—“Mi mayor ambición es la de estar el 1º de marzo de 1990 entregando el mando a un nuevo presidente constitucional electo por el pueblo”, dijo el día de su primera asunción en el Parlamento. Habló de “11 años de dictadura y dos décadas de desencuentros”. ¿Cuál era la sensación imperante?
—Quería entregar la banda con un país en paz y libertad. La revolución cubana había irrumpido con un resplandor enceguecedor en América Latina, instalando la idea revolucionaria con una dialéctica inscrita dentro del fenómeno universal de la Guerra Fría. Eso llegó al Uruguay, y tuvimos una guerrilla que apeló muchas veces a métodos terroristas que los gobiernos democráticos tuvieron que enfrentar y que culminaron en una desestabilización. El país fue preso de dos disparates: el guerrillero, de no escuchar la voz del Che Guevara, que dijo que en este país no había condiciones para una revolución, y el militar, de dar un golpe de Estado para combatir una guerrilla que ya no existía. De esos dos disparates quedó prisionera la República y lo sufrió. Ahora, la recuperación democrática no alejaba del todo esas nubes. Bastaba ver lo que pasó en la Argentina —alzamientos militares, carapintadas, asalto a regimientos—, que Augusto Pinochet seguía firme en Chile, no era un momento seráfico. Además, tomábamos al país poco después de la rotura de la tablita (sistema en el que se preveía la cotización del dólar), con una caída brusca del poder salarial de un 25% aproximadamente y una crisis bancaria larvada que era lo que a mí más me acuciaba. Yo alguna vez he dicho que mientras hablaba en el Palacio, me venían nervios no por los militares ni los tupamaros, sino por los bancos. Eso podía tirar todo, incluida la salida democrática.
—¿Entonces, usted no estaba seguro de que la democracia había llegado para quedarse?
—De ninguna manera. Era una situación de gran esperanza pero de altísimo riesgo.
—En estos discursos, lo común es que se hagan anuncios, pero el único plan que usted mencionó fue el proyecto de ley de Pacificación Nacional.
—El tema dominante era el retorno a la democracia. No estábamos para discutir el PBI. El tema era volver o no a la libertad. Cada momento tiene su prioridad y en ese momento era volver a la libertad y a la paz. Mi eslogan electoral no hablaba de prosperidad, sino del cambio en paz. Todo refería a eso. La política económica y la social no iban a ser pensadas autónomamente, sino en la función específica de poder terminar esos cinco años en paz y libertad y entregar el gobierno a otro presidente electo por el pueblo. Que en esos años se desvanezcan los temores, que se disipen dudas que en su momento fueron fuertes. El historiador lucha con la trampa del anacronismo, que es mirar los hechos del pasado con la mentalidad de quien los está escribiendo. Esa búsqueda de paz era dominante, tanto que ese período de 10 años se inscribe entre dos pronunciamientos populares: el plebiscito del 80, que abre el camino a las negociaciones y las elecciones, y el del 89, que culmina ratificando la ley de caducidad. El mismo pueblo que votó en contra de una Constitución propuesta por los militares, procurando sabiamente una salida hacia la libertad, ratificaba una ley que los amnistió, porque quería asegurar la paz necesaria para seguir disfrutando de esa libertad.
—¿En algún momento pensó que la democracia estuvo en riesgo?
—Cuando empezó el gobierno se hizo una amnistía a los presos políticos y a los presos de la justicia civil por acciones guerrilleras antes del golpe. Todos salieron a la calle. Era una medida de pacificación. No había, en ese momento, denuncias o reclamos para la cuestión militar y tampoco los militares habían reclamado ninguna amnistía porque ellos mismos consideraban que actuaron dentro de las reglas de la guerra. Con el correr de los meses empezaron a aparecer denuncias y a generar una situación de intranquilidad militar que se les hizo difícil a los propios generales, que, con toda lealtad, dijeron: “nosotros estamos para sostener, pero hay momentos en los cuales sentimos que podemos perder el control de la situación”. Y esa es la razón por la cual yo propuse una amnistía y el Partido Nacional propuso la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, que fue lo que luego ratificó el pueblo. Fue un momento crítico, incierto, y uno tuvo que servir al supremo objetivo de preservar la paz como condición de la libertad.
