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    ‘Calle Londres 38. Dos casos de impunidad: Pinochet en Inglaterra y un nazi en la Patagonia’, de Philippe Sands

    El autor, abogado inglés y profesor de derecho internacional, escribió durante ocho años este libro sobre el juicio que mantuvo preso a Augusto Pinochet en Gran Bretaña y sobre su amigo Walter Rauff, criminal nazi escondido en la Patagonia

    “Don Baltasar, ¿está seguro de que quiere hacer esto?”. Terminaba la mañana del viernes 16 de octubre de 1998 y el juez español Baltasar Garzón respondió cortante al funcionario Jesús Sánchez: “¡Cállese y escriba!”. Es que Sánchez no podía creer que su jefe fuera a pedir la extradición a España del exdictador chileno Augusto Pinochet, que en esos días estaba de visita en Londres, y a su vez el magistrado no tenía tiempo que perder: en cualquier momento el viejo general, entonces todavía senador vitalicio, se regresaría a Santiago.

    Philippe Sands, un escritor y abogado inglés, profesor de derecho internacional en el University College de Londres, fue un actor secundario del complejo proceso judicial que mantuvo preso a Pinochet durante 505 días en Gran Bretaña. La sola detención produjo gran regocijo a sus víctimas sobrevivientes, familiares y millones de personas en todo el mundo pero también estupor en los no pocos defensores de este dictador que “salvó a Chile del comunismo” y ayudó a Inglaterra en la guerra de las Malvinas.

    Motivado por su experiencia personal, no solo como abogado, Sands trabajó durante ocho años para escribir Calle Londres 38. Dos casos de impunidad: Pinochet en Inglaterra y un nazi en la Patagonia, un voluminoso y documentado libro que cierra la trilogía iniciada con Calle Este- Oeste (sobre la experiencia familiar en el Holocausto y el juicio de Núremberg) y Ruta de escape (la historia de un criminal de guerra). Igual que las dos anteriores, su nueva novela se lee como un thriller en el que se narra, desde diferentes ángulos, la actuación del dictador que ordenó cientos de muertes y desapariciones. También narra la de su amigo menos conocido, Walter Rauff, un coronel de las SS que vivió en la Patagonia para escapar de la Justicia alemana, que lo buscaba, entre otras cosas, por la muerte de 90.000 personas gaseadas durante la guerra en camiones especialmente diseñados por él.

    Calle-Este-Oeste.jpeg

    Encuentro en Quito

    En la década de 1950, Pinochet y su colega y amigo Carlos Prats estaban destinados en Ecuador. Años después, de regreso a Chile, Prats se convertiría en el símbolo del honor militar en defensa de la Constitución, y su amigo, en todo lo contrario, al punto tal que en 1974, después del golpe que encabezó contra el gobierno de Salvador Allende con el beneplácito estadounidense, lo mandaría asesinar.

    En los tiempos de Quito, Pinochet había hecho amistad con el nazi Rauff, quien luego de su macabra experiencia en camiones de exterminio trabajaba como mecánico de la filial de Mercedes Benz. El oficial chileno lo invitó a proseguir el exilio en su país, aunque los crímenes de los que se acusaba al oficial de las SS, el SD y la Gestapo eran tan brutales que el vínculo debió ser forzosamente discreto.

    Rauff siguió la sugerencia de Pinochet y se trasladó a Chile. Allí se enterró en la Patagonia, donde dedicó las energías a producir centolla enlatada, sin dejar de cuidarse de sus enemigos ni de alimentar las relaciones con los germanófilos militares chilenos, tanto del Ejército como de la Armada.

    Preso con amigos poderosos, se hacía el loco

    Después de contar lo más relevante de la carrera de Rauff y su huida a América, incluyendo el pedido de extradición denegado por la Suprema Corte chilena en 1963 y un tímido intento de captura israelí, al estilo de la de Herbert Cukurs en Uruguay, Sands abandona por unas páginas al nazi ya libre en el sur, donde enlataba mariscos. Se concentra, entonces, en la gestión de Pinochet, esa que lo llevaría a ser reclamado por el juez Garzón en una actuación tan histórica como fracasada, que además tendría consecuencias para su carrera.

    La peripecia del dictador chileno en Londres es relatada con lujo de detalles. Aunque algunos son demasiado técnicos para quien no pertenece al mundillo jurídico, Sands se las ingenia para mantener al lector atrapado en la trama que se mueve entre la capital británica, Madrid, Santiago, Bruselas y otras ciudades, porque la detención de Pinochet con vías de extradición es un hecho inédito y mundialmente muy relevante.

    “Volvimos, tomamos el té, unos pequeños sándwiches con pepino y huevos o jamón y queso. Fue todo muy agradable. Me sentí un poco avergonzada de estar allí”, relató años después Jean Pateras, una traductora de la Policía Metropolitana que trató al general durante meses, hablando del regreso de los tribunales, y recordó que a Pinochet le había molestado una cosa y lo comentó con sus abogados y acompañantes: “¿Oyeron todo ese ruido, la gente gritándome? ¡Asesino! ¡Asesino! ¡Asesino!”, había protestado mientras masticaba una rodaja de pepino.

