—Nuestra educación, la que yo tuve y luego usted y ahora la enorme mayoría de los niños del Uruguay, fue creada en la Revolución industrial hace más de 150 años. Entonces se concebía a la educación para formar gente que supiera leer y escribir. ¿Cómo? ¡Ah, como en una fábrica! Todos entran a la vez, todos hacen lo mismo y todos salen al mismo tiempo. Primaria es leer, escribir y cálculo básico. Los niños terminan la escuela, muchos sin siquiera saber lo básico. Esa es la fábrica de la Revolución industrial, a la que yo fui y la que sigue existiendo, esa escuela del siglo XIX.
—Con docentes formados en el siglo XX.
—Pero que aún trabajan en el siglo XIX... (Ríe)
—Y, sin embargo, educan a niños del siglo XXI, que suelen aburrirse en clase…
—Y no solo eso. Además ahora está Internet y hay un supermaestro que es el Señor Google. Por lo que hay una cantidad de cosas que hacía el maestro que ahora no son necesarias. El maestro o profesor ya no es el que transmite los conocimientos en el aula, porque los conocimientos ya están en la nube y lo que hay que hacer es enseñar a buscar información, a ser críticos, a discernir. El educador es cada vez más un orientador o guía, como un entrenador, que propone tareas, desafíos y acompaña el proceso de aprendizaje de sus alumnos. Pero en las aulas uruguayas sigue la clase expositiva o magistral, cuando hoy ya no sirve decir desde la tarima “las cosas son así”. Esa es la clase del siglo XIX, con una velocidad única, un uniforme único y un programa único.
'El maestro o profesor ya no es el que transmite los conocimientos en el aula, porque los conocimientos ya están en la nube y lo que hay que hacer es enseñar a buscar información, a ser críticos, a discernir'.
—Usted decía que muchos de esos niños salen o “terminan la escuela” con dificultades. Y luego ¿qué pasa?
—Y ahí empieza a resquebrajarse la educación, porque se asoma el fracaso. Al no saber leer y escribir ni la matemática elemental muchos fracasan en el liceo o en la UTU: seis de cada 10 no terminan la educación media obligatoria. Y luego está el pasaje de los que llegan a la educación superior. En la mayor parte del mundo desarrollado cuando se llega a la universidad hay que demostrar por qué se está ahí. Hay un examen de ingreso. Si yo quiero seguir esta carrera tengo que demostrar que sé tales y tales cosas de matemáticas, de lengua o de biología.
—¿Cree que debería haber examen de ingreso a la Universidad?
—Sí. Mucho más razonable sería que hubiese efectivamente una prueba de ingreso.
—En la Facultad de Ingeniería hay una prueba de ingreso.
—Hay una especie de seudoexamen de ingreso, que no tiene sanción. Simplemente es para averiguar qué nivel hay. Lo ideal sería tener examen de ingreso a la Universidad.
—¿Cree que el nuevo gobierno planteará esa discusión?
—¡Imposible! ¡Imposible! No está en la LUC (ley de urgente consideración), ¿no?
—¿Por qué es “imposible”?
—Desde la dictadura hablar de poner examen de ingreso es como algo represivo o del neoliberalismo y todos los adjetivos que le ponga. El resquebrajamiento de la autoridad también es una consecuencia nefasta de la dictadura, y perdurable. Pero la universidad todavía sigue anclada en el siglo XX, encasillada en carreras compartimentadas, y entonces es imposible mezclar química con literatura. ¡Imposible! Si una persona hace dos o tres años de arquitectura y luego quiere hacer otra cosa lo único que recibe son trabas, en lugar de facilitarle el pasaje con todo lo que ya tiene hecho.
—Ya hay carreras con sistemas de créditos que facilitan ese pasaje.
—Sí, pero no hay una política generalizada y nadie se mete con la universidad. Uruguay tiene la rareza de que el Ministerio de la Educación y Cultura no se ocupa de la educación. No ordena políticamente la educación. Cada subsistema (Primaria, Secundaria, UTU, terciaria y superior) es un reino autónomo desconectado del otro. ¡Es un disparate!
—Precisamente, el proyecto de ley de urgencia busca dotar de mayor peso político al MEC.
—Lo intenta. Pero, nuevamente, se detiene en la universidad. El Ministerio de Educación no incide sobre la universidad. En el único tema que quiso incidir fue en el de las reválidas. Pero acá ni EdUy21 se mete con la universidad porque sabe que es poner el dedo en el ventilador. La ley orgánica universitaria, promulgada en el año 1958, es una vaca sagrada difícil de tocar.
—El rector de la Udelar, Rodrigo Arim, proyecta modificar la ley orgánica.
—Todos los rectores han querido modificarla. Pero en la universidad se puede tocar cualquier cosa siempre y cuando no cambie nada. (Ríe)
—¿Qué debe pasar entonces para que haya un cambio profundo en educación?
