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    Mujica diputado y frontal: no concibo un Menem gobernando el Uruguay. Acá nos soportaríamos la chabacanería y la frivolidad

    En mis años de encierro solitario crié siete ranitas y en aquel enorme silencio percibía la voz de las hormigas, Me las llevaba al oído y escuchaba sus gritos. Decían que estaba loco

    Reportaje publicado el jueves 15 de febrero de 1996

    Este hombre retacón y encorvado que sale a recibirme, de barba crecida, rostro avejentado, pata en el suelo, piernas embarradas y short hecho trizas, es un diputado nacional. El rancho desvencijado donde vive, de sendero de tierra, galería de quincha muy raída cuyos agujeros cubren chapas de dolmenit, mobiliario pobre y escaso, es la casa donde vive. En esas pocas lo tiene todo. “Tengo la inmensa suerte de haber aprendido a vivir con lo justo”, dice sin percibir la sabiduría de sus palabras. En esas catorce hectáreas sobre un camino de balasto, perdido en Rincón del Cerro, cultiva flores como su madre, una italiana dura que afrontó su viudez vendiendo cartuchos y mimbre. El tiene varios invernáculos donde ha plantado claveles que luego su compañera Lucia Topolansky, edil suplente por Montevideo, o él mismo venden en la feria cerrense “a un precio muy bajo, adecuado para los pobres de la zona”. No tiene auto y va al Palacio Legislativo en moto, de pantalón vaquero, campera de jean y casco. En la primera sesión solemne de la legislatura, los porteros no querían dejarlo entrar. El se ríe porque dice que los uruguayos aún no se han liberado de la tiranía de las formalidades. No es necesario que lo diga. Sus pares de la Cámara de Diputados no terminan de acostumbrarse a su rostro sin afeitar, a su aspecto desaliñado, a su forma liberada de hablar, que suena extrañamente en esos ambientes impolutos hinchados de academicismo. Su nombre es José Mujica Cordano. De sus sesenta y un años, ha estado preso más de quince. Durante la dictadura, fue uno de los nueve rehenes condenados a muerte en caso de cualquier acción violenta de los tupamaros. En esas circunstancias fue torturado hasta que perdió la razón durante cierto tiempo. Estuvo largos años confinado en una situación límite, sin poder hablar con nadie. Hoy las vueltas de la política lo han llevado a una diputación por el Frente Amplio, pero se siente más cómodo en su papel de productor rural. Durante dos mañanas hemos llenado cuatro casetes y vaciado tres termos. Estas notas bien pueden constituir sus memorias, pero en buena parte son también las del movimiento de acción directa que integró.

    Estos no son tus pagos natales, pero estamos cerca.

    —Es cierto. Yo nací al otro lado de la ruta, en Paso de la Arena, pegado a la escuela 150. Un barrio donde ya en aquel tiempo iban muriendo las chacras y naciendo los solares. Soy del 34 y durante mis primeros años vi cómo los trabajadores comenzaban a hacerse sus casitas en terrenos comprados a plazos. Era un lugar a medio camino entre chacra y barrio, pero no de esos barrios de hoy llenos de gente porque en aquel momento los soñares eran muy grandes.

    —Como deberían ser siempre.

    —Así mismo. La tugurización que ha ganado Montevideo ha determinado que ahora se haya ido creando otra ciudad detrás de los terrenos grandes. Todos están llenos de corredores y piecitas en el fondo.

    —¿Cómo es la historia de tu familia?

    —Mi viejo era hijo de un estanciero mediano, que se las ingenió para fundirse en la década del 30, un poco por la crisis y otro poco por su falta de manejo en los negocios. Se metió de industrial y se le ocurrió poner una empresita de prefabricados de hormigón. Todavía hay en Carmelo galpones hechos por él. Pero se endeudó y perdió todo. En esas aventuras conoció a mi madre que era hija de aquellos italianos inmigrantes que llegaron con una parra abajo del brazo. Mi abuelo tano lo más que había llegado era a segundo año de escuela nocturna pero parece que era muy inteligente. Cuando llegó a Carmelo había una estancia de García de Zúñiga que había sido vendida en pedacitos y allí se instaló una colonia de italianos. Eran recontra minifundistas, tenían cinco o diez hectáreas cada uno, pero aquella era una tierra de pan llevar, como dicen los españoles. Plantaron viñas e hicieron unos pesos. El problema fue que esa tanada fue muriendo, sus herederos no pudieron entenderse y terminaron vendiendo todo a Irurtia. Ese es el origen del vino de Carmelo. En esas vueltas mi padre y mi madre se acollararon, luego el viejo se fundió y terminó trabajando en una de esas balanzas de vialidad para pesar camiones que ya casi ni existen. En esa época se controlaba el peso de los camiones para que no destruyeran las carreteras. Por comentarios familiares, sé que mi abuelo les dio una mano para que compraran la fracción de Paso de la Arena que tenía catorce mil metros, donde nací yo.

