El cine uruguayo ha convertido los balnearios y otros rincones para vacacionar en un territorio fértil para sus historias. Un refugio, un escape o un simple destino que coloca a un personaje en movimiento; una casita afuera puede tomar muchas formas.
Las cineastas uruguayas Ana Guevara y Leticia Jorge saben algo sobre irse de la ciudad. Hicieron de las termas el escenario de su agridulce ópera prima Tanta agua, y transformaron una casa en el este playero del país en el fósil tangible de una familia para su película Alelí, dirigida por Jorge y coescrita con Guevara.
Agarrame fuerte, la nueva película de la dupla, que acaba de estrenarse en cines, presenta un punto de partida bien amargo y bien universal: la muerte.
La película comienza donde la muerte convoca: en una sala velatoria. Un aviso doble se presenta en el primer plano, una elección de las directoras para inaugurar esta historia, que muestra a un par de niños jugando dentro de este ominoso recinto. Sin embargo, las cineastas advierten que en esta narrativa la muerte no será abordada únicamente desde la tragedia. La escena, que se revela como un reflejo en el espejo, permite comprender que no hay una única forma de ver las cosas, y menos un duelo.
Agarrame fuerte está dedicada. “Para Elo”, se lee en los créditos, y a ella, amiga de las directoras, va dirigida esta película que transforma el sufrimiento en lo que las cineastas presentan no como un relato sobre la muerte, sino como una celebración de la amistad. Que esa historia regresara a un balneario, como contaron en una entrevista reciente con El Observador, no les importó. Allí fueron, impulsadas por la tristeza sí, pero también por la alegría de volver a hacer cine.
El retorno tiene, en esta película, un mayor peso que lo normal. Es Adela, en la piel de Chiara Hourcade, la que desea un regreso, en principio, imposible: volver a ver a Elena, quien ha muerto.
De Elena, interpretada por Victoria Jorge, es el velorio; y es allí, en una secuencia que actúa como prólogo, donde las cineastas revelan un talento narrativo que no es innato, sino fruto de un crecimiento obra a obra. El velorio de Elena es, como tantas de estas ceremonias, un cambalache de emociones. La elegancia asfixiante de lo ceremonial flota en el aire y en el mobiliario, hay adultos que cuchichean, otros que ríen y otros que, inevitablemente, se derrumban a medida que la tristeza los invade, una vez más, sin previo aviso.
Desde que Adela y Luci (interpretada por Eva Dans, como otra de las amigas cercanas a Elena) entran por las puertas giratorias de la funeraria, las directoras las encierran a ellas y al resto de los asistentes en la arquitectura del espacio. Puertas que dejan entrever lo justo, ya sea el ataúd donde yace su amiga, una mirada que se esconde detrás de un baño o las aperturas que dividen a las personas, presas de un protocolo intrínsecamente trágico. La escapada solo ocurre cuando Adela, ya en su auto, ve su llanto interrumpido por un arribo. Un ómnibus, parado a pasos de su auto, adelantando su mágico destino: Solís.
Cuando se habla de viajar en el tiempo, el predominio suele estar en la época. Ese es el viaje. Pero en Agarrame fuerte, el destino es igual de clave. Adela irá a Solís porque allí compartió, alguna vez y quizás en reiteradas ocasiones, un verano, una temporada, un fin de semana o tal vez solo una tarde con su amiga. Y ella, justamente, la espera dormida, como si Elena nunca se hubiese ido y como si, de algún modo, aún no se hubiera marchado del todo.
Agarrame fuerte prescinde de un gran conflicto, de un arco de personaje definido y de otras vicisitudes de las narrativas audiovisuales tradicionales, esas que tantas veces nos han hecho esclavos del argumento. Sin embargo, el reencuentro de tres amigas, sin mayores pretensiones que compartir el momento, es suficiente para que las directoras desplieguen, con suma creatividad, su mirada sobre la amistad femenina, el inevitable paso del tiempo y, claro, el encanto peculiar de las casas de balneario: sus limitaciones y carencias, convertidas en portales hacia la creatividad.
Para su hechizo, las directoras apelan primero a una inmersión en la naturaleza, con la vegetación rodeando a Adela en el camino hacia su anhelo. Las flores, que en este entorno se liberan de la rigidez del velorio, junto a los hongos y los pájaros, le dan la bienvenida a un nuevo tiempo que es antiguo. La casa la espera con la puerta abierta, mientras Elena duerme. Ella despertará por el contacto, cariñoso y hasta juguetón, de su mejor amiga.
Si las directoras se despojan de ciertos elementos presentes en sus películas anteriores, aquí también se apropian de otros nuevos. La narración y los textos intervienen en la película, cargándola de un sentir poético que, más que alejarla de sus composiciones, la despliega en su delicadeza y en aquello que, lentamente, nos hace partícipes: el compartir entre quienes ya no tienen la posibilidad de hacerlo.
Con la llegada de Luci y su hijo, el pequeño Paquito, también llega el sentimiento predominante en la película: el jolgorio. Si el primer reencuentro entre Adela y Elena era inevitablemente sombrío, al conformarse el trío con el pequeño Paquito, Agarrame fuerte transforma su canto en donde hay espacio para la distorsión de los Ramones, el dulzor de una cerveza caliente en verano y hasta para zambullirse, aunque sea por un ratito, en la lisergia.
Su Luci es desfachatada y de una honestidad brutalmente desarmadora, una cualidad que se equilibra con la entereza conmovedora de la Elena de Jorge y cierto romanticismo de Adela, a la que Hourcade carga, en su propia mirada, con más de una forma de ver. No es que su mirada a Elena de frente o sus gestos estén cargados de despedida, pero sí logra que no olvidemos que ella sabe que hay una inevitable finitud.
Las directoras han descrito esta producción como anclada en una urgencia poco común en la producción nacional. El apuro que mencionan no se rige por plazos de fondos o festivales, sino por una necesidad interna que, como creadoras, sintieron debía atenderse. Este impulso les permitió atravesar su pesar de una forma que evoca lo que construían tan bien en ese velorio inaugural de la película, donde hay lugar para la felicidad, a las risas y a la celebración de la vida.
En su estreno en el Festival Internacional de Tribeca, Agarrame fuerte ganó el Premio Nora Ephron, que el festival otorga anualmente a cineastas que el jurado considera que comparten el espíritu y visión de la escritora y cineasta responsable de Sintonía de amor (1993) y Tienes un e-m@il (1998). En textos como los que se encuentran en su libro No me gusta mi cuello, aborda la muerte con una mezcla de humor y melancolía de una manera que le permite evitar la tristeza que conlleva el paso del tiempo. Guevara y Jorge han hecho justamente eso, convirtiéndolo en un abrazo reconfortante para los momentos más difíciles.