—Desde José Pedro Varela hasta el Plan Ceibal, todos los cambios profundos en educación se han dado por verticalazo, por la fuerza. ¡Todos! La educación laica, gratuita y obligatoria de Varela fue un decretazo bajo el gobierno de Lorenzo Latorre. Vázquez Acevedo creó la universidad nueva en contra de la opinión universitaria. La separación de la enseñanza media de la universitaria fue bajo el gobierno de Gabriel Terra. La autorización de universidades privadas se decretó en la última dictadura. Y el Plan Ceibal fue un decretazo de Tabaré (Vázquez). Antes, Germán Rama se enfrentó a todos y también fue al choque…
—¿Qué pasó desde “la reforma de Rama”?
—La reacción del siguiente gobierno colorado fue “no toquemos la educación”. Jorge Batlle inventó lo de “hacer la plancha”, siempre puso en Educación gente que calmara las aguas, que no hiciera nada, para dejar todo tranquilo, cosa que siguió haciendo el Frente, exactamente lo mismo: Uruguay lleva 20 años de hacer la plancha en educación. ¡Veinte años! Eso es terrible para el país.
—¿Y el Plan Ceibal?
—Funcionó más como política social que educativa. Vázquez lo vio como una gran oportunidad personal, igual que con que el tabaco. Fueron sus dos grandes logros: el tabaco y el Plan Ceibal.
—¿Y luego?
—La plancha.
'Desde la dictadura hablar de poner examen de ingreso es como algo represivo o del neoliberalismo y todos los adjetivos que le ponga. El resquebrajamiento de la autoridad también es una consecuencia nefasta de la dictadura, y perdurable. Pero la universidad todavía sigue anclada en el siglo XX'.
—En medio estuvo el gobierno de José Mujica que prometió mucha educación y después Vázquez un cambio de ADN educativo hasta su decreto de esencialidad de 2015.
—Pero al final era cambiar siempre que no pasara nada. Si intentaban hacer algo se paralizaba todo.
—¿Por qué la izquierda no pudo transformar la educación?
—El Frente no pudo hacer nada. Lo que pasa es que tenían que enfrentarse con los sindicatos y no estaban dispuestos a pagar ese costo político. Pero el costo político lo pagaron igual, por lo mismo, ¿no? El costo político se paga de todas maneras, por hacer o por no hacer.
—¿Lo pagó en las urnas?
—Sí. En parte, sí.
—Pero ¿todo por “el trancazo” sindical?
—No, va más allá. Es un problema general del Uruguay, donde todo cambio es sospechoso, ¿no? Ahí está el ejemplo de la ley orgánica universitaria y el de no querer cambiar el perfil exportador del país. Y claro, un cambio de fondo en educación lleva 15 o 20 años en surtir efectos.
—¿Y qué político acepta pagar las cuentas de un cambio que beneficie a quien gobierne 20 años después?
—Por eso la educación atrasa tanto en Uruguay. Para los políticos el largo plazo son cinco años. Y hoy los que todavía no asumieron el gobierno ya están pensando en las próximas elecciones. ¡Por supuesto!
—Pero usted citaba a políticos que arremetieron por cambiar la educación pese a no ganar votos.
—Rama fue el último: estaba convencido de que había que cambiar las cosas y arremetió.
—Pablo da Silveira, el designado ministro de Educación, también aspira a “cambiar las cosas”.
—Sí, Da Silveira quiere cambiar pero se va a dar con la misma pared que todos lo que quisieron hacerlo. Yo creo que va derecho a repetir la historia de Rama, en un gobierno que no se sabe qué fortaleza tendrá, porque ya el Partido Colorado empezó a advertir que hay que tener cuidado con esto y aquello de la LUC… No me extrañaría nada que Da Silveira termine igual que (Fernando) Filgueira, subsecretario de Educación de este gobierno: renunciando.
—¿Y entonces?
—Hay que darse cuenta de que el cambio educativo tiene que ser una acción de fuerza, porque esto va a ser una guerra, y habrá que torcer el brazo.
—Y ya hay definido un paro.
—Está clarísimo. Y esto es recién la reacción a un borrador, porque ni siquiera es una propuesta definitiva. La LUC todavía ni entró a la Cámara de Diputados...
—Usted insiste desde hace años en que Uruguay debe cambiar su perfil exportador y eso también hace a la educación. ¿Por qué?
—Porque Uruguay tiene que ser un país tecnológico. ¿Cuál es el futuro previsible? El presente es la informática: todo gira alrededor de los sistemas informáticos, el manejo de la información. Y el futuro es la biotecnología; todo el mundo lo sabe, no es ningún misterio. Quiere decir que acá y ahora tendríamos que estar preparando biólogos para reorientar la producción exportadora. Eso es lo urgente. Y tenemos buenas condiciones, con institutos no universitarios en biología como el Clemente Estable y el Pasteur, además de las facultades de Ciencias y de Medicina. Es lo que hacen todos. Huawei es una empresa privada china que surge de cabezas universitarias; es decir: es una empresa de la nueva economía china. No es una empresa estatal de teléfonos.
—Otra vez, ¿quién estará dispuesto a pagar las cuentas de un cambio que no verán sus votantes en el corto plazo?
—Claro, alguien que tenga huevos y que diga que no le importa la próxima elección. (Ríe)
—Ni la siguiente.
—Ni la siguiente.
Información Nacional
2020-02-27T00:00:00
2020-02-27T00:00:00