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    martes 18 de junio de 2024

    Elogio de la complejidad

    Nº 2257 - 28 de Diciembre de 2023 al 3 de Enero de 2024

    Son épocas de tuits y eslóganes en la sociedad y la política. Al menos de esa manera se comunican las propuestas más conflictivas, las intenciones más radicales, y por supuesto las ofensas más arteras. Lo importante es lograr una cadencia pegadiza, que pueda ser repetida cada vez como sentencia. La creatividad se reduce a la habilidad de generar un pensamiento antojadizo y adictivo, de vida efímera, cuyo único rastro consiste simplemente en haber existido, y su efecto en esta nueva versión de opinión pública es la de producir la necesidad de más y más mensajes que retroalimenten la voracidad de conflicto como una enfermedad autoinmune. Ser breve no es ser simple ni ser bello. Es como reducir una ópera a un aria o una canción popular al tarareo de un estribillo. Muy lejos de la profundidad que surge de la simpleza de las palabras vivas de un haiku, donde la función del lector es la de un viaje cargado de interpretaciones, los mensajes de la política actualmente radican en ser repetidos, sin variaciones, intentan disimular la obviedad de lo vulgar y lo superficial en una estructura que, lejos de ser simpleza, es nada más que breve.

    No se puede esperar mucho más de la política argentina. Al menos es lo que vinimos presenciando en los últimos 20 años. Sin embargo, deberíamos asumir como sociedad y en particular quienes cumplen con el rol de comunicadores, ya sea como profesionales de los medios, profesores universitarios, empresarios influyentes, deportistas idolatrados, artistas con innumerables seguidores, que la Argentina exige momentos de alta complejidad en su debate cotidiano, alejado de los lugares vacíos. La Argentina de hoy necesita con urgencia recuperar la simplicidad del mensaje, que es la forma más compleja de creatividad humana, muy alejada de una sucesión pegadiza de lugares comunes, algo así como un bis en un concierto, ese que sabemos todos.

    Algo de esto ocurrió con el DNU (Decreto de Necesidad y Urgencia) que anunció el presidente Javier Milei hace muy pocos días. Es un DNU que contiene más de 300 medidas que son todo lo disruptivas que a lo largo de su vida pública como comunicador mediático, candidato a diputado, legislador y luego candidato a presidente Milei había manifestado con su estilo tan radical como exagerado. El shock que produjo este DNU consiste en la sorpresa de la mayoría de los argentinos, incluyendo a una parte importante de quienes lo votaron, que esperaban que el presidente electo no hiciera lo que siempre dijo que iba a hacer, o que solo lo hiciera de manera parcial, algo absolutamente incompatible con la personalidad de Milei, a quien siempre se lo subestimó (salvo, quizás, Martín D’Alessandro, que escribe en este medio, y quien fue el primero en manifestar que Javier Milei no era un ave de paso ni un charlatán de feria que se paseaba por programas de chimentos, sino que por el contrario era la aparición de un candidato real con un mensaje claro y contundente, algo que el resto de los políticos que repetían como loros lo que las encuestas decían que tenían que decir para no quedar expuestos no hicieron; lo dijo hace más de tres años, cuando el Pro, más que Cambiemos, y Horacio Rodríguez Larreta, más que el dúo Macri-Bullrich, simplemente jugaban con la diferencia de votos que le sacarían al segundo, a la primera minoría).

    Milei no mintió. Este DNU es lo que siempre aseguró que iba a hacer. No voy a analizar ni la forma ni el fondo del DNU porque aún no se sabe cuál será su destino y porque además merece ser tratado con los conocimientos y la profundidad que me exceden. Muchos dirán que Milei no resiste un archivo de corto plazo, y es verdad. Basta ver su posición con respecto a las primeras medidas que tomó en relación con retenciones, el Bopreal (Bonos para la Reconstrucción de la Argentina Libre), el impuesto a las ganancias, su posición con China, quiénes conforman su gabinete, y así sucesivamente. Pero el DNU es el corazón del pensamiento de Javier Milei. Hizo lo que dijo que iba a hacer. Y, entonces, ¿en qué radica la sorpresa de muchos? En pensar en función de eslóganes y tuits, en absorber mensajes breves y llenarlos de un contenido personalizado, como que iba a terminar con la corrupción, la clase política acomodada, la inflación, la inseguridad y —en los más jóvenes sobre todo— a recuperar la libertad, dejando de lado cualquier intento de elaboración intelectual, individual y colectiva (medios de comunicación, entidades gremiales, empresariales, universidades y charlas de café; estoy obviamente generalizando).

