En las fotos aparece serio, elegante, con la mirada a lo lejos, tal vez enfocada en algún horizonte de mares. Aunque se lo vea con su atuendo urbano del siglo XIX, Joseph Conrad (1857-1924) continuará siendo para siempre sinónimo de marinero y capitán de noches oscuras, de escritor de aventuras narradas con una prosa precisa y ágil. Lo curioso y admirable es que haya tenido tal dominio narrativo en inglés, una lengua que no era la suya. Había nacido en Polonia, cuando era parte del Imperio ruso, con el nombre Józef Teodor Konrad Korzeniowski. Él mismo había contado en Crónica personal, un conjunto de memorias fragmentarias, que había pasado por tres vidas: “como polaco, como marino y como escritor”. El sábado 3 se cumplen 100 años de su muerte y repasar algunas de sus obras lo confirman como el gran marino que fue y como el gran escritor en lengua inglesa por adopción. El primero en esa condición.
Su padre había sido traductor de Shakespeare y de Víctor Hugo y también un militante nacionalista polaco que por su activismo terminó preso y en Siberia, destinado a trabajos forzados. A los 12 años, Conrad quedó huérfano, al haber muerto su madre por tuberculosis, y permaneció en la casa de un tío. Pero a los 16, abandonó su tierra, se fue a Suiza, al norte de Italia y Francia. Y entonces empezaron sus aventuras por el mar: se embarcó en el Mont Blanc y se fue al Caribe primero, después empezaron sus viajes que lo llevarían a Bombay, Singapur, Borneo, Sídney, El Congo. Fue ascendiendo de aprendiz y oficial a capitán, mientras los barcos iban siendo el escenario real para escribir y el ficticio para sus historias. En 1894, se instaló definitivamente en Inglaterra, adoptó la nacionalidad inglesa y renunció a la rusa.
Cuando niño leía con fruición historias de exploración ártica, disfrutaba de la cartografía y de dibujar mapas, pero no le gustaba nada la escuela. Fue su padre quien le dio a leer por primera vez una página de un autor inglés que había traducido al polaco. Era un fragmento de Los dos hidalgos de Verona, de un tal Shakespeare. En sus memorias Conrad escribió que sus futuras asociaciones shakespearianas tuvieron origen en aquel primer contacto con esa página que le dio su padre, en el último año que pasó con él en el exilio.
Publicó por primera vez la novela La locura de Almayer (1895) y después Un paria de las islas (1896). Por esa época le propuso matrimonio a una joven mecanógrafa llamada Jessie George, con la que tendría dos hijos.
Sería imposible enumerar su obra que fue vasta, rica en técnicas narrativas, en imágenes, en descripciones. Una curiosidad de sus primeras publicaciones es de 1896, cuando publicó el cuento Los idiotas en la revista The Savoy. La historia es un drama rural que tiene como protagonista a una familia de granjeros condenada a tener hijos idiotas que se crían en la campiña como salvajes. Jean-Pierre y Susan Bacadou, la pareja, sienten que su descendencia es un castigo y su matrimonio va hacia la destrucción. Así cuenta el narrador del relato la visión desde un carruaje de estos adolescentes escondidos entre pastizales, después de haber visto a los primeros: “Vimos a los otros: un chico y una chica, o eso fue lo que dijo el cochero. Iban vestidos exactamente igual, con unas ropas sin forma y algo parecido a una falda. Aquel ser imperfecto que vivía en su interior les hizo aullarnos desde lo alto del terraplén en el que estaban recostados entre gruesos tallos de aulagas. Sus cabezas rapadas y oscuras contrastaban con la reluciente pradera cubierta de pequeños brotes. Las caras se amorataron por el esfuerzo del grito y sus voces tenían un sonido vacío y quebrado, como si se tratara de una imitación mecánica de la voz de un anciano; en cuanto doblamos el recodo, cesaron de pronto”.
El fragmento vale la pena reproducirlo por sus similitudes con La gallina degollada, de Horacio Quiroga, cuento publicado por primera vez en 1909 en la revista Caras y Caretas. El comienzo de aquel cuento terrible, que atrae con todo su horror comenzaba así: “Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta”. ¿Habrá leído Quiroga a Conrad? ¿Se habrá inspirado en la historia de Los idiotas? Difícil saberlo, pero las similitudes están a la vista.
