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    Linda Kohen (1924–2026): una entrevista de archivo sobre exilio, memoria y pintura

    La artista visual falleció este miércoles 21 a los 101 años; en enero de 2022, repasó su vida, su obra y las experiencias que marcaron una trayectoria en el arte uruguayo

    Linda Kohen, artista uruguaya nacida en Italia en 1924, construyó una obra marcada por el exilio, la memoria y la intimidad.

    Llegó a Montevideo a los 15 años huyendo del fascismo y su vida estuvo atravesada por sucesivos desplazamientos, que se reflejaron en una pintura poblada de pasillos, valijas, caminos y figuras en tránsito.

    Formada en el Taller Torres García, desarrolló un lenguaje austero y personal, con colores bajos y una fuerte carga simbólica. Expuso en Uruguay y en el exterior, recibió el Premio Figari en 2021 y trabajó en su taller hasta edad muy avanzada.

    Su obra y su vida estuvieron profundamente ligadas a la experiencia familiar, la maternidad y la ausencia.

    En enero de 2022, Linda Kohen habló con Búsqueda sobre su vida, su obra. Esa entrevista, realizada cuando tenía 97 años y seguía trabajando a diario en su taller, permite acercarse en primera persona y recorrer el universo creativo de una artista de extensa trayectoria. La entrevista completa puede leerse a continuación.

    Laberintos de la soledad

    Linda Kohen, Premio Figari 2021

    Tiene un hablar pausado y firme, y un español con un acento que viene de lejos, de otras tierras y de otro tiempo. Ella aún se asombra de que quienes no la conocen le pregunten de dónde es porque prácticamente ha vivido siempre en Uruguay. Nació en Milán en 1924 con el nombre Linda Olivetti, pero cuando se casó en 1946 con su esposo Rafael Kohen, adoptó su apellido. A los 15 años, llegó a Montevideo con su familia que huía del fascismo. Esa fue su primera travesía porque después llegarían otros traslados y otros escapes, y ese ir y venir lo fue incorporando a sus obras que pinta en series y que están llenas de valijas, caminos, pasillos y fugas.

    Con su marido vivió también en Buenos Aires, en 1976 se exiliaron en San Pablo y regresaron a Montevideo con la vuelta a la democracia en 1985. La obra de Kohen ha pasado por diferentes etapas y ejes temáticos íntimos, que transitan por las ausencias a través de los objetos, la mirada fragmentada hacia su propio cuerpo, los autorretratos, los biombos y los laberintos.

    En 2012 Kohen expuso una gran muestra en el Museo Nacional de Artes Visuales que llevó por título Sola y estuvo dedicada a su esposo fallecido en 2009, con quien estuvo casada 63 años. En esa oportunidad, bajo la curaduría de Jorge Abbondanza, se expusieron cerca de cien de sus obras. En su larga trayectoria, ha expuesto en Buenos Aires, San Pablo, Vicenza, Miami y Nueva York. Estudió dibujo y pintura con Pierre Fossey y con Juan Vernazza, y después ingresó al Taller Torres García (TTG). Ella dice que los colores bajos, sin contrastes, que usa en sus obras vienen de la época del TTG.

    A fines de 2021 un jurado integrado por María Eugenia Grau, Elena O’Neill y Daniel Gallo le otorgó el Premio Figari, que anualmente reconoce la trayectoria de un artista nacional. A raíz del premio, hasta el 12 de marzo se exhibe una muestra con una selección de su obra en el Museo Figari con curaduría de Federico Arnaud. Es un recorrido desde los años 40 hasta sus obras más recientes del 2020, porque a los 97 años, Kohen trabaja todos los días en su taller. Linda baja la escalera y se ve solo su mano; Rafael camina por un largo pasillo y se lo ve de espaldas, alejándose; hay un hombre pequeñito envuelto en la niebla, varios autorretratos y un homenaje a Kafka, entre otros de sus cuadros. “Siempre hay algo que a uno le quedó por hacer. Pero la etapa fundamental fue la maternidad. Cuando chica decía que si no podía tener hijos iba a adoptar. Estar cerca de niños siempre me pareció maravilloso”, le dice a Búsqueda, pero no quiere contar cuántos nietos y bisnietos tiene. Kohen tiene dos hijos, uno vive en Buenos Aires y su hija Martha, que es arquitecta, en Estados Unidos. Ella ha impulsado la obra de su madre a través de varias publicaciones. Al terminar la entrevista, Martha acerca un libro titulado Las recetas tradicionales y preferidas de Linda Kohen, ilustrado por la propia autora. “Son del Piamonte”, dice la artista. “Me gusta cocinar y más me gusta comer”, agrega.

