• Cotizaciones
    viernes 12 de julio de 2024

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    Tamara Tenenbaum: “Si hay algo que me interesa recuperar es el lugar del paria”

    La polifacética autora argentina presentó en Montevideo La última actriz, su nueva novela

    En cada regreso a Uruguay, país que visita con frecuencia, Tamara Tenenbaum (Buenos Aires, 1989) llega con una nueva aptitud a sumar en una lista de intereses que hace de su presentación un listado en expansión. A los oficios de escritora, guionista y docente de Filosofía se le suma, recientemente, el de dramaturga.

    Desde que presentó en Montevideo El fin del amor (Ariel, 2019), ensayo con el que se dio a conocer popularmente, Tenenbaum se sumergió en el mundo del teatro y lo exploró en tres obras: el unipersonal Una casa llena de agua (2021) y el díptico El díbuk. Dos covers, compuesto de dos obras hoy en cartel en su país: Las moiras (2023) y El día más largo del mundo (2024). Las tablas son también el disparador de su nueva novela, La última actriz (Planeta, 2024), en la que teje una trama a dos tiempos y a dos voces entre una investigadora sobre teatro judío en el presente y una actriz amateur que trabaja en las oficinas del cementerio de la AMIA en el pasado.

    Si bien la autora retoma varias de las líneas temáticas que ha explorado dentro de una carrera de un coqueteo constante entre lo ficticio y lo biográfico, la novela inicia con una aclaración. “Mi padre murió en ese atentado (a la AMIA), pero esta novela no se trata de mí ni de eso, sino de otra cosa, de otra cosa y de otra época. Se trata de mi ciudad, no de mi padre ni de mí, pero sí de mi ciudad, del teatro judío en Buenos Aires y de los papeles quemados”.

    —¿Por qué decidiste empezar el libro con esa aclaración, con ese distanciamiento?

    —Más que aclarar que no hablaba de mí, ahora que lo pienso, ese párrafo viene a aclarar que vamos a hablar de una tragedia pero no de gente muerta. Vamos a hablar de lo que no le importa a nadie en una tragedia: papeles. Es un libro que habla de la AMIA, y pareciera que voy a hablar de algo que tiene que ver con mi historia porque mi papá falleció ahí, pero creo que lo interesante es hablar de eso mediante algo que es más extraño.

    ¿Sentís alguna tensión entre tu vida personal y los intereses reflejados en tu obra?

    —Cuando presentamos el libro en Buenos Aires con Marina Mariasch ella dijo que una novela era una muy buena respuesta a la pregunta sobre la autoficción. Eso me gustó. Es una ficción total pero a la vez es más personal y reveladora de detalles que tienen que ver con mi identidad que si fuera un texto sobre mí misma. La novela también tiene su objetivo de hacer estallar la pregunta por la autoficción.

    La última actriz se publica en un momento muy teatral de tu carrera. ¿Cómo se dio tu incursión en la dramaturgia?

    —Empecé a escribir teatro porque iba mucho a verlo y pensé: “Yo esto lo puedo hacer”. Hay algo que hace muchos años que no se estila tanto en Buenos Aires, pero creo que está volviendo de a poco, que es la separación entre la figura del dramaturgo y la del director. En los últimos años, los autores argentinos más famosos son también directores. Pienso en (Rafael) Spregelburd, (Mariano) Tenconi Blanco, (Ignacio) Bartolone, Romina Paula, gente que dirige siempre sus textos. Mauricio Kartun comenzó a dirigir mucho más grande que yo, a los 50 años. Durante muchos años fue lo que él mismo llamó “dramaturgo de escritorio”. Entonces, cuando empecé a pensar en eso, dije: “Claro, si se puede hacer así, se puede hacer”. Y empecé a probar. Mi primera obra (Una casa llena de agua) fue un monólogo, que es algo que si uno escribe literatura es más fácil de hacer.

    —El mito del díbuk está presente en tus dos últimas obras de teatro y también en la novela. ¿Podrías contarme sobre él?

