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    El cine argentino cuestiona al poder con ‘Belén’ y ‘La mujer de la fila’, disponibles en plataformas

    Basadas en hechos reales, las películas de Dolores Fonzi y Benjamín Ávila exploran las falencias dentro de la maquinaria judicial y penitenciaria

    En marzo de 2014, en la provincia argentina de Tucumán, una joven de 27 años, identificada con el nombre ficticio de Belén para proteger su identidad, fue acusada de homicidio agravado tras sufrir una emergencia obstétrica en un hospital público.

    Tras más de dos años de prisión preventiva, Belén fue condenada a ocho años de prisión. El tribunal determinó que había asesinado a su bebé, aunque la defensa y organizaciones de derechos humanos mantuvieron, hasta el final, que se trató de un aborto espontáneo.

    Mientras Belén permanecía encarcelada, en Buenos Aires, la vida de Andrea Casamento también tomaba un giro drástico. La mujer, de clase media, que antes pedía mano dura en materia de seguridad, vio cómo su hijo era detenido. De ciudadana que nunca había pisado un juzgado, pasó a formar parte de las largas filas de personas que esperan para visitar a sus familiares en prisión.

    Las dos historias reales, separadas por miles de kilómetros pero unidas por el mismo sistema de justicia, pueden conocerse hoy en las plataformas de streaming a través de un díptico cinematográfico argentino compuesto por Belén y La mujer de la fila.

    Embed - Belén - Tráiler Oficial

    Belén, segunda película como directora de Dolores Fonzi tras Blondi (2023), se estrenó recientemente en Prime Video y sin pasar por las salas de cine uruguayas. En cambio, La mujer de la fila, de Benjamín Ávila, llegó al ranking de lo más visto en Netflix luego de haber pasado por las salas locales.

    Ambas películas toman los casos de estas mujeres para exponer las fallas del Estado. Donde una explora la maquinaria judicial que convierte una emergencia obstétrica en un homicidio, la otra relata el drama cotidiano de una madre enfrentando el estigma de las visitas carcelarias.

    Durante la promoción de su nueva película, Dolores Fonzi suele recordar en entrevistas el instante de indignación en 2016 cuando se enteró, por accidente, de que una joven llevaba más de dos años y medio presa en Tucumán por un aborto espontáneo. Esa toma de conciencia, que la impulsó incluso a exigir “Libertad para Belén” en una gala de los Premios Platino, se transformó en una película que critica las injusticias sistemáticas y rinde homenaje a la resistencia y lucha por la autonomía sobre el cuerpo de las mujeres.

    La urgencia por visibilizar esa realidad determina el lenguaje cinematográfico de la película desde su arranque. Belén comienza con un plano secuencia en un hospital público que sigue a la protagonista, interpretada por Camila Plaate, desde su ingreso con fuertes dolores abdominales hasta la mesa de operaciones. La cámara se convierte en un testigo incómodo de la misma vulnerabilidad que vivió la Belén real. A través de planos, se sumergen en su desamparo, Fonzi y su equipo reconstruyen la experiencia traumática que terminaría condenándola por homicidio, una sentencia que sería finalmente anulada.

    Belén es una película con plena confianza narrativa que, entre sus múltiples atributos, destaca por anclar la lucha feminista en lo concreto del día a día, sin sacrificar la tensión de un thriller judicial. Con una estructura clásica y un tono que recuerda a Argentina, 1985, la película se organiza como un relato formal que combina el procedimiento legal con el drama carcelario, construyendo la trama desde la perspectiva de los abogados y la presión sufrida durante todo el proceso.

    Sin embargo, la película privilegia la batalla legal por sobre la intimidad de su personaje central. Mientras la abogada Soledad Deza, interpretada por la propia Fonzi (quien además coescribió el guion con Laura Paredes), se consolida como una heroína cotidiana, Belén permanece en un plano secundario. La decisión, aunque coherente con el género al que la película pertenece, deja de lado la profundidad y el contexto de vida de quien nombra la historia.

    Natalia-Oreiro en La-mujer-de-la-fila
    La mujer de la fila está dirigida por Benjamín Ávila.

    La mujer de la fila está dirigida por Benjamín Ávila.

    Y si Belén de Fonzi mira hacia adentro de los tribunales, La mujer de la fila de Benjamín Ávila se planta frente a la cárcel. El director de Infancia clandestina (2012) retrata a esas familias, mayormente mujeres, que hacen cola bajo el sol o la lluvia para visitar a un familiar detenido. Son personas que Ávila ha descrito como “el lado oscuro de ese lado oscuro”, un costado del sistema penitenciario que el cine también suele dejar fuera de plano.

