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    ‘Vermiglio’: estreno del cine europeo que conmueve con su quietud alpina

    El drama de Maura Delpero ganó el premio Donatello, el “Oscar italiano”, como Mejor película

    En un pequeño pueblo en los Alpes italianos, suspendido en el tiempo y poco afectado por la Segunda Guerra Mundial que arrasa Europa, transcurre Vermiglio, la segunda película de ficción de la cineasta Maura Delpero (Hogar, 2019) estrenada en cines uruguayos.

    Un retrato íntimo y monumental de una familia, los Graziadei, se ambienta en 1944, cuando la llegada de dos soldados desertores, uno de ellos siciliano, altera el equilibrio de esta comunidad rural. Con quietud contemplativa se irá presentando la existencia de los Graziadei, una familia numerosa cuyos destinos individuales se mezclan con los de visitantes y vecinos, de vidas marcadas por las estaciones y las rutinas agrarias. Puede que estén lejos del estruendo bélico pero no del todo de sus cicatrices.

    Delpero es una directora italiana que reside gran parte del año en Argentina, donde concibió la película a partir de un sueño. Tras la muerte de su padre, lo vio como un niño pequeño jugando en su Vermiglio natal, una visión que se convirtió en el punto de partida para explorar sus recuerdos familiares y sus propias raíces. En entrevistas, ha descrito este proceso no como meramente nostálgico, sino como una excavación profunda en la memoria sensorial de su infancia, tratando de absorber olores, gustos y sonidos de la casa de su abuela y el pueblo.

    “(En el sueño) él estaba jugando con mis tías y mis tíos, sus hermanos, en la casa de Vermiglio, este pueblito de montaña, la casa de mi abuelo. Al principio fue una historia muy privada, de elaboración de duelos y también de curiosidad para seguir a estos niños (...). Después, al escribir, empecé a darme cuenta de que ahí había algo más. Empezaron a llegar muchas imágenes; tenía todo un mundo sensorial que tenía que ver con mi infancia. Muchísimos recuerdos. Como si esta muerte hubiera abierto una puerta de lo inconsciente”, dijo Delpero a Galería a fines de enero, con motivo del estreno de la película, ganadora del Oso de Plata en Berlín, en el José Ignacio International Film Festival.

    Hogar, su película anterior, sobre madres adolescentes que viven en un refugio religioso en Buenos Aires, la puso en el camino de la ficción, por el que le resultó orgánico transitar bajo la necesidad de distanciarse de la carga emocional de narrar vidas reales. Sin embargo, no abandonó del todo su búsqueda de autenticidad y en Vermiglio la mantuvo a través de un casting híbrido. Optó por actores no profesionales de la región para muchos de los roles, incluyendo a Lucía (Martina Scrinzi), la hija mayor, cuya naturalidad y aire antiguo en su forma de moverse la hicieron creíble como la enamoradiza chica de montaña que imaginó. Para el personaje del padre, Cesare, el patriarca y maestro del pueblo amante de Vivaldi, eligió al actor profesional Tommaso Ragno, al que vio como ideal para interpretar la paradoja del viejo patriarca que también es una persona de mente abierta.

    El rodaje, que duró alrededor seis semanas, enfrentó desafíos logísticos constantes: desde trabajar con niños y animales hasta capturar los cambios estacionales. Todo con un objetivo claro: atrapar la esencia de un mundo regido por ciclos naturales. La decisión de filmar íntegramente en dialecto, aunque compleja, también resultó crucial para reforzar la veracidad de ese universo rural y montañoso.

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    Vermiglio es, como la propia Delpero ha explicado, una película coral que explora múltiples perspectivas sobre una misma historia. Cuando Pietro, el soldado siciliano, establece una relación con Lucía, el aparente equilibrio familiar se rompe. La guerra irrumpe en sus vidas y lo transforma todo, pese a haberla esquivado hasta entonces.

    Con la mirada anclada en los niños y evitando diálogos explicativos, la directora logra una visión dulce pero también dura del mundo adulto, manteniendo cierta ingenuidad incluso en los momentos más dramáticos. El ritmo de la película, contenido y sin golpes efectistas, hace que cada escena construya significado sobre la anterior, “como una mancha de aceite que se expande”, según lo describió Delpero al sitio Screen Slate. Son planos que buscan dar tiempo al espectador para su absorción.

    La directora ha reconocido abiertamente sus influencias artísticas: desde los paisajes alpinos del pintor Giovanni Segantini, hasta el romanticismo del alemán Caspar David Friedrich y el realismo del francés Gustave Courbet, referencias que aparecen en entrevistas suyas. Incluso menciona su inspiración en cerámicas danesas para ciertas composiciones visuales.

    Visualmente, el azul claro del cielo, un color clave para la directora, se convierte en un motivo pictórico constante, ya que la realizadora lo considera el verdadero color del pueblo. Allí, la cámara permanece mayormente estática, capturando una quietud que evoca tiempos menos frenéticos.

    Las montañas, lejos de ser un mero telón de fondo, se presentan como una fuerza omnipresente: majestuosas pero amenazantes, encarnando esa dualidad de lo sublime. Este enfoque montañoso contrasta radicalmente con el de Jesse Armstrong en Mountainhead, estrenada hace unas semanas, en el que la cámara inquieta y los cortes rápidos reflejan el ritmo acelerado de la vida urbana contemporánea. Si Delpero retrata la pobreza rural con una poética de la austeridad —en la que cada plano es un cuadro vivo—, Armstrong documenta la opulencia citadina del presente mediante una saturación visual calculada. Ambas películas exploran la relación entre humanos y naturaleza pero desde extremos opuestos: la contemplación lírica frente al vértigo capitalista.

    Delpero emplea sonidos fuera de cuadro para sugerir más de lo que se muestra, así crea puentes sonoros que reflejan la interdependencia de los personajes. La música, estrictamente diegética, surge de fuentes naturales: cantos campesinos o el gramófono familiar donde resuena Vivaldi. Este diseño acústico refuerza el debate central entre el padre, que defiende el arte como forma de iluminar la vida en tiempos de guerra, y la madre, enfocada en la supervivencia material.

    Esta tensión entre lo cultural y lo vital vertebra Vermiglio, película que no solo transporta a un tiempo específico, sino que interpela sobre dinámicas sociales aún vigentes. A través de una maternidad compleja y luchas femeninas por dignidad, explora el tránsito de una sociedad patriarcal a otra más individualista, evitando idealizaciones pero reconociendo su huella en el presente.

    Con su segunda ficción, Delpero confirma su habilidad para transformar historias íntimas en relatos que resuenan más allá de las cumbres. La película no solo retrata un pasado específico, sino que abre un diálogo entre la tradición y el presente.



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