    —Es una historia que conocí hace poco. Tiene el mismo peso, por ejemplo, del mito del golem, que es más famoso porque Borges lo tomó. El díbuk es una figura muy parecida que viene de la misma familia de figuras de lo no humano o lo residualmente humano. Es una fantasía que tiene que ver con la posesión. De hecho, la fantasía del díbuk no es muy distinta de la que ves en El exorcista, porque en ambos casos tenés una poseída que es una chica joven. Evidentemente, algo de la posesión es análogo al deseo sexual femenino, una especie de locura que toma a una chica jovencita que nadie entiende y que no tiene ningún lugar en el mundo civilizado. La otra cuestión, que no está en el mito del golem, es el tema de ir y venir de la muerte. El díbuk es siempre un espíritu que se queda dando vueltas porque hay un asunto pendiente. No pueden irse ni al cielo ni al infierno ni a las versiones judías de la vida prometida. Es un mito que recoge muchísimas cosas que hay en otras culturas pero es poco conocido, sobre todo porque, a medida que el judaísmo se vuelve más citadino y más secular, la gente va dejando de sostener esas mitologías.

    —Y a medida que no se repitan, no se transmitan, se pierden.

    —Exacto. El caso del díbuk tiene que ver con que pertenece a la cultura del yiddish, una cultura completamente perdida. Los inmigrantes que lo hablaban dejan de hablarlo, las nuevas generaciones ya no lo aprenden, y en parte porque el yiddish ha sido reemplazado por el hebreo en la enseñanza oficial judía por razones políticas. Es un idioma que ha desaparecido intencionalmente también. Creo que hoy con toda la cuestión de la guerra veo gente en Argentina, Estados Unidos y otros lugares tratando de recuperarlo en el sentido de cierto desafío al oficialismo más israelí. Lo hablo mucho con (la investigadora) Paula Ensaldo, que me ayudó con este libro. Paula hizo un doctorado sobre teatro judío. Hablo mucho con ella sobre cómo estamos llevando hoy cierta resistencia judía a las políticas del Estado israelí. Ella me dice que el yiddish hoy en Estados Unidos, donde ella estudia, funciona casi como una contraseña. Si trabajás yiddish, te mirás con otro que trabaja yiddish y ya sabés de qué lado estás.

    20240701JC_0661.jpg
    Próximamente, Tenenbaum estrenará la segunda temporada de la serie El fin del amor, basada en su vida.

    Próximamente, Tenenbaum estrenará la segunda temporada de la serie El fin del amor, basada en su vida.

    —En el libro citás un paper ficticio que dice: “En el mundo contemporáneo, en occidente al menos, todos los judíos somos judíos por elección: una vez que se levantan los obstáculos para la asimilación, sostener la identidad judía deja de ser obligatorio y es eso una decisión personal, un camino que la mayoría de los sectores judíos decidieron no tomar”. ¿Sentís que en tu trabajo está presente esa reafirmación como elección?

    —Las cosas te interesan cuando empiezan a estar en debate. El judaísmo no me interesó cuando era chica porque conocía una versión muy aburrida del asunto. Todas las discusiones interesantes talmúdicas que uso en este libro y en las obras de teatro son cosas que leí de grande, no te las enseñan. Hoy creo que hay una cierta idea del judío como el extranjero que a mí me interesa y que está sobre todo en la literatura del siglo XX, y por eso me interesan estas fuentes. Hablan de gente que era ajena en todas las culturas en las que vivía, desde un lugar crítico e incómodo. Pensemos que las grandes contribuciones que hizo el judaísmo a la cultura occidental vienen de esa posición. De (Sigmund) Freud, (Jacques) Derrida, (Baruch) Spinoza, tipos que entendieron la construcción de lo otro. Pero entiendo que el judaísmo más oficialista es el lugar que no está eligiendo ocupar. Entonces también siento que aparece una disputa en la que me interesa tomar parte. También tengo muchos problemas con ese tema. Yo no criaría a ningún chico jamás en ninguna religión, pero si hay algo que me interesa recuperar es el lugar del paria. Algo de eso sigue siendo valioso pero es difícil pensar cómo funciona eso hoy.

    —¿Por qué?

