La alineación de la banda en este regreso conserva a buena parte de sus miembros fundadores y protagónicos: Alfredo Chole Gianotti (voz y guitarra), Gonzalo Brown (voz), Roberto Palito Elissalde (guitarra), Eduardo Chancha Elissalde (batería), Fernando Pomo Vera (bajo), Andrea Viera (saxo alto y flauta), Martín Morón (trombón), Paulo Zuloaga (saxo tenor) y Federico Blois (percusión). En la pausa de un ensayo, Chole Gianotti contó a Búsqueda esta semana que el show está planteado como “un cuento musical y un viaje sonoro y visual” en el que cantarán 35 canciones de los cinco discos, “que representan estos 35 años”.
El cantante, uno de los miembros originales del grupo explicó que el show entrelazará la música en vivo con imágenes de archivo de la banda, en paralelo a los acontecimientos históricos que ocurrían en el mundo mientras ellos hacían su camino. También anunció que el concierto contará con una amplia galería de invitados pero prefirió no adelantar sus nombres para “preservar la sorpresa y la energía del momento”. Agregó que la idea madre de esta celebración es “compartir la música con nuestro público de todas las horas y con esa hermosa comunidad de artistas de todos estos años con la que hemos estado caminando y compartiendo esta historia hecha de música, amistad, amor y compromiso”.
—¿Cómo recordás aquellos primeros años de Abuela Coca en Montevideo?
—En aquel momento las zonas de la ciudad con mayor agite musical de la juventud eran Pocitos, Palermo, Cordón, Punta Carretas. En esos lugares empezaba a gestarse algo nuevo, y Abuela Coca era parte de esa movida. Nosotros empezamos como jugando entre amigos a hacer música y ese juego terminó siendo una banda de barrio que cantaba las cosas que sucedían en ese momento. Después salimos del barrio a la ciudad, de la ciudad al interior, empezamos a grabar discos, después eso se convirtió en nuestro trabajo, nuestra profesión, y ahora ya es gran parte de nuestra vida.
—¿Qué es lo que sucedió en 1991 que lo toman como punto de partida?
—En ese año empecé a encontrarme con los músicos que formaron Abuela Coca y con las canciones del que cinco años después fue el primer disco. En ese año grabamos nuestras primeras canciones en el estudio Elepé, donde ensayábamos, que estaba en Paullier y Hugo Prato, arriba de donde ahora es Living. El estudio era de Alvin Pintos (el baterista de El Cuarteto de Nos). Ahí fueron nuestros primeros encuentros musicales, ahí se armó Congo Bongo, la banda de reggae en la que también estuve, al principio, y ahí se grabó un casete de cuatro temas, que fue lo primero que tuvimos para mostrar. Esa formación inicial de Abuela Coca fue con Omar Santiago, Fernando Rodríguez, que va a estar en el show, Javier Bonga y yo. Ese casete y otros con grabaciones de conciertos en vivo se regrabaron por todo Montevideo, los copió todo el mundo, y así se conocieron nuestras canciones. Gracias a ese casete comenzamos a tocar por todos lados. Así fue creciendo la banda hasta que en el 95 grabamos el primer disco.
—¿Esos casetes nunca fueron publicados oficialmente?
—Oficialmente, no, yo los rescaté y los digitalicé. Los tengo ahora como perlitas, con el sonido mejorado. Todo el mundo me está pidiendo que los suba. Entre esas primeras grabaciones están Noche, Salvador, Soulca, Resbalón y Nega, del primer disco, y Qué pasa, del segundo. Son versiones primigenias, muy primitivas. Para este show de 35 años estuve haciendo ahora una investigación de la sonoridad de la banda, y pude apreciar el crecimiento de las canciones como Noche y Resbalón desde el 91 hasta nuestros últimos toques en vivo.
—Abuela Coca propuso un sonido nuevo, imposible de etiquetar, de encasillar, en la escena montevideana. ¿Cómo fue la búsqueda de la identidad sonora?
—Estábamos buscando nuestra fusión, un sonido propio, y casi sin darnos cuenta encontramos el tuco, como le pusimos a esta mezcla que siempre hicimos.
