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    Citas prémium: cómo ‘Amores materialistas’ expone el precio del romance moderno neoyorquino

    La cineasta Celine Song vuelve con un triángulo amoroso más seductor e incisivo que el de Vidas pasadas, nominada en el último Oscar

    La primera película de Celine Song, Vidas pasadas, fue todo un hito. En un año en el que Oppenheimer arrasó con todo, recibió dos nominaciones a los Premios Oscar (Mejor película y guion original) y eso consolidó a la cineasta, coreana de origen, criada en Canadá y formada en Nueva York, como la nueva figura destacada del cine “independiente”, al menos para una industria como Hollywood.

    Aquella película mostraba el reencuentro entre Nora y Hae Sung, dos amantes cuyo amor nunca formó una relación. Al interesarse en el destino y las oportunidades perdidas, Vidas pasadas le escapaba a los clichés del cine romántico. Pero la profundidad emocional esperada se diluía en una narrativa en la que el anhelo termina atentando contra el desarrollo de sus personajes.

    Con su segunda película, Amores materialistas, Song vuelve a adentrarse en los laberintos del amor contemporáneo, aunque con otro interés: la disección de la economía detrás de las citas románticas en la Nueva York actual. La directora coreano-canadiense enfoca su mirada en la cosificación de las relaciones, en las que el lenguaje corporativo permea la búsqueda de pareja, e intenta entender cómo se persigue un amor trascendental bajo una lógica de mercado que lo reduce a términos de valor intercambiable. Y lo hace con un presupuesto mayor y un reparto estelar.

    Capitalismo afectivo

    Aunque escribió el guion de Amores materialistas antes del estreno de Vidas pasadas, el éxito inesperado de aquella película le enseñó a confiar en su proceso creativo. En una entrevista con Galería, Song destacó que, al viajar promocionando la película, descubrió que el amor es un tema universal cuyo potencial no debe ser relegado por el séptimo arte. “Es un tema digno del cine”, afirmó.

    La idea surgió de su propia vida, pero también de una paradoja. Una década atrás, mientras comenzaba como dramaturga, Song encontró un empleo inesperado en Nueva York como casamentera. No consiguió trabajo como barista, pero una sugerencia la llevó a conectar a personas en sus deseos más íntimos. En sus conversaciones, descubrió que los clientes priorizaban atributos físicos o económicos sobre conexiones genuinas. “Todos estos números no parecían reflejar cómo se siente el amor”, explicó. Para ella, el amor trasciende lo superficial: es un compromiso que perdura incluso cuando las apariencias cambian.

    Esa vivencia, y esa brecha entre el amor idealizado y su mercantilización, fue el catalizador para Amores materialistas. Song observó cómo los clientes buscaban pareja con una lógica de optimización, topándose con el amor en plena era del capitalismo afectivo.

    La protagonista es Lucy (Dakota Johnson), una casamentera exitosa de Manhattan cuya crisis amorosa desnuda la hipocresía del sistema que ella misma alimenta. Especializada en unir a la élite financiera, su carrera se basa en algoritmos en los que el patrimonio neto y las conexiones sociales pesan más que el corazón. Su mundo se viene abajo con la aparición de dos hombres que encarnan polos opuestos: Harry (Pedro Pascal), un administrador de capital privado que representa el ideal corporativo que Lucy vende, y John (Chris Evans), su exnovio, un mozo que en realidad es actor cuando no está bandejeando eventos.

    La tensión entre lo material y lo emocional define el tono de Amores materialistas, que bebe de la tradición de comedias románticas sofisticadas, pero opta por un registro más contenido que exaltado. Curiosamente, este mayor control marca una diferencia fundamental con Vidas pasadas. Mientras que en su ópera prima la contención servía para potenciar la carga emocional, aquí a veces limita la vitalidad de sus personajes. Cuando funciona, la película logra momentos en los que el amor, el estatus y el dinero chocan con esa mezcla de crudeza y poesía que a Song le sale bien. Cuando no resulta convincente es precisamente por esa tendencia a observar las relaciones con distancia casi antropológica, como si vacilara entre diseccionar el sistema o simplemente documentar su mecánica implacable.

    Song opta por una puesta en escena contenida en Amores materialistas, delegando el peso narrativo en los diálogos y actuaciones, más funcionales que expresivas quizás, lo que genera una estimulante disonancia con el mundo que retrata. La película mantiene una distancia emocional que puede leerse como frialdad. Los personajes a veces parecen portadores de ideas antes que personas con contradicciones. Este enfoque le da un aire intelectualizado, incluso algo esquemático, pero al menos subvierte ciertas expectativas ante las manipulaciones esperadas dentro del género de la comedia romántica convencional.

    Embed - Amores Materialistas l Tráiler Oficial

    Es que lo nuevo de Song trasciende el simple triángulo amoroso cuando se convierte en una lúcida disección de cómo se negocia el deseo en estos tiempos. La directora rechaza conscientemente los códigos de la ficción escapista para abordar con crudeza el mercado de las citas modernas, exponiendo la paradoja fundamental de buscar conexiones auténticas en un sistema que reduce el amor a números que son vistos como ganancia o pérdida dependiendo del parámetro. Aunque no siempre logra escapar a cierta rigidez conceptual, cuando lo hace, se luce al explorar el deseo, el estatus y los vínculos afectivos mediados por la historia personal y el contexto social.

    Uno de los recursos más notorios que se utilizan es la supresión del ruido ambiente en varias escenas ambientadas en Nueva York, lo que deja al espectador frente a conversaciones casi susurradas. El efecto obliga a una atención sostenida sobre lo que se dice, y también sobre lo que se omite. De esa manera, y de otras, la película se propone como un artefacto incómodo, una provocación a repensar el romanticismo.

    Es cierto que la película no alcanza la redondez que se espera de una directora celebrada. Cierto rigor intelectual que parece atravesar la obra de Song corre el riesgo de alienar al espectador con secuencias en las que se ahoga la espontaneidad, y otras en las que la humanidad de los personajes casi desaparece. Son desbarajustes quizás inevitables, pero cuando la película no cae en ellos, logra esa rara combinación de crudeza y poesía que tantos vieron en Vidas pasadas. La frialdad calculada quizás se deba a que Song no juzga a sus personajes, sino al ecosistema que los condiciona.

    Como drama urbano con ribetes de sátira económica, la película resulta digna de análisis. Como comedia romántica convencional, decepcionará a varios. No es redonda pero sí lo bastante inteligente para incomodar y, en sus mejores instantes, conmover. Al final, como dice su autora, el amor sigue siendo una cosa misteriosa, imposible y contradictoria, y el cine puede ser un buen medio para explorarlo.

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