    —¿Qué tipo de explotación hacían?

    —Plantaban flores y tenían una quinta para consumo familiar. Con eso y el sueldo de peón de vialidad de mi viejo, vivían. Pero él se enfermó y murió cuando yo tenía siete años y ahí empezaron los problemas. Mi madre quedó laburando la tierra y esperando la pensión del viejo. La cobró quince años después de morirse su marido (se ríe). Claro que tenía una formación hecha en el sacrificio y no le hacía asco al trabajo. Mi madre elaboraba todo lo que se comía en casa, desde el pan casero a la fruta envasada y nosotros no pasamos hambre nunca aunque vivíamos muy apretados. Cuando yo iba al liceo llevaba con frecuencia un paquete de flores que dejaba en la florería y a la vuelta traía dos pesos. A veces le tenía que pedir prestado un medio (cinco centésimos) al panadero que era el prócer del barrio para tomar el ómnibus, pero la fuimos llevando.

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    José Mujica en su chacra, sosteniendo un manojo de flores

    José Mujica en su chacra, sosteniendo un manojo de flores

    Un pequeño productor de flores

    —He entrevistado a muchas personas pero ninguna me ha contado que haya pasado su niñez en un minifundio. Es de suponer que allí la vida de un niño tiene que desenvolverse de forma muy diferente. ¿De qué índole eran aquellas apreturas?

    —Como todas de los que pasan trabajo porque te confieso que aquellos años fueron de gran trabajo. Por supuesto que la vida en un minifundio es totalmente distinta. Nuestro barrio era como un pueblo de campaña y todos nos conocíamos. Nosotros teníamos un pedazo de bañado que producía muchos cartuchos (calas) y mi madre hacía paquetes de quinientos, que deben pesar unos cuarenta y cinco quilos, se tomaba el ómnibus 132 que ya no existe y se iba a venderlos a la ciudad. Era una tana gorda, grandota, la he visto poniéndose una bolsa de portland calzada en la cadera. Cuando ella salía a trabajar nos dejaba en casa de algún vecino, una costumbre que era muy común en la zona. El único teléfono de todo el barrio era el del panadero Murdoch que estaba a dos cuadras de casa, pero que avisaba a todo el mundo las llamadas urgentes. Nosotros nos mantuvimos con los cartuchos y con el mimbre porque en aquel tiempo había una importante industria de cestería para las damajuanas de vino. El corte del mimbre es uno de los trabajos más duros que he conocido. No es sólo cortarlos sino atarlos y sacarlos de adentro del bañado. Todo eso con el correr de los años se perdió porque vinieron las fábricas, vertieron porquerías al arroyo, pudrieron la cuenca y provocaron un cambio ecológico. Pero en aquella época, el arroyo se poblaba de mentas, de ranas, de bichitos de luz, de pájaros, de gallinetas y era el mundo de nosotros los gurises. Pescábamos, nos bañábamos, robábamos fruta. A veces nos conchabábamos en las chacras vecinas cuando venía la vendimia, para ganar unos pesitos. Un trabajo duro pero lindo, quedábamos con la jeta azul de comer uvas (se ríe). En Paso de la Arena había mucha viña pero lo que más la caracterizaba era la alfalfa. Allá se producía el combustible para el transporte de los matungos que en la década del cuarenta poblaban Montevideo tirando de los carros lecheros o de los de basura o de los de hielo. En Tomkinson y Simón Martínez estaba el boliche de Silles, donde paraban todos los camioneros que llevaban la alfalfa a la capital. Uno de los pocos carreros que la transportaba directamente a Montevideo era un vecino de apellido Chao que tenía un carro grande tirado por cuatro matungos. Iba hasta Montevideo, cobraba su mercadería, hacía un largo pasaje por varios boliches y luego se subía al carro y se dormía. Los caballitos lo traían de vuelta hasta su casa sin que nadie los dirigiera. Ese era mi barrio, de gente de trabajo y algún borrachito como en todos lados. Te dije que mi casa estaba al lado de la escuela y mi madre era inflexible en cuanto al cumplimiento de mis horarios. No faltaba ni de casualidad. Por otro lado, las maestras eran muy solidarias y amigas de todos los vecinos. Muchas veces cumplían toda su carrera allí y se a jubilaban sin cambiar de escuela. Entre los recuerdos de mi infancia está el de las visitas que mi madre hacía a todos los meses a una anciana que vivía en la calle Lima y que había sido maestra suya en Colonia Estrella, a la salida de Carmelo.