—¿Santana y Bob Marley fueron los ingredientes de aquel primer tuco?
—Sí, Santana y Marley estuvieron desde el vamos. Santana y Totem son las primeras formas de rock mestizo que escuché, cuando era chico. La música nuestra como el candombe y la murga fueron importantes, y también el reggae, el funky y, por supuesto, el rock. Siempre levantamos también la bandera de los músicos tuqueros, como ellos mismos se decían. Jaime Roos era uno de ellos. Marley mestizó el reggae, el blues y el rock inglés de los 70 y despegó. Y después estaba la data que nos daba la radio, recuerdo a mi hermana escuchando y cantando desde Leonardo Favio a los Stones, y a mis padres que escuchaban tango y folclore. Y nosotros éramos muy curiosos; eso nos mantenía muy despiertos a lo que sonaba y al encuentro con otros músicos. Después tuvimos la suerte de que llegaran grandes músicos a la banda, como Palito Elissalde, que venía de tocar en Brasil durante muchos años.
—La influencia de la música brasileña fue determinante…
—Sí, lo fue. El nordeste de Brasil fue fundamental, y también nos interesó la música que se escuchaba en la frontera, por eso hicimos canciones en portuñol (Afoxé, por ejemplo). Nos conectamos muy fuerte con la magia de Brasil. De ahí aprendimos que la música puede ser alegre incluso si son canciones con letras críticas e irónicas sobre lo que pasa en la política o en la vida cotidiana. Cazuza y Bezerra da Silva nos gustaban mucho, pero los que más nos influyeron fueron Caetano Veloso y Chico Science, el líder de Nação Zumbi, que hicieron el mestizaje de rock y estilos regionales como maracatú. Fuimos a tocar con ellos allá en Pernambuco. A nosotros se nos vincula mucho con Mano Negra, y es real ese vínculo, pero Mano Negra tomó mucho de Chico Science y de la música centroamericana. Mano Negra llegó a Sudamérica y cuando se fueron de América era otra Mano Negra muy diferente. Nosotros ya veníamos en esa búsqueda de la fusión y fue por eso que nos encontramos con esas bandas.
—¿Cómo recordás aquel recital de Mano Negra en AFE en el año 92, en el que ustedes tocaron como apertura? ¿Fue tan big bang como dicen?
—A mí ese show me partió el cerebro en 10 minutos. Lo viví muy de adentro, y después estuvimos como cuatro días con ellos, hasta que se fueron. La segunda noche ellos no pudieron tocar y tocamos solo nosotros. Fue un intercambio increíble para nosotros. Y el tercer día fuimos al barco Cargo 92, anclado en el puerto, y vimos el espectáculo impresionante, con una puesta en formato 360, de la compañía teatral Royal Deluxe. Contaban la Revolución francesa en la cubierta del barco y el escenario era un libro gigante que se iba abriendo y del que iban saliendo los artistas. Fue algo muy zarpado. Las bombas parecían de verdad, estabas mismo en el campo de batalla. Fue algo maravilloso.
—¿La inclusión de los vientos en la música de Abuela Coca viene de Mano Negra o ya estaban antes?
—No, ya estaba antes Bonga con la trompeta. Ese sonido viene del son montuno (género cubano) de la música tropical. Es algo que no tenía el rock de acá. El montuno es uno de los géneros más bailables que existen, cuando una orquesta caribeña toca montuno deslumbra, todo es brillo, es la parte más maravillosa. Y en el rock o en la música de fusión, cuando entran los vientos, la gente canta mucho, corea la melodía de los vientos.
—¿Qué referentes tropicales tuvieron?
—Rubén Blades, sin dudas, es el que escuchábamos todos. El grupo Irakere, de Cuba, también, tremendo. Los dos tenían mucha fusión con jazz. Otra influencia muy fuerte fue la cumbia psicodélica peruana de los años 70, un descubrimiento de unos discos raros, que nos voló la cabeza. Yo hago muchas cosas en la guitarra que vienen de ahí. La escuchaba de discos que no sabía qué eran y ahora me estoy enterando de que eran de bandas peruanas del 70, que era la cumbia psicodélica que le dicen.
