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    Cómo Brigitte Bardot reconfiguró los códigos del estrellato desde el cine francés

    Cineastas como Roger Vadim y Jean-Luc Godard vieron en ella la encarnación de una nueva sensualidad espontánea y rebelde

    La muerte de Brigitte Bardot a sus 88 años cierra un año de pérdidas entre los íconos del cine del siglo XX. Al recordarla, asoma un movimiento. Ese caminar descalzo, felino y ajeno a toda pose que el cine francés capturó a mediados de los años 50. Bardot no fue una actriz de gestos estudiados, sino de una presencia física que, desde la espontaneidad, redefinió la feminidad y el estrellato.

    Lo suyo, más que una técnica actoral, era una presencia instintiva. Formada en ballet clásico, Bardot trasladó a la pantalla una gracia natural y un movimiento ligero que prefería que fueran captadas en la primera toma, para que los gestos se mantuvieran frescos y sin cálculos.

    Embed - Remembering Brigitte Bardot in LE MEPRIS

    Fue el director Roger Vadim, su primer esposo, quien ayudó a construir parte de esa imagen de cierto salvajismo doméstico para un público de posguerra necesitado de íconos. En películas como Y Dios creó a la mujer (1956), encarnó el arquetipo de una figura de deseo juvenil y desinhibido que sembraba el caos a su alrededor. Su pelo despeinado, su mirada desafiante y su cuerpo empleado como motor de expresión se convirtieron en un manifiesto visual de rebeldía.

    Otros directores trabajaron con ese magnetismo. Jean-Luc Godard la usó de forma metacineamatográfica en El desprecio (1963), interrogando su propia condición de ícono cosificado. Louis Malle capturó su vulnerabilidad bajo el acoso mediático, y Henri-Georges Clouzot le dio espacio para un registro dramático más duro. Bardot alteró la imagen de la mujer en el cine: desplazó un ideal maduro por uno juvenil y natural, y se convirtió en la exportación cultural francesa por excelencia.

    Mientras en pantalla personificaba la libertad, en la vida sentía una profunda alienación hacia el oficio actoral, que solo toleraba. La fama, que describía como una fuerza que le robó la privacidad, la llevó a retirarse del cine a los 39 años, y preservó así para siempre la imagen joven que el mundo había aprendido a desear. Pero su legado no es solo el de un símbolo sexual, sino el de una corporeidad que cambió la dirección de la mirada cinematográfica.

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