—¿Qué hechos resaltaría de lo sucedido en el agro en estas casi cuatro décadas en su función de técnico de una oficina asesora en políticas públicas del MGAP?
—Los hechos podríamos analizarlos por períodos pero también por áreas de trabajo, porque en tantos años me tocó trabajar en diferentes oportunidades y temas.
Cuando empecé en los 80 trabajaba básicamente en asuntos agrícolas y en los costos, cuando Uruguay no era muy competitivo en agricultura y tenía grandes dificultades de competitividad. En ese momento había muchas medidas de política de protección, había precios mínimos de exportación con aranceles variables, había compras de granos para stockear, había mucha intervención y era muy importante llevar costos.
—¿Por qué decidió estudiar agronomía? ¿Es del interior o de Montevideo?
—Vivía en Pocitos. La decisión de estudiar agronomía fue porque tenía un primo que tenía un campo e íbamos de chicos. Eso puede ser que me haya acercado un poco. Increíblemente, lo que me gustaba era la posibilidad de irme al interior y siempre trabajé acá (en la sede del MGAP en Montevideo).
Siempre tuve claro que la profesión de agrónomo tiene una muy buena formación, de amplitud, porque tiene aspectos económicos, biológicos y sociales.
—En la Opypa se especializó en temas impositivos, entre otros.
—Trabajé en temas de costos. Sobre la década del 90, hasta 1991, la Opypa estaba en la calle Colonia, frente al Oro del Rhin. Estaba en una oficina de políticas pero alejada de la decisión política, porque el MGAP estaba en la calle Constituyente.
En 1992 nos mudamos a esa sede central. En ese momento hubo una cantidad de tareas porque fue el inicio de la desregulación de varias cosas, como la liberalización de las exportaciones de ganado en pie, que estaban prohibidas, al igual que las de cueros.
Del intervencionismo se pasó a liberar una serie de actividades, como la eliminación del stock regulador de carne. Antes el Estado compraba carne en épocas de zafra y se congelaba, y cuando los precios del ganado subían, en poszafra, la carne se vendía para bajar el precio.
Pero la teoría económica decía que si no existiera ese manejo que deprimía los precios, entonces habría mayor inversión de los productores para generar ganado suficiente. Eran mucho más marcadas las zafras, tanto en frutas, verduras como en ganado.
También trabajé en tareas vinculadas a las negociaciones de la Ronda del GATT, de la Organización Mundial de Comercio (entre 1986 y 1994). Pero un hito que sacudió a la Opypa como asesora del gobierno fue la entrada al Mercosur, lo que causó una infinidad de estudios de competitividad, entre otros temas.
En 1996 hubo una reforma tributaria bastante importante, que eliminó una cantidad de impuestos a la tierra. En ese momento el agro ya estaba en una situación complicada de crisis, los precios no eran buenos y los mercados eran estrechos.
Se saca a la tierra del Impuesto al Patrimonio, que se siguió cobrando por bienes muebles y semovientes, se elimina el Impuesto a Primaria y la progresividad en el pago de los aportes patronales.
Luego se agudizó la crisis en 2000 y algunos de esos impuestos se llevaron a cero. Hasta que vino 2002 y los productores no podían pagar nada.
—¿Se fundieron muchos productores?
—Se fundieron muchos productores pero se disparó el tipo de cambio. Y en referencia a producciones que hasta ese momento tenían dificultades de colocación o precios bajos, todo lo que era exportación pasó a tener el beneficio de un tipo de cambio muy favorable, pero en una situación con muy poca producción, un enorme endeudamiento y los bancos en una crisis absoluta.
Ahí se generan los primeros fondos sectoriales, al identificarse la necesidad de financiamiento para el arroz y la lechería. No había fideicomisos y se crearon mecanismos financieros, mediante la emisión de certificados de participación.

Un camino secundario aparece bloqueado y con un cartel que dice "Zona aftósica prohibido pasar" en las cercanias de Nueva Helvecia, 2001. Foto: AFP
—Otro hecho histórico fue la epidemia de aftosa.
—La aftosa, en 2001, si bien hubo un primer foco en Artigas en 2000, que se controló con la muerte de los animales enfermos. En 2001 la epidemia nos pasó por encima.
Recuerdo que había gente que venía de Argentina y nos decía que habían visto animales enfermos, que había aftosa. Y no se sabía si era verdad o no.
En ese momento jugaron un papel importante los servicios veterinarios del MGAP.
Luego en 2006 apareció el fenómeno de la vaca loca (encefalopatía espongiforme bovina) en el mundo, y Uruguay estaba libre de esa enfermedad y vino un repunte en los precios de la carne.
—Las crisis obligaron a desarrollar mecanismos de emergencia, como los fondos sectoriales. ¿Esas herramientas variaron con el tiempo?
—Los primeros fondos se hicieron en épocas de crisis y después el instrumento se repitió. Pienso que realmente fue necesario, porque las condiciones hacían que fuera la única forma de conseguir financiamiento o de solucionar el endeudamiento.
Eso sucedió en el primer fondo lechero y en el arrocero. Si no hubiera habido un fondo en esa instancia, los molinos y los productores habrían quebrado. Eso permitió que los bancos y los molinos cobraran y los productores pudieran pedir un préstamo o les sobrara algo para volver a plantar. Después el fondo arrocero repitió tres veces más, con la misma ley y algunos cambios.
