Después de una campaña más polarizada de lo habitual, Chile dio señales de institucionalidad al iniciar la transición presidencial, que marcará el mayor giro a la derecha del país desde el retorno de la democracia en 1990.
Tras su triunfo en la segunda vuelta, el líder ultraderechista fue recibido por el presidente saliente, Gabriel Boric, en un encuentro calificado de “positivo”. Chile deja atrás una campaña marcada por la virulencia, pero las altas expectativas y la necesidad de construir gobernabilidad ya presentan desafíos para Kast
Después de una campaña más polarizada de lo habitual, Chile dio señales de institucionalidad al iniciar la transición presidencial, que marcará el mayor giro a la derecha del país desde el retorno de la democracia en 1990.
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn el Palacio de La Moneda, el presidente saliente, el progresista Gabriel Boric, recibió al ultraconservador José Antonio Kast, vencedor de la segunda vuelta electoral por delante de la comunista Jeannette Jara.
Aunque Chile cuenta desde hace dos décadas con una alternancia pacífica entre izquierda y derecha y gestos republicanos entre rivales políticos, la marcada confrontación entre Kast y Jara —y entre Kast y Boric—, a veces rozando los agravios personales, generaba temores de que la cordialidad habitual se rompiera.
Sin embargo, todo se desarrolló conforme a las normas no escritas de la democracia chilena. Tras consumarse la derrota, Jara reconoció rápidamente que “la democracia habló fuerte y claro” y se trasladó al comando de Kast para felicitarlo en persona. Kast respondió destacando “el coraje” de su rival e incluso hizo callar a algunos de sus seguidores que comenzaron a abuchearla.
En ese mismo espíritu, un día después tuvo lugar el primer cara a cara entre Boric y Kast, que el ganador calificó de “muy positivo y republicano” y necesario para “conocer situaciones que van a afectar y pueden requerir coordinación entre el Gobierno saliente y el entrante”.
Boric, por su parte, destacó que, aunque defiendan “principios y valores diferentes”, les une Chile, y pidió que el nuevo gobierno continúe con “muchas de las políticas iniciadas y acordadas en estos años”, como la implementación de la reforma de pensiones, la instalación del Ministerio de Seguridad Pública o la ley integral contra la violencia hacia la mujer, entre otras.
Las portadas de los diarios y los titulares reflejaban al día siguiente de la segunda vuelta electoral dos realidades contrapuestas: el 58,17 % obtenido por Kast es el mejor resultado presidencial de la derecha desde 1989, mientras que el 41,83 % de Jara marca la peor cifra de la izquierda en un balotaje.
Para muchos chilenos, incluso aquellos que no tenían al ultraderechista como primera opción, las promesas de “mano dura” contra la delincuencia y la inmigración irregular —temas que vinculan por el aumento de delitos relacionados con el crimen organizado transnacional— calaron hondo.
También pesaron los estigmas que afectaron a Jara por su pertenencia al Partido Comunista —no alcanzó con que prometiera renunciar a esa formación si asumía la presidencia— y por ser percibida como la continuidad del gobierno de Boric, a pesar de sus intentos de distanciarse.
“Este país no podía seguir aguantando gente de izquierda que nos dejó en lo más profundo de la delincuencia. Tenemos mucha fe y esperanza de que la nueva administración pueda arreglar el país”, afirma Laín, sentado en un banco del paseo Bulnes, en Santiago.
Adriana Álvarez, pensionada y votante de Kast, destaca que él es “una persona bastante criteriosa” y que “en su mensaje dijo que quería trabajar con todos”. A pocos metros, Juana reconoce que, aunque el ultraderechista “no me representa”, está “muy satisfecha con la elección” porque “tiene buenas ideas” y “ya es hora de que pongamos mano dura”. También subraya la necesidad de unión entre líderes políticos para lograr “más estabilidad laboral, económica y mayores inversiones”.
En cambio, Marisa Rivera, de Calama y de visita en la capital, expresa su rechazo al nuevo gobierno: “No me gusta, no estoy de acuerdo y no espero nada bueno de este presidente”. Su preocupación central es que Kast “pueda concentrar más poder del que le corresponde” y que haya un giro autoritario.
