El periodista y escritor acaba de publicar Los ahogados, su primera novela, en la que estuvo trabajando tres años
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSon tres. El personaje principal —y sin nombre—, el Bebe Monterroso y su nieta Valentina. Todos conviven durante un tiempo en Santa Clara, un balneario ficticio que bien podría ubicarse en la costa de Rocha, y llegaron ahí por la motivación inicial para la que deben haberse inventado los balnearios: para dejar algo atrás.
En Los ahogados (Pez en el Hielo, 2025), la primera novela de Emanuel Bremermann (Paysandú, 1994), los tres personajes reconstruyen y entrelazan sus vidas al compás del mar, atravesados por la búsqueda de sentido y una sensación permanente de misterio sin develar.
Bremermann es periodista, docente y editor de cultura y espectáculos en El Observador. Con su libro de cuentos Los murciélagos (Pez en el Hielo, 2022), fue ganador del Premio Nacional de Literatura 2023 en la categoría Ópera prima. En entrevista con Búsqueda, ahonda en su afán por las novelas largas, la convivencia con los personajes que construye, su proceso de escritura y este tiempo en el que “hay demasiado para ver y demasiado para leer ”.
—¿Cómo ha sido tu historia con la escritura?
—Me metí en el periodismo porque siempre me gustó muchísimo escribir y fue una puerta, una posibilidad laboral para la escritura. Obviamente, a medida que fui empezando a interiorizarme más, le fui agarrando el gusto y terminó siendo una vocación, o al menos una primera vocación, porque siento que la escritura también es en alguna medida mi vocación. Los primeros esbozos de algo similar a una ficción empezaron cuando me anoté en el taller de Manuel Soriano. Ahí me di cuenta de que la escritura de ficción me interesaba muchísimo y que se me empezó a meter a nivel fermental. Algo empezaba a generar oleadas internas y se empezaban a disparar ideas con las que convivía y sentía que tenía que bajar al papel. También ese taller me ayudó a conocer muchos autores. Ahí leí por primera vez a Roberto Bolaño, que para mí es un autor fundamental y al que le debo, en buena medida, estar escribiendo.
—¿Y sentís que la pulsión por escribir sigue creciendo?
—Es permanente esa pulsión y crece en intensidad. Siento que cada vez más puertas se abren, que hay más cosas que tienen que ver con la escritura que empiezan a desarrollarse y empiezan a pelear por su lugar. Siempre tengo algo que estoy rumiando.
—Y ahora, ¿hacia dónde te lleva?
—A mí me gusta la idea de una novela larga, en la escritura y también en la lectura. Tengo algunas ideas vinculadas a territorios que me gustaría explorar y que empiezo a llenar de personajes. La idea de crear una gran historia coral, de un recorrido histórico interesante e importante, me genera mucho entusiasmo.
—¿Qué es lo que te entusiasma de eso?
—Me entusiasma la posibilidad de estructurar todo ese universo que obviamente no está, y que yo empiezo a poblar de personajes, de pasados, de posibilidades. Por ejemplo, en Los ahogados me entusiasmó mucho encontrarme con los personajes e ir viendo cómo iban mapeando el lugar y yo los iba acompañando y armando el universo de la novela. Me gusta mucho convivir con los personajes y sentir que estoy descubriendo los lugares con ellos, y, sobre todo, que sea durante mucho tiempo.
—¿Cómo coexisten el Emanuel periodista y el escritor?
—Se pelean un poco. El periodista está contaminado por el escritor, y el escritor por el periodista. En el buen sentido. Pero conviven y tratan de robarse espacios de mi cuerpo, o de mi tiempo, sobre todo. Hay un puzle que armar, porque el día tiene la misma cantidad de horas siempre, y obviamente el periodista demanda más porque es mi trabajo, mi sustento de vida. Pero también está el escritor tratando de tirarle mensajes al Emanuel periodista, diciéndole: “No te olvides de que lo que te da de comer espiritualmente está de este lado”. Esas dos personalidades, esos dos Emanuel, le deben mucho uno al otro. Es difícil hablar de las fortalezas de uno, pero siento que el periodismo me dio una capacidad de observación muy grande, de prestar atención a los detalles, a cómo la gente habla y reacciona. Y también un cuidado muy grande y obsesivo en la edición. El periodista seguro ha ganado mucho de la mirada y de la amplitud que te da pensar sin límites y sin fronteras una historia. Y en alguna medida la ficción te saca algunos corsets del periodismo, te ayuda a salir de ciertas jaulas. Sobre todo en el tipo de periodismo que hago.
