• Cotizaciones
    sábado 21 de febrero de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    El escritor español Javier Peña presentó en Montevideo su libro ‘Tinta invisible’, que surgió de su ‘podcast’ ‘Grandes infelices’

    Profundidad emocional y sinceridad absoluta: ese es Peña en esta obra; el escritor dio un taller en la Universidad Católica y presentó su libro en el Club Cultural Charco

    Colaborador en la sección de Cultura

    Javier Peña parece haber emergido directamente de una de esas novelas donde los autores se disfrazan de personajes para explorar y abrazar su sombra. Nacido en La Coruña en 1979, alguna vez escribió discursos para políticos que detestaba y, para sobrevivir a esa condena, se inventó otra: la de escribir novelas y después la de crear un podcast que se convirtió en un fenómeno insospechado. Ese podcast se llama Grandes infelices, proyecto que nace de algo tan elemental como imposible de concebir de un modo artificial: el amor por los libros, la fascinación por los relatos y la curiosidad por las vidas de quienes los escribieron.

    El podcast, que empezó en 2021, es un espacio donde Peña se sienta frente al micrófono y dice: “Imaginad una novela con esta trama”. Y a partir de ahí levanta un andamiaje de biografías, obsesiones, catástrofes, humor negro y curiosidades varias que involucran nombres como Kurt Vonnegut y Patricia Highsmith, Juan Rulfo y J. D. Salinger, Roberto Bolaño y Lucia Berlin, Yukio Mishima y Virginia Woolf. Y también infelices como Sylvia Plath, Horacio Quiroga, Alejandra Pizarnik, David Foster Wallace o John Kennedy Toole. Y unos cuantos más. Así a lo largo de cinco temporadas.

    Un capítulo extra de la cuarta temporada se titula Tinta invisible. Es algo así como el relato del making of sentimental del propio podcast: un padre enfermo, un hijo escritor que había dejado de hablarle durante cuatro años, un reencuentro tardío en un hospital sitiado por el Covid-19. Y lo que hablan esos dos hombres en el límite entre el silencio definitivo y la sobrevida es, claro, de libros. No de reproches ni cuentas pendientes, sino de lecturas. Como si la verdadera sangre familiar fuera la tinta compartida. Peña lo cuenta así: “Lo que más nos había unido en la vida no era ser padre e hijo, sino ser lectores de los mismos libros”. Y cita a Toni Morrison: “La tinta invisible es lo que subyace bajo las líneas; entre ellas, fuera de ellas, oculta hasta que el lector correcto la descubre”.

    Peña depura su narrativa hasta obtener una prosa engañosamente sencilla que ubica en estructuras complejas. Infelices, su primera novela, adopta la forma de un puzle polifónico, Agnes, su segunda obra de ficción, se erige como una pieza arquitectónica, y Grandes infelices, el podcast, se expande como una constelación de nouvelles. Tinta invisible (Blackie Books, 2025) tiene una estructura más simple: divide el libro en secciones (Imaginación, Mentira, Ego, Envidia, Suerte, Personajes, Mercado), que complementa con recreaciones de las visitas a su moribundo padre en el hospital y finalmente en la casa donde se crio.

    Embed

    Hay mucho que destacar de Tinta invisible. Empezando por la honestidad, quizá forjada en el fuego del tiempo dedicado a ese podcast fabuloso, donde Peña desentierra infelicidades ajenas para mejor iluminar las propias. Y aquí se siente cómo el autor abre su corazón. En cada apartado, ensaya, se confiesa, recuerda, dice lo que piensa, aunque no siempre le agrade lo que pasa por su cabeza.

    Lo íntimo y lo libresco se entrelazan. Para ofrecer un primer esbozo acerca de Fernando, su padre, Peña recurre a una historia que cuenta Juan Carlos Onetti acerca de la voracidad lectora de Somerset Maugham, para quien hasta la lectura de una guía telefónica de la India parecía insuficiente. Una de las imágenes más nítidas que el autor guarda de Fernando lo muestra leyendo las etiquetas de los champús en los supermercados. Ahora, internado por una fibrosis pulmonar, el hombre se lamenta en silencio por los libros que se quedará sin leer. Un duelo anticipado en una bibliografía inconclusa.

