En la mente de Tara Selter, el tiempo no es una línea ni una flecha: es un disco rayado, un vinilo atrapado en un surco infinito, repitiendo el mismo compás, el mismo día, el mismo 18 de noviembre, una y otra vez, una y otra vez. Y así parece seguir, una y otra vez, quizá hasta que ella se canse de contar, de enumerar, de tomar nota de cada 18 de noviembre. O hasta que logre encontrar la grieta en el tiempo para escapar del 18 de noviembre eterno. O hasta que ella muera, si no es que renace al 18 de noviembre siguiente.
Tara Selter es la protagonista de El volumen del tiempo, la monumental serie de siete volúmenes pergeñada por la danesa Solvej Balle (1968). El proyecto le ha valido el premio de Literatura del Consejo Nórdico 2022, entre varios reconocimientos. Hasta ahora, en el danés original, se han publicado cinco de los siete tomos previstos. En español, la editorial Anagrama va por la segunda entrega, con traducción de Victoria Alonso.
Esta es la historia. Tara viaja a Burdeos, Francia, un 17 de noviembre para asistir a una subasta de libros ilustrados del siglo XVIII. Compra varios volúmenes y, de regreso, visita París, donde se encuentra con un amigo numismático, Philip, y adquiere una moneda romana de sestercio con la imagen del emperador Antonino Pío y la diosa Annona. Se aloja en un hotel, sufre una quemadura leve en la mano por un radiador, llama a su esposo, Thomas, y se acuesta. Al despertar, descubre que es nuevamente el 18 de noviembre, y el mundo se ha reseteado: nadie más recuerda el día previo, pero ella sí, y despierta donde se durmió, en el mismo hotel de París. Esto volverá a suceder a la mañana siguiente. Y a la siguiente. Y así. Esté donde esté. Como Bill Murray en Atrapado en el tiempo, pero en un plan diferente. Porque, entre otras diferencias, Tara no se encuentra prisionera en un pueblo, como Connors; ella viaja a través del espacio, se traslada a otros países, contacta amigos, familiares, incluso vuelve a la casa donde vive con Thomas (y las reflexiones que plantea acerca de la relación entre ambos son de una belleza amorosa y sutil).
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Hreinn Gudlaugsson/Wikipedia
Balle concibió la idea de El volumen del tiempo en 1987, cinco años antes del estreno de la comedia dirigida por Harold Ramis en la que Phil Connors (Murray), un arrogante meteorólogo televisivo, queda atrapado en un bucle temporal en un pequeño pueblo de Pensilvania. “Se me ocurrió escribir sobre una persona prisionera de un mismo día por varias razones. En esa época, yo vivía en Londres y las personas de mi entorno estaban fascinadas con el Ulises de James Joyce. Para mí, fue como una revelación, el descubrimiento de los muchos elementos que pueden darse en un solo día. También leí a Borges. Y un día el reloj de casa se paró. Fue una tontería, se había acabado la pila, pero supe que tenía que escribir algo sobre esto”, comentó Balle en una entrevista con La Vanguardia.
Pocos años después, se estrenó la película de Ramis, que fue un éxito, la vio casi todo el mundo, la sigue viendo casi todo el mundo, incluso varias veces, y la autora perdió el entusiasmo en el proyecto. “Sin embargo, con los años pensé que los guionistas habían hecho la investigación por mí y que, si la película había funcionado, la idea no era tan descabellada como yo supuse muchas veces”. Y entonces retomó la idea. Estudió teorías sobre el tiempo, desde las perspectivas de la física y la filosofía, investigó sobre relatividad general, teorías de bucles temporales y sobre cómo las diferentes culturas, civilizaciones y escuelas filosóficas han entendido o han tratado de entender esa dimensión llamada tiempo. Inicialmente, Balle había pensado en una trilogía, pero en 2018, dos años antes de publicar el primer volumen, decidió que serían siete libros, y que necesitaba, dice, más espacio para explorar las preguntas filosóficas y emocionales que surgían del bucle temporal.
Al menos en las dos primeras entregas en español, no hay explicación científica para el bucle. Tampoco una explicación fantástica. Balle prioriza la experimentación narrativa, la indagación psicológica, la exploración filosófica, el vuelo poético a través de una prosa introspectiva. Esto podría colocar a El volumen del tiempo en el estante de la ficción especulativa, quizá cerca de El glamour, de Christopher Priest, una brillante exploración sobre la memoria y la identidad que, a su vez, cuestiona la fiabilidad de la percepción.
En el libro de Balle, al menos en estos dos primeros tomos en español, no hay diálogos, todo pasa por las descripciones y reconstrucciones que apunta Tara en su cuaderno, uno de los pocos objetos que la acompañan, y que sirve como ancla para no perder la cabeza. Y es que el 18 de noviembre existe y no existe: siempre es 18 de noviembre y nunca es 18 de noviembre. Entonces Tara numera los días. El primer volumen comienza en el día #121 del bucle y llega al #366. El comienzo es sencillamente fabuloso. El segundo tomo va del #368 al #1.144, con un final al estilo de los mejores capítulos de Lost.
Moverse dentro del bucle
A lo largo de la historia, Tara se vuelve cada vez más consciente de sí misma y de sus estados de ánimo, colecciona hipótesis sobre lo que está sucediendo, repite una y otra vez su historia a determinadas personas hasta que se agota, encuentra “caminos y senderos a través del día, angostos pasadizos y túneles” por los que puede circular, ensaya distintas maneras de expresar y explicar lo que está viviendo. Es 18 de noviembre durante mucho tiempo.
