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Gabriela Wiener, poeta, narradora y cronista peruana, estuvo en la Noche de las Librerías
“Tener un sentido de lo poético ayuda a entender que no hay un solo plano de la realidad”, dice la escritora radicada desde hace 20 años en España, reconocida por su labor periodística y literaria de contenido tanto feminista y anticolonialista como sexual e irónico
Dice que la de ella es una “literatura degenerada”, sin límites, y con ese estilo, Gabriela Wiener (Lima, 1975) ha escrito crónicas, poemas, cuentos y novelas. Ganó en 2018 el Premio Nacional de Periodismo de Perú por un reportaje de investigación sobre un caso de violencia de género, publicó sus primeras crónicas en la revista peruana Etiqueta Negra y, en el otro extremo, fue redactora jefa de la revista española Marie Claire, además de columnista en The New York Times en español, entre otros medios en los que ha colaborado. Creadora de varias performances que ha puesto en escena junto a su familia, hizo teatro, escribió varios libros de poesía, de cuentos y novelas. Su literatura es política, feminista, anticolonialista; y todo su contenido reivindicativo y furioso lo condimenta con fragmentos de sexo y humor.
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Su padre fue periodista y político de izquierda, y su madre trabajadora social. Ella asistió a un colegio que seguía la línea ideológica de José Carlos Mariátegui e impartía una enseñanza soviética. Esa experiencia la cuenta en Atusparia (2024), novela con la que ganó el Premio Ciutat de Barcelona. Y de otras raíces más ancestrales trata Huaco retrato (2021), una novela sobre los estragos del colonialismo. En Uruguay, Criatura Editora acaba de publicar uno de sus libros de poemas de 2023: Una pequeña fiesta llamada eternidad.
Hace 20 años que Wiener está radicada en España. Vino por primera vez a Montevideo para participar de la Noche de las Librerías y conversó con Búsqueda.
Una-pequeña-fiesta
—¿La poesía fue lo primero?
—Sí, nací en un lugar donde la comida es buena y teníamos a César Vallejo para leer. Quizás ahora mismo es lo único que hay de bueno en Perú, en mi pobre país: lo que queda es comer bien y leer poesía. Desde niña leí a Vallejo, su poesía tan humana, solidaria y de un nivel de experimentación y disconformismo que me hizo querer escribir así. Pero también tenemos grandes mujeres poetas: Blanca Varela, Carmen Ollé, María Emilia Cornejo, Victoria Guerrero. Cuando estudié literatura era todo lo que hacía: escribir poemas y juntarme con los poetas. Y la poesía sigue atravesando todo lo que escribo. Tener un sentido de lo poético ayuda a entender que no hay un solo plano de la realidad y que ahí está el juego de la escritura, en descubrir lo que no se ve con el ojo habitual. La literatura, el arte en general, te enseña a leer la realidad, a encontrar más dimensiones.
—Migrar no es volver a nacer / es volver a nombrar lo que ya tenía nombre, dice tu poema Panchilandia. ¿Sentiste marginación por tu forma de hablar cuando llegaste a España?
—Ese poema está incluido en Huaco retrato, una novela que cuestiona desde la mirada de la migrante el aparato brutal de colonización que aún está activo. Eso empieza en el propio lenguaje, cuando te aleccionan en cómo nombrar el mundo, en cómo te identificas. El colonialismo tiene eso desde el comienzo, es su impronta borrar otras ópticas. Todavía hay restos de esa violencia linguística que borra culturas, formas de pensamiento y de conocimiento. Donde muere la lengua muere parte de la humanidad. Claro que tengo modismos españoles, después de 20 años es inevitable. Pero me pongo feroz cuando quieren imponerme una forma de lenguaje. Yo misma me enfrenté a la edición española que quería traducir mi peruano al castellano. Defendí mucho que mi novela se llamara Huaco retrato.
—¿Huaco alude a las tierras sagradas?
—Huacasson los templos, y a las piezas que se encontraron y que están en los museos, a los tesoros precolombinos que se desenterraron de las huacas, se les llama huacos. Los huaqueros son los ladrones de tesoros.
—En Huaco retrato hay una búsqueda de identidad y llegás hasta tu tatarabuelo, Charles Wiener, que se robó varias piezas y hasta a un niño indígena para exponer en París. ¿La considerás una novela autobiográfica?
—No me toca a mí etiquetarme. Me asumo en un lugar de no “generizar” más lo que escribimos. Hago una “literatura degenerada”, en el sentido de que cruza fronteras todo el tiempo. Entra y sale, es lo que siempre he hecho. La crónica siempre fue así, un género que contenía todos los géneros, exceptuando la ficción. Pero la novela también es otro lugar donde se puede hacer de todo. Me siento cómoda en ese tipo de escritura. He escrito durante mucho tiempo literatura autobiográfica, literatura del yo, crónica personal. Quizás Huaco retrato es una especie de autoficción, pero también una memoria, un libro social que intenta ser político, que juega con la forma.