—¿Cómo te formaste vos como periodista cultural y cómo crees que se forma alguien como tal?
—Me empecé a formar en periodismo cultural en una redacción. Mi primer contacto con el periodismo a nivel profesional fue en una pasantía en El Observador, en actualidad nacional, y tuve un pequeñísimo pasaje por O2, que era el suplemento cultural en su momento. Pero después volví rápido a ser un periodista todoterreno. Entonces, cuando volví al rubro cultural y empecé a enfocarme, me di cuenta de que era ese el lugar donde yo tenía que estar. ¿Y cómo me formé? Leyendo mucho a otros periodistas culturales, seguro. Siguiendo determinados periodistas, teniendo muy buenos editores, gente que me guiaba. Y después sí tuve una cosa muy de encontrar mi propio camino, de ir incorporando diferentes registros y estilos. Obviamente, hay mucho de imitación ahí también, de seguir lo que hacen tus maestros. Y bueno, el camino propio también se arma a partir de los consumos: las películas que ves, sobre todo los libros que leés, la música que escuchás, las obras de teatro a las que vas. Y para mí es algo que está en permanente construcción.
Emanuel Bremermann.
—¿Cómo lidiás con el flujo de libros cada vez mayor que llega a la redacción?
—Con la resignación de saber que no lo voy a poder hacer. Y me parece que, de a poco, todas las partes del ecosistema se han ido dando cuenta de eso. Se publica de una forma exacerbada. Nadie puede tener la capacidad de leer y de atender todo lo que se publica. Yo mismo me frustro a veces cuando no puedo atajar a tiempo algo que realmente me interesa. También hay algo que siento, que es cierto apuro: tratar de que todo salga rápido, se publique rápido. Y la verdad es que está bueno que los libros tengan una vida larga, incluso en los medios. Que encuentren el espacio, que cada vez es más difícil. Que puedan pasar varios meses entre que un libro sale y que se publica algo sobre eso. Y que no todo esté encerrado en dos o tres semanas. Los ritmos del mercado hoy son brutales. Y es una locura lo que se publica. ¿Quién puede leer todos esos libros? Es mucho. Pero, al mismo tiempo, por alguna razón pasa. Y por alguna razón el mercado lo habilita y de algún modo le es redituable.
—¿Cómo elegís con qué cosas trabajar y con cuáles no?
—Me baso mucho en mis propios intereses, la verdad. Quizás en términos literarios sí amplío más la mirada, porque me parece importante, sobre todo en lo nacional. Trato de estar atento a todo lo que sale y creo que lo logro. En lo internacional sí me pasa mucha cosa por debajo del radar. Y en términos de películas, estoy muy guiado por lo que me interesa. Ya me saqué de encima la presión de estar atrás del estreno, porque yo no siento que lo que yo haga sea crítica de cine. Entonces, cuando me di cuenta de eso, y cuando me di cuenta de que había gente que sí lo hacía, tuve una especie de liberación interna. Pensé ‘bueno, voy a empezar a escribir sobre lo que me interesa y sobre los caminos que yo mismo he cruzado’. No sé si está bien o mal. Tal vez es una mala práctica del periodismo cultural. Pero es la que encontré para no volverme loco. Hay demasiado para ver y demasiado para leer.
—Con Los ahogados, ¿te sentaste a escribir una novela o te sentaste a escribir algo que después resultó serlo?
—Lo primero que publiqué fueron los cuentos de Los murciélagos, y nunca quise que pareciera una especie de entrenamiento para la novela. Me parece subestimar el poder del cuento, bajarle el precio a un género absolutamente legítimo, potente, poderoso y fundacional para el ser humano. Quería publicar esos cuentos, y me hicieron muy feliz. Pero hay algo en mí que está vinculado a la idea de ser un novelista. Yo me construí como lector a partir de la lectura de novelas. La tradición de la novela en mí es muy fuerte, tarde o temprano iba a aparecer el pulso de escribir una. Y pasó con Los ahogados. Quería que fuese en esos territorios costeros porque tenía ganas de jugar con la idea de lo que sucede ahí, crear un espacio nuevo a partir de retazos de espacios que existen. Se empezó a construir primero con un solo punto de vista y, de a poco, se fue poblando de la de otros personajes. Por eso en un momento me di cuenta de que no iba a ser una novela corta. Quería que sus historias se contaran y que el lector pudiese entender de dónde venía cada uno, qué eran esos pasados difusos que se chocaban en Santa Clara. Y me costó, pero valió la pena, porque creo que darle ese tiempo real, que haya ocupado tres años de mi vida, hizo también que tuviese el espacio y el tiempo para crecer de forma natural y orgánica. No la siento una novela apurada, y eso es una de las cosas que me da más tranquilidad.
