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    En Cerro Largo se selló el destino de los pueblos libres de la Banda Oriental

    Un olvido en la historia uruguaya: la batalla de 1751 entre indígenas y colonizadores a orillas del Tacuarí

    Colaborador en la sección de Cultura

    Cerro Largo, 16 de abril de 1751. Trescientos indígenas se refugiaron a orillas del río Tacuarí. El miedo crecía porque el enemigo se acercaba. Los guerreros tensaban sus músculos para el combate que se aproximaba mientras los ancianos que habían vivido otras guerras intentaban transmitir calma a los niños y a las mujeres.

    Los indios llevaban días escapando y habían decidido esconderse en un campo desolado bajo la ladera de un cerro. La zona era conocida como El Desierto; un territorio de pasto raleado y tosca rojiza que se tornaba pegajoso los días de lluvia. Un lugar donde nada crecía y hasta los animales aminoraban la marcha.

    ¿Llegarían hasta allí los 220 colonizadores que habían partido armados hasta los dientes desde San Felipe y Santiago de Montevideo decididos a aniquilarlos? Llevaban mosquetes con bayonetas, pistolas, municiones, espadas y cuchillos. La ciudad, que había sido fundada para defender el extremo sur del imperio hispánico, quedó desarmada y carente de hombres.

    A la marcha de los españoles se iban sumando vecinos, indios conversos y gente errante de la campaña. El deseo de eliminarlos del mapa llevaba décadas con intentos impartidos desde Buenos Aires sin demasiada efectividad, pero sucedió algo que precipitó nuevas acciones bélicas. Los indios asaltaron una calera del rey ubicada en los límites de los departamentos de Maldonado y Lavalleja. El hecho fue grave. Había otras caleras al sur del río Negro, pero las que abastecían las construcciones de la realeza eran intocables.

    Llenos de odio, los colonizadores partieron al mando de figuras ilustres como Francisco Gorriti, Juan Domínguez y Juan Antonio Artigas Ordavás, dragón español oriundo de Zaragoza. Cada integrante del escuadrón llevaba seis caballos; no habían terminado de cansar a uno y ya montaban otro en busca de avanzar a la mayor velocidad posible y sorprender al enemigo.

    Conscientes del peligro que enfrentaban, los caciques designaron a un espía (indio bombero según la jerga) y le encomendaron adelantarse para conocer el paradero de los españoles. La estrategia salió mal porque los colonizadores lo atraparon, lo torturaron y comprendieron que estaban muy cerca del campamento de la indiada.

    Los indios buscaban evitar la batalla porque sabían que carecían de guerreros y armas para enfrentar semejante escuadrón; más profesional, mejor armado, mucho más numeroso. El bando contrario deseaba al fin estar cara a cara con los irreductibles que dominaban las tierras de la Banda Oriental a sus anchas y ostentaban poder de autodeterminación para defender el territorio desde que se apropiaron de los caballos salvajes, los domesticaron con sus técnicas y se hicieron ecuestres.

    La ansiedad por matarlos crecía, pero los colonizadores fueron cautos. Sabían que si la numerosa caballada galopaba al unísono rumbo al Tacuarí, los indios los escucharían desde lejos y escaparían sin dejar rastro. Decidieron, entonces, enviar una vanguardia que logró robar los 325 caballos de los indígenas. La indiada quedó a pie; su suerte ya estaba echada. Poco después llegó el malón y la masacre adquirió dimensiones que jamás volverían a repetirse en la historia del Uruguay. Buenos Aires había autorizado la matanza con la única condición de que se respetara la vida de los menores de 12 años. Pero, ensañados luego de acumular bronca durante tanto tiempo, los colonizadores desoyeron la orden y degollaron criaturas, mujeres, hombres y ancianos. ¿Quién se iba a enterar en la lejana Buenos Aires de lo que había sucedido en El Desierto, situado en la otra orilla del río Uruguay?

    Zona-batalla-Tacuari
    Piasaje del Tacuarí, en las inmediaciones del Guazunambí

    Piasaje del Tacuarí, en las inmediaciones del Guazunambí

    Antes del atardecer cayó sobre el campo una niebla que permitió a los indios esconderse en el monte. Afuera, los cadáveres de 91 indígenas yacían sobre el pasto, mientras su sangre drenaba los humedales del Tacuarí, donde nacían sus aguas y otros cursos menores que peleaban por abrirse paso.

    Los europeos rodearon el monte, pero no entraron porque sabían que en ese terreno corrían con desventaja. La noche fue larga y se ambientó con llantos, gritos de bronca que juraban venganza y quejidos de los heridos. La bruma que había protegido a los indígenas desde la tarde anterior comenzó a bajar en las penumbras del amanecer del 17 de abril de 1751 y desapareció a las ocho de la mañana. Cuatro indios salieron del monte en busca de recuperar sus caballos. Era la única opción si pretendían evitar más muertes y tomarse revancha, pero fueron asesinados.

    El resto aguardaba temeroso hasta que los líderes tomaron una decisión: si iban a morir, lo harían con honor. Los indios salieron como una estampida rabiosa a matar a sus enemigos pero fueron masacrados como en la jornada anterior.

