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Municipio de Molenbeek, Bruselas. Cerca de 100.000 habitantes, de los cuales más del 40% son musulmanes, principalmente oriundos de Marruecos pero también de Siria. Es uno de los distritos más densamente poblados de Bélgica. También donde la cifra de desempleo es la más alta. Pongamos el foco ahora en el Café Les Béguines, cuyo dueño es Brahim Abdeslam. Allí se juntan algunos reventados que fuman y venden hachís, borrachines, jóvenes inquietos, la mayoría musulmanes, claro. Salah, hermano de Brahim, es asiduo al café, donde se encuentra con sus amigos de la infancia con los que correteaba por el barrio. Del otro lado de la barra miran en una computadora portátil los videos del Estado Islámico, esos que muestran degüellos y prisioneros consumidos por el fuego en primer plano. En uno de los videos aparece sonriente Abdelhamid Abaaoud, que arrastra infieles o mejor dicho pedazos de carne atados a una camioneta. Cuando algún cliente se acerca a la barra, los muchachos delicadamente bajan la pantalla. Abaaoud es otro de los amigos de la infancia de Salah, de aquellos niños de Molenbeek, pero ahora está en Siria y es soldado del Estado Islámico. Será el jefe de los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París.
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El convoy de la muerte lo forman tres autos y parte de Molenbeek el 12 de noviembre. Abaaoud conduce un Seat con tres iraquíes que irán al Stade de France, donde juegan un partido amistoso Francia y Alemania y al que asiste el entonces presidente François Hollande. Los hermanos Abdeslam van en un Clio hacia bares y terrazas del suburbio parisino Saint-Denis. Y otros yihadistas están en un Polo cuyo destino será la discoteca Bataclan, en la que esa noche toca el grupo de rock Eagles of Death Metal. Ya en París y a pocas cuadras de su objetivo, uno de los autos se detiene en un semáforo en rojo. Se baja la ventanilla y alguien del interior dice a la gente que está en la esquina: “Somos del Estado Islámico, que ha venido a degollaros. No es broma”. Y arranca el auto.
Por alguna desconocida razón el coche que se dirige al Stade de France llega tarde. Las puertas ya están cerradas. Los terroristas, que visten camisetas del Bayern de Munich, detonan sus cinturones en las afueras y causan una víctima. En el interior impera el bullicio del partido. El jugador del seleccionado francés Patrice Evra recuerda haber escuchado algo al principio del segundo tiempo. El público se entera de lo ocurrido recién a la salida del estadio. Pudo haber sido una masacre. La gente que había optado por tomar un café, una cerveza o una copa de vino en las terrazas esa hermosa noche no tuvo la misma suerte. Y mucho menos quienes estaban en la abarrotada Bataclan, donde en 10 minutos tres yihadistas abrieron fuego con sus fusiles de asalto Kalashnikov y mataron a 90 personas e hirieron a más de 200 bajo la consigna “Allahu Akbar”. En total fueron 130 muertos, además de los heridos y de un difícil número de cuantificar de dañados psicológicamente. El director de la morgue fue claro: “123 cuerpos enteros y 17 fragmentos de cuerpos”. Viernes 13, viernes negro, como la bandera del Estado Islámico.
Durante cinco años se realizó un exhaustivo trabajo de investigación que desembocó en el juicio histórico registrado por Emmanuel Carrère en V13 (Anagrama, 2023, 263 páginas), que reúne las crónicas judiciales semanales escritas por el escritor y periodista para Le Nouvel Observateur. El juicio duró nueve meses, como dice Carrère, el tiempo de “un año escolar, un embarazo”. Se montó una enorme sala especial en el Palacio de Justicia de I’ile de la Cité, con largos bancos de madera y pantallas gigantes. Asistieron jueces, más de 300 abogados entre fiscales, representantes de las víctimas y defensores, testigos, familiares de los asesinados en los atentados, periodistas y por supuesto los acusados, entre ellos Salah Abdeslam, el único integrante de los comandos terroristas que sobrevivió. Salah nunca hizo detonar su cinturón, no se sabe si debido a un fallo, a simple cobardía o a un imprevisto arrepentimiento. Todos los asistentes debían portar credenciales de distinto color y para ingresar a la sala sortear un estricto sistema de seguridad más minucioso que el de los aeropuertos.
El ritmo del libro es trepidante, adictivo, plagado de emociones gracias a la clara y punzante pluma de Carrère y en especial a su capacidad para extender ideas y conceptos por lo general anquilosados en lugares comunes. Hay historias extraordinarias dentro de historias aún más extraordinarias. Preguntas sin respuestas, grises donde usualmente se pinta el blanco o el negro. Está claro que donde mejor rinde este escritor no es en la ficción pura sino en el relato apoyado en ese basamento —no siempre sólido, no siempre claro, por lo general bastante enfermito— que llamamos realidad, así lo demostró en anteriores libros como El adversario y Limonov.