—¿A usted le molesta que se hable de ese primer período de gobierno como de democracia tutelada?
—Simplemente creo que es un error histórico. ¿Dónde está la tutela? ¿Cuando uno libera a los tupamaros lo hace en ejercicio de la libertad de gobierno y cuando amnistía a los militares es porque tiene miedo?
—Bueno, hubo candidatos proscritos, fue una condición para que hubiera elecciones.
—Hay que entender que en muchas de estas cosas basta una chispa para encender el fuego. Más en una situación todavía no resuelta. El tema era impedir la chispa.
—¿La democracia estaba consolidada cuando le entregó la banda a Lacalle?
—Yo sentí que ahí se había terminado la transición y que el país volvía a la normalidad. Ya habíamos pasado todas las pruebas fundamentales. Además, lo importante es cuando uno mira las cosas en perspectiva: si hubiéramos tenido 40 años de turbulencias, varias renuncias de gobernantes o juicios políticos, quizás aquel episodio de hace 40 años no tendría el valor que hoy tiene. Pero después de 40 años de ejercicio pleno de la democracia, con gobiernos de todos los partidos, aquella salida muestra su real valor.
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Javier Calvelo, AdhocFotos
—¿Algún presidente puso un reparo al evento o a ir a la Casa del Partido Colorado?
—Nada, ninguno. También le vamos a entregar una placa conmemorativa a los presidentes allí presentes y a los familiares del doctor Tabaré Vázquez y de Jorge Batlle. Lacalle Pou va a participar, pero a través de un video, está de conga (risas), está de viaje.
—¿Tiene preparada su intervención, lo que va a decir?
—No, pero me imagino qué se me puede preguntar. Ya no me voy a asustar. Pero, además de eso, quiero expresar algo que siento mucho: gratitud a mucha gente. Primero, una gran gratitud al pueblo uruguayo por sus pronunciamientos populares, ninguno fácil, ni el del 80 ni el del 89. En segundo lugar, gratitud a algunas figuras, como pueden ser mis correligionarios Enrique Tarigo, que era una columna principista, y Jorge Batlle, con su efervescencia creativa. Y también a figuras como el general (Liber) Seregni, que fue muy importante, sobre todo en la etapa de la salida, porque coincidió con nuestra estrategia de dialogar. En eso coincidimos frenteamplistas, colorados y cívicos. El Partido Nacional no compartió esa estrategia y, desgraciadamente, se puso al costado de esto. Pero ahí Seregni, como líder del Frente Amplio, fue clave. Como también fue fundamental Juan Vicente Chiarino, de la Unión Cívica, y también lo fue Juan Pivel Devoto, blanco, porque estuvo en todo, tratando de buscar soluciones. Del mismo modo, tengo una gran gratitud por Wilson (Ferreira) porque, más allá de lo que podamos discutir sobre sus actitudes políticas, su retorno lo llevó a una situación sacrificada y él patrióticamente le respondió al gobierno con una gobernabilidad que le permitió funcionar.
—Se elogia mucho esa característica de Uruguay de reunir armónicamente gente que ideológicamente no está cerca, como usted con Lacalle y con Mujica. ¿No tiene miedo de que esto cambie? En su momento, tampoco se creyó que en Uruguay podía haber una guerrilla o una dictadura.
—Hoy la democracia y los partidos políticos están asediados en el mundo entero. Nuestro país felizmente conserva su estructura partidaria. Incluso el reacomodamiento de sus partidos en dos grandes espacios es una buena cosa. Pero no estamos inmunizados. Nadie lo está. La propia presencia del doctor (Gustavo) Salle en una actitud muy antisistémica es reveladora; dos diputados (de Identidad Soberana) no son electoralmente determinantes pero tampoco insignificantes.
