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    Cabildo tiene una concepción distinta de la coalición y no está en ella para decir “amén” al gobierno, si no para mantener su “diversidad”

    Eduardo Ache no es un recién llegado a la política. Fue candidato a vicepresidente por el Partido Colorado, ministro del gobierno de Luis Alberto Lacalle Herrera y titular de Ancap durante la segunda administración de Julio María Sanguinetti. Quizás por sus antecedentes, el economista se ha ganado un lugar entre los principales asesores de Guido Manini Ríos, líder de Cabildo Abierto, un partido nuevo y con pocos cuadros políticos experientes. En el gobierno tienen a Ache como un interlocutor a la hora de negociar con los cabildantes, en particular cuando la fricción entre los socios de la coalición aumenta, dijeron a Búsqueda fuentes del Poder Ejecutivo y el Partido Nacional.

    En entrevista con Búsqueda, Ache no quiere hablar de su papel en las negociaciones. Prefiere conversar de temas políticos y, sobre todo, económicos. Le preocupa que pase el tiempo y el gobierno no encare reformas de fondo del sistema tributario y fiscal, al que considera “muy injusto y regresivo”. Conformarse con “ser austeros” y mantener equilibradas las cuentas públicas no es suficiente, plantea. Y aclara que todo lo que dice es a título personal y no compromete al partido.

    Ache sostiene que, lejos de ser un socio problemático, Cabildo aporta a la coalición. “El gran desafío es comprender que hay veces que nos ayuda más quien nos dice que no que quien nos dice amén”, afirma.

    A continuación, un resumen de la entrevista que mantuvo con Búsqueda.

    —Cabildo Abierto acordó su apoyo al proyecto de ley de reforma de la seguridad social después de una dura negociación con el Poder Ejecutivo. ¿Qué balance hace del proceso?

    —Si bien la negociación fue dura, se llegó a buen puerto y con una mejor ley para la gente. En una coalición en consolidación, con actores nuevos en la política, muchas veces las negociaciones se trancan por una lectura errónea de lo que piensa el otro. En este caso particular, desde Torre Ejecutiva estaban convencidos de que en Cabildo Abierto no se quería votar la ley y se buscaba marcar un perfil diferente. En cambio, en Cabildo Abierto había razones para pensar que actores tanto en el Partido Nacional como en el Partido Colorado entendían que no era conveniente votar la ley ahora y que, por lo tanto, lo mejor era echarle la culpa al otro del fracaso del proyecto.

    Alcanza con leer la columna de Pedro Bordaberry del domingo 16 en El País para confirmar lo anterior. Por suerte, las desconfianzas se superaron y Manini, contra todos los relatos, otra vez en un tema medular volvió a optar por preservar el bien superior, la responsabilidad con el país y el cuidado de la coalición, por sobre cualquier cálculo político particular.

    También se ha dicho que se amenazó a Cabildo con perder su lugar en el Poder Ejecutivo y distintos cargos de gobierno, cosa que no me consta. Diría más: dudo de que alguien negocie amenazado, porque eso rompería los vínculos de confianza entre los socios.

    —¿Cree que la reforma va a resolver los problemas de fondo del sistema?

    —Esta reforma es un paso muy importante que ayuda a frenar el déficit del sistema. Y es un acto de responsabilidad encararla, aunque sola no resuelve los problemas de fondo que este tiene. Hace 100 años la expectativa de vida era la mitad de la que tenemos hoy. En Occidente, hoy, un tercio de los niños que nacen van a vivir más de 100 años. Considerando esa realidad, vamos a tener que seguir adecuando el sistema a la realidad.

    Pero, si solo hacemos esta reforma y dejamos el resto de la estructura económica del país igual, nos va a pasar lo mismo que con anteriores reformas. Los problemas del país en temas de seguridad social están dados, en primer lugar, por el desbalance demográfico que tenemos. Además, los elementos estructurales de la economía del país se han agravado, entre ellos, el sesgo impositivo sobre el factor trabajo y la carga impositiva desigual sobre las pymes, que son las principales generadoras de empleo y por tanto de aportes a la seguridad social.

    Mientras quienes sean intensivos en mano de obra paguen más que los intensivos en capital y sigamos con los impuestos al trabajo que tenemos hoy, seguiremos creciendo, con suerte, al 2% anual, tal como ha ocurrido en los últimos 50 años. Y las reformas serán cada vez más frecuentes.

    —¿Cree que es oportuna su aprobación tan cerca del próximo proceso electoral?

    —Lo lógico para cualquier gobierno es que este tipo de leyes se apruebe en el primer año de gobierno, como hizo Sanguinetti en el 96, porque eso permite que el año electoral no esté contaminado, en este caso, con la reforma de la seguridad social. Pero este gobierno tuvo que enfrentar la pandemia apenas asumió y después vino el referéndum por la LUC, lo que retrasó todos los planes de seguridad social.

