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“El problema de nuestros tiempos es que el futuro ya no es lo que era”. Esta frase del poeta y ensayista Paul Valery, sobre las incertidumbres que aparejaron los cambios en el siglo XX, inspiró al editor Fernando Esteves para su conferencia sobre la industria editorial en la era digital, que ofreció el miércoles 19 en el Claeh. Por su trayectoria, Esteves es reconocido como uno de los mejores profesionales del mundo editorial de habla hispana. Licenciado en Ciencia Política, fue docente de la carrera de Edición en la Universidad de Buenos Aires y del Diploma en Edición del Claeh. A comienzos de los 90 fue directivo de la editorial Santillana en Montevideo, luego ocupó ese cargo para la misma editorial en Buenos Aires, España y México. Actualmente es directivo en Ediciones SM en México, que tiene la particularidad de pertenecer a la Fundación SM, promotora de literatura infantil-juvenil y abocada a una labor social y de investigación en las áreas educativas, de formación docente y de proyectos educativos de impacto socioeconómico. En el 2002, Esteves publicó con otros autores “El mundo de la edición de libros”, que incluye un análisis de lo que era la producción editorial hasta esos años, que hoy se está transformando. “Seguirá habiendo escritores y lectores, pero hoy todos los eslabones que estaban entre el creador y el lector —el editor, el impresor, el distribuidor, el librero, el propio periodista que le da difusión— están en proceso de revisión”, dice el editor que trata de evitar la nostalgia por las viejas librerías y las bibliotecas en vías de extinción.
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—Después de tantos años de trabajo en Santillana, ¿fue difícil cambiar de empresa editorial?
—Es muy atractivo trabajar para una empresa cuyos beneficios no se los lleva un accionista que cotiza en la bolsa de valores, sino que va para las áreas sociales de la fundación. Desde principios de los 80 hasta el 2012 la fundación aportó para sus cuatro áreas 65 millones de euros. Hace diez años, antes de la crisis económica en España, donde está la casa central, SM empezó su expansión internacional y fundó casas en Argentina, Perú, Colombia, Puerto Rico, República Dominicana y Brasil. Afortunadamente se les ocurrió esa expansión para poder sobrevivir, porque América Latina está en una situación económica mejor que España. Ahora me estoy encargando de la edición en México, Centroamérica y con un proyecto para Guatemala y El Salvador.
—¿Trabajar con libros en países pobres es más difícil?
—En América Latina el mercado es enorme, a diferencia de lo que pasa en Europa, donde el crecimiento vegetativo es nulo. México tiene cerca de 114 millones de habitantes, y el 21% de la población tiene menos de 14 años. Esta es la realidad de casi todos los países de América Latina, menos el nuestro. En estos países hay muchos jóvenes, las economías están mejor que nunca, hay dinero del Estado para educación, también de programas del BID-Banco Mundial que dan crédito y soporte de asesoría en la ejecución de los fondos. Son perspectivas para América Latina mucho más alentadoras que en Europa.
—¿Qué cambios sufrió el ámbito editorial desde que se publicó “El mundo de la edición de libros”?
—No tiene nada que ver aquel mundo con este. En ese momento conocíamos muy poco al lector y al consumidor. No contábamos con investigaciones exhaustivas de mercado, al menos no en los libros de placer, como los llamaba Manuel Aguilar. Sobre los libros de utilidad práctica, sobre todo los de texto, conocíamos un poco más. Todo justificaba nuestra intermediación y las barreras de entrada eran bajas: un buen ojo editorial, una buena dosis de fortuna y la tercerización de tareas no propiamente editoriales. Pero había alta “mortalidad”, porque es un negocio en el que pesa más la novedad que el fondo de catálogo. Costaba salir de un círculo vicioso y los editores ejercíamos el rol que más nos gusta: el de víctimas. Lo que está claro es que el libro dejará de ser un objeto sacralizado. Ahora hay autores que saltaron al libro impreso a partir de Internet. Utilizan algún programa de edición, y de pronto empiezan a vender cientos de miles de libros. Recién ahí la industria tradicional le echa el ojo a alguien que si no hubiera sido por estos medios nunca hubiera publicado. Conozco a escritores que trabajan mucho tiempo en un texto y lo que quieren es verlo en papel, a como dé lugar. Publican el libro, y no pasa nada. Es que la producción a nivel mundial es de más de un millón de nuevos títulos cada año. La capacidad física de una librería para exhibirlos y de la prensa para darlos a conocer es limitada. Cuando te plantean “¿Qué puedo hacer para levantar este libro?”, la respuesta es: “Nada. Le erraste al camino, tu estrategia debió ser otra”.
