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    El escritor francés Emmanuel Carrère fue declarado visitante ilustre por la Intendencia de Montevideo en el Teatro Solís

    “Es quizás el aspecto más delicado y, sin duda, el más triste de este libro: contar ciertos aspectos de la vida conyugal de mis padres, que fue realmente desdichada”, dijo el escritor sobre Koljós, su último libro, en entrevista con el periodista Gabriel Peveroni

    La presencia del escritor y periodista francés Emmanuel Carrère (París, 1957) en Montevideo es uno de los acontecimientos en torno al libro más importantes de este año. Una de esas presencias de lujo que llega cada tanto. Había, entonces, mucha expectativa por escucharlo presentar su libro Koljós(Anagrama, 2026, premios Médicis y Grand Continent), que narra en forma íntima los orígenes rusos y aristocráticos de su familia y tiene como protagonista a su madre, Hélène, investigadora de la historia rusa, miembro de la Academia Francesa y eurodiputada conservadora, que recibió honores del Estado francés al morir en 2023.

    La entrevista con el periodista Gabriel Peveroni tuvo sus momentos sustanciosos, aunque dejó gusto a poco en los 40 minutos destinados por el principal teatro montevideano. El propio Carrère se asombró cuando el periodista le anunció la última pregunta. “¿Ya está?”, dijo risueño. Como sucede con los grandes escritores es difícil seleccionar las preguntas, elegir sobre qué libros, personajes o aspectos de la creación hablar sin desviarse del centro de la presentación, en este caso, Koljós. Por ese motivo, fue extraño que se destinaran minutos a presentar y transmitir las preguntas de dos escritores uruguayos, que obviamente Carrère no conocía. Son decisiones válidas, aunque discutibles.

    En una escenografía sobria y elegante, a pesar de que una lámpara tapó por unos 15 minutos los gestos del escritor para parte de la platea, Carrère se tomó su tiempo para responder las preguntas, y lo hizo de forma directa, sintética y amena. En algunos momentos hizo reír; en todo momento, reflexionar.

    Autor de novelas, de investigaciones periodísticas, de biografías y autobiografías, con sus libros (El adversario, De vidas ajenas, Una novela rusa, Limónov, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Un viaje en la mente de Philip K. Dick, El Reino, Yoga, V13, entre otros) ha demostrado ser un escritor excepcional, capaz de elaborar gran literatura a partir de hechos reales, lo que no significa alejarse de la rigurosidad. Con su forma de narrar a través de imágenes, de una aguda observación y de información recabada de primera mano, logra que sus personajes e historias sean difíciles de olvidar una vez que se los conoce. Por ejemplo, Hélène, su madre, es un gran personaje difícil de olvidar.

    Tremenda madre

    Justamente hacia la figura de su madre y la relación con su padre apuntó el comienzo de la entrevista. “Mi madre maltrató a mi padre. Y eso era difícil de contar, pero no quería evitarlo”, dijo con firmeza. “Es quizás el aspecto más delicado y, sin duda, el más triste de este libro: contar ciertos aspectos de la vida conyugal de mis padres, que fue realmente desdichada. Son personas que estuvieron casadas 71 años, y creo que eso significa algo, a pesar de todo. Creo que hoy mis padres no habrían estado muy felices con el libro. Hay cosas que no les habrían gustado y otras que, quizás, sí. Ese es el problema cuando se hacen retratos, hay forzosamente zonas de sombra, pero también luminosas”. Agregó que cuando terminó de escribir Koljós sintió “la alegría de haberlo hecho y la tristeza de terminarlo”. También se refirió a qué sucede con la muerte de quienes nos preceden. “Cuando uno pierde a sus padres, sea cual sea nuestra edad y la de ellos, es siempre lo mismo. Es un cliché decirlo, pero uno pasa a otro lugar en la cadena de las generaciones: simplemente queda en primera línea frente a la muerte”.

    Era inevitable que se hablara de Rusia, por la relación que tuvo su familia con la cultura y política rusa y por la propia relación que tuvo el escritor. Él viajó a Kotélnich, una pequeña ciudad y puerto fluvial ruso en la ruta del Ferrocarril Transiberiano, para investigar sobre un prisionero de guerra húngaro que fue encontrado en un asilo psiquiátrico. De esa historia surgió su libro Una novela rusa. “Rusia, en nuestra familia, es una cuestión íntima. Mi madre era hija de la emigración rusa blanca y después se convirtió en especialista de la Unión Soviética y de Rusia, fue una sovietóloga muy reputada en Francia, al punto de convertirse en una figura pública, muy institucional. Y yo crecí en la pasión por la gran literatura rusa. Pero cuando fui a Kotélnich, con motivo de aquel reportaje sobre la extraña historia de un desdichado soldado que, al final de la II Guerra Mundial, terminó en un asilo psiquiátrico, y al que se encontró cincuenta años después, empecé a hacer estadías en pequeñas ciudades, que son todas iguales, lugares extremadamente deprimentes. Uno tiene la impresión de que no hay futuro ni perspectiva alguna, de que la gente mira pasar trenes que nunca tomará. Fue como haber accedido a una Rusia exactamente contraria a la de mi madre. Mi madre frecuentaba ministros; yo frecuentaba a gente del lugar, entre otros, al jefe local del Servicio Federal de Seguridad, una especie de policía corrupto, sentimental, brutal, a la vez desagradable y entrañable”.