    ¿Es la situación ideal para los partidos de coalición que se apruebe? No, ideal no es, y el FA va a tener un caballito de batalla —por suerte, Cabildo le ha quitado varios—, pero también es cierto que el país precisa encarar el tema, que estaba en el compromiso de la coalición.

    Es importante recordar, también, que cuando se habla del Compromiso por el país se decía con “el mayor consenso posible”, lo cual incluía a la oposición. Una oposición que, dicho sea de paso, agravó la situación con la reforma de 2007, y que ahora mira para el costado con argumentos poco creíbles, de manera que seamos nosotros quienes ordenemos la situación.

    —¿El presidente se equivoca al no instalar una mesa de la coalición para negociar antes de que la sangre llegue al río?

    —No ha llegado la sangre al río, lo que muestra que, más allá de esta forma de funcionamiento singular, la coalición sigue firme. También la forma importa, y sin dudas este funcionamiento, que tiene virtudes y defectos, puede mejorar. Seguro que cuando se replantee el programa para el futuro este será un tema que estará arriba de la mesa.Lo que hay que considerar es que esta es una coalición que recién empieza y que tiene muchas cosas para perfeccionar. Estos episodios muestran la necesidad de definir antes las reglas de cómo se van a tomar las decisiones si retenemos el gobierno.

    Más allá de los agoreros del desastre, la coalición sigue más sólida que nunca y en consolidación, aunque con las diferencias lógicas y naturales que tienen partidos diferentes con historias y culturas propias. Pero pensar diferente no es buscar diferenciarse. Nos unen valores como la libertad, la democracia, la república, el respeto al trabajo, al mérito y al esfuerzo, la familia y el respeto a la laicidad, entre otros.

    Pero no vemos ni sentimos igual, y tampoco concebimos la coalición del mismo modo. Respetamos a quienes creen en un modelo bipartidista, pero para nosotros el mejor camino para seguir construyendo desde la coalición es con diversidad, con diferencias que ayudan a que distintos sectores del electorado se identifiquen y nos elijan. El gran desafío es comprender que hay veces que nos ayuda más quien nos dice que no que quien nos dice amén. Y que nos necesitamos, entre otras cosas, porque la suma de las partes es más que cada partido por separado.

    —Cabildo Abierto ha sido crítico con la conducción económica. ¿Cree que han sido escuchados y sus propuestas se contemplaron?

    —Este es un claro ejemplo de lo que decía antes. Nadie duda de que la conducción económica del gobierno ha tenido aspectos muy positivos en una coyuntura muy difícil. Ha manejado muy bien los gastos públicos, focalizando algunas políticas, enfrentando la pandemia y la mayor sequía en 30 años. Sin duda, lo que se ha hecho es una condición necesaria para ordenar la casa, que se recibió bastante desordenada, como Astori lo reconoció.

    De la misma forma que nadie duda de la importancia de ser austeros y de la necesidad de equilibrar las cuentas públicas, tampoco quedan dudas de que lo estamos haciendo con un sistema tributario y fiscal muy injusto y regresivo; es pan para hoy y hambre para mañana.

    Como ejemplo podemos mencionar, entre muchos otros, la tasa consular. ¿Qué sucede? Que para cerrar las cuentas cerramos la economía, todo lo contrario de lo que debemos hacer. Alguien se puede sorprender de que en los últimos 10 años casi no hayamos crecido y de que las proyecciones sean recuperar la inercia de 50 años de crecimiento, claramente insuficiente para lo que Uruguay necesita.

    Es por eso que venimos proponiendo varios temas desde el arranque mismo del gobierno. Hay quienes festejan que casi las dos terceras partes de la población no paga IRPF. Pero eso significa que casi 1 millón de uruguayos están por debajo del mínimo de 31.000 pesos netos, lo cual es una vergüenza. No pagan IRPF porque ganan poco y no porque el IRPF sea un buen impuesto tal como está implementado, entendido como un castigo al trabajo y a los ingresos legítimos, en lugar de como un gravamen sobre la auténtica renta.

    —¿Pero son escuchados o no?

    —Sin dudas, y la reciente decisión de bajar el IRPF y los impuestos a las pequeñas empresas es un primer paso en la dirección correcta, que habíamos sugerido y que, por lo tanto, compartimos totalmente. Si no priorizamos el trabajo y las pequeñas y medianas empresas, será imposible recuperar los niveles de crecimiento que hagan sustentables los niveles de gasto social que tiene el Uruguay.

