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    El Plan Ceibal es “una política de izquierda real” que impulsó una “mayor equidad” social durante la última década en Uruguay

    “Es muy difícil contar con un departamento encargado de gestionar la innovación en un aparato tan grande como la Administración Nacional de Educación Pública”, dice el ingeniero Miguel Brechner

    “Nicholas, nos conocemos desde hace mucho tiempo, demasiado tiempo como para decirte lo que pienso... ese software es uno de los peores que he visto en mi vida. Por favor, no te enojes conmigo. Tu viejo amigo, Steve”.

    Eso le escribió Steve Jobs a Nicholas Negroponte en un mail enviado a las 20:00 horas del viernes 18 de mayo de 2007, a propósito de las computadoras portátiles que Uruguay se disponía a repartir entre sus escolares a través del Plan de Conectividad Educativa de Informática Básica para el Aprendizaje en Línea (Ceibal). En su correo, el fundador de Apple agregó una posdata al líder de la asociación civil One Laptop per Child (Una computadora por Niño): “Duro, pero cierto. Llevó tres años corregir el software. Ojalá pudiera mostrarle nuestra tableta”.

    La intención de Jobs era evidente: que aquellas primeras máquinas —las XO, de Negroponte— contaran con el sistema operativo de Macin­tosh, la línea fabricada, diseñada y comercializada por Apple.

    Un año y medio antes, a fines de 2005, el ingeniero Miguel Brechner leía en su oficina un artículo periodístico sobre la producción de computadoras portátiles de bajo costo —unos cien dólares—, para impulsar el uso de la tecnología y la informática en países poco desarrollados: el programa One Laptop per Child, presentado en el Foro Económico Mundial de Davos (Suiza) por Negroponte, el informático y arquitecto norteamericano de origen griego, fundador y director del MIT Media Lab, el prestigioso laboratorio de diseño y nuevos medios del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), Estados Unidos. Brechner, entonces presidente del Laboratorio Tecnológico del Uruguay (Latu), se entusiasmó con la idea y le envió un mail al ministro de Industria, Jorge Lepra, su jefe: “Jorge, ¿por qué no hacemos esto en Uruguay?”. Lepra le respondió, lacónico: “Dale, estudialo”.

    Pasó un año y nadie le prestó atención al proyecto. Ni Negroponte ni el MIT. Las respuestas solían ser: “Uruguay es muy chico”; “no interesa un país con menos de un millón de máquinas”, mejor Argentina o Brasil. Pero Brechner insistió y se contactó con la entonces agregada comercial de la Embajada de Estados Unidos, Lilian Amy, quien lo ayudó. A mediados de 2006, el MIT envió un representante a Uruguay, David Carvallo, quien compartía con Brechner la afición por correr. Y corriendo fue que el hoy presidente del Plan Ceibal convenció al MIT de que su país era el lugar para plasmar la idea de Negroponte.

    En octubre de ese año, Negroponte anunció su viaje a Uruguay. Pretendía reunirse con el presidente Tabaré Vázquez, quien se excusó por “un problema de agenda”. No obstante, Brechner, Lepra y el entonces presidente del Frente Amplio, Jorge Brovetto, le aseguraron a Negroponte que Vázquez daría luz verde a la iniciativa. Negroponte respondió que, de ser así, incluiría a Uruguay en el proyecto. El acuerdo, hasta ahí, era de palabra.

    En noviembre, Brech­ner le pidió una entrevista a Vázquez. “Me citó en Suárez Chico y me dio quince minutos. Me senté y puse el cronómetro. A los catorce minutos y medio terminé la presentación y, al hilo, me dijo: ‘Dale para adelante, lo hacemos’. El doctor Vázquez tuvo una visión y asumió el riesgo. La vio clarísima desde el principio. Lo único que pactamos fue que el plan funcionara dentro del Latu —por fuera de los Ministerios—, y que dependiera directamente de Presidencia, de él”, precisó Brechner a Búsqueda.

