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    En tu cara, Apocalipsis

    En una conversación entre colegas filmada en 2019 para The Hollywood Reporter, al cineasta Adam McKay se lo ve en un asiento diferente al de sus compañeros. Mientras Ben Stiller, Jean-Marc Vallée y Ava DuVernay conversan en sus sillas de madera, McKay reposa, algo lánguido, sobre una gran butaca gris de respaldo ancho. Su silla llama la atención, es notoriamente superior a las del resto.

    En esa ocasión, el cineasta fue invitado a hablar sobre su trabajo como director y productor ejecutivo de Succession, prestigioso drama televisivo de HBO, y trató de hacerlo con gracia. Pero McKay, cuya última película No miren arriba se convirtió en uno de los títulos más populares de Netflix, se encontraba realmente incómodo.

    El director de 53 años fue diagnosticado con temblor esencial, un desorden del sistema nervioso que produce movimientos involuntarios, que dio a conocer en 2018. “En caso de que alguien se pregunte o esté preocupado, tengo, de hecho, temblores esenciales, por lo que temblaré en ocasiones”, expresó a través de sus redes sociales. “Y para cualquier otra persona que tenga temblores esenciales; no dejes que te detenga. Sacúdete. ¡La vida te necesita!”, agregó.

    Ahora, años después de aquel mensaje, su incomodidad pasa desapercibida, y hay sillones confortables para quienes se encuentren haciendo prensa junto a él. En una presentación junto al saturado reparto de No miren arriba, reposa apaciblemente junto a una constelación de estrellas. Leonardo DiCaprio, Jennifer Lawrence y Meryl Streep, entre otros rostros reconocibles, sonríen ante la perspicacia y originalidad de su director al hablar. McKay, en algún punto, también es una voz atípica en Hollywood; una que no tiene tapujos en compartir, con su cine, lo que piensa.

    Mucho antes de concebir esta película, una comedia negra bulliciosa y sarcástica sobre la incapacidad humana para comprender su propio exterminio frente a una catástrofe inminente, McKay trabajaba lo ridículo en torno a conflictos mundanos. Para 2007, ya contaba con algunas películas en su carpeta y había decidido dar un paso más. Junto con su entonces socio y amigo Will Ferrell, actor y comediante estadounidense egresado de la escuela de Saturday Night Live, decidieron dedicarse a la creación de videos humorísticos en Internet, algo que en ese momento era toda una apuesta. Juntos fundaron el sitio Funny or Die y lo inauguraron subiendo un video. En The Landlord (El propietario), un hombre adulto interpretado por Ferrell es hostigado por la dueña de su inmueble, quien busca cobrar un alquiler demorado. Con su metro noventa de altura, Ferrell discute con una patrona sin igual: una niña de 2 años, de vestido amarillo y azul, interpretada por Pearl, hija de McKay. El video hoy supera los 80 millones de reproducciones y se lo considera un mojón del humor viral.

    Nacido en 1968 en Colorado, McKay se inició en la comedia en los años 90 después de abandonar la universidad y vender una codiciada colección de cómics que le permitió asentarse en Chicago, ciudad celebrada por ser la cuna de formación de una gran cantidad de humoristas estadounidenses. Para 1995, fue contratado en Saturday Night Live y se convirtió, un año después, en el jefe de guionistas del mítico programa de sketches en vivo. Tenía 28 años.

    Tras esa experiencia, se asoció con Ferrell, fundaron la productora Gary Sanchez y crearon una variedad de comedias muy graciosas: El periodista: La leyenda de Ron Burgundy; Ricky Bobby, locos por la velocidad; Hermanastros y Policías de repuesto. Todas con personajes adultos extremadamente inmaduros pero de buen corazón, estas películas están repletas de bromas, usualmente halladas en las improvisaciones que McKay fomenta en sus actores y, sobre todo, carecen de corrección política alguna.

    Pero esa es una etapa finalizada. Desde 2015 en adelante, el director comenzó a afianzar un estilo más personal en el que desarrolló un cine estimulante y distintivo motivado por el comentario sociopolítico, capaz de convocar a artistas de renombre y ser celebrado, sin falta, por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos. Parte de la responsabilidad de ese cambio la tuvo la crisis financiera de 2008.

