—¿Es un golpe real al sistema de corrupción?
—Claro. Lo que esto logró, si querés como un efecto general, es romper un cono de silencio. Un cono de silencio en el que históricamente funcionaron los negocios del Estado con sus proveedores, y cuando digo proveedores me refiero a obra pública, licitaciones, contratos de todo tipo. Ese cono del silencio, en el que se movió ese mundo, del que la política se valió para financiarse y del que los empresarios se valieron para ganar mucho dinero, se rompió. Y ahora hay que ver cuáles son las reglas nuevas que salen de esto, pero ese cono está roto. Y eso es algo que nunca había sucedido. Que los empresarios digan efectivamente “yo pagué coima” y que los funcionarios digan “yo recibí coima”; que la Justicia diga “esto no es un funcionario díscolo que tiró un bolso con dinero por el muro de un convento, sino un esquema que se instaló en el poder para tomar dinero público y repartirlo entre funcionarios y empresarios”, es algo nuevo.
'Los periodistas lo que podemos hacer es contar historias, es relatar hechos y que los hechos se confirmen, y eso es lo que está sucediendo con las instancias judiciales'.
—¿El rol del periodismo ahora es controlar que la causa no se detenga?
—Siempre el ojo del periodista tiene que estar ahí para verificar el proceso, aunque hay alguna parte que la tiene que pedir la sociedad. Si la sociedad no pide transparencia, por más que los periodistas hagamos lo que hagamos, es difícil que algo pase. A mí me parece que en este caso hay un proceso de hartazgo que en América Latina lo vemos bastante seguido, procesos donde los gobernantes se valen de todo para quedarse en el poder, perpetuarse. La política se mantiene en ese esquema, algunos haciendo negocio en el oficialismo y otros para los que el negocio es ser oposición, y con estados muy ineficientes que no terminan de resolver los problemas de la gente. Ese sistema está en crisis.
—Cuando recibió la documentación armó un equipo con Candela Ini y Santiago Nasra, dos alumnos de la escuela de La Nación, sin recurrir al equipo de investigación que encabeza Hugo Alconada. ¿Por qué tomó esa decisión?
—A través de la sección Economía tenía relación con ese grupo de empresarios, estuve muy metido siempre en esa relación entre el Estado y los particulares. El diario tiene un equipo de investigación, pero tiene otra cantidad de periodistas investigando; de hecho, yo investigaba desde mucho antes de que Hugo viniera a la Argentina. Hugo era corresponsal de La Nación en Washington y cuando vino a Argentina nosotros, por ejemplo, ya habíamos publicado un libro sobre (Julio) De Vido. Desde hace tiempo que hay periodistas trabajando en La Nación.
Fue una decisión que la puedo explicar en varias razones: primero, era un 8 de enero y la redacción estaba diezmada, tenía un cuarto de gente. Punto número dos: había que trabajar en otro horario para que nadie se enterara, el 80% de lo que fue procesar esa información lo hacíamos de 10 de la noche a tres de la mañana en mi casa, entonces tenías que buscar gente dispuesta a eso. Punto tres: necesitábamos un secreto extremo, extremo, extremo y muchos de los periodistas, por alguna razón, tenían relación con uno o con otro, por lo que se podía filtrar en algún momento. Número cuatro: no era un trabajo donde había que tener un conocimiento de triangulación financiera en paraísos fiscales; era, básicamente, agarrar unos cuadernos manuscritos y convertirlos en una base de datos para poder chequearlos. Y punto número cinco: nosotros confiamos mucho en los talentos que formamos. Ellos estaban haciendo la pasantía de verano, yo los conocía, era tutor de tesis y docente del posgrado. Le dije al diario que necesitaba dos personas: una que sea un poco más con el perfil de periodista clásico, que es Candela, y otro con un perfil más de periodista moderno, que tenga mejor manejo de redes y esas cosas, que es Santiago. Y fue por eso, básicamente, era muy difícil robarle a la redacción dos personas durante tantos meses de 10 de la noche a 4 de la mañana.
—Usted tomó una decisión periodística inusual: entregar información a la Justicia antes de publicarla. ¿Por qué?
—El esquema de trabajo para nada era ese. El esquema de trabajo era chequear la información, ver si era verdad o no, y lograr que el que la escribió se arrepintiera conmigo y yo contar la historia completa. Ese era el esquema de trabajo, pero eso se fue complejizando cuando Baratta, que estaba en prisión, salió en libertad en marzo. Entonces, ahí sentí que nunca lo iba a poder lograr, porque hasta ese momento tenía los cuadernos de Centeno en la mano, pero en ese momento, cuando Baratta sale de la cárcel, mi fuente me pide que se los devuelva porque Centeno se los había pedido a él. Ahí entendí que mi esquema de trabajo inicial no iba a funcionar.
—En el libro cuentan cómo confirmaron muchas cosas que estaban en los cuadernos. ¿Cuáles son los motivos para judicializar el caso y no publicar si habían chequeado la información?