Huaco-retrato
—Al comienzo de la novela, la protagonista se para en el museo frente al lugar vacío donde habían expuesto al niño indígena. ¿Lo que más te impactó fue la falta de reflexión sobre el pasado?
—Estuve en ese lugar que me llevó a mil imágenes. Me vi reflejada en los vidrios, y hay quien me señaló que ese momento de la narración es muy Siglo de Oro, por esa visión tan poliédrica y barroca de la identidad. Eso lo viví tal cual. Cuando vi la cantidad de sentidos que se dispararon, sentí que iba a ser el inicio de la novela, a partir de ahí se cuenta todo: la memoria del niño, la memoria robada del colonizado, las versiones de la historia. El huaco se va componiendo de sentidos. En la portada del libro está roto y quebrado, todo el libro intenta pegar esas piezas como en un puzle de la identidad perdida, pero te das cuenta de que no vas a encontrar todas las piezas. Entonces, vas a tener que inventarte esos pedazos que no volverán. El libro apela a la imaginación para construir un archivo imposible, arrasado por los siglos coloniales y violentos. Cuando no hay una visión oficial que nos cuente, cuando nuestra familia no está en ningún archivo, escribimos así.
—En tu literatura hay reivindicaciones políticas y sociales intercaladas con momentos de sexo y de humor. Supongo que es algo pensado como estrategia narrativa…
—Para hablar de cosas serias, el humor es una gran estrategia; para hacer penetrar ideas, el lubricante ideal es el humor. Me aburro mucho, cuando me doy cuenta de que estoy siendo demasiado densa y solemne me alejo de la literatura. En mis talleres digo que pierdan el respeto, porque tienen un respeto intimidante sobre cómo se debe contar y sobre cómo han contado otros. Así nadie aprende a escribir, nadie se anima, es como una especie de ciudadela amurallada. Lo que me interesa en literatura es transgredir eso tan señorial de la literatura. El humor y la ironía me sirve, también la ternura, la historia mínima, el delirio, la fantasía, lo poético, lo salvaje, el sexo.
—En Atusparia hablás de una escuela soviética en Perú, de línea indigenista y mariateguista. ¿Qué te quedó de aquella enseñanza?
—Sé cantar en ruso, te puedo escribir algo y leer el alfabeto cirílico. Pero no hablo ruso, para mí es una lengua muerta. Ese colegio duró hasta que se cayó el Muro de Berlín.
—Parece extraño que existieran esas escuelas…
—Hubo también en otros países, seguro en Cuba y también en Bolivia. Durante la Guerra Fría, cada potencia tenía sus súbditos. Mi colegio era una sucursal de la URSS, pero Perú no era un país comunista.
Astuparia
—Es una novela que cambia constantemente de registros y se aleja de tu biografía, también cuestiona las disputas internas de la izquierda…
—La novela no es tan autorreferencial, su historia se cuenta mucho más allá de mí. Es la historia de una mujer política peruana, pero puede extrapolarse a cualquier liderazgo popular que intenta mejorar la sociedad. La protagonista es víctima de sí misma y de las luchas internas de la izquierda. Es una historia contada desde las mujeres y las disidencias. Quise quedarme a vivir en mi novela, es el lugar en donde se puede imaginar que, incluso en un mundo de amigas y de enemigas, existimos.
—El 12 de octubre en el Museo Naval de España un grupo de activistas tiró pintura sobre un cuadro de Cristóbal Colón. ¿Cómo ves estas acciones?
—Por lo que entiendo, es pintura que puede sacarse para restaurar el cuadro. Son gestos simbólicos de activistas jóvenes. Siempre estaré de parte de la gente que quiere hacer ruido y sacarnos de la inercia colonial. Arruinaron siglos de cultura y civilización, y esos cuadros o estatuas de esclavistas están ahí por un orgullo imperial.
—Estás incursionando en otros géneros que no son estrictamente escritos. ¿A qué se debe?
—He hecho performances y teatro. Me gusta salir del texto, irme para la escena y para el cuerpo. Mi literatura siempre ha sido muy performática. Me siento muy ligada a las artistas del cuerpo y a quienes han trabajado con el material de su vida. Es el principio de la ficción y del arte en general. Hay niveles de distorsión y de ficcionalización, de transformación. Todo lo que he escrito ha transformado mi vida, hacia adentro y hacia afuera. Como decía Angélica Liddell, ya se agota todo después de que se escribe sobre una misma. Es un inmolarse y hay que volver a empezar.