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    Verónica Perrotta se desprende y, en el proceso, desdobla a Néstor Guzzini y César Troncoso

    La actriz y realizadora estrenó su nueva y peculiar película: Quemadura china

    Poética, dulce, graciosa y, por momentos, inclasificable, Quemadura china establece el singular debut cinematográfico de Verónica Perrotta.

    Una década después de codirigir, junto con Gonzalo Delgado, la irreverente comedia Todas las toninas van al este (2016), la actriz, guionista y realizadora traslada su universo teatral a la pantalla. Lo hace de un modo extraño y juguetón de la mano de dos pilares del audiovisual uruguayo, Néstor Guzzini y César Troncoso. Lo impredecible de los derroteros que tomará esta amalgama de teatro, cine y humor constituye, precisamente, la esencia de su encanto.

    La premisa de Quemadura china, estrenada en cines el 28 de agosto, se divide en dos, tal como la separación que atraviesa su trama central de carácter fantástico. Perrotta y Guzzini encarnan a Annie y Dani, dos hermanos siameses. A ellos pertenecen los cuerpos que dominan los primeros planos, donde el beige de sus ropas se funde con el rosa de sus pieles, exhibiendo de cerca las cicatrices que, luego sabremos, son las de la división a la que se sometieron con ayuda de un tercer hermano, Willy, personificado por Troncoso.

    Esta línea narrativa, que construye parte de la fuerza visual más distintiva de la película, junto con su locación única y principal —el Club Neptuno—, funciona como metáfora del duelo y la reconstrucción identitaria a partir de vivencias personales de la directora. Pero no es la única.

    Paralelamente, la película se adentra en la metaficción, ya que el trío principal de Perrotta, Troncoso y Guzzini también se interpreta a sí mismo en la película. Conversan sobre el rodaje del largometraje que estamos viendo, o a punto de ver, y corren el telón de la industria audiovisual uruguaya para observarla con ironía y autocrítica.

    Ese enfoque, inicialmente motivado por cuestiones de producción, se convierte en un recurso clave para introducir bienvenidas dosis de humor, entrelazando la realidad creativa con la ficción de los siameses, que por momentos es tierna y, por otros, decadente. Una forma sencilla de detectar ese cambio es, por ejemplo, prestando atención a la cámara. Si se tambalea brevemente como si estuviera fuera del trípode, entonces estamos ante el cine dentro del cine.

    Embed - Quemadura china/ Tráiler oficial - ESTRENO en Uruguay 28 de Agosto

    El origen de Quemadura china se encuentra en una obra teatral de Perrotta estrenada en 2006. Su deseo de adaptarla a otro lenguaje se intensificó tras compartir el rodaje de Mi mundial en 2015 con Troncoso y Guzzini. Según relató la directora en una entrevista en el programa Corre cámara, fue durante esa filmación que los tres intérpretes conversaron extensamente sobre la actuación en el audiovisual nacional, su visión de los elencos uruguayos y el lugar de estos como creadores dentro de una película.

    A raíz de aquellas conversaciones, Perrotta les propuso a ambos actores un proyecto en el que pudieran trabajar juntos. Como escribe la directora en las notas oficiales que acompañan la comunicación de su película, entre los tres se propusieron “generar un proyecto que desafiara su propio oficio”, pero que también les significara riesgos como actores.

    Perrotta también ha compartido, durante la promoción de su película, que se estaba separando de una pareja cuando concibió el proyecto. Luego, durante el rodaje, vivió otra nueva separación. Ambas experiencias la hicieron reflexionar sobre su identidad, su cuerpo, su casa y sobre qué era lo que realmente le gustaba hacer. Encontró entonces en Quemadura china el vehículo ideal para explorar esos nuevos pero viejos rincones.

    La adaptación se concretó gracias a una convocatoria de Instituto Nacional de Artes Escénicas en 2021 para adaptar obras uruguayas al cine. Perrotta ya había estado trabajando en la transposición audiovisual de su texto como parte de una tesis de maestría.

    La convocatoria también impulsó una reestructuración creativa que terminó de tomar forma gracias a la locación principal. La directora se topó con el Club Neptuno, un lugar que ha cobrado nueva vida a través de producciones audiovisuales nacionales recientes, desde videoclips hasta películas, y se dio cuenta de que ofrecía una forma viable de filmar en pocos días. El Neptuno se presentó como un set tan colosal como amenazante que, simbólicamente, se convirtió en un personaje más y alejó el proyecto de cualquier posibilidad de realismo. Su elección abrió la puerta a incorporar recursos diversos para las escenas más convencionales, con escenas de backstage ficcionadas y hasta material de archivo de la obra original de teatro.

    Este escenario singular encontró su contraparte perfecta en el trabajo actoral. Como protagonistas, Perrotta, Troncoso y Guzzini ocupan sus roles dobles con una energía que combina precisión, desparpajo y una complicidad notoria. La película alterna, muchas veces sin aviso, registros de humor y extrañeza, y otros más solemnes e incómodos, en particular cuando los siameses Annie y Dani muestran sus facetas más infantiles.

    Con ellos tres, la película construye su manifiesto corporal. El relato se articula desde los cuerpos y el duelo que estos encarnan. Perrotta, en su doble función de directora y actriz, prioriza su registro íntimo mediante primeros planos que capturan texturas de la piel y miradas que absorben al espectador dentro de la escena. La cámara exhibe cuerpos reales, con sus marcas y manchas, enfatizando su humanidad por sobre cualquier ideal de perfección, mientras los personajes comparten abiertamente sus inseguridades. La metáfora de los siameses y su separación física ilustra cómo el cuerpo se convierte en territorio de memoria, donde el dolor deja de ser una idea abstracta para manifestarse en piel con heridas notorias.

    Aunque Quemadura china se destaca por su originalidad, no oculta sus limitaciones. Algunas escenas muestran un ritmo irregular y giros argumentales que podrían sentirse apresurados. Su estilo poco convencional y su humor exagerado requieren un espectador dispuesto a soltar las certezas. El alejamiento del realismo, central en su propuesta, puede dificultar el seguimiento para quienes prefieran historias lineales.

    Aun así, se trata de detalles menores frente a una obra que logra conmover y reafirmar la audacia de un cine uruguayo que no teme arriesgar. Lejos de ser un obstáculo, estas restricciones alimentan su creatividad: la metaficción, el humor y la poesía transforman las limitaciones en un lenguaje cinematográfico bienvenido. Lo lúdico impregna cada escena, revelando un interés constante por experimentar con la narrativa, explorar los límites de lo que puede ser una película uruguaya y jugar con la forma sin perder contenido.

    Quemadura china propone, a su manera, una reflexión sobre el cine uruguayo actual. Aborda la tensión entre la tradición teatral y el lenguaje audiovisual, reconoce el talento local y funciona como un espejo de la escena nacional, donde el juego, la reflexión y la experimentación se combinan para imaginar un cine que no se cuestiona tanto a sí mismo. Entre lo íntimo y lo colectivo, entre la herida y la risa, la película es un recordatorio de que el cine uruguayo, cuando se permite jugar y reinventarse, encuentra una voz auténtica como la de Perrotta. También muestra que las historias llenas de cicatrices y, sobre todo, de humanidad, son un cine de imaginación y posibilidades.

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