    En diciembre, Vázquez lanzó el programa y afirmó que “difícilmente” Uruguay encuentre una “mayor satisfacción” que aquel plan. En el acto, improvisó: “Cuando quien habla era niño, vivíamos, como ustedes saben, en un barrio muy humilde, como es La Teja. Salíamos a jugar a la calle de tierra con los championcitos o las alpargatas. (…) Todos aquellos niños teníamos la posibilidad, por la educación, por la enseñanza, de, en alguna forma, desarrollarnos en la vida y buscar nuestros objetivos. Y uno de ellos fue entre otros intendente de Montevideo, presidente de la República. Hoy, todavía hoy, en barrios muy pobres, si pasamos quienes podemos tener un auto y vemos a los niños en esos lugares, tenemos derecho a pensar que seguramente, si no cambiamos la condición de ninguno de ellos, no van a tener una oportunidad digna en la vida”.

    Al recibir a Búsqueda en la moderna sede de Los Ceibos, en el Latu, Brechner busca en su carpeta de favoritos un mail de hace 10 años. Su remitente es Negroponte, y dice: “Tenía dos muestras (de laptop), una para (Néstor) Kirch­ner y otra para Lula. Te dejo a ti la de Kirchner. No digas nada”. El ideólogo del Ceibal, ingeniero en telecomunicaciones graduado en el Imperial College de Londres, sonríe mientras se lleva a la boca el último gajo de una mandarina.

    Una cultura “no-uruguaya”.

    El plan piloto empezó a funcionar el 10 mayo de 2007 (Vázquez firmó el decreto el 18 de abril) y el sitio elegido fue la Escuela Italia, la N°24, de Villa Cardal, una pequeña localidad de Florida. Por entonces, Facebook tenía menos de 5 millones de usuarios en todo el mundo (hoy supera los 2.000 millones mensuales), Google había comprado YouTube, y no existían los smartphones ni las tablets, ni Instagram ni Twitter, ni WhatsApp, ni la nube. “Antes del Ceibal dije públicamente que el acceso a Internet es un derecho humano, y me acusaron de tecnócrata de todos lados. Hoy la tecnología es tan corriente como el agua de la canilla”, dijo el expresidente del Latu.

    La misión del Ceibal era entregar una computadora portátil por niño; esa era la parte operativa, inminente. Luego se agregarían los servidores, la conexión a Internet y las plataformas digitales; la red de videoconferencias, el profesor remoto, los laboratorios tecnológicos y diversos programas como Gurí Familia, la MAC, CREA, PAM, el kit de robótica. Pero si la primera etapa de la distribución de las “ceibalitas verdes” en las escuelas públicas fallaba, el plan sería “una bomba en contra del gobierno”. El riesgo era alto y el proceso estuvo “plagado de críticas”. Una de ellas era el cuestionamiento de por qué en vez de repartir máquinas no se arreglaban antes los baños o las ventanas de las escuelas. Vázquez contestó mediante una carta pública que se harían ambas cosas. “El respaldo del presidente fue clave para avanzar, porque en Uruguay te trancan por deporte, y todo se discute, demasiado”, según Brechner.

    Actualmente hay “más de un millón” de laptops repartidas en escuelas y liceos, hay 3.500 grupos que usan la videoconferencia para el aprendizaje de idiomas, y se desarrolló el aprendizaje en red por proyectos en 400 centros educativos. En la Red Global participan Australia, Finlandia, Holanda, Nueva Zelanda, un estado de Estados Unidos y otro de Canadá.

    “Nuestra manera de trabajar era, y es, muy ‘no-uruguaya’”, explicó Brechner para el libro La revolución Ceibal. El sueño que cumplió 10 años (Sudamericana, 2017). “La ventaja era que estábamos todos locos”, afirmó. Entre ellos, citó a Nicolás Jodal, Fernando Brum, Pablo Brenner, José Clastornik, Juan Grompone, Ida Holz, Víctor Villar y Breogán Gonda.

    En la investigación de la escritora, docente y periodista Ana Solari, el titular del Ceibal —votante independiente del Frente Amplio, próximo a Vázquez— manifestó: “A mí me gustan las políticas de izquierda reales, no las teóricas. Esto era una política de izquierda real. Es una de las políticas de mayor equidad que se hicieron en este país en los últimos diez años”.

    Hoy el desafío es “totalmente distinto”, dijo a Búsqueda. “Ceibal es un departamento de gestión de tecnología y de innovación educativa. Nuestro principal objetivo es que sea ‘transparente’, que la tecnología al servicio de la educación esté en todos lados, pero que nadie lo vea”.

