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El actor estadounidense Michael Madsen murió el jueves 3 con 67 años. El mejor obituario lo escribió su hermana, Virginia, en un comunicado dirigido a la revista Variety: “Mi hermano Michael ha abandonado el escenario. Era trueno y terciopelo. Travesura envuelta en ternura. Un poeta disfrazado de forajido. Un padre, un hijo, un hermano; grabado en contradicción, atemperado por un amor que dejó huella”.
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Virginia lo definió tan bien como su amigo Quentin Tarantino lo filmó durante las cuatro décadas de carrera del actor, en la que se incluyen películas de Ridley Scott y Oliver Stone. De Madsen, Tarantino entendió mejor esa mezcla de amenaza y tristeza que el actor podía portar sin esfuerzo. Tres primeros planos a lo largo de su extensa colaboración cinematográfica lo corroboran.
En la escena grupal inicial de Perros de la calle (1992), el primer plano de Michael Madsen como Mr. Blonde lo muestra compartiendo la mitad del encuadre con la silueta de uno de sus cómplices de lo que será un accidentado y sangriento robo. Madsen, al lado de la oscuridad, sonríe relajadamente mientras escucha la palabrería entre los hombres de traje. El actor dotó a su personaje más célebre de una frialdad encantadora. Entendía que los monstruos también sonríen. Dudó en aceptar el papel por la brutalidad que Tarantino demandaría de él pero, por suerte, lo hizo. Su baile mientras suena Stuck in the middle with you, en esa escena con la oreja, fue una improvisación. Como en el principio de la película, en su presencia frente a la cámara también hay estilo y una sonrisa, pero ya sin disimulo. Lo que antes era elegancia ahora se vuelve sadismo sin máscara. Aquel plano inicial, entonces, no era nada inocente. Era una advertencia.
Michael Madsen en 'Kill Bill: la venganza - volumen 2'
Michael Madsen en Kill Bill: la venganza (volumen 2)
Miramax
Para Kill Bill: la venganza (volumen 2), de 2004, Tarantino nos devuelve a Madsen ahora como el asesino Budd, hermano caído en desgracia de Bill. El encuentro fraternal, seco como el paraje que los rodea, es motivado por una amenaza inminente: la Novia (Uma Thurman) busca ajustar cuentas e irá por ambos y de a uno. En un primerísimo primer plano, bajo un sombrero blanco, Madsen mira fijo a su hermano fuera de campo, entrecerrando los ojos. Está cansado. Su Budd es un reflejo de un hombre con remordimientos. Madsen, un actor encasillado en papeles rudos, confesaba sentirse fuera de la pantalla. El plano, cargado de la luz del sol, invierte la oscuridad de aquella primera aparición en Perros de la calle. Si allí la sombra sugería peligro, aquí la luz lo expone como un hombre que no necesita esconder su violencia. Un tipo derrotado que espera estar preparado para cuando le llegue la hora en la forma de una rubia en una encrucijada letal.
Michael Madsen en 'Había una vez en... Hollywood'
Michael Madsen en Había una vez en... Hollywood
Sony Pictures
Cuando hizo su aparición en Había una vez… en Hollywood, la última película de Tarantino, a Madsen le tocó condensar décadas de ficción televisiva en unos instantes. En el fragmento de Bounty Law, western del Rick Dalton de Leonardo DiCaprio, hay un primer plano del sheriff Hackett, interpretado por Madsen, que hoy puede ser considerado como una despedida. Vestido con chaleco, pañuelo al cuello y sombrero de ala ancha, mira a cámara con una sonrisa sin dientes y el rostro endurecido. Es el sheriff que ha visto demasiado. En su mirada, vieja pero aún afilada, sigue habiendo peligro y la sensación de quien conoce cómo dominar el entorno salvaje del Medio Oeste. Una pose que se vuelve emblema.
Madsen siempre dijo que trabajar con Tarantino le cambió la vida. El actor valoraba que el cineasta era uno de esos directores que lo dejaba en paz a la hora de proponer los manierismos de sus personajes. Y aunque se preocupaba de que estuviera desilusionado por no darle muchas instrucciones, se dio cuenta de que lo entendía. En esos tres primeros planos, el Mr. Blonde entre sombras, el Budd agotado al sol y el sheriff Hackett congelado en blanco y negro, queda demostrado. Tarantino sabía cuándo dejarlo hablar y cuándo dejarlo mirar. Madsen sabía cuándo moverse y cuándo quedarse quieto. Su mirada tenía peligro y melancolía. No faltaba decir mucho más.