El Almacén reúne un grupo de actores y diseñadores formados en la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático y el Instituto de Actuación de Montevideo principalmente. Uno de ellos, André Hübener, convenció a su familia de que ese pequeño local —no más de 25 metros cuadrados— que estaba en alquiler podía convertirse en un teatro. Y así fue. Esa sala diminuta se transformó de mil maneras. La platea, construida con gradas de madera, cambiaba su ubicación en cada espectáculo. Claudia, la mujer que se casa, La chancha, Animales, Casi maestra y Guns fueron algunos de los títulos que allí se vieron. A contramano en todo sentido, las funciones solían ser los fines de semana en horarios insólitos como las 11 de la mañana o las dos de la tarde. En la antesala funcionaba un pequeño bar donde público y artistas podían compartir una copa o un bocado, antes y después de la obra. La etapa del pequeño teatro de la calle Manuel Alonso se cerró hace tres años, pero la compañía sigue en pie. Hicieron Galgos en la Verdi y La chancha en la Zavala Muniz, y con Guns giraron por Alemania en 2024. Para el 2026 tienen el modesto objetivo de hacer Hamlet.
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Luis Pazos interpreta el rol protagónico en Ismael, de Teatro El Almacén.
Santiago Bouzas
Parecía una quimera que un elenco que construyó su identidad durante 10 años, generando un lento pero seguro prestigio basado en el puro boca a boca —su presencia mediática siempre fue casi nula—, se propusiera montar una obra de gran porte en el mayor escenario del teatro uruguayo. Era algo mucho más grande que todo lo que habían hecho antes: un musical con 35 intérpretes en escena, una banda de ocho músicos, un gran despliegue de canto y baile, grandes decorados y grandes piezas de utilería, un ambicioso despliegue de vestuario, luces, proyecciones y mapping. Fueron dos años de trabajo, que incluyeron varios “intensivos” de una semana a tiempo completo en el Teatro Sin Fogón de Fray Bentos, que los apoyó albergando a la compañía en pleno.
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Santiago Bouzas
Las dos funciones llenas de Ismael el año pasado y las tres que se encaminan a llenar este fin de semana son consecuencia de lo que este elenco sembró en silencio a lo largo de la última década. De hecho, la breve irrupción de esta troupe fue presenciada por una porción de la comunidad teatral y artística montevideana. Esas dos noches congregaron a gente del teatro, del audiovisual, de la música, las letras, la danza y las artes visuales. Fue el bautismo consagratorio de El Almacén como referente en las nuevas generaciones de teatreros. Como años atrás lo fueron Roberto Suárez, Mariana Percovich, Marianella Morena o Gabriel Calderón. De hecho, varios de estos ya veteranos de las tablas estuvieron en la platea.
Escrita por el fraybentino Leonardo Martínez Russo, baluarte dramatúrgico del grupo, Ismael está basada en la novela publicada en 1888, la que inauguró la serie histórica del literato, que siguió con Nativa y Grito de gloria, con las que conformó una trilogía dedicada a la epopeya del pueblo oriental en su lucha por la independencia. El momento es óptimo, pues esta trilogía está ambientada entre 1825 (a partir de la batalla de Sarandí) y 1830, el período del que comienza ahora a celebrarse el bicentenario.
Peón, matrero y revolucionario
Advertencia: en este párrafo se resume el argumento. Ismael, la novela, es protagonizada por un joven criollo, huérfano y de ascendencia española, criado en el campo, protegido por un gran terrateniente y devenido peón de la estancia. De carácter huraño, de perfil retraído, Ismael se revuelve con la guitarra y se enamora de Felisa, la hija de los estancieros españoles. Pero casualmente el capataz de la propiedad también pretende a la joven mujer, por lo que la competencia se dirime a cuchillo. Ismael sabe manejar muy bien el acero y hiere de gravedad a su contendiente, por lo que debe decir adiós a su vida de empleado rural, huir al monte y pasar a vivir como un matrero. Allí los peligros abundan, ya sean indios o yaguaretés, igual de feroces. Justo en eso se desata la revolución oriental, por lo que matreros e indios son convertidos en soldados de la rebelión en ciernes, lo que permite a nuestro héroe salir de la clandestinidad y recuperar su vida. Apenas puede, por supuesto, vuelve a la estancia a intentar recuperar su amor perdido. Pero ya es tarde. Felisa ha muerto a manos del capataz. El destino solo le deja una carta en sus manos: la venganza.
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Santiago Bouzas
En paralelo, la versión de Martínez interpone un relato ambientado en el presente, desde el cual se observan los hechos de la ficción: dos legisladores, varón y mujer, se encuentran para discutir sobre un inminente proyecto de ley que permite el voto en el exterior. El senador, en su casa de vacaciones, está leyendo Ismael. Así como en aquel tiempo se luchaba por el derecho primordial a la autodeterminación, en el presente la lucha, dialéctica y política, está vinculada al derecho al voto de los ciudadanos que no viven en el país. Más allá de la —discutible— pertinencia de este tour de force, el corazón de Ismael, la obra, está en ese western criollo que es la historia escrita por Acevedo Díaz.
