Mente maestra, estrenada en cines el pasado octubre, está disponible en la plataforma Mubi desde noviembre. En ella O’Connor es James Blaine Mooney (JB), un artista desempleado y trabajador de madera de la clase media suburbana. En 1970, en un Estados Unidos desilusionado tras la década de los 60, Mooney planea su obra maestra: robar cuatro pinturas del modernista Arthur Dove de una pequeña galería en Massachusetts. No lo hace por dinero, sino por soberbia. Quiere probar que es un conocedor de arte que el ciudadano común no entiende.
Pero Reichardt, siempre astuta, subvierte el género de películas de robos y aquí el atraco sucede temprano en el relato. Lo que sigue entonces no es la planificación del crimen, sino sus consecuencias. Mente maestra es una road movie del fracaso, un viaje en el que vemos desmoronarse a un hombre que creía ser un genio, mientras su esposa (Alana Haim) y sus hijos lidian con las secuelas. Es, sin estridencias, una de las películas a recordar de este año que se termina.
Embed - MENTE MAESTRA | Tráiler Oficial | Octubre 16 en cines
En los márgenes
Kelly Reichardt nació en Florida en 1964, pero sus historias suelen ocurrir en los paisajes del noroeste de Estados Unidos, en estados como Oregón o Montana. Su cine es uno del silencio, de espacios vacíos que hablan de personajes que viven en el borde del sistema, con poca o casi ninguna red de seguridad en la que caer si las papas queman. Entre sus personajes hay granjeros, viajeros, ecoterroristas torpes y amigos cuya conexión se desvanece con los años. Más que héroes, son personas en una búsqueda fallida de una comunidad o de un porvenir mejor.
Reichardt dirige, escribe y, en ocasiones, hasta edita sus películas. Tiene un control brillante sobre un ritmo pausado, hecho de planos fijos y secuencias largas que exigen un espectador dispuesto a depurar la mirada. Aunque ha reinterpretado géneros, convirtiendo Night Moves (2013) en un thriller ecológico sin estruendos o El atajo de Meek (2010) en un western existencial femenino, su sello siempre es el de un humanismo que captura los quiebres en la vida ordinaria. Para muchos, es la mejor directora estadounidense en activo, no por espectacularidad, sino por su consistencia e integridad artística.
La elección de O’Connor para el papel de Mooney no fue casual. Reichardt había quedado impresionada por su trabajo en el drama queer God's Own Country, en especial por su capacidad para retratar la vulnerabilidad masculina. Mientras terminaba de escribir el guion de Mente maestra, basado en la historia real de un intento de robo a un banco en Ohio en los años 70, ya lo veía como su protagonista.
El cineasta Karim Aïnouz los puso en contacto y se reunieron a almorzar en Nueva York. O’Connor, que define a Reichardt como una de sus directoras favoritas (“Hace las películas que quiero ver”, llegó a decir a IndieWire), aceptó el proyecto de inmediato.
Lo que siguió fue un proceso de inmersión meticuloso y hasta poco convencional. Reichardt le proporcionó un mapa cultural de los años 70 compuesto de documentales de la época, ensayos de Joan Didion y horas de música para “americanizar” al inglés. También hubo espacio para una investigación más terrenal, con O’Connor pasando tiempo en Ohio y Kentucky, comiendo comida rápida y absorbiendo la cotidianidad del entorno, en especial, ese sabor a pueblo detenido en el tiempo que se percibe en toda la película.
Un desafío técnico fue el acento. El actor, originario de Southampton y criado en Cheltenham, quiso lograr un acento estadounidense relajado y ha contado que la gimnasia bucal para lograrlo le resultó particularmente difícil, sobre todo por la pronunciación de la letra erre.
El otro reto era psicológico: construir a Mooney. O’Connor lo ha descrito como un hombre con un gran ego pero de baja autoestima, alguien que se siente con derecho a más de lo que la vida le da. De esa contradicción nace el plan de robo, tan elaborado en su mente como absurdamente ingenuo en la realidad.
El rodaje en Ohio fue, según O’Connor, muy tranquilo y de ensueño. Reichardt, que no hace ensayos previos, intenta crear un ambiente de respeto mutuo donde el personaje se define en el set, a través de la interacción y la presencia. También trabajaron juntos en el aspecto de Mooney, con sus camisas de cuadros y pantalones de pana.
Sueño mundano
Mente maestra narra, con el ritmo característico de Reichardt, los preparativos y la ejecución fallida del golpe. Pero aquí el gran golpe es despojado de todo glamour y tensión hollywoodense. Más que una hazaña, el robo es un trabajo incómodo y hasta mal planeado.
La película plantea un suspenso existencial. No importa tanto el “cómo”, sino el “por qué”. ¿Qué lleva a un hombre con una vida relativamente estable a arriesgarlo todo por un capricho criminal? Lejos de romantizar la figura del antihéroe al estilo del cine de los años 70, Reichardt desmonta el mito. Mooney no es un rebelde con causa, es un individuo movido por el interés propio y una venganza escondida, quizás incluso para él, contra sus propios padres conservadores. La película juega con el esplendor de los clásicos de atracos como El golpe (1973) pero les quita todo brillo y muestra lo que pasa cuando un hombre ordinario intenta vivir como un ídolo de la pantalla grande.
La colaboración entre directora y actor, en tanto, parece hecha a medida. Reichardt utiliza escenas de O’Connor comiendo, devorando un sándwich con una concentración absurda, para anclar la extravagancia del plan en una realidad más mundana. La cámara observa, sin juzgar, sus gestos, su mirada perdida, la convicción absoluta con la que se aferra a una idea que es, evidentemente, un desastre. “Josh interpretó esa mentalidad a la perfección”, señaló Reichardt en una presentación de la película en el Lincoln Center en Nueva York. “Actuaba con la seguridad de que su plan era una buena idea, sin conceder nunca que pudiera ser mala”.
El contraste entre el Arthur de La quimera y el JB de Mente maestra es, en tanto, notorio. Mientras el primero era un espectro romántico, atormentado por un duelo intangible, el segundo es un hombre concreto, obsesionado con un objetivo material que se le escapa entre los dedos. Arthur buscaba algo que no se puede tocar y JB quiere tocarlo todo, apropiarse de un trozo del sueño americano a punta de pala. Ambos son perdedores, pero de una clase diferente. Uno es poético, el otro es patético.
Es en esa capacidad para sostener en su físico, ya sea en sus hombros ligeramente encorvados o en una mirada que oscila entre la arrogancia y la inseguridad, que aparece el encanto de O’Connor como estrella. Es una figura que atrae no por su grandilocuencia, sino por su verdad.
Y este 2025 de visibilidad masiva para O’Connor parece una tormenta de la que el actor busca refugiarse. En repetidas entrevistas ha expresado su intención de bajar el ritmo, reconectar con su vida personal, su jardín y su pasión por la cerámica y el bordado. Suele ser abiertamente autocrítico y propenso al síndrome del impostor, incluso cuando el mundo lo señala como la estrella del momento.
Quizás por eso su colaboración con Reichardt resulte tan buena. Ella, una narradora de los márgenes y el silencio, encontró en él al intérprete que podía habitar sus paisajes sin necesidad de grandilocuencia. Él, un actor que anhela la autenticidad sobre el brillo, encontró en ella a una directora que valora el proceso y el gesto pequeño sobre el discurso grande. Mente maestra es entonces el fruto de ese encuentro. Una película sobre un sueño americano que es, en el fondo, una pesadilla conmovedora.