    —Esa era la colonia de los italianos.

    —Claro. Cuando ellos llegaron de Italia se encontraron en plena epidemia de cólera. Hicieron una misa campal y le pidieron a Dios que los salvara del mal. Como Dios los escuchó, decidieron levantarle una capilla a San Roque como agradecimiento y exagerados como eran se mandaron una iglesia imponente cuya campana la hicieron traer de Italia. Allí nació una tradición que perdura hasta hoy. Mi abuelo tano murió carneando una vaquillona para hacer un asado con cuero en homenaje a un cura amigo que venía de España a la celebración. Mis dos abuelos eran muy diferentes. El paterno era un mercachifle de campaña que en una de esas mercachifladas conoció a una señorita Terra, hija de un estanciero y pegó el braguetazo. Quedó con estancia y la mejoró. Mi padre fue criado como hijo de latifundista, pero sin los hábitos de trabajo de los tanos del lado de mi madre. El padre de ella tenía bodega, criaba ganado, plantaba trigo, explotaba un tambo, era una locura con patas. Si querés ponerlo en términos modernos, el viejo Cordano era un empresario nato. Curiosamente era italiano pero blanco. En 1904 tuvo que disparar para Buenos Aires huyendo de las levas. Hasta boliche tuvo, de aquellos de jugar al sapo y pista de carreras a los fondos (se ríe). Mi madre, que era de las mayores, contaba que había visto al viejo embolsar libras esterlinas a pala. Como estaban en Colonia Estrella, entre Carmelo y Nueva Palmira, la vinculación con Buenos Aires era intensa. Por allí vivía don Carmelo Cabrera una de las manos derechas de Aparicio y con el tiempo me di cuenta de que aquel lugar cerca del río Uruguay era un punto estratégico para las revoluciones. Yo estaba muy ligado a mi abuelo tano porque en todas las vacaciones me iba para Colonia Estrella. Allí aprendi a plantar, a utilizar el arado, a combatir la langosta, que en ese momento era una plaga incontrolable. Mi abuelo llegó a plantar maíz amargo, porque era el único que no devoraban estos bichos.

    —Todavía no se ha estudiado a fondo el trabajo agrario de aquellas colonias de italianos inmigrantes.

    —Te basta con observar las cifras de 1918. En ese año sembraron más de cuatrocientas mil hectáreas de trigo y doscientas mil de maíz a puro buey, caminando, y con una reja de cuarenta centímetros. Hoy utilizándoselo máquinas no se llega a esa área. ¡Si habrán caminado esos cristianos! Ordoñana, el fundador de la Asociación Rural, escribió: “La agricultura es el destino de los pobres que tendrán que doblar el testuz sobre la tierra”. Y es así nomás.

    —¿Ordoñana habrá inclinado alguna vez el testuz?

    —¡Qué va a inclinar! Era un viejo pelucón que daba indicaciones a los demás. La ganadería para los ricos, la agricultura para los pobres.

    —¿Recuerdas tu niñez con cariño?

    —Eso viene atado con el tiempo que embellece los recuerdos. El tiempo sobraba y una de las tragedias más grandes del mundo moderno es la falta de tiempo. Para vivir hay que tener tiempo, incluso para autorregalárselo, para reflexionar y galopar para adentro. Ahí está el meollo de todo.

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    José Mujica y Lucía Topolansky en su chacra de Rincón del Cerro

    José Mujica y Lucía Topolansky en su chacra de Rincón del Cerro

    La soledad y la locura

    —A veces también es un castigo. A ti te obligaron a esta mucho tiempo a solas.

