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Ganadora del Globo de Oro a Mejor drama, nominada al Oscar a Mejor película y a otras siete categorías, Hamnet llega a la temporada de premios y a los cines uruguayos con el prestigio y el cuidado que promete su pedigrí literario y cinematográfico. Su punto de partida es la aclamada novela de la británica Maggie O’Farrell, coautora también del guion, y quien lidera su adaptación es la china Chloé Zhao.
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Tras obtener el Oscar por Nomadland (2020) y someterse a la redituable y asfixiante maquinaria de Marvel con Eternals (2021), Zhao dirige ahora bajo la producción de Sam Mendes y Steven Spielberg. Con un relato alrededor de la figura totémica de William Shakespeare, la película tiene todos los atributos y nombres para brillar. La pregunta es si, tras tantos chirimbolos, logra conmover desde algún lugar que le sea propio.
Lo propuesto por O’Farrell en su novela al correr a Shakespeare del centro y colocar allí a su esposa, llamada Agnes, en la ficción ya otorga un puntapié intrigante. Zhao encontró en ese desplazamiento la manera de conectar con la historia desde una perspectiva nueva, reconociendo en Agnes, una mujer algo indómita, algo mística y atrapada entre un mundo natural y la sociedad del siglo XVI, a la verdadera protagonista. Como figura desplazada, atravesada por una pérdida y ligada al paisaje como espacio de transformación, este personaje se suma con naturalidad a la filmografía de Zhao.
Con ella está Hamnet, uno de los tres hijos de la pareja y cuya muerte terminaría inspirando al bardo, dentro de esta ficción, para escribir la tragedia Hamlet. El acontecimiento no será entonces la escritura de una obra, sino la interrupción maldita de una vida. Recién después aparecerá el genio, primero anclado en su vida doméstica e incluso antes, en un romance a primera vista. Porque antes de las tablas de lo que será el Globe Theatre está una pequeña casa en Stratford y, alrededor de ella, un bosque inconmensurable que Zhao construirá como un lugar sagrado para la vida y para la muerte.
Un Shakespeare de pocas palabras
Y allí, entre las árboles, empieza a florecer la conmovedora interpretación de Jessie Buckley, nominada como Mejor actriz. Su Agnes es una mujer que observa, que cuida, que lee señales del entorno. No es presentada como figura mística cerrada ni como heroína trágica clásica, sino como alguien cuyo saber pasa por el cuerpo y la experiencia en plantas y animales. Buckley construye un personaje atento y sensorial, que atraviesa el duelo entre un estallido físico de dolor y una metamorfosis silenciosa. Intentará, siempre que pueda, desplazarse hacia la naturaleza en búsqueda de un refugio.
Paul Mescal, en cambio, compone a un William Shakespeare retraído, incómodo con un entorno familiar violento que empieza a ser sofocante para un hombre de pocos oficios y mucha letra. No hay en él, aún, rastro del orador brillante ni del genio seguro de sí mismo, más allá de algunas escenas en las que los guiños anticipatorios a su obra futura se vuelven literales y se sienten más como una obligación de un ejecutivo de estudio que como una necesidad del relato. Mescal trabaja con pocas palabras y una melancolía que siempre le queda muy bien.
Hamnet, interpretado por Jacobi Jupe, construye con sus padres y hermanas un vínculo basado en la cercanía física y el cuidado cotidiano. Su pérdida no se muestra como un concepto abstracto, sino como la ruptura concreta y sumamente dolorosa de una rutina familiar. Su muerte es gráfica, chocante y difícil de olvidar.
Embed - Hamnet | Trailer Español Subtitulado (2025) › Steven Spielberg
Hamnet muestra cómo la pérdida no organiza el tiempo, sino que lo desarma, y en ese quiebre surge la íntima relación entre dolor y creación. La película propone que el arte no nace de la ambición, sino de la necesidad de dar forma a lo que carece de forma. El duelo de Agnes y Shakespeare se transforma en narrativa y, finalmente, en obra universal, un proceso que alcanza su eco más conmovedor en el clímax teatral. Allí, el gesto de la madre estirando el brazo por última vez hacia lo que ha perdido se convierte en un acto compartido, replicado en la mirada y el corazón de la audiencia.
El Globe Theatre funciona como dispositivo de circulación de ese dolor transformado en arte, con la tensión entre lo privado y lo público atravesando el tercer y menos convincente acto de la película. Mientras Shakespeare se desplaza a Londres y convierte su dolor en texto, Agnes permanece y lo transforma en cuidado. Más que posiciones opuestas, son respuestas distintas a un mismo acontecimiento, en donde la creación deja de ser un gesto solitario y aparece ligada a una red de vínculos, de deudas y de silencios.
Desde lo visual, Hamnet se distancia del drama de época grandilocuente. La cámara prefiere primeros planos, manos, telas gastadas, objetos. Los hogares se perciben opresivamente, mientras que el bosque, amplio y sin geometría fija, ofrece a Agnes y su familia un espacio de libertad. Mientras que el interior acumula el peso del dolor, el exterior suspende el tiempo. La naturaleza no funciona como fondo simbólico, sino como otro modo de relación con el mundo, en el que se tejen las primeras experiencias del amor entre Agnes y William, así como algunos gestos de espiritualidad que marcarán a la familia.
Un relato universal
El casting sostiene la película escena a escena, delineando con claridad el tejido de relaciones que impulsa la historia. Mescal, por su parte, ofrece un Shakespeare introspectivo y contenidamente tenso. Buckley construye a Agnes con intensidad y dominio, proyectando tanto fuerza como sutileza en cada gesto. Jupe, con su breve tiempo en pantalla, otorga a Hamnet una presencia auténtica y delicada, que marca la pérdida central del relato.
La película conmueve por su capacidad de transformar la tragedia íntima en un relato universal. Zhao consigue equilibrar historia, emoción y poesía visual; explora el duelo, el amor y la creación sin recurrir a artificios grandilocuentes. La película respira a través de la naturaleza, los cuerpos y los silencios de sus personajes, y ofrece una experiencia que permanece más allá de los créditos. Con actuaciones sólidas y un enfoque que prioriza la intimidad y la materialidad de la pérdida, Hamnet deja una impresión duradera de belleza, dolor y, sobre todo, humanidad.