    Otro tema importante en el que tenemos diferencias es en la política cambiaria, que sigue siendo la misma, lo cual trae problemas en muchos sectores de la población e impacta en los costos para la exportación.

    Hace dos años y medio que venimos proponiendo temas a revisar antes de que sea tarde. Hemos planteado la necesidad de racionalizar las exoneraciones fiscales que se dan, la generación de un verdadero IRPF que grave a la renta y que permita deducciones, el IVA personalizado y la creación de nuevos mecanismos impositivos para las micro, pequeñas y medianas empresas, lo cual significa quitarles carga impositiva y atacar fuertemente los costos y las barreras no arancelarias para la importación, de forma de abrir la economía. Pusimos arriba de la mesa para empezar a discutir los temas de fondo de nuestra economía. Plantear estas diferencias no es por perfilismo, como se ha dicho, sino porque vemos y entendemos de otra manera la realidad, y no tengo dudas de que la coalición ha salido fortalecida por nuestros aportes.

    —Usted dice que el equipo económico tuvo logros y destacó la importancia de ser austeros y equilibrar las cuentas, aunque reitera que se mantiene “un sistema tributario y fiscal muy injusto y regresivo”. ¿Les faltó coraje al gobierno y al equipo económico para revisar más a fondo el sistema tributario ideado durante las administraciones frenteamplistas?

    —¿Falta de coraje? Antes debiéramos llamarlo falta de tiempo. Vino la pandemia con los recursos que llevó y el tiempo que insumió. Luego la oposición, vía el referéndum de la LUC, logró su objetivo de retrasar la toma de decisiones. Hemos tenido también la mayor sequía en 30 años, que recién terminó, y ya está haciendo su impacto en las cuentas públicas. Es muy distinto opinar que gobernar, y que lo diario es más prioritario que las reformas estructurales que son para mañana. Aun así, el gobierno anunció la rebaja del IRPF y del IASS, y también una ayuda a las pequeñas y medianas empresas, en línea con lo que hemos venido pidiendo desde el primer día. Además ha encarado la reforma educativa y la reforma de la seguridad social.

    Pero no debiéramos conformarnos con esto, pues queda mucho por hacer. Con el Estado que tenemos y cómo hoy financiamos sus cuentas, estamos hipotecando el desarrollo futuro. En plena pandemia hicimos los planteos que iban en dirección de mejorar el sistema tributario que tenemos y los sesgos que ya hemos marcado muchas veces. Hay cosas muy profundas para cambiar si queremos modificar el crecimiento del país y salir del 2% anual.

    —El senador Manini planteó en una entrevista con Búsqueda que es necesario controlar algunos precios de productos importados para combatir la inflación. ¿Cuál es la lógica de esa propuesta?

    —Nadie quiere control de precios. Eso fue, tal vez, una pícara interpretación de lo que dijo Manini en alguna entrevista. Tampoco es lógico que, por proponer medidas tendientes a defender el bolsillo de la clase media, se nos asocie con cucos que no compartimos.

    El error en el que, más allá de esos malabares retóricos, se incurre es que muchas veces se analiza la economía uruguaya como si estuviera en el óptimo, en un entorno competitivo perfecto o casi perfecto. Pero la realidad es otra: la economía uruguaya está muy lejos de ese ideal y no es abierta ni competitiva.

    Tenemos un atraso cambiario que lleva varios años, fruto de intervenciones periódicas en el mercado cambiario mediante las operativas de endeudamiento y de la propia política monetaria del Banco Central. Al modificar la relación de precios entre los productos transables y los no transables, ello incide directamente sobre los costos y los ingresos de distintos estamentos, tanto de producción como de consumo.

    Por otro lado, tenemos algunos precios monopólicos. A nadie escapa los altísimos precios que pagamos los consumidores uruguayos en los productos de consumo masivo. Y esto se da fundamentalmente como consecuencia de una falta absoluta de competencia en lo que a la oferta se refiere. Pensamos en los monopolios públicos como si fueran los únicos que existen, pero hay una cantidad de oligopolios y monopolios privados, incluso en la importación. Tú ves que el mismo que fabrica y que importa vende a la mitad de precio en otros países, y que acá nos arrancan la cabeza con los precios.

    Por ese lado, y no por otro, fue el comentario de Manini: si existen esos monopolios privados, deberíamos tener un mínimo control de lo que sucede, lo cual está más emparentado con el estímulo a la competencia de la economía de mercado que con el control de precios. Lo que no podemos es ser tan ingenuos de actuar como si nuestra economía estuviera en un óptimo. Me alegra, además, escuchar que cada vez más analistas se suman a esta visión que venimos poniendo arriba de la mesa hace más de dos años, hasta hace relativamente poco con muy poco eco.

