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    Timothée Chalamet triunfa en los Globo de Oro como protagonista de 'Marty Supremo'

    Josh Safdie dirige una película frenética protagonizada por Chalamet en el papel de un vendedor de zapatos obsesionado por convertir el ping-pong en el deporte más grande del mundo

    Cuando una proyección de cine dirigida a la prensa finaliza, el intercambio entre colegas es casi ritual. Se buscan miradas, se intercambian frases rápidas, se intenta encontrar un consenso o un desacuerdo. Con Marty Supremo, fue distinto.

    Al salir, abrumado por esa Nueva York de los cincuenta con una banda sonora anacrónica —a puro sintetizadores ochenteros— y anclado en el rostro con acné y la verborragia intoxicante de su protagonista, Timothée Chalamet, un colega se acercó con la pregunta inevitable. “¿Qué te pareció?”. Esta vez, no quise responder. Ni siquiera quise escuchar la suya. Necesitaba que el ruido se disipara por completo. No era por dármelas de crítico elevado, en absoluto. Era una necesidad. La película, el primer largometraje en solitario del director Josh Safdie tras su separación creativa de su hermano Benny, tiene eso: te deja en un estado de suspensión.

    Marty Supremo nace de otro tipo de silencio. Específicamente, del sentimiento de vacío que Safdie experimentó al terminar su anterior película, Diamantes en bruto (2019). El proyecto llevó, en su totalidad, diez años.

    Cuando alguien le preguntó “¿qué sigue?”, el director rompió a llorar. De esa angustia, y de un objeto, el libro Confessions of a Table Tennis Champion and Hustler que su esposa encontró en una tienda de segunda mano, surgió esta obra que hoy es una de las candidatas más fuertes para los Premios Oscar de 2026.

    Pero la película no debe ser entendida como una biografía dramática. En todo caso, es una transferencia. Safdie proyecta sus ansiedades, como padre y como creador, en la historia de Marty Reisman, un vendedor de zapatos del Lower East Side en 1952 que está convencido de un delirio: convertir al ping-pong, un juego de sótano y pasatiempo marginal en aquella época, en el deporte más grande del mundo.

    Safdie y su equipo encuentran una manera muy atractiva de promocionar este trabajo y definen a la película como una de robos, solo que el tesoro no es material. Es, en cambio, un atraco al destino. Marty no quiere ganar un trofeo, quiere secuestrar su propia suerte. Y la película, en cada una de sus excelentes decisiones formales, ejecuta ese plan contra lo inevitable. Y de qué manera.

    Lo primero que impacta es la velocidad. Marty Supremo se mueve con la ansiedad de su protagonista. Su estructura narrativa rechaza el arco deportivo tradicional y lo sustituye por un caos en el que la suerte cambia de un momento a otro. Es una odisea episódica y frenética y empieza así: cuando Marty compite en un torneo en el Reino Unido y es derrotado por el estoico jugador japonés Koto Endo, regresa a Nueva York obsesionado con una revancha que lo convertirá en el centro de un torbellino de mentiras, apuestas, violencia, sexo y gritos. Muchos gritos.

    Los diálogos se superponen, se atropellan, se pelean entre sí como dos rivales enfrentados en una mesa. El montaje, a cargo de Safdie y su coguionista Ronald Bronstein, logra que la película se sienta escrita mientras se desarrolla en la pantalla. Es un ritmo que parece responder a la patología que retrata, la de este joven soñador que intenta hacerse desde abajo y para quien cada día es la última hora del último día en la Tierra. No hay mucho lugar para pensar en nada más que en el siguiente rebote de la pelota. Es agotador. También es adictivo.

    El elegido, entonces, es Chalamet. En su ascenso a estrella mundial del cine se ha hablado más de una vez de papeles definitorios para su carrera. Esta vez es en serio y acaba de ser reconocido en los premios Globos de Oro como Mejor actor de comedia o musical. Chalamet llega al papel de Marty tras una preparación casi mitológica —seis años de entrenamiento en secreto, mesas de ping-pong instaladas en los sets de Wonka y Dune—y en un momento de transformación pública. Ya no es el joven sensible de Llámame por tu nombre, sino el actor que en los premios SAG y tras recibir un premio por su interpretación de Bob Dylan en Un completo desconocido, se declaró abiertamente “en busca de la grandeza”.

    Embed - Tráiler de "Marty supremo"

    Safdie, sin embargo, no quería un ídolo. Quería a alguien “abollado” para habitar su universo. Superficialmente, el actor recibe ayudas con la magia del cine: porta lentes de contacto que distorsionan su visión y tiene puntos de acné falsos. Pero la verdadera fealdad es interna. Su Marty es un tipo desagradable, un ventajero, un mentiroso carismático que repite su sueño de grandeza hasta el hartazgo, haciendo que uno se pregunte constantemente si él mismo se lo cree. Es un sabandijas encantador, en la línea de personajes de Paul Newman o Robert De Niro, pero impulsado por la fe fanática de un Michael Jordan que no acepta un “no” por respuesta. Chalamet lo dota de una energía tan pura y a la vez tan repelente que uno no puede dejar de mirarlo, atrapado en la contradicción que la película se pregunta: ¿Solo los monstruos alcanzan la grandeza?