    —Es paradojal, sí señor… No lo busqué aunque estaba dentro de las opciones conscientes de uno. Después de todo me pasó lo mejor que me pudo haber pasado. En esos años de confinamiento solitario para mantenerme vivo y no quedarme loco tuve que aprender a hablar mucho conmigo mismo. Ahí sí el tiempo me sobró para pensar. Por supuesto que el pensamiento aislado tampoco no sirve porque es demasiado unilateral, pero puede llegar a hondones increíbles.

    —Sobre todo en tu situación, cuando la única compañía era una gotera o el ruido de las ratas al correr.

    —Y los bichitos… Yo llegué a criar siete ranas. ¡Y cómo las cuidaba! Les ponía agua, cuando me sobraba, que no era siempre. Establecimos una verdadera amistad. Eran los únicos seres vivos no agresivos que tenía cerca. ¿Querés que te cuente algo? Aprendía que las hormigas tienen voz. Agarraba una, me la ponía con cuidado bien cerquita del oído y en aquel inmenso silencio las oía gritar (se ríe).

    —Ahora es fácil reírse, pero yo recuerdo bien que en aquel momento te tenían por loco.

    —Porque estaba loco de verdad. Me curó una médica milita del Hospital Militar. Una mujer que arrastraba la lengua, pichicateada hasta las patas, no sé que diablos tenía. Esa doctora, que debía ser psiquiatra con grado militar, me curó por acción de presencia. Me mandó un millón de pastillas y permitió que me dejaran leer. Las pastillas las tiraba todas las nochespor el water, pero la lectura me curó de la dispersión del pensamiento. No te imaginas la cantidad de libros de ciencias que leí, hasta los de química del liceo.

    —¿Cuáles eran los síntomas de tu locura? ¿Cómo tomaste conciencia de que estabas enfermo?

    —Me había convencido que los milicos poseían un aparato que les permitía leerme el pensamiento a la distancia. Y como había empezado a dolerme un oído, lo atribuía a la acción de ese sistema de espionaje. Tenía una persecuta terrible. Por supuesto no existía nada, era yo que inventaba todo. Salí del trance, pero quedé con rayaduras. Al tiempo de quedar libre me di cuenta de que todo el mundo tiene alguna rayadura (se ríe).

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    —Háblame de tus tiempos liceales.

    -Fui al Bauzá que estaba en Agraciada y Gómez, que era el que teníamos más cerca. Ahí fue que empecé a tener contacto con la militancia gremial estudiantil. En esos años había muchos problemas a nivel estudiantil. Esa fue también mi época de deportista. Estaba muy de moda el ciclismo a raíz de los triunfos internacionales de Atilio François. El asunto es que a los trece años participaba en las carreras de novicios y llegué a ganar un campeonato interliceal. Llegué a correr en primera división, pero me pegué un golpe tan grande en una doble San Jacinto que estuve seis meses con una rodilla a la miseria. Simultáneamente me enamoré de una gurisa y largué todo al diablo.

    —No sabía que el amor era incompatible con el ciclismo.

    —No es así, nada es incompatible con nada. Lo que pasa es que el amor te cambia los centros de atención. A la gurisa que te nombré la había conocido en la peripecia estudiantil. Después hubo otros amores.

    —Pero ese fue el primero y el más inolvidable.

    —Yo creo que son todos olvidables, pero el primero tiene otra fuerza. Yo me he enamorado varias veces en la vida como cualquier hijo de vecino, pero las novias no me duraban mucho.

    —Tengo la impresión que ellas te largaban.

    —¿Todavía no sabés que siempre son ellas las que eligen? Las mujeres son el sexo fuerte. Y a la vez son la cosa más importante que existe sobre la tierra. Y esto a los machistas no les gusta reconocerlo.

    —Van a decir que tú eres el machista que las tratas de “cosas”.

    —Te lo admito. Sustituyamos “cosa” por “hecho”. Las mujeres son siempre el centro de todo, aunque a nuestra vanidad le cueste admitirlo.

    —¿Tu compañera actual es la última?

    —Es una especie de campamento (se ríe a carcajadas). No te olvides que los valores van cambiando con las edades. En la etapa en que yo estoy, la compañera es la enfermera, la buena cocinera, la amiga. Una mesa humilde bien cocinada empieza a tener un valor in muy importante.

