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    La batalla cultural según Marianella Morena: la Comedia Nacional estrenó ‘Manos sucias’

    La obra en cartel en Sala Verdi es una reescritura de Las manos sucias, del francés Jean-Paul Sartre, que exhibe el vínculo conflictivo y contradictorio entre los ideales políticos y su aplicación en el campo del poder

    El vínculo entre la actualidad política y social y el teatro es uno de los temas fundamentales de la obra de Marianella Morena, una creadora que, en sus más de 25 años de trabajo en la escena local e internacional, ha aterrizado con su teatralidad potente, provocadora, contemporánea y performática, con asuntos tan variados como controvertidos. Ha cruzado tragedia griega con los crímenes de la dictadura en Uruguay, se ha metido con íconos globales como Don Juan, y locales como Florencio Sánchez y Delmira Agustini. Ha denunciado la violencia contra las mujeres (La fiera), ha reivindicado la lucha feminista una y mil veces, por ejemplo, poniendo en escena a Carlota Ferreira; expuso el drama de las personas trans y no tuvo empacho en poner bajo su lupa la cultura futbolera en Las Julietas. Es decir, la raíz identitaria uruguaya. También estuvo a cargo de la puesta en escena más ambiciosa en mucho tiempo, Macondo, en el que asumió el exigente desafío de llevar al escenario uno de los pilares de la narrativa moderna, como Cien años de soledad. En los últimos tiempos tiene a la actualidad política y social entre ceja y ceja.

    La teatralidad de los políticos y, en particular, del discurso político, es uno de los focos de su trabajo reciente. A ese asunto le dedicó la serie periodística-performática Pecados capitalistas, que consistió en entrevistas a figuras políticas que eran intervenidas en tiempo real por una actriz. También la han movilizado episodios de alto impacto como la Operación Océano, retratada en Muñecas de piel, la instalación en Uruguay de papeleras de origen finlandés, que la llevó a estrenar en Finlandia la obra Metsa furiosa, o la más reciente Animales de Dios, furibundo retrato de los responsables de la megaestafa de Conexión Ganadera, un caso que sigue en la órbita de la actualidad, porque está muy lejos de resolverse. Morena no se queda quieta, no descansa. Engancha una obra con otra. Ahora volvió a la Comedia Nacional (es una de las directoras más convocadas por el elenco oficial en la última década) para rendir homenaje al literato francés Jean-Paul Sartre.

    Manos sucias, de Marianella Morena, en Sala Verdi.

    Manos sucias, de Marianella Morena, en Sala Verdi.

    El jueves 30 de julio se estrenó en Sala Verdi Manos sucias, escrita y dirigida por Morena, basada en la obra Las manos sucias, de Sartre. Hasta el domingo 30, tendrá cinco funciones semanales, los miércoles a las 18, de jueves a sábados a las 20 y los domingos a las 17 (entradas en Tickantel a $ 550).

    Como es habitual en Morena, esta no es una adaptación, sino una reescritura radical, algo así como un palimpsesto de la obra del francés. Se trata de uno de sus textos más políticos, en el que reflexiona sobre el ser y el deber ser en el mundo de la política, sobre la hipocresía vinculada a la noción del “compromiso político” y el conflicto permanente entre la pureza de los ideales (en el plano teórico) y su necesaria corrosión cuando deben ponerse en práctica en el ámbito del gobierno. Ensuciarse las manos parece ser el destino inexorable de la clase política, cuando pasa del discurso a los hechos.

    Diego Arbelo y Mané Pérez en Manos sucias.

    Diego Arbelo y Mané Pérez en Manos sucias.

    Esta versión ya no está centrada en la resistencia al nazismo en los Balcanes durante la II Guerra Mundial por parte de militantes comunistas, sino que está protagonizada por la clase política de izquierda contemporánea, enraizada en el poder. Es un presente reconocible, aunque no se aclara específicamente el lugar donde transcurre la acción.

    La trama se presenta de un modo caótico. Morena elige no exhibir una narración lineal y ordenada de los hechos, sino presentarlos de un modo performático, sin didactismos ni demasiadas concesiones a la claridad comunicativa. Hay escenas dramatizadas a cargo de personajes duplicados (cada uno está a cargo de dos intérpretes), intercaladas con canciones, y los parlamentos están superpuestos, como en una discusión constante. En la primera mitad de la obra se vuelve extremadamente dificultoso seguir el hilo. El espectador es desafiado a armar el rompecabezas a partir de las pistas que los personajes sueltan sobre lo que está sucediendo.