    Argentina necesita recuperar la complejidad en el tan mediocre debate político, al cual nos hemos acostumbrado descendiendo cada vez más. Alejandro Boresztein lo dijo en un desayuno organizado por Búsqueda hace poco más de un mes al referirse, con su estilo irrepetible, al nivel de los candidatos que llegaban a la segunda vuelta y, en líneas generales, a quienes eran los dueños de la política en la Argentina. Miles Davis, para muchos el músico más influyente del siglo XX, decía que el silencio solo debe ser interrumpido cuando hay algo que vale la pena decir. Y seguramente Luis Alberto Spinetta, Fito Páez, Damian Hirst, Pablo Picasso y Albert Einstein tienen algo más interesante que yo para decir respecto a la complejidad de la simpleza y la importancia que esconde ese oxímoron en la construcción de ciudadanos libres y sociedades desarrolladas. Spinetta y Páez consideran que un artista debe exigirse en buscar siempre nuevas formas de creación, alejándose de la tentación de ofrecer lo que el público ya conoce, obligándolo a pensar, provocándolo, y exigiendo un proceso crítico por parte de sus oyentes, a los que lejos de subestimarlos los colocan en un escalafón muy alto, exigiéndoles y exigiéndose cada vez la construcción de un pensamiento propio, no manipulado, libre. Albert Einstein decía que cualquier niño podía llegar a entender lo que él había hecho, aunque quizás no entenderían por qué era importante. O el artista plástico rompe récords de ventas Damian Hirst, quien consideraba que si un niño podía hacer lo que él hacía, entonces significaba que su trabajo estaba muy bien. O Picasso, que respondía a las críticas que aseguraban que cualquier chico podía pintar y dibujar como él diciendo que era verdad, pero que solo poquísimos adultos podían pintar como niños. O cuando comentaba que a los 16 años pintaba como Rafael, pero necesitó 60 años para pintar como un chico. Picasso no se refiere a volverse de golpe un niño de tres años sino a comprender cuál es la importancia de lo que hace un niño de esa edad, en sintonía con lo que manifestaba Friedrich Nietzsche, que para él un adulto se convertía en adulto recién cuando podía trabajar y vivir con la seriedad que juega un niño.

    Estamos frente a un momento tan disruptivo como imprevisible en la política argentina. Un presidente que propone con contundencia y energía una serie de reformas estructurales solo imaginadas por él y muy pocos seguidores (él mismo dijo que todo su entorno se había sorprendido con la profundidad de su DNU). Guste o no guste, es un presidente electo democráticamente y legitimado por una cantidad inmensa de votos (me refiero a los de las dos primeras elecciones, que son los realmente propios). Un presidente que hace lo que dijo que iba a hacer y al que muchos votaron pensando que no lo haría. Y vuelvo al porqué de este error de análisis. Porque se perdió la complejidad de la reflexión sobre los contenidos del mensaje. No es responsabilidad del comunicador (el presidente en este caso) sino de la sociedad y sus intermediaros destacados que nos abstenemos de realizar el esfuerzo de interpretar. Entonces se vacían los contenidos de palabras como casta, como fachos, como progres, neoliberal, libertario, y se abusa del ejemplo del cirujano, el quirófano y el paciente en estado casi terminal. Pasan como si nada sentencias que borran la memoria, que es la reconstrucción permanente del pasado, de épocas que también fueron muy complejas y cuyos presidentes de turno tuvieron que tomar medidas tan antipáticas como dolorosas para la época y las circunstancias que se vivían en el país y en el mundo, que muchas veces le costaron el cargo. Los políticos pueden hacer uso y abuso de estos términos y conceptos, pero es obligación de quienes por distintos motivos funcionan como intermediarios (término que no gusta pero es lo que somos los comunicadores, los empresarios, los profesores, los deportistas, los artistas e influencers con capacidad de eco, los padres, los maestros) complejizar el debate, no banalizarlo, para lograr la simpleza de conceptos que necesitamos para volver a querernos como sociedad y de esa manera convertirnos en un problema para el combo que conforma el poder de turno, un problema que exige soluciones y no bajadas de líneas.