    Las diferencias con su madre también estuvieron en la forma de escribir. “Ella creía en la objetividad. Creía que se puede ser objetivo y se empeñó en ello con mucha energía intelectual, con mucha inteligencia. Tenía la impresión de que implicarse personalmente en lo que se escribe, sobre todo cuando se escribe historia, era una especie de marca de subjetividad a la vez inútil, descortés, presuntuosa. Yo adopté la posición inversa y empecé a escribir en primera persona. Se puede calificar de egocéntrico o narcisista; no voy a negarlo. Pero creo que hay también ahí una marca de humildad: es lo que yo vi, lo que comprendí, lo que oí. No pretendo que sea la verdad. No sé si es honesto, pero, en todo caso, me parece justificado”.

    Paranoicos, religiosos, políticos y asesinos

    Dijo que en el escritor Philip K. Dick encontró algo que le “habla” enormemente y que le atrajo su “enorme energía”. Sobre Eduard Limónov, escritor y político ruso, dijo que, más que un escritor, era un personaje. “Creo que él mismo no me habría contradicho, porque lo que le interesaba a Limónov no era tanto ser un buen novelista como ser un héroe, un héroe y un personaje de novela. Se mantuvo fiel a eso toda su vida, hasta su muerte, y eso me inspira un enorme respeto. Con todos los motivos de desacuerdo que pueda inspirarme Limónov, sobre todo por sus posiciones políticas, admiro esa especie de fidelidad a lo que es casi un sueño de grandeza”.

    Otro de sus personajes atractivos es san Pablo, protagonista de su novela El Reino. “Es alguien que prácticamente inventó el cristianismo, la religión que está en la base de toda nuestra civilización. Sigue siendo difícil saber qué parte es de Cristo y qué parte es de Pablo. Cuál fue la manera en que Pablo puso la mano sobre esa pequeña secta judía para transformarla en algo enorme. Fue a la vez un iluminado y un paranoico. La fe religiosa y la paranoia se parecen enormemente: son modos de lectura de lo real, de comprensión de lo real, cuya función es dar sentido a todo. Para los paranoicos funciona igual. No estoy diciendo nada sacrílego; no digo que sea lo mismo, digo que funciona de la misma manera. Dick mismo, al final de su vida, tuvo una especie de experiencia mística y podía verse de dos maneras: o como un inspirado al que Dios había empleado para llevar su palabra, o como un pobre hippie al que el exceso de drogas había dejado medio loco”.

    En El adversario, Carrère retrató a Jean-Claude Romand, un hombre que mintió durante 18 años al fingir ser médico e investigador de la Organización Mundial de la Salud antes de asesinar a su familia. “Empecé a escribir sobre Romand a comienzos de 1993 y mi libro salió a comienzos de 2000. Es decir que pasé siete años intentando escribirlo, abandonándolo, fracasando y, finalmente, escribiéndolo tal como lo había pensado. Fue una empresa muy muy difícil. Truman Capote decía que, cuando llegó a Kansas, donde escribió A sangre fría, el lugar donde ocurrieron los crímenes que allí se cuentan, pensó luego: ‘Tendría que haber salido corriendo’, porque sabía que iba a pasar cinco años de dolor. Puedo decir que, para mí, fueron siete”.

    Habló de Yoga, uno de sus libros autobiográficos, que surgió a partir de su depresión y de su experiencia en un retiro de Vipassana, pero trata también sobre salud mental, sobre los atentados de Charly Hebdó y, claro está, sobre yoga. Habló de un libro sobre Alan Turing, “uno de los precursores de la inteligencia artificial”, que le quedó por el camino, y, fuera del Solís, contó sobre el proyecto en el que está trabajando. L'Obs (Le Nouvel Observateur), publicación que le encargó seguir los juicios de los atentados terroristas del 13 de noviembre de 2015 en París, crónicas que integran su libro V13, le propuso ahora permanecer dos semanas en una comisaría. Aún no sabe si estará todos los días, pero piensa ir a ver qué pasa. Seguro que pasa otro gran libro.

    “¿Europa ha muerto?”, fue la última pregunta en el Solís. “Nosotros, los europeos, estamos entre China, que nos ignora, Trump, que nos desprecia, y Putin, que nos detesta. Pero me digo que, si hay hoy una posibilidad de que una civilización sobreviva en el continente europeo, supondría una cohesión europea. No sé si lo lograremos; no está necesariamente bien encaminado, pero es nuestra única oportunidad”. La respuesta quedó flotando entre las butacas, mientras Débora Quiring, directora de Cultura de la IM, le entregaba la distinción de visitante ilustre de la ciudad.