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    El grito

    Por Ch.

    Sí, Céline grita. Te grita al oído. Mejor aún: grita dentro de tu cabeza. No te lo podés sacar de encima. No lo podés controlar. Se escabulle como una víbora en una arenera de letras. Y en eso consiste su genialidad literaria. Solo el lector sabe en su fuero íntimo cómo resuena cada lectura, cómo es el grito de Céline. Corrijamos: más que un grito es un coro de gritos que va más allá de un estilo revolucionario, demencial, alucinado, que alterna la pincelada bondadosa con un grotesco insuperable, los interminables signos de admiración y puntos suspensivos con la realidad más sucia y pesimista, la frenética puntuación con el onirismo más lírico, el cuidado por la palabra y la observación con el desconsiderado argot callejero. Una cadencia única, inimitable. Céline es el habitante multiplicado de un edificio de apartamentos que es su obra. Detrás de todas las puertas está él, como lo confirman sus novelas más famosas Viaje al fin de la noche (1932) y Muerte a crédito (1936), que lo tienen como protagonista absoluto, como personaje ineludible, como visionario herido en un mundo miserable donde todos somos perdedores. Céline, el escritor francés más traducido después de Proust. Céline, el combatiente condecorado en la Gran Guerra. Céline, el creador de panfletos antisemitas que eligió el bando equivocado en la II Guerra Mundial, el sin partido que Francia y gran parte de la humanidad no perdonan, el médico de los pobres que no cobraba sus consultas, el andrajoso y radiado anarquista y pacifista que estuvo en la cárcel, el novelista maldito admirado por figuras que van desde León Trotski hasta Sartre y Onetti, desde Henry Miller hasta Bukowski y Houellebecq.

    La primera parte de Guignol’s Band se publica en 1944. La II Guerra Mundial vive su desenlace. En ese tránsito caótico Céline está huyendo, rajando hacia Alemania y después a Dinamarca, donde cumplirá más de un año de prisión. Pero la novela completa, que tiene más de 700 páginas y consta de dos partes (Guignol’s Band I y Guignol’s Band II, el puente de Londres), se ambienta en Londres entre 1915 y 1916. Si bien en ese momento es una celebridad literaria, el hombre ya muestra una urgencia desesperada en su vida: la supervivencia. Tiene clarísimo que muchos lo condenarán. Este es el prólogo, no exento de ese particular humor suyo: “¡Lectores amigos, menos amigos, enemigos, críticos! aquí me tenéis, ¡otra vez cuentos con este Guignol’s, libro I! ¡No os apresuréis a juzgarme! ¡Esperad un poquito a la continuación! ¡el libro II! ¡el libro III! ¡todo se aclara!, se desarrolla, ¡se arregla! ¡Os faltan así las tres cuartas partes! ¿Es esta forma de comportarse? Ha habido que imprimir rápido, por las circunstancias, tan graves, ¡que no se sabe quién vive ni quién muere!”.

    ¿De qué va el asunto? Huy, huy, como diría el propio Céline. Muy sencillo: Ferdinand, el personaje (¿importan las similitudes y diferencias con el real?), se mueve en los oscuros bajos fondos londinenses, en los hoteles de mala muerte y los prostíbulos baratos, en los bares atestados de borrachos y delincuentes, en los muelles donde trabajan estibadores y marineros de todos los colores y razas, un carnaval de radiaciones y colores dislocados, goyesco si no fuera celinesco. En semejante teatro de grand guignol (un espectáculo de horror exagerado que se montó en el distrito Pigalle de París hasta 1962) se recortan entre la muchedumbre las figuras de Ferdinand, cuya cabeza y cuerpo han quedado aturdidos por la guerra, Sosthène, un viejo currero que recorrió el mundo montando numeritos de magia y espiritualidad disfrazado de chino, y Virginia, la dulce y risueña Virginia, una Lolita, la sobrina menor de edad de un coronel. Todos viven en la misma casa, propiedad del coronel. Sosthène y el coronel se dedican día y noche a diseñar lo último en materia de máscaras antigás para presentarse en un concurso y conseguir el primer premio; se intoxican en el intento hasta la locura, la sobrina anda por ahí mostrando sus maravillosos muslos y pantorrillas y prepara la cena, y Ferdinand hace los mandados y algunas trapichuelas para el chino y el coronel y no le quita la vista de encima a la sonriente y simpática Virginia. Un incendio, un salón de baile atiborrado hasta los botes en el que un bailarín realiza movimientos imposibles y el caos que provoca en pleno Piccadilly Circus un enloquecido Sosthène al detener el tráfico con su túnica del dragón son algunos de los momentos sublimes —para releer varias veces— de esta novela desbordada por la puntuación loca, por el poder imaginativo sin límites, por la frondosa irrealidad que todo lo inunda. El lector se pregunta: ¿cómo hizo este tipo para conseguir semejante efecto?

    Huy, huy, diría Céline, todo está en la forma, y en particular en lo que llamaba la “forma emocional”. Sus manuscritos —escribía a mano— estaban muy trabajados. Eso que parece un caos demencial, una salvajada, un monstruoso viaje alucinatorio, en realidad es un gigantesco edificio de orfebrería de la puntuación, los dichosos signos exclamativos, las frases cortas, los percutivos puntos suspensivos y un empleo del argot francés, del lenguaje de la calle, que hace muy difícil su traducción, necesariamente volcada en el caso del español hacia la jerga de cada país, de cada región. En la edición de Debolsillo de Random House Mondadori de 2012, el traductor fue Carlos Manzano. Se debe de haber vuelto loco.

    Louis-Ferdinand Destouches, que tomó el apellido Céline de su madre, murió el 1º de julio de 1961, pocos días después de haber terminado Rigodon, su última novela. Los diarios casi no dieron cuenta de su muerte; los titulares se los llevó el suicidio de Hemingway. Viajó por el mundo como médico higienista y siempre sostuvo que esa era su principal profesión. Francia se niega a rendirle cualquier homenaje por aquello de que fue un equivocado ciudadano. Siempre hablaba de que le habían robado un baúl con manuscritos. Pues bien, ese baúl ahora apareció y tiene desde mayo de este año en Francia al menos una novela inédita, que ha lanzado al mercado Gallimard: Guerre, sobre las heridas que sufrió en la guerra del 14, escrita dos años después de la publicación de Viaje al fin de la noche. Esperemos que los traductores al español no atiendan al equivocado ciudadano que fue Céline y sí al genial escritor que es.

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