—¿Ya no eran necesarios?
—Es una apreciación muy personal. Creo que no. Incluso, los dos últimos fondos, el lechero que está terminando este mes y el del arroz que terminará en un par de años, han causado problemas en cuanto a que los cambios en la interna del sector han sido muy importantes, y como son fondos solidarios en donde algunos productores le pagan la deuda a otros productores, eso provoca situaciones de injusticia.
Si esa injusticia se daba en 2002 no importaba porque estábamos todos muertos. Yo pago tu deuda y salimos los dos. Pero en los últimos fondos había otras opciones, los bancos tenían plata y estaban abiertos.
Está buenísima la solidaridad pero es injusto que un productor tome un préstamo, plante arroz o produzca leche un año y después desparezca del sector, cuando los demás terminan pagándole la deuda.
La gente se acostumbró a ir a una fácil, para no poner garantías, porque también tiene sus ventajas. Y la principal ventaja de estos fondos es que son democráticos, porque todos tienen derecho a recibirlos, estén en categoría 1 (capacidad de pago fuerte) o 5 (deudores irrecuperables) en el banco, sean dueños o no de la tierra, tengan o no tengan garantías.
—¿Malos productores y malos pagadores pudieron acceder a esos fondos?
—Seguro. Un productor chico que no es atractivo para el banco, y bueno, le tocó.
—¿En eso hay responsabilidad del Poder Ejecutivo y además de las gremiales del sector, que impulsan e insisten en la generación de esos fondos?
—Fui presidente del fondo lechero hasta hace un año y administrador del fondo arrocero hasta ahora. Me tocó negociar con los bancos en dos fondos arroceros y uno lechero. Siempre las decisiones se tomaron sobre la base del planteo concreto de las gremiales. Nunca fue el Poder Ejecutivo el que presionó para sacarlos. Fueron las gremiales las que dijeron: “Es la única opción que nos queda”.
En el caso del arroz venían los molinos y los cultivadores y nos decían que había que hacerlo.
—¿Eso debería servir para hacer autocrítica y analizar si es conveniente seguir generando nuevos fondos?
—Hoy en día, tanto en el arroz como en la lechería, los sectores están mucho más maduros y todos son conscientes de que estuvo bien, sirvió mucho, pero no más.
Tendría que venir una crisis muy grande que lo justificara.
No estoy en contra de la herramienta, pero se cumplió una etapa.
Los primeros fondos sectoriales fueron muy buenos, los segundos, un poco menos y los últimos desnudaron una cantidad de problemas.
Cuando las crisis son largas esos cambios son muy violentos.
En el segundo fondo lechero se repartió plata a los productores cuando en realidad no había una crisis. Todos los tamberos crecieron y estaban contentos con el sector. Pero en este último fondo, por más que se establecieron cuentas personales y que cada uno pagara lo suyo, se produjeron problemas que se van a corregir. No obstante, se nota que es muy difícil en plazos largos, de siete años con crisis; las posibilidades de que el productor se vaya son muy altas. En el fondo lechero se perdieron 700 productores.

Adrián Tambler junto al ministro Fernando Mattos. Foto: MGAP
—De los 80 hasta ahora, ¿este es el mejor momento en la rentabilidad del productor agropecuario?
—Creo que para el ganadero sí, por los precios históricos más altos.
—El productor siempre aclara que precios altos no significan mayor rentabilidad, por el aumento de los costos.
—Habría que ver los resultados de las carpetas del Instituto Plan Agropecuario, que monitorea ese tema.
Para el productor agrícola entre 2011 y 2013, cuando el precio de la soja crecía, puede ser que la rentabilidad era mejor que ahora, porque no había tanto incremento de costos.
Hoy, hay mucho precio pero, también, mucho costo alto, en fletes y otros.
En el caso del ganadero, no tiene tanto costo en insumos pero tiene un muy buen precio. Para el ganadero hoy es uno de los mejores momentos, para la agricultura lo fue en 2010 y 2012.
Es cierto lo que dicen los productores, hoy comprar fertilizantes a US$ 1.000 la tonelada les complica, y la mano de obra está muy cara en dólares. Hay que hacer toda la cuenta.
Ahora, para la ganadería que no tiene tanto insumo en relación con otros rubros debe ser uno de los mejores momentos.
—El agro se tecnificó. ¿Y también se profesionalizó?
—Sí. Empieza en 2007 o 2008, cuando se copia el modelo argentino de la producción agrícola y se moderniza todo.
Primero aparecen los servicios de contratistas. En los 80 el productor tenía un tractor más o menos viejo y una cosecha para su campo y el de algún vecino.
Hoy en día hay muchos productores muy buenos y muy grandes que no tienen nada, una camioneta nada más, una chequera, saber con quién hablar y un teléfono celular.
La capacitación también cambió mucho. En los cursos para forestación se enseñaba a trabajadores rurales cómo manejar una motosierra. Ahora la motosierra se utiliza para cortar leña, para hacer un asado, pero en toda la otra actividad forestal se utilizan maquinarias sofisticadas, con otro nivel de capacitación.