    —La estás definiendo como una empleada tuya. Ella puede decir también: “A mi edad yo necesito un enfermero, un cocinero, alguien que me sirva”.

    —Es un ir y venir. Yo soy de los que me levanto tempranito y le llevo el mate a la cama (se ríe).

    —Y con eso te crees que cumpliste.

    —No acompaño ese concepto de liberalización de la mujer tan en boga. La liberación tiene que ser mutua. Quisiera que llevaras una de visión profunda porque este es un tema del cual hablo poco. La mujer nunca es un igual, es un distinto. Las mujeres cuando se van poniendo viejas se acercan a la santidad. Probablemente esté sugestionado por las desdichas de las esposas y las madres de los presos, pero las cosas que he constatado que bancan ellas no las bancan los hombres. El don de la maternidad les desarrolla valores que nosotros no podremos tener nunca. Su tarea es la formación de las nuevas generaciones y no hay papel más trascendente en el mundo. Por ser tan común la sociedad no lo prioriza, pero ¡cuánto vale! Simplemente hay que observar la Naturaleza y ver cómo actúan las hembras con sus hijos. Si la liberación de la mujer es dejar eso por el camino, vamos a la ruina. Si la televisión es la que va a educar a nuestras crías por falta de tiempo de las madres, todo se acaba. No me gustaría que esta manera mía de pensar quedara por el camino.

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    Credencial cívica de José Mujica

    Credencial cívica de José Mujica

    El primer voto

    —Dala por incorporada a la entrevista. Estábamos hablando de tus tiempos del liceo.

    —Fui un mal estudiante en Idioma Español y un brillante estudiante en Literatura. No me gustaba Matemática pero me gustaban mucho la Física y la Química. Nunca entendí esas incongruencias. La Historia me fascinaba y llegué a ganar un concurso a raíz del centenario de la muerte de Artigas. Cuando estaba en cuarto empecé a militar en la ARU, Agrupación de Reforma Universitaria, de extracción anarca. Por ahí me ful intelectualizando, dentro de lo posible.

    —¿A quién votaste la primera vez?

    —Al Partido Socialista. En esa época veía la cuestión electoral con un ojo muy crítico. Paralelamente viví una experiencia muy interesante al ingresar a Facultad de Humanidades y conocer allí a don José Bergamín y a Paco Espínola. Las tertulias de Bergamín fueron inolvidables y hablar de Paco es casi obvio. Recuerdo que estuvo un año entero hablando nada más que de Homero y de Cervantes. Ellos dos, de una manera muy distinta, estaban sembrando en nosotros. Aquellos fueron los años de mi iniciación en la Filosofía. Conocí a (Immanuel) Kant y he vuelto a él varias veces en mi vida. Inconscientemente me iba formando una especie de armazón en materia de ideas, cosas que van a que dar por el camino por opciones que tengo que ir tomando. Los buenos agricultores saben que primero hay que trabajar para mejorar la tierra y después viene la cosecha. Con el ser político ocurre lo mismo. Estas son reflexiones que me hago ahora que estoy llegando a viejo. Y tampoco creo que me preocupen mucho.

    —Creo que a esta altura hay pocas cosas que realmente te preocupan.

    —Es cierto. Me siento un poco por encima del bien y del mal. Debe ser por los años. Veo que la farándula va al estrelle y pienso que es mejor que se estrelle para que aprenda de una buena vez. Cuando uno sigue viendo que todo es actuación, que todo se hace para dar espectáculo, que hay pocas cosas realmente sinceras, le parece que las frivolidades de épocas anteriores se continúan repitiendo.

    —Por lo que recuerdo, hiciste Facultad de Derecho.

    —Y dejé porque no me gustaba y el aire se me hizo irrespirable. Debí haber estudiado Agronomía. Por esos años ya empecé a militar en el Partido Nacional. Mi abuelo materno había sido edil blanco varias veces y conocía a Luis Alberto de Herrera. Los blancos estaban embretados. El viejo Batlle les había tomado todas las banderas ocupando la totalidad del espacio político y ellos oscilaban entre ideas progresistas e ideas bien reaccionarias. Lo curioso, sin embargo, es que gran parte de los integrantes del MLN provino del Partido Nacional. Y que figuras rectoras del pensamiento de izquierda como el doctor Carlos Quijano también hayan tenido su raíz nacionalista. Al amparo de Quijano nació la Generación del '45, que incuestionablemente influyó mucho en los jóvenes que luego serían partidarios de la acción directa. No por sus planteos políticos, sino por su forma de revisar conceptos y cuestionarse cosas. “Marcha” fue una siembra fabulosa que penetró muy hondo en todos nosotros. Y cuidado que no me olvido de las enseñanzas batllistas de principios de siglo.