    Con La gran apuesta, se volvió un cineasta excitante. Con el colapso de la burbuja inmobiliaria, se sumergió en una exploración satírica que le permitiría capturar, explícitamente y dentro de un contexto histórico reciente, el caos de la sociedad estadounidense. Esta impronta se afianzó por completo en El vicepresidente, la mordaz biografía del empresario devenido en político Dick Cheney, compañero de fórmula de George W. Bush durante su primera presidencia en 2000, y que luego ocupó el segundo mando en la Casa Blanca desde 2001 hasta 2009.

    Cheney, interpretado por un camaleónico Christian Bale, fue responsable de impulsar la guerra en Irak así como la tortura en los interrogatorios del Ejército estadounidense. También aprovechó su cargo para aumentar su fortuna como parte de la corporación Halliburton.

    En una entrevista de 2019 al diario español El Mundo sobre El vicepresidente, McKay adelantó que la película, junto a La gran apuesta, conformaban una trilogía que, sin un título oficial, fue definida por el cineasta como “la saga de cómo carajos llegamos a esto”. No miren arriba, que fue estrenada en cines uruguayos el 9 de diciembre y en Netflix el 24 de ese mes, es la tercera y última entrega de ese ciclo. Y aquí sí que nadie está a salvo.

    En su última película, la cruzada de dos astrónomos por informar a la población sobre un inminente cataclismo global en la forma de un imparable y colosal cometa se vuelve un alegato contra la crisis climática, los años del mandato de Donald Trump, el vínculo entre los medios, el gobierno estadounidense y las grandes corporaciones tecnológicas y hasta el manejo de la pandemia del coronavirus. Es, sin duda, la película más grande que McKay ha hecho hasta la fecha, tanto por su elenco como por la escala de un presupuesto millonario que incluye escenas con naves espaciales y hasta una secuencia por fuera del sistema solar.

    Es también la obra más confrontativa del director. La sátira es ininterrumpida y hay poca cosa que no sea ridiculizada en las dos horas y media de la película. Coexisten, con resultados desparejos, momentos tensos de drama con gags groseros, pero la propuesta se siente atascada una y otra vez a medida que se acerca el final (el de la película) y el final (el de la humanidad).

    Es difícil hacer reír en los tiempos que corren, eso es cierto. Y como metáfora frontal sobre el cambio climático y la imposibilidad de la comunidad científica de transmitir el peligro inevitable, el mensaje llega fuerte y claro. Gran responsabilidad de ello tiene el indiscutible poder de convocatoria que McKay y Netflix lograron al conformar el elenco. Estamos hablando de una película en donde las presencias de figuras como Cate Blanchett o Mark Rylance son camufladas para no distraernos del alboroto en que los personajes se sumergen desde el momento en el que la astrónoma interpretada por Lawrence descubre al maldito asteroide.

    Pero el riesgo tomado por el director (y aquí también guionista) en proponer una comedia sarcástica en una historia sobre desastres es, simplemente, demasiado alto para una película que nunca es tan graciosa como pretende serlo. No porque sea difícil reírse del fin del mundo cuando uno pueda sentirlo cercano, sino que McKay parece haber perdido cierta autopercepción de cómo dar con sus blancos y optó por arrojar una balacera que termina por generar un pandemónium narrativo. El verdadero crimen a denunciar, en todo caso, es el montaje, tan torpe como el perfil mediático del doctor Mindy, personificado por un estupendo (una vez más) DiCaprio.

    Lo de McKay y el futuro que imagina, más que una preocupación, ha sido definido por el director como puro pavor. El lugar que los problemas del clima ocupa en la agenda cotidiana no parece estar cerca de cambiar en un tiempo cercano y ese pesimismo es notorio, incluso entre las risas que No miren arriba logra. Tal vez este sea uno de esos casos en los que el resultado deba ser juzgado no ahora, sino cuando la distancia entre los hechos tan posiblemente verídicos de la película pueda cobrar otra relevancia.

    Mientras tanto, el poder de la narrativa por el que apostó McKay sí debe ser valorado por su audacia. Es una película fallida en gran medida, pero es indiscutible que fue hecha por alguien que exuda confianza y ocupa, con comodidad, la silla de un director de cine.

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