Charly Marlow y las tinieblas del Congo
Para conocer a Conrad, lo mejor es conocer a Charly Marlow, el narrador que personifica las experiencias como marino y viajero del autor. En 2008, se publicaron en español Los libros de Marlow, que reúne cuatro de las novelas más famosas protagonizadas por el personaje: Juventud, Lord Jim, Azar y la breve, potente y memorable El corazón de las tinieblas, publicada en 1902, la obra más conocida de Conrad. En ella, Marlow cuenta una travesía que había hecho años atrás desde Londres hacia África en busca del jefe británico de una explotación de marfil de apellido Kurtz. Ese mismo viaje lo había hecho el propio Conrad en 1890, a los 32 años, cuando había sido contratado por una compañía belga para trabajar a bordo del barco de vapor Roi des Belges. “Antes del Congo yo era solo un simple animal”, había escrito Conrad a propósito de su experiencia en aquel país y que inspiró su novela.
En El corazón de las tinieblas, Marlow es un marino atípico. “Los marinos suelen ser hombres hogareños y su hogar, su barco, está donde ellos están, y lo mismo sucede con su patria, el mar. (...) Las historias de marinos son de una enorme simplicidad, su significado cabría en la cáscara de una nuez. Marlow, sin embargo, no era como los demás —excepción hecha de su propensión a contar historias—, y para él el significado de un episodio no se hallaba dentro, en el meollo, sino fuera de él, envolviendo el relato que lo realzaba al igual que un destello de luz realza la bruma”.
Con su prosa exquisita, que parece escrita ayer, Conrad va relatando un viaje que tiene mucho de infernal, por la lucha del ser humano contra los elementos naturales y contra los otros seres humanos. Porque la novela también es una travesía por la historia de un pueblo sometido a los excesos de la colonización, por el racismo, por la violencia.
Y a través de las descripciones e imágenes, se puede “sentir” la selva, como sucede en este bellísimo pasaje: “El gran muro de vegetación, una exuberante e intrincada masa de troncos, ramas, hojas, tallos y lianas, inmóvil a la luz de la luna, era como una tumultuosa invasión de vida silenciosa, una oleada de plantas que se precipitaba y rompía sobre el cauce del río lista para caer sobre él, para arrebatar a cada uno de nosotros, simples hombres, nuestra pequeña existencia”.
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“He conocido al demonio de la violencia, al demonio de la avaricia, y al del deseo ardiente”, recuerda Marlow. Y en la obra hay un hombre que se busca, pero que apenas se nombra: Kurtz. “Cuando llegue al interior, conocerá al señor Kurtz”, le dicen la primera vez que lo nombran. Cuando Marlow pregunta quién es, le responden: “El verdadero corazón de la selva”.
“El horror, el horror”
El encuentro con Kurtz es lo más parecido a tocar la locura ajena, porque su alma está poseída por la locura. “Estoy aquí en la oscuridad esperando la muerte”, dice el personaje, y después grita con un hilo de voz: “¡El horror, el horror!”. Desde que Francis Ford Coppola adaptó esta novela para su película Apocalypse Now, el rostro de Kurtz es el de Marlon Brando. Porque nadie que haya visto esa película se olvida de su aparición a través de las tinieblas. Ambientada en el guerra de Vietnam, es el mismo viaje por un infierno de muerte, violencia, miedo y locura. El horror.
En la novela, mientras crece el enigma que rodea la figura de Kurtz, algo ocurre también en el propio personaje que lo vuelve simbólico: “La turbia corriente fluía veloz desde el corazón de las tinieblas, llevándonos hacia el mar a una velocidad que doblaba la que habíamos conseguido en el trayecto río arriba. Y la vida de Kurtz también corría veloz, fluyendo, fluyendo desde su corazón hacia el mar del tiempo inexorable”.
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El corazón de las tinieblas está considerada como la primera novela moderna del siglo XX, y posiblemente lo sea por su dominio de las técnicas narrativas. Conrad no sería consciente, pero sí de lo que significó para él Charly Marlow: un amigo y confidente. “El único de entre toda mi gente que no ha irritado mi espíritu nunca”, escribió en sus memorias. El escritor murió en Canterbury, Kent, Inglaterra, de un ataque al corazón. Seguramente Marlow lo estaba acompañando con algunas de sus historias.