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Al inicio de Una cabeza cercenada de Iris Murdoch (Impedimenta, 2023) conocemos a Martin Lynch-Gibbon, un orondo cuarentón importador de vinos finos de Londres que considera su vida perfecta y que reparte su tiempo entre su amante veinteañera Georgie y su esposa Antonia, un poco mayor que él. Asuntos como la moralidad, la ética o incluso los sentimientos ajenos no lo afectan mucho, por no decir nada. Cree tener la vaca atada y no le parecen relevantes minucias como el aborto al que se sometió Georgie unos años antes o lo que sea que converse Antonia en sus frecuentes sesiones con el psicoanalista Palmer, que también es su amigo. Para el fatuo y egoísta Martin las cosas son inmejorables, todo está en su lugar y nada va a cambiar, ya que él ama profundamente tanto a su esposa como a su amante. Es un amoral, pero no un inmoral: su sentido de la moralidad simplemente está desconectado.
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De eso está convencido hasta que llega a su casa y Antonia le confiesa que está enamorada de Palmer y quiere divorciarse. A Martin se le derrumba el mundo, porque todas las seguridades reconfortantes en que basaba su vida desaparecen en un segundo. Y peor, Antonia y Palmer no solo le destruyen su vida cotidiana, sino que de manera asfixiante pretenden “cuidar de él”, como el inválido emocional que es.
Como es Navidad, Martin busca refugio con su hermano Alexander y su hermana Rosemary en la casona familiar. Alexander es escultor y en el pasado le robó todas las parejas a su hermano, que como buen tullido emocional no sabe reaccionar ante el hecho y viven todos en una relación fraterna en apariencia normal. Cuando llega a la casa del campo se entera de que Antonia ya les contó por carta a sus hermanos de la separación y de su intención de “cuidar” de Martin.
Cuando vuelve a Londres el personaje se siente asfixiado por la preocupación de la pareja, que prácticamente quiere adoptarlo. Incapaz de reaccionar o de negarse a nada de lo que le digan, Martin va a la estación de trenes a buscar a la medio hermana de Palmer, Honor Klein, una severa y despectiva judeoalemana profesora de antropología en Cambridge. Ella completa la breve lista de personajes que rodean la vida de Martin, salvo unos pocos empleados de su empresa que apenas asoman.
Durante toda la novela, Martin irá atravesando calles de una Londres siempre neblinosa y fantasmal, rebotando cual bola de pinball entre su antigua casa con Antonia, la casa de Palmer donde ella se mudó, el apartamento de Georgie y la nueva casa que Palmer le consiguió para que se mude, mientras todos se meten con su vida y tratan de “cuidarlo”. Entre la posición maternal de Antonia, la insatisfacción que no logra comprender de Georgie, la actitud superada y bonachona de Palmer y el desprecio de Honor, la vida de Martin se va a pique enredada en revelaciones sorprendentes, hectolitros de alcohol, adulterios solapados con otros adulterios, traiciones, intentos de suicidio y hasta incesto. La vida perfecta que él creía tener no solo era una mentira, era una cebolla de capas y capas de mentiras.
Desfasajes
La contratapa y la banda promocional del libro, esas fuentes inagotables de desinformación y equívocos, le dan al lector la impresión de tener entre manos una comedia descacharrante, como si fuera una novela de Tom Sharpe. Nada más lejos de la realidad. Iris Murdoch fue una maestra consumada del estudio de personajes, de la sutileza y de la socarronería, pero no una humorista. El tono de Una cabeza cercenada es farsesco y roza lo paródico, las vicisitudes de Martin son poco creíbles y por momentos delirantes, pero sigue siendo la crónica del derrumbe de un mundo que se desintegra hasta quedar en nada. Hay abundantes sonrisas en el libro, provocadas tanto por las situaciones como por la elegancia con que se relatan, pero es difícil imaginar quién podría carcajearse leyéndolo.