Son tantos los momentos magistrales de V13 que no es conveniente anticiparlos —aunque estemos hablando de historia pura y dura— para que el lector los descubra por sí mismo, como en una novela. Pero si el lector no llega al libro, es preciso informarle que Carrère desenvuelve temas espinosos, sensibles. Por ejemplo, qué mueve a un yihadista a realizar un atentado, que no es solo debido a una lectura radical del Corán o a un sentimiento de venganza por las bombas que tal o cual Estado haya arrojado sobre la población civil de Siria o Palestina.
Qué mueve a un abogado a defender a un asesino o a un terrorista, que es algo mucho más complicado que lo que implica defender a una víctima. Por eso irrumpe en más de una oportunidad el nombre de Jacques Vergès, el brillante “abogado del diablo”, hijo de una institutriz vietnamita y de un cónsul francés, que defendió entre otros enemigos públicos al criminal nazi Klaus Barbie y al famoso terrorista venezolano Ilich Ramírez Sánchez (alias el Chacal, alias Carlos). En cierto momento del juicio, Carrère se retira de la sala para estirar las piernas, da unas vueltas por el palacio, baja unas escaleras y se encuentra con otro juicio, de esos que están en una etapa puramente burocrática, con muy poca gente, casi como si fuese la reunión de un pequeño “club de admiradores” en el cual un señor mayor, alto, bromea con los asistentes y el fiscal y se saca fotos con una señora. Ese señor mayor, alto, es Carlos, y está cumpliendo en Francia su cadena perpetua.
Qué mueve a los familiares que perdieron seres queridos y que en la tele veían las noticias de los atentados sin saber que su hijo o hija estaban esa noche en Bataclan. En qué los ayuda la justicia o la comprensión de lo ocurrido.
Qué mueve a quienes sobrevivieron y se arrastraron por el piso cenagoso de sangre y vísceras de Bataclan mientras escuchaban los disparos y los gritos desesperados de los heridos y de quienes un momento después estarían muertos. “Camina por aquí y sin mirar”, le dijo un policía delicadamente a una muchacha mientras la ayudaba a salir de la discoteca.
Qué mueve a quienes deben soportar la culpa por haber empujado y pisoteado a otros con tal de alcanzar un resguardo o la puerta de salida, en su natural afán por salvarse ante una situación extrema.
Qué mueve a una mujer como Flo, que se ha hecho famosa en la tele como una sobreviviente de Bataclan, o a ese músico que dedica una canción a su amigo Alexandre, muerto en Bataclan. Ni Flo ni Alexandre estuvieron nunca en Bataclan. Dice la madre de un joven realmente asesinado en la discoteca: “Se diría que la gente envidia la desgracia que nos sucede”.
Qué mueve a un hijo que se deja una frondosa barba, que comienza a separar con asco el chorizo de la paella, luego lee detenidamente el Corán, luego presenta a su novia que usa velo, se casan y se van de vacaciones a… Siria, y de allí a ser orgullosos integrantes del Estado Islámico.
Qué mueve a ciertos raperos a cantar Hay que golpear a Francia. / Es hora de humillarla, / queremos su sufrimiento / y millares de muertos.
Qué nos mueve a todos a invocar el nombre de Dios. Lo invocan los terroristas en los ataques y lo invocan las víctimas desesperadas en ese atroz momento —no hay otro peor— conocido como angustia de muerte inminente. Lo invocan como promesa y verdad los curas, los rabinos y los muecines, los cardenales y los califas. Pero más allá de Oriente y Occidente y de los libros sagrados, a miles de kilómetros del hervidero de creyentes y de las guerras, en la casa de Perico el Ateo, este también lo invoca si se da un martillazo en el dedo al colgar un cuadro. Incluso le agrega al Omnipresente órganos sexuales femeninos.
Carrère otorga voz individual a las víctimas y a sus familiares, a los terroristas, a los abogados de unos y otros (hasta nos da sus tarifas), a los testigos, a los policías (y a los incompetentes policías belgas, que no asistieron al juicio pero estuvieron presentes por videoconferencia), al cantante de los Eagles of Death Metal. Así confecciona un entramado y una hermandad entre quienes convivieron en el Palacio de Justicia día tras día durante nueve meses, y que es mucho más que la historia de un brutal atentado, su proceso judicial y las sentencias consecuentes. Es una brillante tentativa por explicar nuestro inexplicable mundo.