    En definitiva, nuestra diferencia de fondo es que, en Uruguay, el análisis económico le da una preponderancia exagerada a la macro por sobre la micro. Siempre hablamos del déficit, de la deuda, de la política cambiaria, monetaria, tributaria, etcétera, pero rara vez miramos lo micro y las consecuencias de la macroeconomía, en este caso en la oferta, lo que puede afectar directamente a la gente y perjudicar el salario real.

    —¿Pero ese mínimo “control” no implica una intervención en el mercado?

    —No se trata de intervencionismo, sino de cuidar el mercado. Y un buen economista liberal jamás minimizaría estos temas. El otro día leí una frase en el libro La riqueza de las naciones que se aplica a este tema. Decía: “Rara vez se juntan empresarios del mismo ramo sin que la conversación vaya hacia algún entramado para subir los precios”. ¿Quién la escribió? Adam Smith, no Marx.

    Nuestra economía es chica y cerrada y tiene un alto nivel de concentración, con oligopolios y monopolios públicos y privados, por lo que es fundamental realizar una buena regulación para defender y abrir la competencia, protegiendo al consumidor. Todo lo contrario de cómo estamos regulando hoy, si es que lo hacemos. Así que, para quienes se esfuerzan por desvirtuar el mensaje de Manini: ni es necesario, ni nosotros somos el adversario.

    —También propuso mejorar la protección de la industria nacional. Hay quienes sostienen que es una lógica de los años 60. ¿Qué responde a esas críticas?

    —Es lo mismo que planteaba antes. Lejos está la idea de que el estímulo a la industria nacional vaya por un proteccionismo general o por la sustitución de importaciones, con todo el respeto que me genera Luis Batlle Berres, figura histórica del Partido Colorado, en el que me formé.

    El tema es que el costo país que tenemos, y cómo lo financiamos, desprotege y castiga a muchas empresas que en condiciones normales serían competitivas. No es casualidad que quienes vienen de afuera a invertir lo primero que piden es que les saquen esos costos y, en algunos casos, hasta garantías de paz laboral. No escapa a nadie que quienes no tienen esos regímenes especiales vean limitadas las posibilidades de desarrollo, especialmente las mipymes, concentrando en grandes capitales nacionales, pero fundamentalmente extranjeros.

    Además, si miramos alrededor, no hay duda de que los grandes países y bloques económicos del mundo están reevaluando su posición en cuanto al comercio globalizado, en función del descalabro de las cadenas de suministro y de las tensiones geopolíticas, y regresando a conceptos como la autonomía estratégica en Francia e iniciativas como el de “compre en América” de Biden. O sea que acá no podemos ser ni dogmáticos ni ingenuos, sino, como siempre resaltaba Herrera, cuidar el interés nacional.

    No estamos promoviendo una imitación ni cerca de ello, pues el Mercosur sigue siendo el bloque regional más cerrado, ineficiente y menos competitivo de todos, pero queda muy claro que, cuando las papas queman, la hoguera se alimenta de textos teóricos y de muchos libritos rojos de neoliberalismo.

    Uruguay, dado su mercado interno, no puede apostar solo al consumo para crecer en forma sostenida y cambiar la tendencia de los últimos 50 años, sino que tiene que exportar muchísimo más. Pero lo que no se pueden exportar son las ineficiencias ni los impuestos. Y si no atacamos eso, no hay chances de exportación. El sesgo contra el factor trabajo y el sesgo contra las empresas chicas no hacen otra cosa que castigar al que intenta producir. En los hechos, exportamos materias primas con muy poco valor agregado, porque somos demasiado ineficientes y caros y porque tenemos una carga impositiva que desestimula la incorporación de mano de obra.

    Cualquier análisis nos lleva a que, por ejemplo, el sector lechero podría exportar el doble de lo que exporta. Pero los problemas son de costos, de productividad y también de conflictividad. Devolver condiciones a las empresas para que sean competitivas debería ser prioritario en el manejo de la política económica.

    —Cuando habla de los monopolios y los oligopolios privados y la escasa o nula regulación, ¿cree que en esa área el gobierno peca de ser demasiado “neoliberal”?

    —Nosotros entendemos que tenemos una economía demasiado cerrada, concentrada, con un sistema tributario regresivo y con una cantidad de normas y regulaciones que traban y encarecen la producción. Ponele la etiqueta que quieras, pero, si no encaramos estas reformas estructurales cuanto antes, seguiremos con la misma inercia. De todo esto, hace tiempo que lo hemos hablado en economía.

    • Recuadro de la entrevista

    Todos los socios votaron con el Frente, pero solo es un “escándalo” cuando lo hace Cabildo

    Información Nacional
    2023-04-26T22:37:00