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Un mundo delirante cobra vida cuando se baja la escalera y se entra a la sala del Centro de Exposiciones Subte. Lo primero que llama la atención son las ruedas apoyadas en soportes, como si fueran grandes bicicletas dadas vuelta. Lo segundo, son las criaturas rollizas y de patitas finas, entreveradas con otras más pequeñas, que parecen moverse sobre las paredes blancas en una penumbra atravesada por cables. Entonces todo está servido para que se hagan girar las ruedas con los pedales y se empiecen a encender las lamparitas que iluminan los dibujos de Ricardo Lanzarini. De eso se trata Electrocardiograma escultórico, conectar una maquinaria primitiva con dibujos hechos directamente sobre los muros. Y conectar parece ser el verbo más adecuado para esta exposición que se prende y se apaga según la voluntad y la tracción del visitante.
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No es la primera vez que Lanzarini (Montevideo, 1963) trabaja con este tipo de mecanismos inspirados en los talleres del barrio de su infancia que reparaban desde bicicletas hasta radios y televisiones. En 2013, viajó a la Bienal de Moscú con una muestra llamada Artefactos, integrada por esculturas construidas con partes de objetos metálicos y fragmentos de bicicletas mediante los cuales el público podía generar luz e iluminar por sí mismo la obra. De esta manera, como ahora en Electrocardiograma escultórico, cada uno “ve” la obra tal como la genera a través de las luces y sombras.
También son figuras conocidas sus gorditos, que expuso en otras oportunidades, como en El baile interminable (Xippas Montevideo, 2022), donde aparecían sus personajes burlones o altaneros, a veces con gesto desconfiado o desconcertado, que representaban alguna forma de poder: militares, políticos, papas. En aquella muestra estaba la idea constante de Lanzarini: la realidad no se puede ajustar a un solo foco. Ahora, en el Subte, aparecen variaciones de esos dibujos, pero con la particularidad de su condición efímera. Porque una vez levantada la muestra el 31 de enero de 2025, esas criaturas desaparecerán.
“Yo trabajo todos los días en el dibujo y muchísimas horas al día. Uno llega a la sala con todo ese trabajo, pero después hay que desprenderse. Sinceramente no me acordaba de este espacio y prácticamente no lo vine a ver, ni siquiera cuando lo estaban preparando para la exposición. Y es lo que me sucede siempre cuando voy a un lugar. Y me he dado cuenta de que es algo muy positivo, no conocer, no tener ni referencia donde voy a hacer la obra, lo cual le da una naturalidad, y me pone a mí a la altura del público y de todo el contexto que va a recibir esta obra. Es algo que ocurre acá y se va de acá. Y el que no lo vea acá, no lo va a ver más”, dijo el artista en conversación con el curador de la muestra, el paraguayo Ticio Escobar, para explicar su experiencia en intervenciones site-specific como la del Subte.
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El curador Ticio Escobar por Lanzarini
Además de curador, Ticio, como todos llaman a Escobar, es poeta, profesor, crítico de arte y promotor cultural. Su currículum es extenso y lo ubica como uno de los pensadores más relevantes del arte contemporáneo latinoamericano. Entre otros cargos, fue director de Cultura de Asunción (1992-1996) y ministro de Cultura de Paraguay (2008-2012). Es el creador de la colección de arte indígena del Centro de Artes Visuales/Museo del Barro y autor de la Ley Nacional de Cultura de Paraguay.
Para Electrocardiograma escultórico, Ticio escribió con Catherine de Zegher, curadora belga e historiadora de arte moderno y contemporáneo, un texto de análisis de la exposición de Lanzarini. Allí Ticio relata sus conversaciones previas con el artista, en las que intercambiaban sobre arte. “En el curso de la comunicación que mantuvimos en los últimos meses, Lanzarini sostuvo la idea de que los aparatos se conectan directamente con profundidades inconscientes que cargan la obra de fuerzas nocturnas: acceder al espacio de la exposición equivale a entrar en ‘la propia cabeza’ del artista. ‘El arte sin tormenta interior es solo un medio de promoción social’, es otra idea sugerente suya que retuve de nuestra correspondencia”, escribió el curador.
Escalera contra la pared
Una fila de militares pasa de una pared a otra, como marchando hacia un lugar indefinido. Lucen bigotes finitos, llevan gorro y sus ceños fruncidos, como si fueran a una misión importante. Pero la severidad de sus rostros desentona con su falta de ropa. Más atrás, en el centro de la pared, otro militar de grandes dimensiones parece mirar y controlar la procesión.