    —Su padre era ingeniero y le gustaba el dibujo. ¿Fue su primer maestro?

    —Seguramente lo fue, él era un artista. Dibujaba magistralmente y también pintaba. Además cantaba y lo hacía con arte, creo tener guardadas algunas grabaciones. En mi casa se escuchaba siempre ópera y él cantaba arias con mucha maestría. Pudo haberse dedicado al canto, pero no se usaba en su familia porque él era ingeniero. En general frecuentábamos museos, exposiciones, visitas a lugares bellos en la ciudad donde nací y en general en Italia. Tengo muy incorporada la ciudad en la que nací y recuerdo mucho mi infancia.

    — ¿En sus inicios comenzó dibujando?

    —Al principio fue mucho más el dibujo. Y sigo pensando que es muy importante y además disfruto mucho dibujando. Los conceptos van cambiando, pero aunque no se dibuje directamente, si está metido en la modalidad de uno, el dibujo se siente como si fuera la asadura de un trabajo.

    — ¿Y ahora pinta todos los días?

    —Voy todos los días al taller que lo tengo aquí en mi casa y me permite estar a cualquier hora. Antaño pintaba mucho de noche. Cuando uno está en un cuadro no se puede dejar. En el taller me siento feliz, es donde siento que tengo que estar.

    —Fue discípula de Julio Alpuy y José Gurvich. ¿Conoció personalmente a Joaquín Torres García?

    —Lo conocí socialmente. Un día lo visité con unos amigos en su casa de Punta Gorda, pero fue la única vez que lo vi. Yo vivía en Buenos Aires y no asistí a sus clases. Entonces no lo conocí de verdad. Sí estuve con su familia en su casa, con doña Manolita, con su hija Olimpia y con sus dos hijos, con Horacio y su esposa Cecilia, que es galerista en Nueva York, y con Augusto y Elsa, que era gran pintora y compañera. Cuando entré al TTG quien dirigía la parte didáctica era Alpuy y fue mi profesor y con el tiempo un gran amigo. En cierto momento él necesitó ampliar su vida y se fue primero a Colombia y después a Nueva York. Quien entró a dirigir la parte didáctica del taller fue Gurvich. Nos hicimos muy buenos amigos y nos vimos en Nueva York un poco antes de que muriera.

    — ¿Fue trabajoso seleccionar las obras para esta muestra?

    —Fue casi una aventura. Tengo una curadora amiga muy querida que es Sarah Guerra, pero lamentablemente en este momento está con problemas de salud. Entonces mi hija Martha, que es el alma de todo lo que yo hago porque me inspira y me encamina para hacer las cosas lo mejor posible, me sugirió a Federico Arnaud. Me pareció muy buena elección porque yo admiro su trabajo y su creación. En cierto momento me asustó porque me di cuenta de que tenía tanta personalidad que iba a hacerlo de una manera que no sé si iba conmigo. Pero nos tiramos al agua y finalmente hizo una muestra que me gusta mucho. Quedó diferente de lo que yo hubiera pensado, pero creo que quedó mejor.

    —Una etapa destacada es la de sus autorretratos. Uno de ellos tiene su figura multiplicada. ¿Le resulta difícil transmitir su propia imagen?

    —Ese cuadro se llama Uno, nessuno e centomila (Uno, ninguno y cien mil) como el título de una novela de Pirandello. Es así como somos, nos conocemos a veces en parte, somos complicados, somos muchos. Reproducir la imagen de uno no es fácil porque un detalle puede cambiar toda la expresión. Es muy común que los pintores hagan autorretratos, a veces pienso que es por ser el modelo que tenemos más cerca. Por un lado está la parte pictórica y por otro el pensamiento que se trasluce en la expresión. Hice varios autorretratos, en algunos momentos porque tenía ganas de pintar a alguien y encontré a quien tenía más a mano: yo misma.

    —Hay un planisferio en la exposición con líneas que unen varias ciudades. El viaje ha sido una constante en su vida y en su obra…

    —Nunca se me hubiera ocurrido incluirlo en la muestra. Fue a Federico a quien le gustó y lo incorporó. Es el aterrizaje de los caminos que recorrí o que recorrió mi familia y la familia de mi marido que también eran emigrantes. Él había nacido en Estambul y la familia había vivido en Italia. Tuvieron la suerte de irse de allí a tiempo, antes de la llegada del fascismo. Habrás visto que tengo muchas valijas en mi obra. En esta muestra hay algunas, pero hice varias. El viaje tuvo un gran peso en mi vida. Ahora mismo también, porque la familia que yo he creado, mis hijos, mis nietos y bisnietos están en distintos lugares. Las valijas siguen siendo parte de nuestra vida. Pero te diría que a veces con tristeza, porque se deja algo atrás.