    Manos sucias, escrita y dirigida por Marianella Morena.

    Manos sucias, escrita y dirigida por Marianella Morena.

    Así, a través de la acumulación de conductas caricaturizadas sobre la base de arquetipos, vamos recolectando algunos retazos de esta historia. Se viraliza una grabación en la que el ministro de Cultura y Artes, presumiblemente de Francia —perfectamente puede ser de Uruguay—, reconoce que habrá recortes en el presupuesto cultural y que, por ende, no se cumplirán los compromisos asumidos con la comunidad artística y cultural. Cualquier semejanza con la realidad no es mera coincidencia. La denuncia de Morena es más que evidente. Y, en su caso, es realizada desde el escenario, la plataforma por antonomasia de una de las más importantes instituciones culturales públicas.

    El escándalo está servido y aparece en escena un cúmulo de personajes en disputa, con la ambición por el poder como común denominador: un asesor en ascenso lanzado a ocupar el lugar vacante; una aristócrata bastante camaleónica que, así como está con un bando, de inmediato está con el otro; y una militante idealista que defiende la pureza de esa entelequia definida como “el partido”. El líder ha caído en desgracia y ha pateado el tablero político, que reacciona como sabe: cada cual quiere salvar sus privilegios y, si es posible, obtener el ansiado cargo. Todos tienen las manos sucias.

    Pablo Musetti y Fernando Vannet en Manos sucias.

    Pablo Musetti y Fernando Vannet en Manos sucias.

    Los cinco actores y tres actrices en escena demuestran su calidad como intérpretes. Actúan, cantan y bailan con oficio y sostienen con holgura el alto dinamismo de la puesta. Ellos son Diego Arbelo, Joel Fazzi, Mario Ferreira, Sofía Lara, Mané Pérez, Pablo Musetti, Elizabeth Vignoli y Fernando Vannet. Hay un juego escénico de escenografía, luces y vestuario que juega a favor y que otorga un atractivo a la puesta.

    Está claro que a Morena no le interesa mostrar la obra de Sartre, sino que, a partir de su texto y su pensamiento, busca dar su propia visión de la realidad. El problema está en la vehiculización del discurso que quiere transmitir. “Una obra de ficción dialoga con su tiempo, con el público que la observa, con la cartelera que la rodea, con las noticias, con las guerras, con la economía, con los discursos oficiales y con los silencios. Cada función es una conversación irrepetible entre el escenario y la realidad”, dice la autora en el programa de mano. Y agrega: “Esta puesta es una conversación abierta con Sartre. El texto se cruza con nuestro presente, donde la disputa por el sentido atraviesa las instituciones, los medios, las redes sociales y también los escenarios. ¿Quién habla? ¿Quién puede ser escuchado? ¿Qué lugar ocupa la cultura cuando el lenguaje político parece agotarse? ¿Qué significa hoy ensuciarse las manos?”.

    Mané Pérez en Manos sucias.

    Mané Pérez en Manos sucias.

    La teatralización de Morena incluye, entre otras escenas, una conferencia de prensa, una especie de casting para elegir al nuevo ministro, un juicio colectivo y un cúmulo de rituales de “negociación política”. El mensaje en el papel está clarísimo. A Morena no le gusta exponer hechos objetivos y que el espectador saque sus conclusiones, sino que prefiere exhibir la mayor subjetividad posible. Lo que vemos es una pléyade de notables, aspirantes al poder y funcionarios pusilánimes librando su propia batalla cultural, mientras se gritan encima sin parar durante una hora y media. El juicio moral es explícito.

    Ahora, el problema está en que su mensaje es expuesto en forma por demás caótica, repetitiva y redundante. Su mirada está demasiado subrayada y a su vez viene acompañada por abundante parafernalia que rellena espacios y machaca sobre los mismos conceptos. Satura el espacio escénico con su discurso, en el que la única que se salva es “la ficción”. Es una mirada bastante autocomplaciente. “Los políticos son los malos, los artistas son los buenos”. Pero la realidad suele ser bastante más compleja y ambigua.