También es posible que el lector se encuentre un poco perdido respecto a la época en que ocurre la historia. La novela se publicó en 1961, así que su historia transcurre en el cambio de década entre los 50 y los 60. Pero quien la empiece a leer sin conocer ese dato se encuentra sumergido en un ambiente que perfectamente puede ser de años o décadas antes. Los primeros diálogos de Martin con Georgie o con Antonia son de una placidez y un recato anticuados. Se habla descarnadamente de adulterios, divorcios y abortos, pero siempre con una elegancia inclaudicable. El tema general impide sentir que se está ante una novela victoriana, pero podría transcurrir de manera perfecta antes de la Segunda Guerra Mundial, incluso en plena época eduardiana. Los breves momentos que Martin pasa en la calle son apenas pasajes esbozados, y no sorprendería que en lugar de un taxi tomara un coche de caballos. Tan breves son que el relato tiene un aire teatral, y la propia autora lo adaptó para el escenario en 1963. Cuando se hace referencia a elementos modernos (modernos para 1961), su aparición provoca un desfasaje en el lector actual. Por ejemplo, cuando Martin visita el estudio de su hermano y este prende las luces fluorescentes del techo. Para el lector, hubiera sido menos chocante que prendiera la iluminación a gas. Hay algo muy anticuado en el espíritu de la novela, sin que llegue a ser una falla. Porque en realidad parece anticuado, pero no lo es.
Ocurre que hay que tomar en cuenta que la historia transcurre en 1961 como mucho. La década de los años 60 recién arrancaba y la revolución cultural que iba a dar vuelta al mundo, pero sobre todo a Inglaterra, recién se asomaba en el horizonte como una nube de tormenta de colores psicodélicos. Cinco a seis años después los swinging sixties iban a estar sacudiendo el país a todo vapor, pero en 1961 los Beatles ni siquiera tenían a Ringo Starr en la batería y estaban penando por Hamburgo. El cambio se acercaba, pero el viejo mundo todavía mantenía sus fueros.
Y justamente esa inminencia del cambio es lo que retrata Una cabeza cercenada y lo que le da ese extraño aire atemporal. Para quien lea la novela ahora, en el mundo possixties, todo va a sonar desfasado, extraño. Las épocas de transición tienen esa característica, de no ser aún una cosa, pero tampoco ser del todo otra. La cortesía extrema de Martin y los que lo rodean, irreductible incluso ante las situaciones más chocantes y extremas, es propia de generaciones anteriores. Ese desfasaje también puede haber aniquilado parte de lo grotesco o inverosímil de las situaciones relatadas: la narrativa de las décadas posteriores deja a las desventuras de Martin a la altura de un relato casi realista. El tono socarrón o farsesco que podría impactar a un lector de 1961 para un lector del siglo XXI se convierte en un registro dislocado de la tensión entre el comportamiento tan polite de los personajes y sus reacciones ante los tremebundos eventos. Tanto como la ilusión de una vida perfecta de Martin, el mundo de todos ellos se acerca a su fin, a un nivel tal que hoy es irreconocible. Más que una sátira, Una cabeza cercenada permanece como un magistral retrato del fin de una era.
Iris Murdoch (1909-1999) fue uno de esos productos literarios ingleses (en su caso particular, angloirlandeses) que con eficacia y constancia acumulan una obra deslumbrante durante décadas. Irlandesa, comunista, hija de una cantante y un funcionario público, fue estudiante de filosofía (su primera obra publicada fue un estudio sobre Jean-Paul Sartre) antes de dedicarse a la literatura. Una cabeza cercenada fue su quinta novela, de un total de 26, que junto con algunos relatos breves, libros sobre filosofía y obras de teatro le valieron en 1987 el título de Dama Comendadora de la Orden del Imperio Británico, el segundo en importancia dentro de la Orden del Imperio Británico, galardón que para los ingleses parece ser de suma importancia. Cuando en 2008 The Times recopiló una lista de los mejores 50 escritores ingleses posteriores a 1945 (que por algún motivo difícil de comprender encabeza Philip Larkin) Murdoch apareció en el puesto 12, cómodamente entre C.S. Lewis y Salman Rushdie. Excelente posición, aunque no es la mujer que más alto ranquea: por encima suyo aparecen Doris Lessing, Muriel Spark y Angela Carter.