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    'El mal no existe': el director de 'Drive My Car' regresa con un thriller ecológico

    El celebrado cineasta japonés Ryusuke Hamaguchi mantiene su racha triunfante con su última película

    Con un estilo narrativo íntimo y reflexivo, Ryusuke Hamaguchi, director de la oscarizada Drive my car (2021,) ha sobresalido gracias a su habilidad para explorar las complejidades emocionales de las interacciones humanas. A través de tomas largas y diálogos meticulosos, sus películas construyen capas profundas sobre sus personajes e invitan a una inmersión total en sus vidas.

    Su proyección internacional creció significativamente en los últimos años, especialmente tras el éxito de Drive my car, que le aseguró un lugar prominente en la escena cinematográfica mundial y marcó un hito en su carrera. Así se consolidó como un director cuyo trabajo debe ser observado de cerca por quienes no lo conocían.

    Cuatro meses después del estreno de Drive my car en Uruguay, en julio de 2022, llegó su película anterior, la peculiar y apacible La rueda de la fortuna y la fantasía. En ellas, Hamaguchi demuestra su maestría para combinar la introspección personal con temas universales como el duelo, la culpa y la redención. Su narrativa pausada suele invitar al espectador a contemplar junto a los personajes y también es capaz de utilizar la casualidad y la coincidencia, no solo como una herramienta para enriquecer la trama, sino también como reflejo de la naturaleza impredecible de la vida.

    Embed - EL MAL NO EXISTE - TRAILER EN ESPAÑOL - 1 DE MAYO SOLO EN CINES

    EnEl mal no existe, su película más reciente, la invitación a la contemplación se repite, aunque esta vez bajo la forma de una historia que enfrenta al hombre contra las fuerzas implacables de la naturaleza y del capitalismo.

    En un remoto pueblo de un bosque nevado japonés, donde el agua de manantial es tratada como un tesoro dada sus propiedades, la paz se ve perturbada cuando los habitantes deben enfrentarse al proyecto de una empresa que busca convertir su hogar en un ostentoso sitio de glamping. Ante la inminente llegada del campamento de lujo, que amenaza de lleno a la reserva natural, los residentes se topan ante un futuro cargado de incertidumbre y miedo. Entre esos habitantes se encuentran dos de los protagonistas de la película: Takumi (Hitoshi Omika), un hombre de mediana edad, profundamente conectado con la naturaleza y las tradiciones de su pueblo; y Hana (Ryô Nishikawa), la hija de Takumi, una joven observadora y curiosa. La sencilla vida de ambos se ve alterada por las tensiones que rodean al proyecto.

    La historia está basada en la vida real. Hamaguchi se enteró de una reunión del ayuntamiento sobre el glamping y la utilizó como el conflicto central de la película. Habló con los lugareños que se convirtieron en modelos para los personajes, y la necesidad de abundantes imágenes para la actuación de Ishibashi llevó a la creación de una película separada.

    El plano inicial de la película, una serie de árboles pelados vistos desde la superficie, remite de inmediato a la gran sensación del cine japonés de este año: Días perfectos. Sin embargo, a diferencia de la película de Wim Wenders, donde el protagonista, un limpiador de baños que encontraba cierta serenidad en esa visión, Hamaguchi introduce una amenazante música mientras la cámara se va moviendo, casi de manera espectral, por debajo de esos árboles desnudos. Es la segunda advertencia que el director hace para señalar que en esa aparente calma se esconde algo siniestro.

    La primera se produce en la presentación del título: las palabras se forman de tal modo que primero vemos El mal existe, antes de ser completado por el "no" faltante. Es un juego sutilmente perturbador que pone al espectador en alerta desde el principio.

    El mal no existe se destaca por la belleza de su escenario y un aire inquietante que permea el relato y da cabida, incluso, a elementos inesperados de terror. La película comienza como una denuncia ambiental que contrasta los esfuerzos por vivir en armonía con la naturaleza con la codicia empresarial, para luego transformarse en algo aún más extraño. Hamaguchi teje una trama en la que el drama humano se fusiona con un extraño suspenso.

    Incluso en detalles del diseño de producción, como cuando vemos a nuestro protagonista cortando leña con una sierra en un mueble hecho con otros troncos, Hamaguchi parece querer reforzar esa sensación de que nada es lo que parece, de que debajo de la superficie se esconde algo más siniestro y amenazante. Es como si el director quisiera advertirnos que, por mucho que intentemos dominar y controlar la naturaleza, esta siempre guarda sorpresas inquietantes.

    Hamaguchi propone, por ejemplo, un interesante juego al colocar a los personajes mirando a la cámara cuando hablan sobre algo del bosque, como si el espectador se encontrara en algún lugar de ese paraje. Y cuando esos personajes se van, también nos quedamos un poco desorientados, como si hubiéramos perdido nuestro punto de vista privilegiado.

    La composición musical de Eiko Ishibashi, con sus acordes inquietantes y su atmósfera envolvente, actúa como una fuerza motriz que empuja la narrativa hacia territorios inexplorados, donde lo racional y lo espiritual se entremezclan de forma cautivadora. Hamaguchi nos guía a través de una senda sinuosa, desafiando nuestras nociones preconcebidas y obligándonos a cuestionar los límites de la realidad.

    La película apuesta a un ritmo pausado y se despide con un final que despierta múltiples interpretaciones. Alejándose de las convenciones del thriller tradicional, el cineasta explora con una mirada aguda y penetrante las devastadoras consecuencias del deterioro medioambiental y de la crisis ecológica que afronta la sociedad. Al alejarse de la urbe, la película explora cómo nuestras acciones y decisiones, como las de los personajes de este estupendo suspenso ecológico, pueden tener un impacto profundo en el delicado equilibrio del mundo natural. Es un llamado de atención difícil de olvidar.