—Me interesa detenerme en Valentina, porque parece una adolescente de otro tiempo.
—Sí, tiene algo de desconectada. Yo creo que los tres personajes están aislados a su manera, en un aislamiento entre voluntario e involuntario. Al personaje de Valentina tenía ganas de deslocalizarla de lo que podría ser una adolescente de hoy. Quería algo un poco más salvaje. Una adolescente que, por las propias cosas que le pasaron, necesitara de respuestas por fuera de los lugares donde hoy su generación busca las respuestas. Y que necesitara caminar y perderse en la naturaleza. Sí tiene momentos donde vuelve a estar conectada con el mundo del hoy, pero hay algo que la llama en los bosques de Santa Clara, en la propia costa. Algo que la reclama y que es un poco más primitivo. Me gustaba la idea de que esa cosa primitiva, que me parece que los llama a los tres, también repercutiera en ella, que es parte de una generación a la que tal vez ese llamado le queda más oculto.
—Podría ser un personaje bastardeado, pero todas esas características le dan mucho valor…
—Para mí ella era un personaje superimportante porque es la cascola que los pega a los tres. Más allá de que por ahí el protagonista o el Bebe terminan siendo, en lo que sucede en la trama, más determinantes. Sirve de espejo para los otros dos, porque en ella ven la repercusión de las cosas que pasan.
—El “conflicto madre”, el que termina por darle forma a la novela, no está anunciado en ningún lado hasta que aparece de repente. ¿De dónde surge ese conflicto?
—Quería que fuese una novela donde pasaran cosas físicas, reales. Y que hubiese escenas que yo pudiese contar casi como con pulso cinematográfico, prestándole mucha atención a la progresión de las acciones. Y creo que toda la situación de las peleas me daba esa posibilidad. Además, es el punto de conflicto que los une. Y es también el punto y aparte para la vida de los tres. ¿Cómo llegué ahí? Es una buena pregunta. En un momento me puse a seguir a los personajes y, cuando quise acordar, estaba en medio de peleas clandestinas, influenciadas por la película El club de la pelea. Es raro a veces cómo llegás a las ideas y cómo se van desarrollando las historias. A mí me pasa que el proceso de escritura es muy inconsciente. No digo que la información me la manda el cosmos, ni me pongo místico, ni nada de eso. Sí lo que creo es que la escritura de una novela implica estar conviviendo todo el tiempo con esa historia. Eso provoca que cuando te sentás a escribir, o al menos a mí me pasa, la información baja. No es que vos seas un canal de algo, simplemente estás bajando todo lo que trabajaste internamente. Cuando yo digo que fueron tres años de escritura, fueron tres años donde conviví con la historia. Porque la escritura no solamente es el acto mecánico de apoyar los dedos en las teclas, sino también todo lo que está por detrás.
—Has dicho que los personajes siempre van hacia el mar. ¿Qué te evoca a vos el mar?
—Hay dos cosas que para mí son importantes. Nací en Paysandú y crecí frente al río Uruguay. Eso genera una cierta vinculación con el agua. Y obviamente tuve algunas experiencias marítimas, pero creo que en los últimos 10 años mi vínculo con el mar ha sido mucho más fuerte. Ha estado en momentos bastante difíciles y cruciales de mi vida. Y siempre fue un lugar en el que yo sentía que terminaba: llegaba el final del año y yo terminaba sentado frente al mar y proyectando buena parte de todo lo que había pasado frente a las olas. De nuevo, en el plano inconsciente. Siento que trabajo mucho el inconsciente ahí, tengo la sensación de que también el mar me reclamaba en ese sentido. Así como los personajes se sienten atraídos por el mar, también hay algo que me lleva hacia el mar. Esa idea del mar como entidad que te limpia, pero al mismo tiempo como un monstruo muy salvaje que te puede ahogar y te puede arrastrar para siempre, me seduce mucho. Le tengo mucho respeto y mucho amor al mar. Por eso también tiene mucho sentido que tenga el peso que tiene esta novela. El mar es el lugar donde los personajes van a hacer preguntas. Cada vez que tienen que contarse las cosas más difíciles de su vida, es frente al mar. Y creo que tiene sentido como lugar de revelaciones y como un espejo donde uno puede estar y encontrar la paz necesaria para poder empezar a purgar todo eso que pesa, incorporarlo y entender que forma parte de uno.