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‘La virgen de la tosquera’ y ‘¡La novia!’: dos películas, dos monstruos, un abismo
Una adaptación argentina de Mariana Enriquez y la apuesta de Maggie Gyllenhaal comparten preguntas sobre lo femenino y el terror, pero con resultados disímiles
Dolores Oliverio en una escena de La virgen de la tosquera.
La actriz y ahora directora Maggie Gyllenhaal cuenta que todo empezó con un tatuaje. Alguien tenía grabado en el brazo el rostro de la novia de Frankenstein, aquel ícono del cine clásico de monstruos que en la película de James Whale de 1935 aparece apenas unos minutos sobre el final y sin decir una palabra.
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Aquel retrato en piel llevó a Gyllenhaal a leer El moderno Prometeo de Mary Shelley, a ver la película original de Whale sobre Frankenstein de 1931, la secuela con su presunta prometida, y finalmente a decidir que tenía que hacer algo con ese mito. Meses después declaró en entrevistas que Shelley probablemente no pudo decir todo lo que quería en su novela, censurada por las presiones de ser mujer en el siglo XIX, y que su película ¡La novia! vendría a completar esa voz silenciada. La modestia no es el fuerte del proyecto, estrenado el pasado jueves 5.
A miles de kilómetros y con un presupuesto incomparablemente menor, la cineasta argentina Laura Casabé adaptaba dos cuentos de la escritora Mariana Enriquez para La virgen de la tosquera. Enriquez describió su posición frente a la adaptación con una generosidad que contrasta con la ambición de Gyllenhaal. Toda adaptación es una lectura, suele decir, y cada lector tiene su propio cine en la cabeza. Cuando vio el primer corte, reconoció en la pantalla a otra artista leyendo su obra y sintió que no había nada por completar ni corregir.
La virgen de la tosquera y ¡La novia! comparten una pregunta central sobre qué hace el cine de terror con el cuerpo femenino cuando ese cuerpo deja de ser la víctima y se convierte en el monstruo. Las respuestas que ofrecen son muy diferentes. Una entiende que el monstruo solo vale mientras conserva su monstruosidad. La otra trabaja sin descanso para salvarlo de sí mismo, y en el intento se pierde.
Embed - ¡LA NOVIA! | Tráiler Oficial | Subtitulado
¡La novia! no solo llega, desafortunadamente, detrás de otra película sobre la creación de Shelley (Frankenstein) que compite por el Oscar a Mejor película, sino también con la ambición de una película industrial que se percibe como una película de autor.
Gyllenhaal toma el mito de Frankenstein, lo traslada a los años 30 en Chicago y le da voz a un personaje que en el cine clásico no la tuvo. La novia, interpretada por Jessie Buckley, con una energía física que la película a duras penas logra contener, tiene ahora un interior desbordante, una rabia que la directora describe como la emoción que oculta una profunda necesidad de ser escuchada. Buckley entrega una actuación visceral y comprometida, pero es otro infortunio que este trabajo llegue después de Hamnet, donde la actriz deslumbró y demostró un magnetismo difícil de igualar aquí. Christian Bale, como Frankenstein, dota al monstruo de humanidad y sale airoso. Pero ambos luchan por sostener el mamarracho que los rodea.
¡La novia! es un Frankenstein narrativo en el sentido más literal. En parte, drama romántico, película de gánsteres, sátira feminista y musical surrealista, todo compite por el mismo espacio sin encontrar un punto de equilibrio. Hay líneas argumentales por fuera de la dupla de monstruos que le roban tiempo de calidad a la pareja protagonista y se resuelven con una torpeza que sorprende y da gracia por igual. Si bien hay un puñado de escenas con cierta energía eléctrica, desinhibida y visualmente arrolladora, que debería haber sido el ADN del relato, la película nunca sabe si quiere ser realista o pura fantasía.
