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    Ida Vitale: un encuentro poético en la pantalla grande

    María Arrillaga retrata en su documental a la autora uruguaya

    El encuentro con una película está cargado de emociones y conocimientos. Desde el entusiasmo hasta el miedo, uno se presenta ante la obra en pantalla con un conjunto de experiencias. En el caso de Ida Vitale, la película con la que María Arrillaga hace su anuncio como cineasta, esta experiencia se entrelaza con el peso inescapable de una figura mayúscula de la literatura uruguaya. Es la autora de la generación del 45 quien, en principio y con su nombre, le otorga a la película su ineludible veneración. Es la directora quien, en cambio, le da un bienvenido espíritu aventurero.

    ¿Qué aguarda al otro lado de este encuentro? Desde el principio, una divergencia. Rebautizada informalmente por el público como “La película de Ida” o simplemente “Ida”, se sugiere desde el vamos que la formalidad del título original se ve reemplazada por el aspecto más meritorio de la obra: una exploración lúdica, contemplativa y creativa que la directora y su equipo emprenden en torno a la vida y legado de la autora. Esta divergencia en el enfoque, que bien podría haber optado por el relato y el testimonio histórico, abre las puertas a la curiosidad que Vitale transmite en su cotidianidad.

    Tomando como estructura narrativa una serie de palabras de un texto de Vitale en Léxico de afinidades, Arrillaga apela a convertir su cine en un puente con la literatura, representándola y emulándola de diversas maneras. Las palabras de Vitale, presentadas de manera inicialmente aleatoria, se convierten en la base de la película y en las llaves para explorar las diversas habitaciones que hay en esa casa, casi centenaria, de nombre Ida.

    La película no solo funciona como una suerte de reflejo de la poeta, sino que establece una conexión íntima con ella y sus vivencias, muy disímiles entre sí, al entrelazar momentos ceremoniales (la antesala de su premio Cervantes) con otros mundanos (el merodeo en un jardín) de manera fluida y sin una conexión que no sea otra más que de las imágenes unidas por un montaje inspirado.

    La cercanía palpable entre Vitale y Arrillaga (que se conocen en persona a través del abuelo de la directora y amigo de Vitale, Carlos Maggi) es otro factor explotado no con liviandad sino con inteligencia. Esta comodidad es el resultado de la habilidad de la directora para liberar a Vitale de las ataduras que podrían haber dificultado acercarse a la persona y quedarse, en cambio, con el personaje. El desinterés aparente de Vitale en el propio ejercicio de verse filmada constantemente resultó, en tanto, en una calidez genuina que deja, de regalo, momentos indiscutibles de humor.

    Ida Vitale trasciende las convenciones que el documental informativo suele imponer. En lugar de ello, abraza una búsqueda audiovisual profunda, subrayando tanto la dimensión visual como la sonora. Arrillaga logra presentar una faceta de la mente creativa de Vitale que se sostiene en la grandeza de sus pequeños gestos. Al hacerlo, la película no solo se convierte en un homenaje a la figura literaria, sino en una obra creativa por derecho propio.

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