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    Los festivales de cine hecho con inteligencia artificial llegaron a Uruguay

    El Sticks n' Festival en Montevideo y el Horizons en Punta del Este marcaron, casi en simultáneo, el desembarco del cine generado con IA

    Los festivales de cine hecho con inteligencia artificial (IA) llegaron a Uruguay. El jueves 28 y el viernes 29 de mayo se realizó en Cultural Alfabeta, en Montevideo, el Sticks n' Festival, presentado como el primer encuentro latinoamericano de IA creativa. En paralelo, entre el 27 y el 31 de mayo, el Horizons Festival ocupó una sala de conferencias del The Grand Hotel de Punta del Este.

    El Sticks n' Festival es una iniciativa de la productora uruguaya Souts —Side Out Sticks—. En la apertura, su cofundador, Yves Fogel, aclaró que la propuesta no buscaba debatir si la inteligencia artificial puede ser creativa, sino mostrar “lo que artistas humanos están haciendo con todo este set de herramientas nuevas que salieron medio de la nada”.

    Contó que la idea del festival venía gestándose hacía años a partir de ver a artistas que, según él, estaban siendo juzgados “por las herramientas que usaban para generar estos productos” más que por los productos en sí. De ahí, dijo, surgió la voluntad de armar un espacio para que esa producción pudiera mostrarse y discutirse.

    La convocatoria recibió 1.400 cortometrajes de 91 países, de los que se eligieron 18. El jurado final lo conformaron Pablo Casacuberta, Fernando Epstein y Florencia Fascioli, y los premios se entregaron al cierre de la segunda jornada. Recayeron en dos cortos proyectados ese día: Moksha, del chino Mao Jerry, considerado el Mejor cortometraje internacional, y The Hunt, del uruguayo Juan Manuel Tapia, que ganó como Mejor corto nacional.

    Las nueve piezas de la primera jornada, que iban del cortometraje narrativo al videoclip, variaron en tono y ambición, pero hubo elementos presentes en muchos de ellos que el ojo empieza a detectar gracias al efecto de acumulación.

    En el cine hecho con IA, la presencia de “humanos” parece ser aún lo más difícil de resolver. Los personajes suelen ocupar incómodamente el espacio con rigidez y emociones tremendamente marcadas, casi infantiles. La tristeza, por ejemplo, adopta el gesto exagerado de las animaciones del estudio Pixar, mientras que el enojo se acerca casi siempre al berrinche. Hubo una excepción notable: Sinuca de bico, del brasileño Odair Faléco, que presentó un naturalismo en su recreación de lo humano que llamó la atención.

    Embed - Sinuca de Bico (Cornered) – Teaser

    En lo cinematográfico también hay falencias. La fotografía, que tiende a centralizar a los personajes, también apela a una misma luz cálida, dorada, casi angelical, como si la IA prefiriera una hora dorada eterna. Sobre todo, los cortometrajes no confían en que el espectador tolere un plano que dure más de unos segundos y le suman un montaje acelerado de ritmo parejo que produce algo más cercano al mareo que al asombro. En los escenarios, donde el algoritmo entrega lo que no termina de resolver, los más observadores pueden encontrar chapas de auto sin letras legibles o carteles que no dicen nada.

    El crítico cultural español Frankie Pizá, que viene trabajando hace casi dos años sobre la “SLOPificación creativa” —es decir, la invasión de contenido fabricado por IA que desplaza a las obras auténticas para alimentar algoritmos—, ya advirtió que la industria se polarizó entre “neoluditas y tecnoutópicos”. Los primeros, explica, son los que rechazan la herramienta de plano. Los segundos, los que se entregan a sus posibilidades sin reservas.

    Ese segundo grupo ganó un nombre fuerte esta semana. El martes 2, The New York Times publicó una nota titulada “Martin Scorsese está adoptando la IA”, en la que el director cuenta que se asoció a Black Forest Labs, una empresa alemana de generación de imágenes, y que ya usó la tecnología en el storyboarding de su próxima película —un guion gráfico en el que se visualiza plano por plano lo que después se filmará—. El cine, dijo Scorsese al diario, es un medio joven, de apenas 125 años, y hay que estar abiertos a su evolución.

    Mientras tanto, en Uruguay este primer contacto reveló una constante del cine con IA. Por el momento, la uniformidad artística es impuesta por las propias herramientas, incluso cuando sus responsables intentan llevarlas por caminos distintos.