—¿Eso le genera miedo?
—La palabra miedo no cabe. Lo que sí debe generar es preocupación en el sentido orteguiano de la palabra. Como dice el maestro, el hombre es el único animal que se preocupa, que se instala con carácter previo en una eventual situación futura. Hoy nadie puede dejar de estar preocupado. Sobre todo cuando estamos viviendo un mundo en que se han caído los grandes paradigmas del 45 y del 80. Uno, el presidente de Estados Unidos resolvió que puede violar abiertamente los tratados. Dos, Rusia invade olímpicamente Ucrania intentando conquistarla. Tres, habíamos hecho enormes esfuerzos por una libertad comercial para un desarrollo global más armónico, se creó la Organización Mundial de Comercio (OMC) y hoy nos encontramos con la paradoja de que el histórico campeón de la libertad es ahora proteccionista y China está dentro de la OMC. Estamos en un mundo muy confuso, ¿dónde vamos a ir a parar? Los años 80 fueron años de optimismo. Por más que los economistas hablan de décadas perdidas es la época de la democratización en América Latina y la caída del muro de Berlín. ¡Por favor! Es una de las grandes décadas de la historia, la de los 80. Como dijo (Thomas) Friedman hace poco en un artículo, éramos tan optimistas y no nos dábamos cuenta.
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Javier Calvelo, AdhocFotos
—¿A su criterio qué rol tendría que tener el Partido Colorado en este momento?
—El Partido Colorado tiene que ser fiel a lo suyo, esencialmente es un partido liberal socialdemócrata cuya idea principal es la adaptación constante a los tiempos liberales. Cuando el Frente Amplio quiere instalarse encima de la nostalgia batllista, se instala dentro de un batllismo que ya se reformó. Cuando el Frente defiende los monopolios del Estado en las empresas, diciendo que eso fue batllismo, no advierte que ese fue el batllismo de 1911. A Antel en competencia la defendemos nosotros. Y es la gran empresa del Estado en la competencia, no en monopolio. Esa es la gran diferencia de concepto. Ni hablemos del PIT-CNT, ¿no? Porque la postura de (el presidente de la central sindical, Marcelo) Abdala, que yo respeto, porque es un comunista sincero, es pro paraguaya. Porque si hay que volver atrás en la seguridad social, eliminar las AFAP, bajar la edad para jubilarse, aumentar el impuesto a la actividad económica, restringir la salida de las ganancias de las empresas y derogar el decreto de las ocupaciones, cualquier inversor importante que esté pensando en hacer algo en Uruguay se va al Paraguay. Lo digo sin agravios personales, pero su postura es esa.
—El otro día se encomendó al Comité Ejecutivo Nacional colorado que lograra un acuerdo con los blancos para institucionalizar la Coalición Republicana para las elecciones departamentales de 2030. ¿Lo ve factible? ¿No piensa que eso es un paso hacia un nuevo suprapartido?
—Mire, yo le diría que, si no se arregla eso, difícilmente pueda sobrevivir la Coalición Republicana. Se lo digo tan grave como eso. Pero un partido solo, no, por las identidades de cada uno.
—Ya que hablamos de 40 años de democracia, ¿qué espera de este gobierno?
—Yo espero un gobierno democrático conducido por un presidente moderado y respetuoso, como es Orsi, a quien conozco desde hace años. Y en el resto, creo que vamos a ver una tensión entre (el ministro de Economía, Gabriel) Oddone, queriendo sostener un rumbo económico parecido al actual; por otro lado, un PIT-CNT que está en las antípodas de lo que precisa el país hoy, y, en el medio, un Frente Amplio que, con matices diversos, tratará de navegar entre ambos. Hay que ver de la ecuación qué surge. Podemos trabajar para los uruguayos o para los paraguayos.