Después del éxito de El adversario llegaron Una novela rusa, De vidas ajenas, Limónov, El reino, Yoga y V13. En todos esos libros el narrador es el propio Carrère, así que con su lectura se puede tener una biografía casi completa de este singular autor que escribió la mayoría de sus libros tecleando con un solo dedo (sí, uno solo) y que está emparentado por su estilo al contemporáneo extremeño Javier Cercas.
Hacer koljós
Un koljós era en la Unión Soviética una granja colectiva estatal en la que los campesinos recibían parte de las ganancias de la producción. Para la familia de la madre del escritor, de soltera Hélène Zurabishvili, cuya familia de raíces aristocráticas huyó de Georgia luego de la Revolución bolchevique de octubre de 1917, la palabra pasó a tener un significado mucho más tierno: hacer koljós era para ellos el momento en que padres e hijos tiraban unos colchones en el piso y se ponían a jugar y a divagar.
El último libro de Carrère se llama, justamente, Koljós. Sin embargo no comienza con aquellos recuerdos infantiles sino con un acto ceremonioso y dramático: el funeral de la madre del autor, nacida en París e hija de georgianos y a la sazón desde hacía 71 años casada con el señor Carrère. La ceremonia del Estado francés, el 3 de octubre de 2023, fue en el patio de honor de Los Inválidos, con un discurso del presidente Emmanuel Macron y toque ruso con música de Chaikovski incluidos.
Como si se tuviera especial consideración por la época multimedia en la que vivimos, el libro está dividido en 31 capítulos con más de 220 subtítulos. Transcurre a lo largo de 437 páginas que se leen bien siempre y cuando uno logre prestar atención a los muchos nombres rusos, georgianos y franceses que integran la historia, en especial al comienzo, cuando aparecen los antepasados y otros personajes del mundo político, intelectual y militar europeo.
Los pequeños Emmanuel, Nathalie y Marina, junto con su madre Hélène Carrère D’Encausse, son los cuatro que aparecen en la foto de tapa del libro, de la época en la que hacían koljós. Sin embargo, es obvio que la historia transcurre durante un siglo muy agitado y que lo que se cuenta no es solo lo familiar.
La madre era una estructurada y orgullosa investigadora que vivió 94 años y que fue elegida como la primera mujer secretaria vitalicia de la Academia Francesa por su contribución como especialista en la historia rusa (y soviética). Ella es el personaje central del libro.
El padre, no obstante, no solo aportó su apellido y sus genes, sino que fue un enorme contribuyente a la obra de su hijo, ya que durante años, mientras trabajaba como ejecutivo de una compañía de seguros y luego jubilado, se dedicó a investigar y archivar todo lo relacionado con la familia de su esposa. Luego, está su tío Nicolás, hermano de la madre, que pasó de familiar a ser uno de los amigos más cercanos de Emmanuel. Nicolás, a diferencia de sus padres, era de izquierda y apoyó a los argelinos del Frente de Liberación Nacional no solo con palabras.
Carrère define a su madre como alguien que optó “por el bando de los amos” y advierte al lector, al que a menudo se dirige de forma directa, que “con la única excepción de Maxime Rodinson, que pese a ser judío asquenazí fue hasta su muerte un acérrimo defensor de la causa palestina, sus amigos eran todos de derechas”.
Stalin, Beria y el abuelo colaboracionista
Desde 2007, cuando publicó Una novela rusa, Carrère estuvo varios años sin hablar con su madre. Es que en ese libro, además de su propia crisis existencial con una serie de relatos incluidos en esa especie de “psicoanálisis a cielo abierto”, se mete con un tema tabú en la familia: la desaparición, en 1944, de su abuelo materno, un asunto que la académica Hélène no quería hacer público. El cuerpo nunca apareció, habría sido fusilado por la resistencia porque fue colaboracionista de los nazis durante la ocupación en Francia, pero el asunto pasó a ser uno de esos que las familias barren debajo de la alfombra.
La colaboración de George Zurabishvili como hombre culto que dominaba varios idiomas lleva directamente al dilema: ¿cuál era el principal enemigo de esos emigrados, los nazis o los comunistas?
Para dar una respuesta honesta Carrère debe remontarse a la época de los zares, de Lenin, de Stalin y de otro georgiano tristemente famoso: Lavrenti Beria, el siniestro jefe de la policía secreta soviética que ordenó asesinatos masivos, cuya madre rezaba en secreto por las noches muy cerca de donde vivía la familia de Carrère.
Además de contar la peripecia familiar, tocada como pocas por la Revolución bolchevique y luego por la caída de la Unión Soviética, algo que Hélène había pronosticado, aunque de forma diferente a como ocurrió, el libro está lleno de miradas inteligentes y sarcásticas de la realidad.
