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Actualmente vive en Sacramento, California. Siempre le interesó la fotografía de arquitectura, pero se lo conoce por su trabajo en audio. Le encanta la radio, es su pasión, donde empezó a los 14 años, al principio para buscar la pizza y los refrescos, como el chico de los mandados. A los 17 se fue a Sarandí para trabajar con Solé, desde las canchas chicas hasta el Centenario, cubriendo los vestuarios. Luego estudió en Roma, en la RAI. Trabajó con Darnauchans y Galemire haciendo el sonido, en plena dictadura. Tuvo programas de jazz. Se mantiene siempre al día con la tecnología y también le gusta la sociología. Ama a Borges y a Italo Calvino. Pero a Oscar Pesano, de 60 años, el público de este Festival Internacional de Jazz de Punta del Este lo conoce porque fue el sonidista desde la primera edición, que nació en enero de 1996 en un tambo. Y desde allí, nunca dejó de ser el gran responsable de la claridad y el balance de la música, que siempre salió impecable. Pesano tiene registrados todos los conciertos desde entonces, un material de valor incalculable.
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—Tiene que ver con la formación y no creerte que ya sabés todo. Seguir escuchando música y conocer las nuevas tecnologías. Y tomar en cuenta las tendencias. El jazz es muy amplio y hay que poder abarcar todas sus estéticas.
—Si el músico se vuelve quisquilloso con la clase de sonido que él quiere, ¿cómo lo manejás?
—Con algunos transás más; con otros, menos. Hay gente que delega en el sonidista y otros que prefieren dar indicaciones: poneme tal efecto, sacame lo otro. El asunto es dar con el equilibrio, lograr un sonido agradable con el que los músicos puedan tocar cómodamente. Y eso lleva mucho tiempo. Además, en mi caso, no estoy en el escenario: hago sonido tanto para el escenario como para el público.
—¿Estás al día con las nuevas tecnologías y los nuevos micrófonos?
—Me gusta tener material de calidad suficiente para que, por ejemplo, el piano suene realmente como tiene que sonar. No es habitual que haya salas que tengan micrófonos especiales para cada cosa. Y a mí me gusta tenerlos: un micrófono para el contrabajo, otro para el violín, y así. El piano es un instrumento superdelicado; hay que cuidar que una zona no suene más fuerte que otra, que todo quede integrado.
—Amplificar en lugares abiertos es muy diferente que hacerlo en lugares cerrados. Tú empezaste amplificando en lugares cerrados…
—Sí, en un lugar cerrado necesitás una buena acústica para tener una buena dispersión de sonido. He trabajado en casi todas las salas, menos en el Antel Arena. Estuve en el Solís, en El Galpón, en la Zitarrosa, en el Sodre, y cada una tiene una característica distinta.
—¿Te ocurrió en algún momento desprenderte del trabajo y quedar extasiado con la música?
—Hubo muchos casos. Uno fue Michael Brecker; otro, el cuarteto de Ron Carter. Y el trío de McCoy Tyner. Y también el concierto de Kenny Werner, que se puso a improvisar con los pájaros.
—¿Hay un perfil determinado del público en este festival?
—Es todo un tema social. Creo que es un público heterogéneo. Algunos vienen a escuchar; otros, a comer un choripán, otros se van luego del primer concierto. En una sala es diferente porque vas directamente a escuchar lo que fuiste a escuchar. Al aire libre, en Punta del Este, es más difícil.
—¿Tuviste algún encontronazo con un mánager por el sonido?
—Me ha pasado. El productor de Roberta Gambarini, por ejemplo, era un tipo que daba indicaciones muy justas y precisas. Y a veces ocurre lo contrario: de tanta injerencia, molestan en tu trabajo.
—¿Qué tipo de música escuchás?
—Tiene que ver con el jazz, pero escucho de todo, desde rock y música contemporánea hasta clásica y jazz. El primer disco de jazz que pasé en la radio fue el primero solista de Stanley Clarke.
—¿Cómo ves este cambio tan vertiginoso en los formatos para escuchar música?
—Creo que en la industria todavía no saben para dónde va la cosa. Es un enigma. Las tecnologías digitales han ayudado muchísimo, pero también se ha perdido calidad de sonido. Antes, los sellos musicales tenían una gran importancia en la selección, y hoy cualquiera puede editar. Ya nadie sabe dónde tiene que buscar qué. Las revistas más importantes de jazz, como Jazztime o Downbeat, van al disco, comentan discos, no dicen que vayas a la plataforma tal o cual. Cuando se pasó del LP al CD, yo sentí una ausencia de tamaño: la gráfica perdió, las letras fueron más chiquitas, y eso fue un impacto. Capaz que la vuelta del LP tiene que ver con el objeto, pero no sé si suena mejor. Es el encanto por el objeto, porque no solo escuchás con las orejas. Yo prefiero lo digital, el CD, y eso que vengo de la otra escuela.