—La narración en primera persona es básicamente cuando tenés un testigo que te dice: “Hice tal y tal cosa”. En este caso la diferencia es que lo escribió, por lo que todo es mucho más detallado. Era como si tuvieses un arrepentido que te quiere contar una historia. Es una narración distinta a lo que ya conocíamos por uno o por otro, que nos decían: “No sabés lo que hacen”. Pero, a su vez, esa narración en primera persona entraña la debilidad: tu investigación, en principio, tiene una gran parte de su basamento en que el autor de la narración asuma que eso lo hizo. De lo contrario tenés que seguir el camino del chequeo dato por dato, con lo cual el camino, posiblemente, si lográs probar todo judicialmente, sea el mismo, pero mucho más largo.
Yo me preguntaba qué pasaba si publicábamos todo y él no asumía los hechos, cosa que estaba convencido de que iba a suceder. Porque además, el grupo de poder que está involucrado en el caso tiene mucha capacidad de acción y dinero para comprar una voluntad o para callarla para siempre. ¿Cuánto le salía al abogado de Baratta callar esa voz? ¿Un par de millones de dólares? No tenían problema en hacerlo. Habían matado a un fiscal en Argentina antes de declarar, por lo tanto, un chofer seguramente sea mucho más fácil.
—¿Fue una decisión institucional del diario o personal?
—No hablé más de un minuto seguido con gente del diario por este tema. El diario siempre confió en lo que yo venía diciendo. Y cuando digo el diario, digo dos personas, no es que había reuniones colegiadas; el asesor legal del diario se enteró el día que salió publicado en la tapa. Entonces, les iba diciendo cuáles eran mis decisiones y ellos lo respetaban, incluso cuando les dije: “Miren, tengo la idea de judicializar esta parte porque vamos a quedar muy expuestos si publicamos y el hombre lo niega”. Ahí ellos me preguntaron cuáles eran los riesgos de judicializar y yo les dije que el riesgo era que lo perdiéramos todo. Porque en tribunales está lleno de colegas acreditados que son muy talentosos, que saben lo que pasa y que pueden publicar todo. Les dije que igual creía que valía la pena y me dijeron: “Bueno, dale, avanzá”. Y de ahí en adelante avancé por mi cuenta y cada tanto les iba informando qué pasaba.
'Si la sociedad no pide transparencia, por más que los periodistas hagamos lo que hagamos, es difícil que algo pase. A mí me parece que en este caso hay un proceso de hartazgo que en América Latina lo vemos bastante seguido, procesos donde los gobernantes se valen de todo para quedarse en el poder, perpetuarse'.
La idea fue buscar una solución para no quedar tan expuestos; entonces me pareció que entregarle esa investigación a la Justicia era la forma. Y seguir trabajando juntos, porque no es que me fui a mi casa, sino que durante meses trabajé a la par, especialmente del fiscal. Me parece que era la posibilidad de generar algo distinto, agarrarlos por sorpresa. Ahí también hubo, si querés, un poco de ambición periodística. No queremos que esto caiga en un saco roto, queremos contar que hay una estructura corrupta que se instaló en Argentina durante mucho tiempo y que esta era nuestra oportunidad para erradicarla.
—La causa de los cuadernos tuvo un impacto judicial inédito, pero tiene la particularidad de que fue antes de publicar. ¿No sienta un precedente negativo para el trabajo habitual de los periodistas, que es recabar información para dar a la opinión pública y no hacer trabajar a las autoridades?
—No. Porque no es que esta es la manera de hacer las cosas; esta fue la manera de hacer esta cosa, que tiene particularidades muy distintas. Si mañana me encuentro con una caja de documentos que todos pueden ser chequeables por un oficio de un juez, seguramente lo voy a publicar. Ahora, en este caso —alguna vez pasé por la Facultad de Derecho—, tenía una cabeza jurídica: con esto, las pruebas van a volar, se evaporan. Entonces, ¿qué hago para que eso no suceda? Y en este caso la ventaja que hubo es que fue la sorpresa, algo que la Justicia a veces pierde cuando nosotros publicamos. Ahora, distinto es en casos que pueden ser probados mediante medidas como oficios, exhortos y otra es esta, donde el factor sorpresa era clave. Entonces, reitero, esta no es la forma de hacer las cosas, sino de hacer esto. Ni siquiera es una escuela para hacer una investigación. Para nada. Es la forma que encontré para hacer esto, que ni siquiera sé si es la mejor, es la que hice y que puedo explicar.
—¿Y no se arrepiente?
—La verdad que no. Viendo las consecuencias que están sucediendo, que los principales empresarios de la Argentina estén confesando sus delitos, que se haya roto ese cono de silencio… Eso se rompió gracias a una investigación que fue distinta, se valió de herramientas nuevas, como el arrepentido. A la luz de los hechos no me arrepiento. ¿Podría haber hecho algo mejor? Posiblemente. En frío y con tanta gente que ha opinado del tema, quizás podría haber hecho cosas distinto, pero en ese momento y en esas circunstancias, con todo lo que significa los temores y la desconfianza que tenía, el resultado es el que esperábamos: tratar de poner nuestro granito de arena para poder erradicar eso.
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