    — ¿La soledad es otro peso en su vida?

    —Sí, pero no me sorprende o creo que no debe sorprender porque la soledad es parte de cada ser humano. Uno nace solo y muere solo, y por más que tenga una relación de afecto con la pareja, los amigos o los hijos, nadie nunca sabe exactamente lo que siente el otro.

    En su serie Soledades se mira a sí misma pero con una perspectiva diferente a la del autorretrato. ¿Cómo surgieron esos cuadros?

    —Yo siempre pinté objetos, algo que me gusta mucho. Un día estaba pintando la tacita de té que sostenía con la mano, y más que la taza me interesó la mano. Entonces empecé a estudiar mi brazo, mi pie, la pierna, inclusive tengo un cuadro en el que se ve desde arriba parte de mi pecho llegando a los pies.

    —Los viajes también le han traído conocimiento de otros idiomas. ¿Cuántos habla?

    —Italiano, español, francés, inglés y portugués. Pero lo que me acompleja es que subo a un taxi, digo una dirección y el taxista me pregunta de dónde soy. Después de vivir en Uruguay toda mi vida se nota que tengo acento extranjero.

    — ¿Piensa en alguna lengua cuando está creando?

    —No, no lo creo, en realidad no lo sé. Pero ahora me voy a fijar. Mi papá decía que cuando uno cuenta, lo hace en el idioma en el que piensa. Creo que para mí ese idioma es el español. He vivido en Uruguay, aunque con interrupciones, desde 1940. Fíjate tú, me asusta pensar en las fechas.

    — ¿Qué recuerdos tiene de El Peñasco, la casa familiar de Maldonado?

    —Es un pequeño paraíso, está mirando hacia el valle y es una vista maravillosa. Fue obra del gran arquitecto Julio Vilamajó, muy armoniosa. Siempre pienso que me encantaba mirar hacia el campo y también desde el campo hacia la casa. Allí viví con mi familia momentos muy lindos y positivos, casamientos y nacimientos. Mi madre cumplió 100 años en esa casa y todos estábamos con ella, aunque lamentablemente mi hermano faltaba. Los nietos le regalaron un violín que era el instrumento que tocaba en la juventud.

    —Se sabe poco que usted tuvo un programa de modas en la televisión. ¿Cómo fue esa experiencia?

    —Son esas cosas extrañas que van surgiendo. Yo tenía una amiga en Buenos Aires que trabajaba para la revista Claudia, y un día me propuso hacer Claudia en Uruguay. Yo convoqué a mi gran amiga Nelly Becerra a quien consideraba muy apta para acompañarme en esa aventura. Sacamos notas sobre la moda en Uruguay y gustó mucho, entonces nos propusieron hacerlo en televisión. Parece increíble, estuvimos muchos años en Canal 10, el programa se llamaba Moda en blanco y negro, porque en ese momento la televisión no tenía color. No queda rastro de ese programa y casi nadie lo recuerda. En los últimos años, solo algunas veces me he encontrado con alguien que me reconoció por ese programa. Como tengo una voz muy extraña, cada tanto alguien me escuchaba y decía: “Ah, Modas en blanco y negro”.

    —Usted ha dicho que su arte surge del misterio. ¿Sigue encontrando misterios?

    —Tal como lo siento, el misterio está en todo. Es algo casi terrible que uno nazca, crezca y muera y no entienda mucho esa cosa extraordinaria que es la vida. Por supuesto que sigo encontrando misterios, cada vez más. Recuerdo algo que me había contado China Zorrilla de su madre. Cuando era muy mayor, le preguntaron cómo se sentía, si tenía miedo de la muerte. Ella dijo algo así: que siempre tenía miedo, pero que ahora que estaba cerca le había entrado la curiosidad.

    — ¿Se sorprendió cuando le anunciaron que había ganado el Premio Figari?

    —Sí, no lo esperaba y fue una sorpresa muy linda. Ahora me siento con una gran responsabilidad porque si bien siempre tengo ganas de seguir trabajando y de hacer cosas nuevas, creo que con este premio termina una etapa y empieza otra.

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