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‘Los talleristas’: una novela entre la metaficción montevideana, la nostalgia digital y los límites de la escritura
En su nueva novela publicada por Tusquets, el escritor Felipe Palomeque propone una ficción de varias capas que termina atrapando a todos, autor, personajes y lectores, bajo el mismo entramado
Corre la década del 2000 y un narrador pasa las madrugadas frente al brillo del monitor, entre notificaciones del programa de mensajería MSN Messenger y un combo infaltable para cualquier visitante rápido de un almacén: Coca-Cola del pico y una bandeja de sándwiches cuyos vestigios están destinados al fino pero vasto espacio de un teclado.
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Del otro lado de la pantalla está Betina, a quien conoció en un baile universitario. Si bien no la ve, cree intuir sus movimientos a distancia. Su atención, su distracción, el matiz de sus risas convertidas en jajajás de variada extensión. A través de una ficción por entregas publicada en un blog, el protagonista quiere seducirla, primero, en el terreno de lo digital, convencido de que con la fuerza de las palabras, ya sea en prosa o en chat, la conquista será posible.
Este es el punto de partida que elige Felipe Palomeque (Montevideo, 1985) para su nueva novela, Los talleristas (Tusquets, 2026), una astuta obra sobre los espejos de la ficción, la intimidad moldeada por pantallas y los quiebres, no siempre evidentes, que van quedando en quienes pretenden hacer de la escritura una parte de su vida.
Antes de este libro, y tras el paso por el registro personal y la optimización exasperada de la vida enEl diario de los cien Onettis (Estuario, 2025), Palomeque ya había tanteado este territorio en El pijama de Lynch (Yaugurú, 2023). Aquel libro, armado con la lógica de un disco con lado A y lado B, y lleno de fijaciones obsesivas repartidas entre un viaje y la cotidianeidad del día a día, funcionó como antesala de este universo, donde su protagonista no era otro que uno de los tantos alumnos del taller de Gerardo Pistanic.
¿Cómo, no conoce a Pistanic? Gurú (ficticio) de la metaficción montevideana, su sombra cubre todo el libro y hasta se toma el atrevimiento de aparecer en la solapa para reseñar Los talleristas (“Un libro que hace del espejo un laberinto”). En sus talleres no se va a aprender las reglas del oficio per se, sino a comprobar que poner palabras en el papel desacomoda las cosas. En los “pistaniquianos” la literatura deja de ser un depósito de la experiencia y se convierte en algo que altera el plano de lo real.
Tal como ocurría en El pijama de Lynch, la arquitectura del libro quiebra los límites previstos a través de un juego de capas superpuestas. Un escritor inventa a un narrador, este a su vez crea a un bloguero para seducir a distancia, y todos terminan salpicados por la ficción. Así, autor, personajes y hasta el propio lector quedan atrapados en una trama absorbente, a veces confusa, donde la escritura siempre termina pasando factura.
Felipe Palomeque.
Javier Calvelo/adhocFOTOS
Lejos de la fascinación desmedida por su laberinto, Palomeque también es capaz de frenar el vértigo de su invento para reflexionar sobre el desgaste de la creación. En uno de los pasajes, la voz del narrador se vuelve cercana e inspirada, compartiendo la honestidad de un escritor que lleva tiempo embarcado en esto y que expone sus nervios:
Y un día (...) sentencié que escribir era como un oficio: algo así como ser carpintero. Abrí el Word y lo anoté. Anoté que escribir era un oficio como ser carpintero. Porque cuando aprendés el oficio podés ser buen carpintero. Pero después, cuando te volvés bueno haciendo sillas, te piden sillas, sillas y sillas, y vos tenés que estar metiendo clavos y poniendo cascola para hacer sillas y más sillas. La primera silla te llena de orgullo; con la segunda descubrís que podés conseguir un método para dejarlas todas igualitas, pero de ahí en adelante ya es un embole. Capaz, con la intención de perder la ventaja adquirida, con la intención de explorar el oficio, pensás cómo reinventarte y ahí te ponés a hacer mesas.
Ese tono desencantado, que nunca abandona del todo el humor, impregna también la segunda parte del libro, que adopta una estructura polifónica y coral. Aparecen los textos, las cartas y los testimonios de los demás talleristas de Pistanic, y se revelan más y más fisuras, aunque esta vez sobre otra cuestión: la identidad.
Al adentrarse en el doble filo de los talleres literarios y las neurosis generacionales, Palomeque propone en Los talleristas un recorrido que desarma sus propios artificios y rescata el encanto de la palabra escrita, ya sea sobre el papel o en una pantalla simulada. Es una novela que utiliza los espejos de la metaficción para romperlos sin titubear, con una audacia que le costará siete años de mala suerte, pero que, al menos en este caso, dejan un saldo genuinamente estimulante.