Algunos personajes visten mínima ropa interior de colores; también están los risueños de bocas enormes o los que de tanta felicidad o delirio parecen deslizarse cabeza abajo por la pared. No faltan los más intelectuales, de lentes y barba, que sostienen una pancarta con la leyenda: “¡Viva la realidad, carajo!”. En una de las columnas, bajo la frase “Hoy arte comprometido. Distendido”, otra criatura ríe con su gran bocota.
Lanzarini dibuja de arriba a abajo las paredes y, a veces, subido en lo alto de la escalera, no puede ver lo que está haciendo. En el silencio de la sala, le gusta hablar con las personas que allí trabajan mientras él está con su propio trabajo, se siente bien cuando le dan su opinión o encuentran similitudes con otros dibujos que han visto. Cuando terminó de dibujar en el Subte, vino la sorpresa. “En cuatro días había dibujado toda la sala y me di cuenta de que había cambiado todo lo que habíamos acordado con Ticio. Decidí no decirle nada y ver qué reacción tenía él al entrar a la sala. Le hice una pequeña trampa de información para que entrara realmente a una experiencia nueva”, contó el artista en conversación con su curador.
“Aparecieron sombras y parpadeos”, dijo Ticio en la charla con el artista al recordar la primera experiencia con la muestra. “Lo que producen las luces es algo muy sutil, no son estructuras, sino líneas visuales, que apuntan no solamente hacia el dibujo, sino hacia el ambiente mismo. A partir de esta puesta en el espacio, se van creando vínculos contingentes entre cosas distintas. ¿Qué ocurre entre estas imágenes? ¿Qué ocurre entre las imágenes y la máquina?”.
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En el inicio, fue el dibujo
Licenciado de Bellas Artes de la Udelar, Lanzarini hace 30 años que acumula una “película de dibujos” de todos los tamaños, porque hay algunos muy pequeñitos que realiza en librillos de hojas JOB para armar tabaco. Esa Colección JOB, que también ha expuesto, es infinita, inabarcable, interminable. Allí también aparecen sus gorditos desnudos, aunque a veces tienen mallas de ballet o pantalones ajustados. Los dibuja a tinta, sobre la hojilla.
El artista proviene de una familia de ceramistas de fábrica que lo impulsó hacia el arte. Cuando entró a la carrera universitaria, su profesor Ernesto Aroztegui le dijo que tenía que dedicarse al dibujo. Y desde entonces no paró de hacerlo a mano, sin que intervenga lo digital. Estuvo en varias bienales, vivió y expuso en el exterior y en salas uruguayas, y obtuvo reconocimiento por su trabajo. Además, escribe sobre la experiencia de dibujar y eso lo retroalimenta.
“Desde mis comienzos, siempre construí sistemas en las obras, un sistema donde aparecía un objetivo”, explicó el artista. En 1995, empezaron sus ensambles escultóricos con la obra El velorio de Lenin que expuso en el Museo Blanes. Allí usó un motor que iluminaba con parpadeos la sala y apuntaba hacia un letrero que decía: “El comunismo es el socialismo más la electrificación de la URSS, Lenin 1920”. Ticio dice en el texto curatorial que esa frase “apuntaba con cierta ironía a diversos significados relacionados con el pasado comunista de Lanzarini, con la crisis ideológica o posideológica subsiguiente a la caída del muro y, colateralmente, con connotaciones asociadas a la figura de la electricidad, impulso de las máquinas”.
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A partir de entonces, la luz y la electricidad continuaron formando parte de sus sistemas creativos. En Proyecto para hombre iluminando (1997) estudió al pintor Emilio Mas (1860-1928), artista español que vivió y murió en Montevideo, donde estuvo internado en un hospital psiquiátrico. Allí pintó a otros internados y vinculó la generación de energía con sus procesos mentales. Lanzarini relacionó este fenómeno, contado por el propio Mas, con las alucinaciones del pintor y las terapias de electroshock empleadas en su época. Y vinculó todo este proceso con la intensificación de la experiencia psíquica y la generación de imágenes, de luz y de electricidad.
Después, para Lanzarini llegaron otras etapas, miró mucho cine, sobre todo, películas rusas en Cinemateca, y empezó la serie de los artefactos hasta llegar a estas figuras impulsadas por una electricidad tenue en el Subte. Electrocardiograma escultórico se disfruta como una película muda y a la vez lúdica, protagonizada por actores que se transforman a pedal. A veces estos personajes se esconden, otras sonríen o están indiferentes. Todo depende de quien los mire y de la fuerza con que haga girar su propio mecanismo. No hay que perderse esta oportunidad de ser público y, a la vez, un poco artista.