Varias mujeres entrevistadas manifestaron inquietud por las posturas conservadoras de Kast, como su rechazo a la ley de divorcio, al Ministerio de la Mujer o a la venta libre de anticonceptivos. “Para mí, mano dura y orden es sinónimo de retroceso en los derechos de las mujeres”, afirma Paula Salvo. Muriel, residente en Ñuñoa, agrega: “Las expectativas no son muy positivas, así que habrá que prepararse. Esperemos que no retrocedamos en lo que hemos conseguido en democracia, sobre todo en derechos adquiridos por las mujeres en los últimos 20 años”.
La estrategia, finalmente exitosa, de Kast durante la campaña fue centrar el debate en los temas que, según las encuestas, preocupan a la mayoría de los chilenos: seguridad, inmigración y economía. Para ello acuñó el concepto de un "gobierno de emergencia", que volvió a mencionar tras reunirse con Boric, apelando además a la "unidad nacional en los temas prioritarios" y enfocándose en "situaciones que afectan de forma transversal como seguridad, salud, educación y vivienda".
Sin embargo, las altas expectativas que generan estas promesas pueden convertirse en un búmeran, sobre todo en un país donde, advierten analistas, la sociedad ha reducido el “periodo de gracia” para los gobiernos entrantes.
“Hoy las preferencias están dibujadas en torno a temas en los que la derecha y la ultraderecha tienen mayor capacidad de conducir el proceso”, explica a France 24 Gonzalo Parra, académico de la Facultad de Gobierno de la Universidad de Chile. “Sin embargo, cualquier interpretación debe hacerse con cuidado, porque hay elementos de inestabilidad en un electorado que no necesariamente mantiene preferencias estables en el tiempo”, agrega.
El propio Kast intentó moderar las expectativas en su discurso de victoria. Aunque aseguró que su trabajo comenzará "de inmediato" y que se verán mejoras "cada día", advirtió que "los resultados no se verán al día siguiente" y que se requerirán "esfuerzos" de la población, sobre todo en materia económica, porque "las cuentas no están bien".
Entre los desafíos más ambiciosos de Kast figuran medidas que no serán fáciles de cumplir: la expulsión de unas 330.000 personas migrantes en situación irregular, la construcción de muros y zanjas en las fronteras, y el aumento del presupuesto anual en seguridad mientras se reduce en 6.000 millones de dólares el gasto estatal. Sobre este último punto, ha evitado precisar dónde se realizarán los recortes, aunque el senador electo Rodolfo Carter generó polémica al señalar que si se revelan los detalles del ajuste fiscal, "nos paralizan el país al día siguiente" y "vamos a tener la calle incendiada".
Frente a la inestabilidad, Kast busca garantizar gobernabilidad tendiendo puentes con otros aspirantes de derecha, como el libertario Johannes Kaiser y la conservadora Evelyn Matthei, así como con el populista Franco Parisi, outsider que se autodefine "centrista" y terminó tercero en la primera vuelta. Su Partido de la Gente sumó 14 diputados y podría inclinar los debates en un Parlamento donde ni la derecha ni la izquierda alcanzan mayoría.
“Si miras la correlación parlamentaria, te das cuenta de que Kast heredará muchas de las condiciones que limitaban la efectividad del gobierno de Boric”, sostiene Marcelo Mella Polanco, analista político y académico de la Universidad de Santiago de Chile. “Se da la paradoja de una votación muy alta pero un gobierno de minoría, y esa ha sido la constante de los últimos tres gobiernos de Chile”.
Estos obstáculos ya comienzan a delinearse en el futuro gobierno de Kast, que por ahora intenta sortearlos con gestos de institucionalidad, guiños de moderación y el respaldo de más de siete millones de votantes, impulsados por el voto obligatorio, lo que lo convierte en el presidente más votado de la historia de Chile. Pero ese capital político deberá traducirse en hechos, o podría agotarse rápidamente.
FUENTE:FRANCE24