    Para Brechner, la función del Ceibal es “clave”, porque “es muy difícil contar con un departamento encargado de gestionar la innovación en un aparato tan grande como la ANEP” (Administración Nacional de Educación Pública), que suma unos 60.000 docentes y 2.800 centros educativos para 700.000 alumnos. En cambio, “Ceibal es una organización chica, de gente joven —con un promedio de 34 años—, pujante, profesional y especializada”. Explicó que las grandes empresas mundiales contratan organizaciones chicas para “ponerse a nivel y dar el salto”, dijo, como hizo Walmart para competir con Amazon.

    “Yo creo que, en su momento, el sistema educativo tampoco creía que íbamos a cumplir; fíjate que hicimos el proyecto en dos años y poco”, declaró para el libro. Mucha de la gente que participó hoy está al frente de la educación, destacó, como Edith Moraes, Héctor Florit, Wilson Netto y Luis Garibaldi. Y aunque “a veces se tensionaba un poco” el ambiente, “nadie puso palos en la rueda”, valoró. Los representantes de la ANEP “en muchos momentos nos tienen miedo, porque vamos muy para adelante”, dijo. “Al sistema le cuesta ver una forma distinta de trabajar y corrés el riesgo de que no se la acepte y chau”.

    El cuento del león.

    El Plan Ceibal se instaló como una política de Estado que ya suma tres gobiernos. De ser un proyecto integrado por siete personas pasó a contar con más de 300, de las cuales el 55% son mujeres, en su mayoría gerentes. Pero la relación entre tecnología-aprendizaje-educación es una trilogía compleja, de la que no resulta por sí sola una reducción de la brecha social.

    Solari observó en su investigación la falta de un mayor “soporte” institucional en las comunidades más pobres. A eso Brechner respondió: “No me cabe la menor duda de que hay que hacer una transformación mucho más grande en los barrios de contexto crítico. (…) Pero yo prefiero apostar a los chiquilines, saltarme una generación, si es que logramos cambiar, que tratar de apostar a los padres, ¿entendés?”.

    Y explicó: “Nosotros alguna vez nos fuimos de nuestro mandato, como cuando arreglamos los baños y la eléctrica. Pero si nos vamos mucho de nuestro mandato, vamos a ser iguales a una cantidad de organizaciones que hacen un montón de cosas bien y después se meten en otras catorce, en otros líos que no pueden resolver, y se van desdibujando y perdiendo efectividad”.

    Ceibal es “la parte tecnológica de la enseñanza, aunque es mucho más que máquinas y sistemas”, afirmó Brechner. “Los errores se cometen cuando uno se mete en bailes que no son los de uno. El cometido que tenemos hoy es muy claro: que la tecnología ayude a la educación y, alrededor de eso, todo lo otro”.

    “El desafío está en usar la tecnología para personalizar la educación, para que cada alumno rinda al máximo de sus capacidades. A los brillantes no hay por qué apartarlos, y a los rezagados no hay por qué hacerlos repetir. Ahí es donde la tecnología, en cuanto herramienta, puede ayudar al docente: para la personalización de la educación”, sostuvo.

    ¿Qué va a pasar dentro de 10 años? “Nadie sabe. Veo fuertemente la red como la trasformadora de la educación uruguaya y veo que Ceibal no va a ser tan revolucionario en los próximos 10 años, quizá, porque el impacto de las máquinas y todo eso ya está, ya forma parte de la cultura”, dijo en el libro. “Hay que incluir pensamiento computacional, poner programación, robótica, impresoras 3D y hacer que cada vez sean más los usuarios”.

    Brechner añadió que “los políticos no necesariamente comprenden” el ritmo al que va la tecnología. Uruguay necesita “gente a la que no le dé asco cambiar tres veces lo que piensa. (…) Si acá la edad promedio fuera de cincuenta años, no cambiamos nada, aunque tengamos a los mejores científicos. Si acá tuviéramos cien mil programadores, no mil, absolutamente todos tendrían trabajo”.

    “Es como el cuento del japonés y el americano”, ilustra Brechner. “Cuando viene el león, el japonés se pone los championes y el americano le dice: ‘¿Qué?, ¿vas a correr más rápido que el león?’, a lo que el japonés le contesta: ‘No, más rápido que tú’. Ese es el mundo en el que estamos. El rol de Ceibal es ese; no importa si el dispositivo es una tablet de ocho pulgadas”.

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