En el cuaderno anota sus impresiones, acciones y emociones, todo lo que ocurre en su existencia concentrada en un día. Escribe, por ejemplo: “No existen garantías, detrás de todo aquello que habitualmente damos por sentado como seguro se hallan excepciones inverosímiles, repentinas fracturas e impensables quebrantamientos de la ley. Al pensar en ello ahora me resulta chocante que alguien pueda inquietarse tanto ante lo inverosímil, cuando sabemos que toda nuestra existencia descansa sobre hechos extraordinarios e improbables coincidencias. Que si estamos aquí se debe únicamente a dichas rarezas: que haya seres humanos en este que llamamos nuestro planeta, que podamos movernos por una esfera que gira en el espacio sideral lleno de objetos inconcebiblemente grandes con partes tan diminutas que el pensamiento no alcanza a entender cuántas son y cuán pequeñas. Que estos objetos infinitamente pequeños en medio de lo inconcebiblemente grande puedan mantener la unidad. Que nos mantengamos suspendidos. O simplemente que existamos, que cada cual haya venido a la existencia en tanto una sola de esas infinitas posibilidades. Llevamos en nosotros lo impensable todo el tiempo”.
Balle realiza algunos saltos entre las numeraciones para suavizar o evitar la repetición. En la tienda de antigüedades de un amigo compra un sestercio romano, una moneda de cobre acuñada con la efigie del emperador Antonino Pío en el anverso y la diosa Annona en su reverso. Esta moneda, que al principio compra para su esposo, irá adquiriendo la dimensión de un personaje.
Moverse dentro del bucle la lleva, además, a experimentar la existencia como un proceso, un flujo incesante, en constante cambio. Porque mientras ese 18 de noviembre permanece detenido, congelado, el conjunto de partes que componen al ser que se identifica como Tara —su cuerpo físico, su conciencia, sus emociones, sensaciones y construcciones mentales— sigue su curso, envejeciendo momento a momento. A Tara le crece el pelo, le crecen las uñas, se lesiona un tobillo y pasa por todo el proceso de recuperación, se quema la mano y ve cómo la herida va cicatrizando. Mientras el resto del mundo vive en la eternidad, ella sigue el camino hacia la tumba.
La sensación de vivir en un día que se repite de una manera siniestramente interminable mientras uno no se vuelve más joven no es algo ajeno a lo que sintieron muchísimas personas durante la pandemia por Covid-19, por lo que no parece muy difícil empatizar con la protagonista, que navega en un mar con un agitado oleaje de preguntas. Tara parece vivir dentro de un koan, inmersa en una situación paradójica que desafía su comprensión lógica. Cada repetición es una condena y también una oportunidad para ver la realidad de manera diferente, abriendo grietas en sus suposiciones previas. Cada día, aunque repetitivo, le ofrece la chance de observar el momento con nuevos ojos. Tara pasa de la confusión inicial a una exploración más consciente de su día, experimentando con acciones diferentes y reflexionando sobre su experiencia, reconociendo la vida instante a instante, desapegándose de la necesidad de controlar el tiempo o de aferrarse a su vida anterior. Aunque el día se repite, cada iteración es diferente porque Tara cambia: sus emociones, recuerdos y perspectivas evolucionan. Tara es un proceso dinámico que se construye momento a momento. La protagonista no puede aferrarse a un futuro progresivo ni a un pasado estable; y aunque algunos objetos van con ella, ella solo tiene el presente. Allí radica parte del desconcierto y la angustia que transmite la novela. La protagonista se enfrenta a la disolución de su identidad: su vida como anticuaria, sus rutinas diarias, su relación con su esposo, Thomas, con su familia y amigos, con los lugares, con los espacios que habita, pierden su sentido habitual, lo que la lleva a cuestionar quién es fuera de la concepción lineal del tiempo y de las estructuras sociales que normalmente dan forma a una identidad estática y separada de las demás personas.
Mientras el primer tomo puede ser algo caótico, bastante angustiante, con tramos que se vuelven entre repetitivos y muy repetitivos —Tara no para de insistir en que es 18 de noviembre y que necesita romper el tiempo—, el segundo avanza con otra precisión, a otra velocidad, con la determinación de Tara de encontrarle sentido a lo que está viviendo y registrando en su cuaderno.
Buscando el orden, motivada por la necesidad de aferrarse a algo, celebra la Nochebuena y la Navidad en otoño. Se mueve de un país a otro para recrear el sabor de las demás estaciones. Viaja al sur buscando el sol y la playa, viaja al norte en busca del frío y la nieve. Viaja a Bélgica, a España, a Noruega. Se traslada en trenes, espía conversaciones de otros pasajeros, lee, lee mucho, asiste a conferencias, visita museos y bibliotecas, investiga y estudia la historia del Imperio romano, como una extensión de la relación con el sestercio romano. Conforme avanza su vida fuera del tiempo lineal, observa cómo las personas consumen, acumulan objetos y desperdician recursos de una manera automática, sin pensar, lo que la lleva a comer alimentos pronto a vencerse, siendo consciente de que el consumo que ella realiza no tiene un “mañana” para equilibrarse. En Düsseldorf, Alemania, realiza un descubrimiento asombroso, tanto para ella como para los lectores. Esto recién está empezando.