En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
La historia es repetida. Alguna parte del continente comienza a “desarrollarse”, y los dueños de la tierra deciden que tienen que eliminar las molestias. Y en general las molestias son los pobladores originales. Lo que relata Los colonos (Felipe Gálvez, 2023) es justamente eso. En 1901 en Tierra del Fuego, casi la última porción de América por explotar, el terrateniente José Menéndez (personaje real, interpretado por Alfredo Castro), dueño de casi medio millón de hectáreas en la Isla Grande, a caballo entre Chile y Argentina, decide que los pocos y dispersos onas que viven en sus tierras son un impedimento para seguir acumulando riqueza con el “oro blanco” (ovejas) y toma medidas. Envía a su asalariado Alexander MacLennan (personaje real, apodado “el Chancho Colorado”, interpretado por Mark Stanley) a ocuparse del asunto, o sea, a masacrarlos. MacLennan recluta como guía a un mestizo de puntería perfecta, Segundo Molina (Camilo Arancibia). Y Menéndez le endilga otro de sus subordinados, Bill (Benjamin Westfall), un estadounidense con amplia experiencia en masacrar nativos en su país de origen.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Los tres se adentran en los desolados y bellísimos paisajes de Tierra del Fuego, pero sin grandes panorámicas ni escenas postales: la película está filmada en formato 3:2, ni muy cerrado ni muy amplio, pero que logra mantener a sus personajes encerrados y concentrados en sus miserables asuntos, sin ser tragados por la inmensidad del territorio.
Encontrar a los nativos no es sencillo, el territorio es muy grande y los onas no son muchos. A pocos días de deambular se encuentran con una tropa del ejército argentino, y con el perito Moreno (no el glaciar sino el científico y topógrafo por el cual se le dio nombre, interpretado por Mariano Llinás). Esa noche Moreno larga una serie de disquisiciones sobre los indígenas que en la época se consideraban pragmáticas. Después se retira a su carpa con un niño que utiliza como asistente y, parece, para otros fines más cuestionables. El jefe de la tropa le dice a MacLennan dónde encontrar a los onas más cercanos, y al otro día el trío sigue su marcha.
Encuentran un campamento ona, y pasa lo que tenía que pasar. En una escena fantasmal, terrorífica, rodada entre la niebla y la semioscuridad, MacLennan y Bill masacran a los indígenas, siempre fuera de cuadro. Molina duda, no dispara, llega a apuntarle a la espalda de Bill, finalmente no hace nada. Todos los indios mueren, salvo una cautiva a la que los angloparlantes mantienen viva para violarla.
Los tres siguen su marcha en el fin del mundo, y en la costa se encuentran con otro escocés, el excoronel Martin (Sam Spruell), que anda deambulando con su tropa de semiforajidos aprovechando la desolación y la falta de ley. En su campamento conocen a Kiepja (Mishell Guaña), una ona cautiva. Martin se las regala y al otro día MacLennan y Molina siguen su camino con ella, no sin que antes MacLennan pague un precio aparentemente muy doloroso.
La acción salta siete años. Un enviado del presidente chileno Pedro Montt, Marcial Vicuña (Marcelo Alonso), llega a la mansión de Menéndez para interrogarlo sobre la masacre de los onas. Sus ideas, muy progresistas, incluyen integrar a los sobrevivientes de la masacre en un nuevo Chile, que celebra su centenario. Vicuña ubica a Molina y Kiepja en una cabañita aislada en la costa, viviendo de la pesca. Les suelta su discurso conciliador y logra que le cuenten la verdad sobre sus terribles años finales con MacLennan. También los convence de prestarse para una pantomima que simbolice esa nueva integración forzada, que no es más que otro despojo.
Miradas perdidas
La película es, básicamente, un wéstern. Un wéstern crudo, amargo y terrible, sin inocentes ni héroes. Mezcla sin empacho personajes reales e inventados, y acomoda circunstancias históricas a su antojo (la fecha en que todo transcurre no coincide con el deambular topográfico del perito Moreno por la zona, por ejemplo), pero la base de la trama es muy real. Los onas fueron exterminados tal como se cuenta, en las fechas mencionadas y de las maneras relatadas. Cuando Molina le cuenta a Vicuña la peor “hazaña” de MacLennan se refiere a una atrocidad histórica, conocida como La masacre de la playa de Santo Domingo. Lo que se narra es tan triste, desolado y frío como el territorio en que transcurre.
En una entrevista de la revista Rolling Stone el director Felipe Gálvez cuenta que considera al wéstern como “un género de propaganda, creado por los estudios de entretenimiento para mostrar a los pueblos americanos como civilizados”. En este, su debut como director de largometrajes (tiene una larga carrera como montajista), apunta a una visión distinta. Los onas en realidad ni aparecen como tribu, apenas son entrevistos en la niebla. Los pocos nativos que sí aparecen son cautivos, víctimas, ya despojados de su lugar en el mundo, su libertad y su humanidad. Filosóficamente se pone en un espacio similar al de los antiwésterns estadounidenses de los 60 y posteriores, denunciando lo que antes se mostraba como una épica gloriosa. Pero va un paso más. Es una película sobre victimarios, sobre atrocidades y sobre falsos remordimientos. Los personajes principales son detestables en la mayoría de los casos, ambiguos o tibios como mucho, hipócritas en sus mejores momentos.
Los colonos fue postulada por Chile como candidata al premio Oscar de este año a mejor película extranjera, pero no llegó a quedar en la lista (ni siquiera entró en la shortlist previa). Tuvo mejor suerte en Cannes, donde sí llegó a competir por la Palma de Oro aunque no ganó (se la llevó la francesa Anatomía de una caída), y obtuvo el Premio Fipresci, el de la crítica. Si hubiera llegado a alcanzar la nominación para el Oscar se hubiera dado una circunstancia curiosa: dos películas muy pero muy distintas hubieran compartido una especie de espíritu similar.
American Fiction (Cord Jefferson, 2023) es una comedia amarga sobre un profesor universitario, Thelonious Monk Ellison (Jeffrey Wright), que está a punto de fracasar como novelista. Sus libros anteriores, aunque reconocidos como buenos, no despiertan mayor interés, y Monk se resiste con toda su energía a caer en los estereotipos de la narrativa “negra” que tanto éxito le brindan a varios colegas. En un momento de desesperación y amargura escribe lo peor que se le ocurre, una novela que cumple con todos los estereotipos en los que se regodea culpable la gente blanca bienpensante. Pero para su desgracia el chiste queda, y la novela que escribió como una sátira se convierte en un éxito. Al final, derrotado, Monk tiene que asumir que el único espacio en la cultura de su país al que un negro puede aspirar es aquel en el que se cumple con los mandatos y códigos culposos de la sociedad blanca.
Algo muy similar ocurre en el cierre de Los colonos. En American Fiction los crímenes contra la población negra ya están implícitos y son parte de la historia del país, en Los colonos están frescos y los acabamos de ver. Pero el desenlace que se nos muestra va por el mismo camino: así como a los onas se les impuso el despojo mediante la masacre, la nueva sociedad chilena les impone una falsa aceptación, una integración social que solo funciona de acuerdo a sus reglas y preconceptos.
Las dos películas terminan de manera muy similar, con la mirada de sus protagonistas. Una mirada de resignación y derrota de Monk, una mirada de furia y odio de Kiepja. Dos caras para el mismo atropello.