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En una época donde las series policiales proliferan como hongos en un bosque después de la lluvia, ¿qué puede volver atractiva a otra serie policial, una más? Ya no basta con el origen más o menos exótico del material o de la geografía en donde se ubica la historia: desde hace unos años en las plataformas hay historias policiales hasta de Luxemburgo. Y el ámbito tradicional de las historias policiales, la ciudad, ha sido reemplazado por bosques, praderas, playas y cualquier lugar más o menos agreste. En ese sentido, todos los terrenos han sido cubiertos.
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Así las cosas, el atractivo de una serie policial, aquello que lograría hacerla destacar, tiene que venir de la calidad de la trama y de la calidad de sus personajes. La trama debe tener algún elemento original que permita capturar la atención del espectador, en un medio tan hipercodificado y tan lleno de clichés como el policial. Sin esa puntita de unicidad, es difícil sacar cabeza. Y luego lo otro, los personajes. Desde el clásico Philip Marlowe, el detective/policía debe ser parco, irónico y, al decir del propio Raymond Chandler, tener un físico acorde con la tarea a veces violenta que desempeña.
Y es, justamente, en algunos aspectos de su trama y en la riqueza de sus personajes donde reside la particularidad de la serie escocesa Dept. Q. La historia es bastante clásica, pero no así sus aristas ni sus personajes. El reconocido e incómodo detective Carl Morck regresa a su trabajo tras recibir un tiro en el cuello a manos de un enmascarado al llegar a la escena de un crimen. En ese mismo incidente, su compañero quedó parapléjico y otro policía fue asesinado en el ataque, por lo que la culpa carcome al detective. Eso además hace que su mal humor y acidez, que ya lo hacían insoportable para sus compañeros, se vean potenciados. Aprovechando que el gobierno escocés quiere hacer buena letra en campaña electoral, resolviendo viejos casos que no fueron resueltos, la jefa de Morck lo nombra líder de un equipo al que no asigna ni recursos ni personal y al que instala en un vestuario abandonado con duchas en el sótano de la comisaría. Es decir, se lo saca de encima y lo aleja del resto del personal.
A partir de esa situación, el muy antipático Morck comienza a armar, de forma reluctante, un equipo con el que poder trabajar. El primero que se incorpora es Akram Salim, un expolicía sirio que, exiliado en Europa, se acerca tímidamente a la comisaría en busca de algún trabajo civil. Después de maltratarlo verbalmente un rato, Morck lo pone a ordenar los casos y le pide que seleccione aquellos que le parecen más viables. Por supuesto, la orden es dada sin la menor esperanza de que Salim haga algo útil, ya que Morck aún no sabe que fue policía. Y, sin embargo, es de una fuente tan poco probable como la de un exiliado sirio de donde sale el primer caso que el equipo tiene que resolver. Se trata de la desaparición de la abogada Merritt Lingard, a quien vemos ejerciendo en un juicio muy importante y luego encerrada en lo que parece ser una cámara de descompresión.
Con ese material de trabajo y un equipo que se completa con la investigadora Rose Dickson y el apoyo remoto de James Hardy, el compañero que quedó paralítico, Morck va realizando dos investigaciones en simultáneo. La primera, la oficial, es la que intenta averiguar el destino de la abogada, quien parecía ser igual de molesta que el detective. La otra, que no es oficial, es la del ataque que casi termina con su vida. Pronto los dos casos comienzan a tener ramificaciones que solo serán reveladas por el trabajo de equipo en varios frentes. Uno, informático y de archivo. Otro, a pie, entrevistando gente en el terreno hasta lograr reunir las piezas dispersas del rompecabezas criminal.
Embed - Dept. Q Trailer SUBTITULADO [HD] Netflix
Parte de la gracia de la serie reside en las particularidades del carácter de los personajes. Morck está siempre malhumorado, casi furioso, y resulta por momentos abiertamente inestable. Sin embargo, a la hora de investigar y unir las líneas punteadas que arroja la investigación, siempre resulta extremadamente lúcido, y el balance entre estas dos zonas de su personalidad nunca llega a sonar forzado ni caricaturesco. Akram Salim, por su parte, es tranquilo, casi frío, jamás levanta la voz ni parece propenso a ejercer la violencia. Sin embargo, dados sus antecedentes, esto resulta poco realista y la serie se encarga de confirmarlo. Las actuaciones de Matthew Goode como Morck y Alexej Manvelov como Salim son solventes y convincentes a lo largo de los nueve capítulos que dura la serie. Por su parte Chloe Pirrie es estupenda como la abogada desaparecida.
Algo que los personajes tienen en común y los hace interesantes es que todos tienen matices y razones diversas para hacer lo que hacen. Esto es, por más que Morck sea víctima de un ataque que casi lo mata y se supone que representa a “los buenos”, su talante crispado y ácido lo hace poco agradable y resulta difícil empatizar con él y con su causa. Otro tanto ocurre con la abogada, quien en el ejercicio legal era particularmente agresiva. Con el expolicía sirio ocurre algo parecido, aunque en sentido contrario: es suave, amable, tiene una familia a la que cuida, pero la serie deja entrever que en su pasado seguramente torturó gente o al menos ejerció violencia contra los opositores del régimen sirio. Un nutrido elenco de secundarios completa el cuadro, aportando solvencia y credibilidad al asunto.
Más allá de esto, Dept. Q maneja de manera muy intensa y lograda los picos de interés que plantea en su trama, de forma tal que las distintas tensiones que se crean a lo largo de los capítulos jamás decaigan ni resulten inverosímiles. Sobrevuela en todo el programa un oscuro sentido del humor, muy británico, que funciona bien como balance frente a los horrores, la violencia y la amargura que se ven en pantalla. Sin ser una maravilla absoluta, Dept. Q es una serie completa, inteligente, que obliga al espectador a mantenerse atento a los diálogos y lo confronta con una violencia que no por cotidiana deja de ser impactante.