    Para intentar responderla, Safdie y el director de fotografía Darius Khondji eligen un acercamiento claustrofóbico y obsesivo. La película opera bajo la premisa de lo que llaman un “realismo más grande que la vida”. Se utilizaron lentes teleobjetivos muy largos no para observar a los personajes, sino para estar casi que impregnados sobre ellos.

    Timothée Chalamet en Marty Supremo
    Timothée Chalamet en Marty Supremo.

    Timothée Chalamet en Marty Supremo.

    El rostro de Chalamet, sudoroso, contraído, se convierte en un paisaje. Cada poro, cada tic, cada destello de duda o de arrogancia es un territorio a explorar. Esta estrategia se extiende a todo el reparto que, como en otras películas de los Safdie, se vuelve una colección invaluable de rostros que se alejan de la hegemonía hollywoodense. La directora de casting, Jennifer Venditti, trató a cada uno de los más de 150 personajes como el protagonista de su propia película, y se nota. Ellos le dan a la película una textura que no se ve usualmente en las historias con reproducción de época. Es un Nueva York que hasta se puede oler.

    Otro golpe maestro de la película es, sin dudas, su trabajo sonoro. En su decisión más radical, Safdie y el compositor Daniel Lopatin abandonan toda música de época y en su lugar emplean una banda sonora con sintetizadores, nebulosos y paranoicos, combinados con hits de esa década de artistas como Tears for Fears o Peter Gabriel. La explicación del equipo es la siguiente: esa música no pertenece a 1952; es el “sueño del futuro” de Marty, la banda sonora de su ambición desquiciada chocando contra el “viejo mundo” neoclásico que lo rodea. Es un anacronismo deliberado que no busca la verosimilitud histórica, sino la verdad emocional. Rompe el hechizo del cine de época para construir una leyenda atemporal, un mito en el que pasado y futuro se acechan uno al otro.

    En el núcleo de este huracán, el tenis de mesa, se transforma en algo conmovedoramente serio. Es en las secuencias de juego donde la apuesta formal de la película se consolida. Safdie filma los partidos con una elegancia documental opuesta al caos del resto. Hay planos largos, encuadres que capturan ambos lados de la mesa, puntos enteros sin cortes tramposos. Es un naturalismo que, irónicamente, dignifica y eleva el deporte a la categoría de épica. La iluminación de Khondji, inspirada en los cuadros de boxeo de George Bellows, convierte la mesa en un cuadrilátero. Cada pelota que rebota es un latido. Cada punto, un asalto en el duelo existencial de Marty. El juego es, literalmente, su herramienta para ganarle a la suerte.

    Y es en el momento de la victoria, cuando el atraco parece consumado, cuando Marty Supremo revela su verdad más desoladora. La gloria es un acto de soledad absoluta. Marty se queda solo en el escenario, rodeado de un silencio que pesa más que todos los aplausos. La película encarna así la idea que Safdie ha repetido en la promoción de la película: “los sueños son para los solitarios”. El éxito no llena el vacío, al contrario. Lo desnuda. Este instante de vacío, que guarda una inquietante conexión temática con La máquina: The Smashing Machine, la película de Benny Safdie sobre el costo de la consagración, es el preludio de un final paradójico tan sorpresivo como esperable.

    Marty-Supremo
    Timothée Chalamet en Marty Supremo.

    Timothée Chalamet en Marty Supremo.

    La película cierra con un giro hacia la paternidad que ya había sido anunciado, con humor absurdo y crudeza biológica, en la secuencia de créditos inicial en donde seguimos a un espermatozoide fecundar a un óvulo. Es un recordatorio de la aleatoriedad del milagro vital y, por tanto, una justificación indirecta del “soñar grande” que la película propone como lema, por delirante que sea. Pero el final no redime ni condena. La cámara observa el rostro ahora vulnerable de Marty, un primer plano que no juzga, que solo pregunta. ¿Aprendió algo? ¿La paternidad será su redención o simplemente un nuevo territorio para su ambición? La película, sabiamente, preserva esa ambigüedad.

    En última instancia, es esta la película que Josh Safdie necesitaba hacer para exorcizar su vacío después de Diamantes en bruto, y el vehículo que Timothée Chalamet necesitaba para trascender su condición de ídolo y afirmarse como un actor de riesgo y de entrega. Es una obra exhaustiva, a menudo extenuante, que confía en que su intensidad extrema sea su propio argumento.

    Escribir sobre Marty Supremo es también escribir sobre el circo perfectamente coreografiado que la envuelve, sobre todo en el hemisferio norte. Desde allí Chalamet ha liderado una campaña publicitaria de “locura controlada”, con videos falsos donde simula estar reunido con un equipo de marketing y al que propone ideas alocadas; o se para sobre la Esfera de Las Vegas para anunciar el estreno. Es la máquinara industrial alrededor de los premios al cine en su estado más puro y consciente.

    Pero a pesar de todo ese ruido manufacturado, la película en sí misma —con su furia, su ambición desmedida y sus resultados devastadores— logra imponerse. Y golpea de tal forma que el ritual del opinar rápido al salir de la sala resulte no solo imposible, sino irrelevante. Deja un zumbido en los oídos, un paisaje de rostros sudorosos en la retina y una pregunta incómoda que rebota en la mente mucho después, como una pelota de ping-pong: ¿Qué se siente ganarle al destino?

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