    Peña se explaya sobre cómo las historias sirven de medios hábiles para procesar la pérdida, reconstruir vínculos rotos y, en última instancia, recordar que los seres sintientes comparten ciertas heridas universales, presentes en los huesos de mitos, parábolas y relatos. El duelo por un padre, la reconciliación con ese padre están presentes en mitos antiguos que se disfrazan de relatos modernos (Luke y Anakin en Star Wars), vivencias personales que se convierten en ficción (Paul Auster en La invención de la soledad), hechos reales que se enredan con sus propias notas al margen (La novela luminosa, de Mario Levrero). Porque las historias no solo entretienen, también ofrecen pistas para encontrar un orden en momentos de cambio y dificultades.

    Profundidad emocional y sinceridad absoluta: ese es Peña en esta obra, con la que se embarca en un viaje de autodescubrimiento y sanación, de redescubrimiento del valor del arte y la creación, con una gran sensibilidad para captar instantes que marcan la existencia, como lo hace maravillosamente Mark Oliver Everett en Cosas que los nietos deberían saber.

    Como novelista, Peña enriquece su narrativa con referencias culturales, anécdotas sobre artistas (escritores sobre todo, infelices profesionales), y aunque algún lector pueda sentir que se excede (sin embargo, no llega a disparar un guiño tras otro para una autocomplaciente tribu o comunidad literaria), es evidente que no son adornos gratuitos, sino recursos orgánicos, naturales, que brotan de cómo Peña observa y siente el mundo. En Tinta invisible escribe desde la duda y la búsqueda, confeccionando una colección de ensayos sobre literatura, sobre la disciplina de escribir (al estilo de Rituales cotidianos, de Mason Currey), sobre los misterios de la creación literaria, ensayos que también indagan sobre el deber moral de los artistas y el carácter lúdico de la escritura.

    En algún momento parece ceder a la tentación de enlazar o cerrar historias con frases redondas, haciendo alguna moña de más o enviando mensajes que podrían asumirse como feministas, pero que pueden sonar un poquitín forzados o sobreactuados. A veces se tiene la impresión de que, de manera pendular, idealiza demasiado la figura del escritor. Cuenta Peña: “Un día, en un café de Lisboa, Fernando Pessoa escuchó a un hombre narrar las muertes y penas que había sufrido su familia en los meses anteriores. Al terminar el relato cargado de patetismo, el hombre levantó su taza y, resignado, dijo: En fin, la vida es así, pero yo no estoy de acuerdo. A Pessoa le fascinó la capacidad del parroquiano para resumir en un brindis la filosofía del escritor. Los escritores, pensaba Pessoa, son ante todo inadaptados. Un escritor asume que la vida es como es, pero eso no quiere decir que le guste; es más, se niega a que le guste”.

    En algún tramo, el autor realiza sentencias del tipo: “Escribimos y leemos para olvidar que vamos a morir, para escapar del absurdo de la existencia”. Esta idea categóricamente escapista de la literatura puede generar un poco de ruido si se tiene en cuenta que existe una buena cantidad de autores que escriben (y lectores que leen) justamente para no olvidar que van a morir; autores/lectores que no consideran ni viven la creación artística como un escape, sino como una oportunidad de reflexión, una vía de autoexploración y una forma de conexión con el corazón de lo real.

    Más allá de esto, lo que se destaca es un libro emocionante y valiente. Un libro que navega entre géneros y que encuentra en ese viaje el tono justo. Un homenaje íntimo, sincero, y una reflexión sobre los vínculos entre padre e hijo, autores y lectores, y vida y literatura. Una carta que llega tarde, pero que al llegar a tiempo de ser leída quizá no cura, aunque acompaña y alivia.

    // Leer el objeto desde localStorage