes, sobre todo para los jóvenes, es muy valioso. Todos los días estamos a una decisión de poder cambiar nuestra vida. Una persona que elige dejar de fumar cambia su vida. Una persona que empieza a alimentarse mejor y a hacer ejercicio cambia su vida. Si empiezo a hablar cuando antes me cerraba, me cambia la vida, empiezo a trabajar mis emociones, a poder conectar más conmigo. Si me dedico cinco minutos para bajar la pelota, me cambia la vida. Si empiezo a dormir mejor porque dejo el teléfono a las 10 de la noche y no estoy escroleando hasta la madrugada, me cambia la vida. Mucha gente sabe lo que tiene que hacer, pero capaz que no sabe cómo o no se da el espacio para romper con lo viejo y generar conciencia de ese cambio.
En sus redes y sus conferencias insiste mucho en esta idea de “convertirse en la persona que lo hace”. ¿Qué significa eso?
Ser la persona que hace tiene que ver con que muchas veces hay un deseo: “Me gustaría cambiar esto”. Pero es un sueño y, si no hay acción, no pasa nada. Una persona que hace es una persona que actúa. Alguien que, a pesar de que está cansado, hace las cosas. Como le pasa a muchísima gente que va a trabajar sin ganas o madres que tienen hijos que duermen poco, o padres, y van a laburar y ponen lo mejor de sí. Hay otras personas que se dejan estar un poco más en eso o entran más en una victimización. Pero eso es muy diferente a entrar en una depresión o una angustia más severa. Si hay algo dentro de mí que me genera conflicto, necesito hacer algo al respecto.
¿Cómo se sostiene mentalmente alguien que corre durante muchos días seguidos? ¿Qué pasa por su cabeza en los momentos de agotamiento, cuando siente que ya no da más?
Cuando voy a arrancar cualquiera de estos desafíos, ya visualicé todo el trayecto. Cuando iba a correr hasta Artigas, ya sabía que iban a ser 600 kilómetros. Nunca había corrido tantos días seguidos: eran 50 kilómetros un día, al otro día otros 50, al otro día 40, al otro 30, y así hasta completar 14 días seguidos, con todo lo que eso implicaba. Pero, antes de salir, ya me había visualizado. Había hecho todo el cronograma de los lugares por los que íbamos a pasar, de cómo iba a correr, y en mi mente ya había llegado a Artigas. Sabía que tenía que transitar ese proceso, que iba a costar, pero que iba a llegar. Tenía un buen plan de recuperación, fui con un equipo, me hacían masajes. Iba con la mentalidad de un día a la vez.
Después de todo este recorrido y estas experiencias, ¿qué entiende hoy por bienestar o salud mental?
Para mí es estar alineado con las cosas que uno sabe que le hacen bien. Y hacer eso. Estar alineado con nuestros pensamientos, estar en paz con las decisiones que tomamos. Si hay una palabra que engloba lo que es bienestar o salud mental, para mí es el autoconocimiento. Tiene que ver también con logros, con avanzar. Para mí el progreso es igual a la felicidad. Cuando hay progreso, me siento mejor. No desde un lado de autoexigencia, sino de disfrutar también de los momentos de progreso. De avanzar con mis cosas, con mis proyectos de vida. Y tener eso: proyectos de vida, encontrar un propósito.