La dirección es de André Hübener, fundador y director de buena parte del repertorio de El Almacén. Pero la propuesta escénica es en gran medida colectiva, porque este es un grupo en el que los actores proponen, y mucho. Y en ese repertorio de más de una decena de títulos, la música es protagonista. Tan es así que en esta versión de Ismael, entre Martínez, Hübener y el elenco moldearon un Ismael con estructura de musical clásico. Otra decisión inesperada y arriesgada. Y otro acierto.
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La dirección de Ismael es de André Hübener.
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Desde el vamos, Ismael, encarnado a gran altura por Luis Pato Pazos, actor de teatro y cine en franco ascenso, de notorio carisma y virtuoso despliegue corporal, es presentado como un héroe de leyenda, capaz de enfrentarse victorioso a un toro para salvar a su amada y capaz de vencer a un temible felino salvaje en un combate cuerpo a cuerpo. El trabajo físico y actoral de Pazos es brillante para lograr un formidable y muy dinámico retrato de este héroe incorrecto y humano, el tupamaro hecho a sí mismo, ingobernable y tierno a la vez, que lucha por la patria y por su amor.
El coro, otro elemento del teatro clásico universal, tiene su lugar protagónico. Es un coro que, dividido entre imperialistas probrasileños y revolucionarios criollos independentistas, acompaña todo el relato con sus comentarios y posicionamientos.
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Ismael, un musical criollo.
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Ópera rock-folk
La música marca el pulso narrativo de Ismael. Durante la hora y media de espectáculo se alternan escenas habladas con pasajes musicales, piezas instrumentales y canciones. Pero la música está lejos de ser un adorno que ilustra las escenas habladas, sino que la teatralidad hablada y la cantada tienen la misma relevancia. La representación está dividida en 16 cuadros delimitados a través de las canciones. Escena a escena, cuadro a cuadro, se van presentando los personajes y los mundos que habitan y dan vida a esta narración, cuyas coordenadas reproducen las circunstancias reales, acontecidas en el territorio oriental en la primera mitad del siglo XIX: El jinete, La res, El español y la culebra y Esta guerra será a muerte son algunos de los nombres de los capítulos.
La banda sonora de Ismael es interpretada en vivo por un octeto de músicos dirigido por el maragato (radicado en Carmelo) Juan Frache, quien está a cargo de las guitarras (acústica y eléctrica). Junto con Sebastián Torres (al bajo) conforman la inspirada dupla de compositores de la banda sonora. Los ocho músicos se ubican al pie del escenario, frente a la primera fila de platea. La banda se completa con Martín Sorriba (teclados), Inés Dabarca (flauta traversa), Ignacio Mendiberry (viola), Fabricio Bonilla (batería) y Mariana Marita Escobar (voces y percusión).
Mención aparte para ella, que canta la mayor parte de las canciones además de interpretar también algunos papeles en el escenario. Ya había demostrado sus virtudes como cantante en obras de El Almacén como Casi maestra, un crudo relato sobre violencia de género musicalizado irónicamente con canciones románticas. Aquí vuelve a confirmar su talento como cantante.
Un ejemplo del modo en que la música es protagonista y vector narrativo: cuando en el relato se retrata a los portugueses y brasileños que dominaban la Provincia Oriental, la banda interpreta, extemporáneamente, música brasileña, en uno de los momentos más divertidos de la obra, con un Pazos desatado en modo comedia. La banda no descansa ni en el (falso) entreacto, porque con el telón bajo interpreta una pieza enteramente instrumental, para el disfrute de quienes eligen quedarse en la butaca.
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Juan Frache, director musical de Ismael.
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La puesta en escena se asemeja a la de una ópera-rock. O más bien una ópera-folk. Con la tríada bien rockera, compuesta por guitarra, bajo y batería, siempre presente, la banda, en formato pequeña orquesta, incluye instrumentos que expanden su musicalidad, como el piano, la flauta y las cuerdas. Con esta impronta pop-rock contemporánea, la partitura recorre así un amplio abanico de estilos folclóricos, como el gato, la vidalita, la milonga, la huella y la chacarera, y ciudadanos, como el tango y el candombe.
Temas como Gato, Matreros, Hembras y Rivera crean una atmósfera potente, de gran intensidad rockera. Las 15 canciones contienen células melódicas y rítmicas que se reiteran como un leitmotiv, recurso clásico de la ópera también presente en musicales de este tipo, como Jesucristo Superstar, Tommy y The Wall, un camino que aquí han recorrido elencos como la Compañía BCG y La Tabaré.
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La dramaturgia de Ismael es de Leonardo Martínez.
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Hay dos grandes aciertos ajenos a la puesta que refuerzan la óptima apreciación de la banda sonora, compuesta y dirigida por Frache: está publicada como disco en Spotify y YouTube desde que se estrenó la obra y el programa de mano es un libro de 36 páginas con el texto completo, parlamentos y letras de canciones.
En el elenco brillan también Luche Bolten, Sofía Espinosa, Javier Chávez y Camila Vives. Los cuadros colectivos aprovechan al máximo el poder expresivo de la danza. La danza folclórica como símbolo del orden social de la época. La escena de batalla representada con el pericón es uno de los momentos cumbre de Ismael. De esas escenas que quedan en el recuerdo, que hacen de Ismael un espectáculo exuberante que pide pista para cabalgar por todo el país.
Ismael
Vuelve 'Ismael', un 'western' criollo de El Almacén Teatro, en el Solís