    —No sé. Eso en el siglo XX estaba más claro: quién era quién. Hoy no está tan claro, porque, a la vez, ¿qué significa? ¿Qué significaría ser hoy un paria? ¿Autosegregarse de quién? No queda claro. Hay algo de ese nomadismo cultural que va en contra de cualquier idea de nacionalismo y, entonces, por supuesto que entra en crisis con el nacionalismo israelí. Parte del conflicto judío hoy es ese. Y es un conflicto lógico a partir de que uno tiene un Estado. ¿Cómo se iba a mantener ese judaísmo después de la aparición del Estado? Hay una crisis ahí pero no la veo muy resuelta. Sí me sigue interesando esa idea de llevar y traer, una idea un poco más impura de las culturas. Hoy hay algo muy purista: lo que es negro tiene que ser negro, lo que es latino tiene que ser latino. La gracia, por ejemplo, del teatro judío y del modo que lo judío entraba en otras culturas era la mezcla. Eso hoy está muy mal visto en todos los sentidos, tanto por derecha como por izquierda. Hay como una inclinación, una disposición psicológica a gozar también de estar solo con gente que se parece a vos. Parte de la gracia de cómo se inmiscuía el judaísmo de otras sociedades era eso: mezclarse. El barrio en el que yo crecí, el Once, era un barrio donde había judíos, pero también había chinos, bolivianos y travestis. Era el barrio donde todo el mundo podía vivir de alguna manera. Se odiaban, obvio, pero no importa, es mejor estar odiándose en el mismo lugar que estar separados.

    —Hablando de “llevar y traer”, pienso que hay una oralidad muy marcada en tu escritura. ¿Qué tan consciente de ello sos en tu proceso creativo?

    —A mí me gusta mucho, porque me gusta cuando está bien hecho. ¿Viste que feo que es cuando se mete una puteada o algo para “coloquializar” el lenguaje y vos lo sentís como fuera de registro? Y qué lindo en cambio es cuando encuentran una que funciona con tan poquito. Ir encontrando esos lugares donde el lenguaje coloquial no se achata sino que, al contrario, hace crecer las cosas. Siempre estoy buscando esos lugares donde el lenguaje coloquial se vuelve poético pero sigue siendo coloquial. Lo peor es lo contrario, cuando todos hablan como poetas. Cuando todos hablan como poetas, en realidad hablan como intelectuales. Y los intelectuales son la gente que en general tiene las formas de hablar más aburridas de todas. Algo que me molesta un poco a veces en mi vida es que cuanto más trabajo de esto más me rodeo de escritores o personas así, que hablan todos igual y me aburre profundamente. En ese sentido, la paso muy bien con los actores porque los actores son mucho más diversos socialmente que los escritores. Los escritores vienen todos de la clase media alta, o casi todos, y los actores todavía tienen formas de hablar muy especiales, como frases que son solo de ellos. Eso me resulta muy nutritivo porque me doy cuenta de que, cuanto más vivamos en sociedades cada vez más clasistas, peor es para la literatura y para el lenguaje porque no te cruzás con otra forma de usarlo.

    —¿Qué creés que te ha dado La última actriz desde su publicación?

    —A mí lo que me da una novela es la gente que me dice que se sintió tocada. Es tan raro hoy que alguien agarre una novela, que la termine, que tenga ganas de leerla y que te diga que le emocionó o que le abrió la curiosidad por algo... Me da la oportunidad de conversar sobre la pregunta por la identidad. En un momento en el que estamos todos hablando todo el tiempo de políticas de la identidad, de qué es ser mujer, latinoamericana, lo que sea. El teatro judío me dio como una entrada a algo que era muy especial y a la vez sus integrantes tenían una vocación de universalidad muy grande. Ellos desde el lugar del judaísmo, que es algo muy chiquitito, querían estar hablando de la crisis de la modernidad, de las cosas más importantes del mundo. Me gustó descubrir eso y me gusta también hacer que otros lo descubran.

    —Un buen uso del siglo XX, digamos.

    —Eso es lo que me gustó de poder escribir esta novela y ponerla a circular. Y también una pregunta: ¿qué extraño del siglo XX? Parte de lo que extrañamos es esa grandilocuencia, las ganas de hablar de los grandes temas. Quiero hablar de lo que significa habitar el mundo. Lo moderno contra lo antiguo, los padres contra los hijos, qué significa revelarse, qué significa ser alguien, qué significa pertenecer a una cultura, qué significa no pertenecer. Me dio la posibilidad de hablar de todo eso.