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Desde que se anunció el disco y apareció Angry, el primer corte de difusión, semanas atrás, la ansiedad fue ganando a la patria Stone. No era para menos: se venía el primer disco (de temas originales) de The Rolling Stones en 18 años. Y como sucede desde hace mucho, probablemente el último. Y lo cierto es que Hackney Diamonds es el mejor álbum de los ingleses desde Tattoo You, de 1981. Es un trabajo redondo de principio a fin, compuesto por una docena de muy buenos temas que abarcan un amplio espectro de la canción de rock con sus naturales vasos comunicantes con el blues, el country, el pop y la balada.
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Hay una razón de peso para explicar la excelencia de este trabajo: la selección. Grabaron más de 20 canciones y quedaron las 12 mejores. Las que entran en un disco de vinilo, que más allá de las plataformas vuelve a definir la duración de los discos y por ende la elección de las canciones. Y en este disco producido por el neoyorquino Andrew Watt no hay sobrantes.
A los 80 años, lo de Jagger es sencillamente sobrehumano. Su despliegue vocal es asombroso, tanto en los temas rápidos y furiosos como en las baladas. Por si quedan dudas, pueden ver el show de presentación del disco, que tuvo lugar la semana pasada en un pequeño teatro de Nueva York. Ahí está mano a mano con Lady Gaga cantando Sweet Sound of Heaven sin los fueros que otorga el estudio. Y su performance es para sacarse el sombrero. Esa balada que abreva en el blues y en el góspel, con un despliegue instrumental superlativo, y donde la rubia revalida su condición de hada virtuosa de la escena vocal, está sin dudas entre lo mejor del disco. La otra balada, Depending On You, en un plan más cercano a Wild Horses, pero con final orquestal, no se queda atrás.
La lista de invitados está a la altura de la leyenda. Gaga es la única que canta, con un Stevie Wonder limitado a su rol de pianista en Sweet Sound… Un bajista llamado Paul McCartney aporrea su Höffner machacante y bien saturado en Bite My Head Off, un rocanrolazo (cuasi punk) que deja sin aliento a quien intente seguirle el tren. Y un pianista conocido durante los últimos 50 años como Elton John toca en dos temas: la primera es Get Close, una de esas clásicas piezas de tempo moderado (estilo Gimme Shelter), con las violas de Richards y Ron Wood entrelazadas con todo el swing, en un plan funky melódico y con un Jagger encendido acaparando la atención (salvo en el solo de saxo). La otra es Live By the Sword, cuya letra gira entorno al concepto el que a hierro mata, a hierro muere, y constituye el clímax rockero de Hackney Diamonds. Y su momento cumbre.
Este temazo y la deliciosa y bailable Mess It Up merecen un párrafo aparte. Son las dos canciones en las que toca la batería Charlie Watts (las grabó en 2019, dos años antes de morir). Además, en Live by the sword toca como invitado Bill Wyman, el histórico bajista fundador de la banda, que se marchó en 1993 harto de sus compañeros y que ahora, con 87 años, más allá de todo, regresa para firmar el canto del cisne del quinteto de oro, la formación más clásica y duradera de la historia Stone. Y lo cierto es que se trata de un rocanrol bien setentero que tiene todo, que puede sonar perfecto entre Honky Tonk Women y Brown Sugar, que no desentona para nada. Mess It Up, el otro tema con el gran Charlie detrás de los parches, en plan disco, con Jagger tirando magia en falsete y con las guitarras brillantes y sincopadas, recuerda por sus aires bolicheros a la gran Miss You (himno que abre Some Girls, de 1978). Otro gran momento rockero es Whole Wide World, aunque esta es en un plan mucho más ochentoso, más Jagger.
Hay dos gemas con la nítida huella de Richards: Tell Me Straight, el clásico tema compuesto y cantado por el viejo Keith que trae todo disco de los Rolling, y la épica y melancólica Driving me too hard, que por la sonoridad expansiva de las guitarras y por la emoción que provoca parece hija natural de Tumbling Dice. Dreamy Skies, dedicada al héroe country Hank Williams, es el momento country, delicioso y relajado, casi como para escucharla tirado en el sillón tomando una copita, y Rolling Stone Blues es el final perfecto para un disco (casi) perfecto: un tributo a Muddy Waters, el maestro blusero al que según la leyenda deben su nombre (de Rollin’ Stone), un blues de raíz, rústico y primigenio, tocado por Richards en guitarra y Jagger en voz y armónica, el último tema del que probablemente sea el último disco, en el que todo vuelve al inicio.