—Entonces está cambiando la relación editor-autor...
—Seguirá habiendo escritores y lectores, pero hoy todos los eslabones que estaban entre el creador y el lector están en proceso de revisión. La única certeza es que quedarán los extremos. La transición hacia un modelo nuevo no es fácil porque es una industria que siempre tuvo mucho riesgo. A excepción de los libros de texto, una novela o un libro de poesía no satisface una necesidad que el mercado esté esperando. Por lo tanto, no era una actividad tentadora para empresarios que tenían que asumir muchos riesgos y pocas ganancias. Hasta que irrumpió la tecnología. Ahora los contenidos pasan a ser un producto atractivo para Amazon, Google, Apple. Esas empresas se dan cuenta que tienen algo muy importante que es el tráfico y las bases de datos, pero que les faltan los contenidos. Deberían producirse alianzas que articulen la tríada: plataformas, usuarios y contenidos. No es una relación simétrica, los editores somos los más débiles, aunque la empresa editorial sea importante y transnacional.
—Uno de los problemas es que los que tienen la tecnología no saben de libros.
—No, pero lo pueden adquirir o comprar rápidamente. El riesgo es que en buena parte de los países que conozco en Latinoamérica se piensa más en los fierros que en lo que se les pone adentro. En las promesas electorales se dice “vamos a dotar a todos los niños de laptops o tabletas”, como si solo eso fuera a producir el milagro de educar mejor. El Estado primero piensa en eso, porque es lo tangible, lo que le permite tomarse la foto al funcionario de turno entregando tabletas a los niños. Tanto es así que en muchos Parlamentos se votan presupuestos que vienen etiquetados como “tecnología educativa para compra de hardware”. Lo que no dice es cuánto va a invertir el Estado en lo que le va a meter adentro. Lo otro preocupante es que no se valora la creación intelectual o literaria y no se respeta debidamente el derecho de propiedad. Por acción u omisión, los Estados están desconociendo el valor de lo que hace el autor y el editor. Eso se transmite al resto de la sociedad y hay un desprecio del contenido que puede ser utilizado en forma gratuita por quien quiera sin que haya sanciones.
—Muchas librerías están cerrando, a los libreros también les toca una adaptación difícil.
—Habrá quien siga queriendo al libro como un revival del disco de vinilo. Uno puede buscar pretextos y puede hacer como los sindicatos de la Inglaterra de la revolución industrial y destruir las máquinas, pero ¿qué se gana con eso? Con esa lógica nostálgica, tampoco existiría la imprenta y hoy habría copistas. Le regalé a mi esposa un kindle hace dos años con capacidad para 2.000 libros, tinta digital que no cansa la vista, no sé cuántas decenas de horas de batería y conectividad gratis a la tienda de Amazon en el lugar del mundo en el que esté. Con 149 euros, lo que valen menos de diez ejemplares de una novedad en papel en España, podés tener 2.000 ejemplares, en un dispositivo que pesa 300 gramos. Entonces, yo me voy a morir con una biblioteca en papel, atesoro las primeras ediciones de los libros que más quiero, desde “La vida breve de Onetti”, de los años 50 de Sudamericana, hasta primeras ediciones de Vargas Llosa que tengo firmadas. Pero si no reconozco las ventajas del libro digital, mi actividad profesional estaría en tela de juicio. Sería como pegarme un tiro en el pie. Hubo libreros que inteligentemente dijeron: voy a seguir vendiendo libros físicos, pero crearé mi propia plataforma de comercialización digital. Otros optaron por hacerle la guerra. ¿Cuántos jóvenes van hoy a las librerías a hurgar en las mesas? Te aseguro que muchos de los que no van son lectores, pero no se quieren enterar ahí. Waterstone, la tradicional cadena de librerías inglesa, está cerrando locales todos los meses. A mí me duele, como me dolió que cerrara el Sorocabana, pero no he dejado de tomar café por eso. Hay dos posibilidades, o buscarle la vuelta y ser creativos, o dedicarnos a otra cosa. Pero llorar por eso, no.