También está el pecado mayor que Gyllenhaal comete con conciencia y hasta con orgullo: la inclusión del espíritu de Mary Shelley como un tic posesivo en la protagonista. Así es. Antes de ser transformado en el personaje titular, la mujer que Buckley interpreta es poseída por Shelley, lo que provoca una división reiterada y por momentos incoherente que tiene a la actriz cambiando de registro y acento según quién esté hablando, Shelley o la novia. Lejos de ser un metatexto profundo sobre la autoría, se convierte en un recurso torpe y pretencioso que debilita la energía de Buckley y confunde cualquier intento de conexión emocional con la audiencia. La directora asume que su propia rabia y sus preocupaciones son las mismas que Shelley habría querido expresar. Es un gesto de soberbia que la película no puede sostener.
Incluso con ideas poderosas sobre el feminicidio y la emancipación, termina retrocediendo cada vez que la trama exige compromiso real con esas problemáticas. La promesa de una novia revolucionaria se diluye en una historia de amor convencional y, al final, Gyllenhaal entierra a su monstruo dos veces: una en la ficción y otra en la cobardía.
Un agujero diabólico
En La virgen de la tosquera nadie grita. Las chicas susurran, se miran, actúan. Natalia (Dolores Oliverio) y su grupo de amigas pasan el verano de 2001 en una tosquera del conurbano bonaerense, esos pozos que la industria excavó y luego abandonó, y en torno a Silvia, una mujer de 27 años que se junta con ellas sin explicación, activan algo que no necesita nombre. Una oscuridad latente es convocada. Casabé filmó al grupo como un mismo organismo, una manada, un coro de brujas que decide colectivamente y ejecuta colectivamente. El susurro como forma de complicidad. La proximidad de los cuerpos como una amenaza que no necesita sangre para operar.
Hay una figura en La virgen de la tosquera que concentra todo lo que la película hace bien y que también señala su silencio más inteligente. Silvia, el objeto de deseo y odio de las protagonistas, fue construida en el cuento como la villana legible, filtrada por la mirada despiadada del grupo. La película la humaniza. Es vulnerable pero nunca se nombra qué la rompió ni por qué una mujer de 27 años sigue rancheando todo el verano con adolescentes de 19, en un agujero de agua al borde del conurbano, en el año en que Argentina se cayó a pedazos. El horror maneja mejor algunas cosas desde el borde.
Los cuentos de Enríquez pueden ser crueles. Sus protagonistas no son mujeres simpáticas ni victimizadas. Están enojadas, tienen resentimiento, tienen una agresividad latente que no busca comprensión. Esa diferencia, entre la tristeza que pide ser escuchada y la rabia que no le importa si lo es, es exactamente la que separa a las dos películas. Gyllenhaal también habla de rabia. Pero su rabia quiere abrir una veta emocional, quiere dejar una lección, quiere ser reconocida como feminista. La rabia de las chicas de Casabé no quiere nada de eso. No tiene destinatario.
Hay otra diferencia que las separa y que ninguna de las dos nombra directamente. En La virgen de la tosquera, los hombres casi no existen. No hay un antagonista masculino, no hay una figura de autoridad que organice el conflicto ni una mirada que desde afuera juzgue a las chicas. El horror ocurre en un espacio exclusivamente femenino, entre cuerpos que se conocen demasiado bien. El peligro no viene de afuera del grupo, sino de adentro.
¡La novia!, en cambio, no puede desprenderse del hombre aunque lo intente. Frankenstein crea a la novia, el detective masculino estructura la subtrama, el gánster organiza el caos del tercer acto. Gyllenhaal declara que su película es sobre la agencia femenina, pero la novia necesita al creador para existir, necesita al detective para tener contexto y necesita al gánster para tener clímax. La película habla de liberación, pero construye su arquitectura narrativa alrededor de figuras masculinas que la protagonista nunca termina de abandonar.
En el nuevo terror latinoamericano los monstruos no son universales ni redimibles. Viven en lugares específicos, cargados de violencia histórica concreta, en cuerpos que traen consigo una memoria que el género de consumo global no puede comprar ni simular. La virgen de la tosquera pertenece a esa tradición con derecho propio. No la define ni la encabeza, pero la integra con una inteligencia que se agradece y con una voluntad política que nunca se vuelve predicación. Hay una diferencia entre declarar que el monstruo es radical y serlo. En un cine que cada vez más necesita limpiar a sus monstruos para hacerlos queribles, mantener esa maldad intacta es más difícil de lo que parece.