—La veta punk también está muy presente en Abuela Coca.
—Sí, claro, y fuerte, porque también nosotros crecimos escuchando rock y punk, y nos gustan mucho. Pero al mismo tiempo nos propusimos no perder la alegría en la música, quisimos hacernos cargo de la alegría en el rock. Creo que eso es Abuela Coca. En esos años intentamos poner colores en un rock oscuro. Nuestro rock también reivindicaba lo mismo que el resto del rock: estamos acá, somos jóvenes, mírennos, escúchennos. Pero el motor, el vehículo, era un poco más alegre. Esa propuesta fue un cambio, sin dudas, y fue lo que después se plasmó en el concepto “el ritmo del barrio”.
—En esa época aún había bastante violencia en los conciertos de rock. ¿Tuvieron resistencias de parte del público del rock más crudo, más oscuro, más punk?
—Creo que nuestro motor impulsó un poco a la unión del público joven. Un tema de nuestro primer disco llamado Sin palabras es un hip hop cruzado con punk y hard rock, muy agresivo, que en un momento se transforma en una salsa bien bailable. En vivo, los más punkies armaban un pogo y cuando empezaba la salsa se quedaban mirando, parados, descolocados, en el medio, y seguían bailando, más tranqui. Por momentos la mezcla que hacíamos era muy radical. Y eso se sentía en el vivo. Cuando vimos que en los toques ya no había tribu urbana que se contuviera al sonido de la banda y se resistiera, estuvimos seguros de que era por ahí. El sonido de la guitarra distorsionada era muy rockero, pero también las letras tenían bastante rock.
—Pero las letras también eran muy festivas. La Abuela canta para vos…
—Sí, pero, si seguís esa letra en portuñol (Afoxé), dice que no te olvides de disfrutar, tengas dinero o no. Dentro de esa alegría también tiene un recuerdo de por dónde vamos y a dónde tenemos que ir, pese a todo.
—¿Cómo recordás la explosión de popularidad de Después te explico?
—Después te explico fue otro tipo de popularidad, porque la primera popularidad fue en esos cinco años de under, fue una progresión de la familia, el barrio y la ciudad. Y con el segundo disco salimos de la ciudad, lo grabamos en Argentina, conocimos todo el país y después cruzamos a Argentina, Brasil, y El ritmo del barrio nos llevó a tocar en todo el continente y en Europa. Y después de nosotros ese circuito europeo se abrió para La Vela, No Te Va Gustar y otras bandas emblemáticas del under como Hablan por la Espalda y Motosierra.
—Ruben Rada fue el productor del primer disco, llamado en forma homónima. ¿Qué aprendieron con él?
—Él y (Mario) Chichito Cabral fueron pilares para nosotros. Primero por Totem, una banda que nos enseñó el camino. Fui el fin de semana pasado al Homenaje a Totem en el Sodre, muy emotivo. Cuando se abrió el telón y no lo vi fue muy fuerte. Estuvieron los tres (Lucila, Julieta y Matías Rada) muy bien, y me encantó el canto de Matías. Y después, como productor de nuestro primer disco, (Ruben Rada) nos ayudó muchísimo. Tocamos mucho con él y nos enseñó directamente muchas cosas que todavía seguimos aplicando.
—¿Por ejemplo?
—El permanecer, el estar siempre, el ser perseverantes, el ser novedosos, ser constantes, estar siempre trabajando, en el trabajo colectivo. Él fue siempre muy certero en que la música es lo primero. Todas esas cosas las aprendimos de él. A su regreso a Uruguay, de las primeras cosas que hizo fue producir el disco con nosotros. Como trabajábamos con Lea Bensasson, que en ese momento tenía LB Producciones, ella nos contactó con él, que era uno de sus artistas. Él quería producir y se encontró con nuestro disco para mezclar, y la verdad es que junto con Luis Restuccia, el ingeniero de sonido, lograron elevar ese disco; lo que hicieron en la consola fue una obra de arte.