    Casi 300 indios murieron durante los dos días de combate. Un puñado logró escapar. Otros se tiraron al agua pero los españoles los rodearon en las dos orillas del Tacuarí. A donde nadaran los esperaban hombres armados, decididos a degollarlos. Se ahogaron. Triunfantes y orgullosos, los montevideanos emprendieron el retorno con algunos indios prisioneros que luego serían esclavos de los jerarcas militares.

    Rumbo al Tacuarí, lugar de la masacre

    ¿Por qué la historia ha olvidado esta matanza? Esa pregunta se hizo Marcos Hernández, hombre oriundo de Fraile Muerto, profesor de Historia, de Pedagogía y de Historia de la Educación en Formación Docente. Marcos se ha dedicado a investigar historias de la región donde creció en busca de revalorizar el patrimonio de Cerro Largo. Publicó cuatro libros y tuvo participaciones en otros tantos.

    Marcos-Hernandez
    Marcos Hernández, historiador de Cerro Largo

    Marcos Hernández, historiador de Cerro Largo

    “Es curioso que olvidemos la batalla del Tacuarí porque se trata de un hecho que quebró la historia del país. Significó la destrucción del último grupo nativo que tenía el poder de resistir al europeo. La historiografía regional le ha dado más trascendencia a las matanzas de perros cimarrones que a las masacres indígenas. Y este es el mejor ejemplo”, dijo a Búsqueda.

    Decidido a rescatar del olvido el enfrentamiento, Marcos lleva años revisando la documentación del siglo XVIII. Luego de conocer los detalles de la historia, decidió buscar el sitio donde ocurrió la masacre. Junto con Carlos Duera, un baqueano que conoce los alrededores del Tacuarí al detalle, Marcos caminó los campos cercanos al cerro Guazunambí en busca de un paisaje que se asemejara al que describían los documentos.

    Búsqueda recorrió el sitio junto con Carlos y Marcos. Para llegar fue necesario manejar desde Melo y tomar la ruta 26 hasta el empalme con la ruta 7, atravesar la localidad Bañado de Medina, donde puede apreciarse la estancia que perteneció al caudillo blanco Justino Muniz, y retomar el camino que conduce al Paso de los Carros. Desde allí, una hora de caminata hasta el punto exacto. Marcos se detuvo y explicó por qué está convencido de estar en el lugar correcto: un sitio al oeste de Cerro Largo en el que confluyen la ladera de un cerro y un monte, donde las aguas del Tacuarí alcanzan su máxima profundidad, cerca del arroyo Infiernillo, varias veces mencionado en los papeles. La precisión del sitio es perfecta.

    ¿Qué es lo que narran los documentos acerca del sitio y del contexto en el que ocurrió? Durante mucho tiempo, las tierras ubicadas al norte del río Negro eran consideradas terrenos baldíos, tierras sin provecho alguno. La persecución indígena en la Banda Oriental, incluyendo los parajes del río Ibicuy y las sierras del sudeste de Río Grande del Sur, fue de las más postergadas. Las reducciones de Santa Fe, Santo Domingo Soriano y Yapeyú carecían de la fuerza militar para obligar a sedentarizar a los indígenas que se resistían. Y en las ciudades amuralladas el indio infiel solo molestaba si se acercaba al ejido, a las chacras o a las vaquerías.

    Nepomuceno Saraiva

    Antonio González de Guzmán, obispo del Paraguay, le informó al rey que la provincia Oriental no era más que una tierra habitada por infieles charrúas y minuanes, vagabundos y de a caballo; un terruño inadecuado para el cultivo de la yerba o del algodón. Lo que el obispo olvidó mencionar fue el vertiginoso crecimiento de la vaquería y el corambre en las praderas orientales, una actividad fácilmente lucrativa que seducía a los vecinos bonaerenses y montevideanos, al punto tal de motivarlos a adentrarse en aquellas tierras desérticas. Pero los indígenas defendían su territorio a la fuerza.

    En Buenos Aires, las quejas por los encontronazos crecían a la misma velocidad que se reproducían las vacas. Quien debía lidiar con los reclamos permanentes era el gobernador José de Andonaegui y Zaldía, un hidalgo y militar español que ocupó el cargo entre 1745 y 1756. El jerarca no soportó más los escándalos montados por vecinos y jesuitas y ordenó una expedición punitiva a ambas bandas del río Uruguay. El objetivo era evitar que los “infieles” perseguidos del lado argentino obtuvieran amparo en la Banda Oriental, como había ocurrido en el pasado, de acuerdo con lo publicado por el historiador Diego Bracco en el libro Charrúas: ¿genocidio o integración?

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    Sin indignación ni debates

    El gobernador anunció la guerra el 15 de junio de 1749 y dejó entrever con sus palabras que lo hacía muy a su pesar: “Siempre he procurado atraer y reducir a los indios antes de hostilizarlos, pero es necesario que conozcan muchas veces el castigo para sujetarlos, a fin de que se acobarden, porque estos infieles andan con capa de paz pero cometen muchos robos y muertes”.