    Ávila construye un retrato social anclado en el cine europeo, y la prueba está en el inicio: un primerísimo primer plano del ojo de Natalia Oreiro que rinde homenaje a la película Bleu (1993) de Krzysztof Kieslowski. El cineasta argentino tomó un curso con el director polaco en 1995 y rescató su idea de contar una historia solo a través de los ojos. En este caso, lo que se refleja en la pupila de Andrea (Oreiro) es su hijo Gustavo, un recurso visual que anuncia la transformación primordial de la película. A través de él, presenciamos el viaje de una madre que deja atrás la idealización para enfrentar las sombras de su propio hijo, mientras atraviesa el camino que va desde su hogar de clase media hasta las interminables filas frente a la cárcel de Ezeiza. Es un trayecto que Oreiro interpreta con aplomo y una indiscutible presencia frente a cámaras.

    Embed - Natalia Oreiro - La mujer de la fila - Tráiler

    Ávila, además, tomó una decisión crucial que define su enfoque: ficcionalizó la historia real haciendo culpable al hijo, Gustavo, cuando en la vida real el hijo de Andrea Casamento era inocente. El director ha argumentado que, de haber mantenido la inocencia del joven, habría hecho una película sobre la “injusta Justicia”. El giro es inteligente y redirige la potencial indignación contra el sistema judicial hacia un terreno más interesante, con la toma de conciencia de una madre que debe enfrentar sus propios prejuicios.

    Donde La mujer de la fila flaquea es justo donde Belén se mantiene sólida: en su ambición narrativa. Al incorporar subtramas de romance e intriga policial, la película pierde el enfoque que hacía poderosa su historia central. Hay giros forzados que desvían la atención del drama principal y diluyen el impacto de sus mejores escenas, como las que retratan la fundación de la organización de ayuda a familiares de detenidos. Aun así, el núcleo de la película, ese viaje personal que transforma el dolor en acción colectiva, se mantiene lo suficientemente conmovedor.

    Dos caminos

    El destino comercial de ambas películas traza un mapa de sus diferencias en el ecosistema de distribución actual. Belén transitó el camino del prestigio. Fue parte de la Selección Oficial en San Sebastián y luego fue designada como la candidata argentina para los Oscar. Su estreno fue coreografiado al detalle: llegó a salas selectas de Argentina el 18 de setiembre, esquivó las de Uruguay (a excepción de una función especial en Cinemateca) y desembarcó globalmente en Prime Video el 14 de noviembre.

    Para Fonzi, el recorrido internacional de Belén responde a una misión que va más allá de lo comercial y es también una forma de militancia. La directora ha recordado cómo en festivales como el de Río de Janeiro —donde el aborto sigue siendo ilegal— la película suscitó movilizaciones y se convirtió en un símbolo de lucha. Incluso relató que, durante los Premios Fénix, participó en una asamblea en la que se consolidó el pañuelo verde como símbolo regional. Belén aspira a ser una ventana de denuncia en países donde los derechos reproductivos siguen restringidos y generando una mayor difusión de casos que permanecen en limbos legales, por situaciones idénticas a la de la protagonista.

    La mujer de la fila, en cambio, encontró su audiencia masiva a través del ecosistema digital de Netflix. La película ingresó al Top 10 global de películas de habla no inglesa y alcanzó el puesto número dos, con cuatro millones de visualizaciones en su segunda semana desde su estreno, a fines de octubre. Si bien ese éxito demostró el potencial de las plataformas para distribuir historias con impacto social, Ávila no ha evitado señalar en entrevistas las dificultades estructurales actuales del cine argentino. El director ha destacado que Argentina resulta hoy extremadamente cara para producciones tanto internacionales como nacionales, al mismo tiempo que ha criticado al Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), donde el año anterior no se había aprobado ningún proyecto de financiamiento, pese a que, en su opinión, la ley argentina de cine es una de las mejores del mundo.

    Finalmente, esas películas ofrecen dos respuestas cinematográficas distintas a las crisis que denuncian. Mientras Belén mira de frente a la injusticia y responde con organización colectiva (y hasta un poco de sátira), La mujer de la fila busca reconciliación en una sociedad fracturada por el punitivismo. Juntas, ambas películas componen una parte del cine argentino que sigue interpelando al poder. A través de personajes que resisten con estrategias distintas pero con una certeza común, las películas recuerdan que los derechos conquistados no son irrevocables si no se defienden con convicción.

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