    —Todo eso ha ido configurando la “uruguayidad” que caracteriza a los nacidos de este lado del río fronterizo.

    —Los uruguayos somos la consecuencia de todo un siglo de proceso histórico-político. ¿Uno puede imaginarse a un Carlos Menem gobernando aquí? ¿El pueblo uruguayo puede tragarse la chabacanería, la ordinariez y la berretez, por usar un término popular, del menemismo? Podrá tener la misma visión política pero no esa metodología. Son ordinarios por donde los mires.

    —Yo pienso que buena parte de su clase política es más frívola que ordinaria. Sus dirigentes viven más pendientes de la imagen que se tenga de ellos que de su trabajo como gobernantes. Han transformado la política en una de las tantas formas del jet set.

    —Frivolidad puede ser la palabra exacta. El asunto es que a ellos les da resultado. Pero acá hay un rechazo a todo eso. Nosotros tenemos una tradición histórica de seriedad.

    —Vamos a lo nuestro. En el '58 votaste al Partido Nacional.

    —Mi madre militaba en el Partido Nacional y estaba en el grupo de Arrillaga Safons, que era amigo de la familia. Luego acompañó a Enrique Erro y éste estuvo en casa una noche. Discutimos un rato y el hombre me gustó. No el Partido Nacional, él como persona. Ahí gasté unos cartuchos de militante. Aprendí mucho, conocí la cocina política por dentro. El '59 fue un año complicado, Herrera rompió con Nardone, Fidel Castro estuvo aquí cuando las inundaciones, la revolución cubana empezó a dividir a la gente. Yo acompañé a Erro en todo ese período. Era honesto a carta cabal y tenía bien claros los conceptos antiimperialistas de su partido, ambas cosas suficientes como para enamorar a un muchacho joven. Luego el partido se fue descomponiendo, Juan Eduardo Azzini firmó la primera carta de intención con el Fondo Monetario, el país empezó a dar zancadas hacia la derecha y Erro se radicalizó. Desde el Ministerio de Industrias y Trabajo se empeñó en una misión imposible de moralidad, de combate contra los grandes intereses. Conocí de cerca las presiones brutales de los empresarios. Hubo uno que terminó en la cárcel porque le ofreció a Erro una coima por una compra de azúcar con un desparpajo que hablaba de su acostumbramiento. Erro lo hizo venir, le puso un comisario detrás de un biombo y logró mandarlo preso. Consecuencia de esa lucha, es que a Erro su propio partido le pidió la renuncia. Lo más significativo de todo esto es que siendo Erro un hombre muy prestigioso, los otros caudillos habían puesto sus huevitos en la lista de él. Eduardo Victor Haedo a Angel María Giano como primer suplente y Etchegoyen a su yerno Barbot Pou como segundo. Los votos del Partido Nacional en el Parlamento eran muy justitos y Erro especulaba con sus dos votos decisivos. Cuando él estaba como ministro, su primer suplente Gianola había viajado a China y al volver, en el mismo aeropuerto, Haedo le propuso el Ministerio de Industrias a cambio de su voto a favor de la Reforma Monetaria. Poco después el otro suplente Barbot Pou fue llorando a hablar con Erro para justificar su voto diciéndole que su suegro, el doctor Martín Etchegoyen, lo presionaba. Erro mismo me lo contó. De esa forma se consiguieron los dos votos que faltaban. Después de eso vino el planteo fallido de la Unión Popular de Erro con Vivián Trías en el '62. Esta mala experiencia al cerrarse una perspectiva muy anhelada (casi nadie recuerda que Raúl Sendic integró esa lista y yo también), sumada a los radicalismos creados por la Revolución Cubana, produjo un sacudimiento en mucha gente. Pienso que por ahí empezaron a gestarse los movimientos violentistas.

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