    A medida que transcurrían los días, las presiones sobre el gobierno laborista y los jueces y forenses ingleses iban en aumento. El Vaticano —recuerda Sands— instó al gobierno británico a permitir que el general regresara a Chile en aras de la reconciliación nacional.

    Mientras en Londres se dictaminaban crímenes de lesa humanidad, el propio presidente de la Corte Suprema de Chile se declaró partidario de que Pinochet tenía inmunidad y reclamó su regreso al país. Los gobernantes en Chile estaban divididos, pero tenían motivos para pedir el retorno a cambio de que se lo juzgara bajo el gobierno de Ricardo Lagos, el primer presidente socialista desde Allende.

    Aunque no hay referencias en el texto, en Montevideo los tupamaros tampoco veían bien la extradición porque calculaban que podría pasarles lo mismo a ellos por casos como el de Dan Mitrione o el secuestro del cónsul brasileño.

    Las idas y vueltas del juicio inglés y las negociaciones secretas entre Gran Bretaña y Chile, con fuertes presiones de los servicios de inteligencia y de los conservadores británicos, encabezados por la ex primera ministra Margaret Thatcher, están bien explicadas en el libro.

    Los españoles dieron batalla, pero al final quedaron a un costado. Como la decisión de los jueces británicos fue que Pinochet podría ser juzgado solo por hechos ocurridos a partir de 1988, Garzón y su respaldo, el español exasesor de Allende, Juan Garcés, tuvieron que correr para encontrar 44 nuevos casos de torturas ocurridas luego de esa fecha en Chile. Además de una lista de 1.198 casos de desaparecidos.

    Después de que se expidieron los jueces, la palabra final la tenía el ministro del Interior, Jack Straw, quien debía decidir de forma independiente y, aunque luego sostuvo que Pinochet era “un fascista de lo más repugnante que mataba a un montón de gente y tenía el apoyo de Estados Unidos”, finalmente, mediante el ardid de simular demencia, haciéndose el loco, Pinochet logró volar a Chile.

    El retorno fue un momento fuerte, porque había salido en silla de ruedas pero millones de personas en todo el mundo comprobaron que lo de la mala salud era mentira. Para acelerar el acuerdo, los ingleses, en reserva, recibieron una copia de un documento firmado en su momento por Pinochet en el que ordenaba la ejecución de la llamada caravana de la muerte al general Sergio Arellano Stark poco después del golpe.

    El regreso del dictador a su país —explica Sands— permitió el fin de la inmunidad y el avance de los juicios, aunque finalmente, en su caso, no de la impunidad, porque al igual que a Rauff la muerte natural le evitó una condena a prisión.

    A Pinochet, más que por los muertos y torturados, el desprestigio social recién le llegó con fuerza cuando se supo que la Justicia estadounidense estaba investigando sus cuentas con más de 21 millones de dólares en el banco Riggs.

    Ruta-de-escape.jpg

    Pesca siniestra

    Recién después de un arduo trabajo de investigación, Sands, que también recurrió al cine y a la literatura, entre otros, al escritor Roberto Bolaño, que en su libro Nocturno de Chile (1999) incluye a un personaje muy parecido a Rauff y también al escritor Bruce Chatwin, quien lo nombra en su libro de viajes En la Patagonia, logró indicios firmes para vincular al coronel nazi con el dictador chileno.

    Finalmente, Sands reunió al menos media docena de testimonios que ubicaban a Rauff, un tipo bien vestido que hablaba mal español con acento alemán, en lugares como Londres 38 (la vieja sede central del Partido Socialista convertida en chupadero) y otros locales clandestinos que operaba la agencia estatal DINA, dirigida, hasta el asesinato del excanciller Orlando Letelier, por el coronel Manuel Conteras, quien trataba con Rauff.

    Los testimonios obtenidos corresponden a expresos y a jueces pero también a exagentes. Así, pudo confirmar que el criminal nazi vivió durante años en Punta Arenas, luego actuó como asesor durante la dictadura chilena y en Santiago concurría a los locales clandestinos a los que llegaban personas para ser torturadas. Muchas de ellas salían muertas o desaparecían en camionetas Chevrolet C-10 con caja refrigerada que pertenecían a la pesquera Arauco, una tapadera de la DINA.

    Otros indicios apuntan al modus operandi nazi aportado por el oficial de la SS: además de un campo en la isla Dawson que sigue el modelo de Auschwitz, las declaraciones recogidas indican que muchos desaparecidos fueron quemados en un horno, con la particularidad de que se usaba para fabricar harina de pescado para alimentar pollos.

    Uruguay figura tres veces en el libro de 580 páginas editado por Anagrama: en relación con la conocida reunión de 1975 que puso en marcha la Operación Cóndor, en la que participó con su firma el coronel José A. Fons, entonces subdirector del Servicio de Información de Defensa (SID), y en referencia a las muertes con gas sarín en las que intervino el químico Eugenio Berríos, luego asesinado y enterrado en una playa de El Pinar.

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