    Se votó a un presidente con un pensamiento que nunca disfrazó. Lo que debemos exigirle no es que cambie de pensamiento sino que respete la Constitución. Si no lo hace en dos años, un presidente sin minorías significantes en el Congreso, sin intendentes, sin gobernadores, sin alianzas importantes, deberá pasar un examen durísimo, que son las elecciones legislativas que llamamos intermedias. Lo mismo aplica para las diversas formas de oposición. Es el momento de dejar de lado a los explicadores mediáticos y recuperar a los críticos, en el sentido amplio del término. El gobierno, nuestro gobierno, necesita para encontrar el rumbo que hace décadas perdió la Argentina del pensamiento independiente, el que molesta, no el que mima, no el que adhiere y repite. Sobre todo si la crítica proviene de quienes más creen en el proyecto que propone el gobierno.

    Seguramente el destino del gobierno de Macri hubiese sido otro si, en lugar de reproducir sin filtros sus ideas, su entorno político, empresarial y mediático le hubiese marcado sus errores. La República romana y los inicios del imperio tenían bien claro que sus líderes eran solo hombres, plagados de defectos y vicios, y se los recordaban sin piedad. Por eso lograron ser la cultura que se apropió de los destinos de la humanidad hace más de 2.000 años.

    Dejo solo un par de reflexiones sobre la posible inconstitucionalidad del DNU. No me manifiesto sobre el contenido, que, repito, es afín al pensamiento que siempre manifestó el presidente Milei y con base en el cual fue votado. Debatir el contenido es responsabilidad del Congreso y de todas las organizaciones y personas que conforman el entramado social de la Argentina. Pero es determinante que sea constitucional.

    Primero, de Pablo Secchi, director de Poder Ciudadano: “Nosotros insistimos en que se deben respetar las funciones que tienen cada uno de los tres poderes del Estado. La función de legislar es la base del Poder Legislativo. Las más de 300 leyes modificadas por el presidente de la nación configuran un exceso de sus facultades. Si bien el presidente tiene iniciativa legislativa, esta se circunscribe a enviar proyectos al legislativo. Los decretos refieren a una necesidad y urgencia relacionada a que el Congreso no pueda funcionar o que los plazos que requiere la situación no sean compatibles con los del Congreso. Esto no sucede hoy con los temas que incluye el presidente en los decretos”.

    Segundo, del politólogo Martín D’Alessandro, mencionado previamente en esta columna: “El DNU 70/2023 firmado por el presidente Milei no solo expresa una atribución inconstitucional de facultades legislativas en el Poder Ejecutivo, sino que es una manifestación del histórico drama argentino: cambiar el estado de cosas unilateralmente, evitar los consensos, decidir de manera rápida e inconsulta en medio de alguna crisis. El contenido supone cambios profundos, pero eso no es un problema para la democracia, porque lo que más importa para ella son las formas. En el DNU citado están todos los vicios que han arruinado a la Argentina. Sin embargo, es sorprendente que el rechazo no haya sido aún mayor”.

    Cuando el líder de la Democracia Cristiana Aldo Moro fue secuestrado (posteriormente asesinado) por las Brigadas Rojas en Italia, iniciando los años de plomo, los más sangrientos de la historia de la Europa moderna occidental, uno de los líderes del movimiento subversivo se hallaba en prisión y las fuerzas de seguridad le solicitaron al juez la autorización para poder interrogarlo y averiguar dónde tenían secuestrado al ex primer ministro. No hizo falta explicarle al juez que interrogar era un eufemismo, y dijo: Italia se puede permitir a Aldo Moro muerto, pero jamás a un Estado que viole sus leyes, de eso no hay retorno. Argentina necesita que las reformas se realicen dentro de lo que nuestra Constitución habilita. El resto se define en las urnas, como esta vez, como cada vez, así funcionan las democracias liberales, las de los tres poderes independientes.