    En un documento oficial, fechado el 5 de setiembre de 1749, Andonaegui insistió en explicar las razones que lo llevaron a tomar la decisión contra las naciones de indios que moraban en la provincia a su mando: “Atrevidos y diestros en flechas, chuzos y bolas, se mantienen robando y matando y son irreducibles por su pertinacia y vileza”.

    La correspondencia se conserva gracias a que los jesuitas copiaron la totalidad de los documentos a los que tuvieron acceso y los guardaron durante siglos. Imprenta mediante, los publicaron en obras como Historia de la Compañía de Jesús en la provincia del Paraguay, del Instituto de Santo Toribio de Mogrovejo.

    Las órdenes impartidas desde Buenos Aires fueron cumplidas de forma inmediata por Montevideo. El teniente de Dragones y fundador de la ciudad, Bruno de Zabala, dio la noticia de que comenzó “la corrida que mandó hacer en persecución de los charrúas que hostilizan las campañas de la otra banda de este río”. También Joaquín de Viana celebraba los intentos por hacer las paces con los indios, como si ese gesto justificara la crueldad de lo que vino después: “No me ha servido la blandura para atraerlos al vasallaje de su majestad y a la religión católica, y que frustrada la esperanza de que dejen las hostilidades, se dispuso una entrada de hombres de tropa arreglada para responder a los insultos, muertes y robos”, escribió.

    Martin Aquino Batllismo y barbarie

    Mientras los jerarcas europeos lavaban sus culpas, el escuadrón que partiría desde Montevideo afilaba sus armas. Muchos detalles de lo acontecido son recogidos por Gregorio Funes en 1816, decano de la santa catedral de Córdoba, rector de la universidad de esa ciudad, político y sostén de la Revolución de Mayo. En su libro, dedicado a la historia civil de Paraguay, Buenos Aires y Tucumán, se tomó la molestia de publicar un capítulo, al que llamó Los charrúas y minuanes hacen la guerra y son vencidos, en el que detalla: “El sargento mayor Manuel Domínguez hizo que abriesen la campaña con provisiones para dos meses y 220 hombres. Las órdenes estaban dadas para que todo varón, que excediese de doce años, fuese pasado a cuchillo puesto que el verdadero bautismo de estos salvajes es el de la sangre”.

    Tan esperada por los vecinos y los jesuitas, los administradores de Buenos Aires recibieron con alivio el 11 de mayo de 1751 la noticia de que los indígenas que deambulaban por la Banda Oriental habían sido asesinados en Cerro Largo. El historiador Eduardo Acosta y Lara, en su libro La guerra de los charrúas, transcribió la carta que Andonaegui le redactó al consejero de Indias, Zenón de Somodevilla y Bengoechea. Decía: “Que el día 16 del mes de abril se encontró en el arroyo ‘Tacuaril’ todo el cuerpo de la indiada a dos leguas distancia, dándosele fuego y matando a mucha gente de armas mientras chinas, familias y criaturas se acogían al monte”.

    La guerra de los Charruas

    En esto se pasó el día hasta llegar la noche. Temprano a la mañana, los indios se abalanzaron contra el encierro español con todas sus fuerzas. Andonaegui contó que era tal la dureza de la resistencia indígena que fue preciso compartimentar su gente en dos trozos, unos de pie y otros a caballo, y habiendo empezado a hacerles fuego a cosa de las ocho de la mañana la determinación de los indios hizo que el combate durara hasta las cinco de la tarde. La carnicería fue tan grande que no se podían contar los caídos ni descansar un segundo. Cuando la tragedia se ralentizó hubo espacio para detenerse y observar lo que quedaba de la indiada. Algunos lograron escaparse heridos y otros terminaron en las frías aguas del Tacuarí, nadando a uno y otro lado, prefiriendo ahogarse y rendirse al río antes que al fierro degollador de los españoles. Andonaegui lo describió de esta manera: “Frente a nuestra tropa caían al río y a nuestra vista acababan. Un trozo de chusma se ha retirado a lo fragoso del monte para dejarlos perecer al rigor del hambre y de los tigres por quedar a pie y ser imposible salir de allí”.

    “La batalla del Tacuarí no ha generado indignación ni debates como Salsipuedes debido a que los verdugos no fueron orientales sino colonizadores. A los episodios los separa casi un siglo, pero el que persiste en la memoria colectiva es Salsipuedes, ocurrido en un país que nacía y en un momento en el que la herencia indígena había perdido tiempo atrás el poder de autodeterminación”, dijo Marcos.

    En su libro Ser como ellos y otros artículos, el escritor Eduardo Galeano escribió: “Cuando yo era niño, en las escuelas del Uruguay nos enseñaban que el país se había salvado del problema indígena gracias a los generales que en el siglo pasado exterminaron a los últimos charrúas”.

    ¿Será que al debatir enfrentamientos como el del Tacuarí y otros eventos los uruguayos comprenderemos que se trató de un proceso más largo que parece no reducirse a lo sucedido en el siglo XIX? Marcos está escribiendo un libro sobre el Tacuarí para responder algunas preguntas, dejar planteadas otras, realizar aportes en los temas olvidados y las omisiones historiográficas del siglo XVIII.

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