Son observaciones que van desde asuntos filosóficos y de guerras hasta las pequeñas cuestiones domésticas, como que su madre vivió en la catedral ortodoxa rusa en el distrito XVII.
Desarmando algo más que despachos
Al morir, Hélène dejó un amplio despacho donde tenía, además de muchos documentos, fotos con los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, Jacques Chirac, Nicolas Sarkozy, Claude Lèvi-Strauss y Vladímir Putin. Emmanuel se tomó el trabajo de desarmar el despacho de su madre y al relatarlo incluye datos que denotan lo que admiraba a esa mujer, que a pesar de su edad seguía trabajando con mucha disciplina mientras miraba cómo el Sena pasaba por debajo del Pont des Arts.
Desarmar la oficina de su padre resultó todavía más difícil debido a que fue un hombre más conservador en todo el sentido del término, pero sus ordenadas cajas con montones de porquerías de todo tipo resultaron muy útiles.
Carrère detiene su historia por un momento y se pregunta qué sentido tiene continuar escribiendo en un mundo que se encamina a “una catástrofe histórica sin precedentes”, con un “desastre ecológico irreversible”, más la crisis migratoria y la inteligencia artificial, “que nos comerá incluso antes de que nos demos cuenta”. Pero sigue. Tiene a disposición no solo testimonios y fotos para apreciar a sus antepasados, sino también algunas cartas.
Sin recursos en Constantinopla (hoy Estambul) su bisabuelo consideró “muy en serio” arrojarse al Bósforo, aunque no lo hizo y, finalmente, llegó con todos a París. Luego, están las vinculaciones con Alemania. Carrère describe a uno de sus familiares, Victor von Pelken, un militar que, en tiempos de paz, estuvo acuartelado en Coblenza. Allí, “juega a las cartas, bebe ponche y maltrata a su ordenanza”. Muy diferente era el tío Yuri Komarovski, un pendenciero que hizo absolutamente todas las guerras de su época luchando en la primera línea con sus soldados.
Al hablar de influencia rusa, en su familia y en su entorno no podía faltar Antón Chéjov, aunque Fiódor Dostoievski era para ellos el número uno. A León Tolstói lo despreciaban, sin embargo, Carrère lo descubrirá y reivindicará más adelante.
La tía Natasha vivía en un pequeño apartamento parisino luego de haber sido dama de honor de la emperatriz. Murió preguntándose por qué querrían derrocar los bolcheviques un régimen en el que “todo el mundo vivía tan bien”.
Entre los emigrados blancos estaba también el poeta Vladislav Jodasévich, quien cada día fundaba una nueva asociación. Una vez era la “Sociedad de los que antaño paseaban por el Jardín de Verano”, otra la de “Los amantes de Anna Karenina más que de Guerra y paz” o “Gente capaz de recitar de memoria todos los letreros de la perspectiva Nevski antes de 1917”.
Carrère vuelve más de una vez sobre su abuelo George, el padre de su madre, el colaboracionista que aparece en Una novela rusa, a quien “le gustaban las discusiones intelectuales, pero si no tenía adversarios se contentaba con monólogos”. Entonces cuenta que, cuando escribió ese libro “que hirió profundamente” a su madre no sabía que su abuelo era bipolar: “Entre tanto me han diagnosticado a mí la enfermedad, que encaja tan bien con lo que me ha atormentado”. El litio, en su caso, “funciona bastante bien”.
Entre oficiales del FSB y gángsteres chechenos
El peso de Rusia en la vida de Carrère lo llevó varias veces a Moscú y, luego de muchos años, también a Georgia. En la Rusia de Putin bebió vodka con un amigo francés convertido en empresario nocturno que debía transar con oficiales del servicio de inteligencia FSB y gángsteres chechenos.
En Moscú, también fue a una entrega de medallas al estilo soviético, con gente que vestía como entonces; y al principio le dio risa, pero luego descubrió que se estaba emocionando. Años después, sin dudar, tomó partido por Ucrania ante la “operación militar especial” emprendida por Rusia. Fue a Ucrania y recorrió en minibús zonas de guerra con casco y chaleco antibalas. Trató de entender para escribir, pero confiesa que regresó feliz a su paz.
Sin artificios ni rodeos, pero a su vez con mucho detalle, Carrère se va bastante por las ramas en su narración, y a veces es difícil seguirlo. Pero el libro contiene una cantidad de descripciones breves y muy agudas que lo hacen fascinante, también por sus permanentes cambios de frente. Así es Carrère: no muestra solo lo que queda bien, sino todo lo que honestamente encuentra su aguda vista, aunque no guste.